Memorias Tercer Congreso Colombiano de Estudiantes de Filosofía

Derrida: Universidad y compromiso


Christian Rubiano; Universidad del Rosario; Rubiano.christian@urosario.edu.co

ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X


Resumen

      El presente texto es una reflexión a propósito de la propuesta de Derrida sobre la Universidad sin Condición. El artículo se nutre de reflexiones de la filosofía de Jean Paul Sartre, Gilles Deleuze y Michel Foucault. La tesis a defender señala que para construir un espacio incondicional  en la universidad, que dé las bases de la democracia por venir, hace falta el desarrollo de un compromiso existencial de parte de los profesores. Ese compromiso que hace del profesor un intelectual, un autor que se compromete performativamente con el desarrollo de una obra que no se distingue de su vida, enfrenta la universidad con los poderes y hace de la verdad el valor fundamental que persigue la deconstrucción. La ponencia se desarrolla a través de la proyección de nueve puntos (cúmulos de tensión) que, aunque interrelacionados, gozan de independencia y pueden ser conjugados de diversos modos. 



 

“Hacer una profesión de” es declarar en alta voz lo que uno es, lo que uno cree, lo que uno quiere ser, mientras pide a otro que le tome la palabra y le crea esta declaración.Profesar es empeñarse uno mismo al mismo tiempo que uno se declara, al mismo tiempo que uno proclama ser, al mismo tiempo que promete esto o aquello.

Jaques Derrida.

 

 

      1. Auto-deconstrucción y el repensar la universidad:  La responsabilidad política no puede triunfar sin un continuo auto-análisis. Y es que el compromiso no se da, tan solo, en tercera persona sino que supone (para fundarse y conservarse) la auto-crítica: auto-deconstrucción que inaugura una política en primera persona. El movimiento de reflexión sobre la profesión, y en particular sobre la profesión del profesor, de parte de un profesor constituye una apuesta, una profesión de fe, una esperanza: la de poner en cuestión el propio fundamento para reconstruirse en el compromiso, en el empeño de la palabra. El futuro de la profesión o la universidad sin condición no es tan solo (a pesar de las siete tesis programáticas) una prescriptiva para la universidad por venir; es una reflexión sobre el yo, es la deconstrucción que Derrida hace de sí pero que lo traspasa, que sale de él.

      El adentro toca el afuera, en este caso el lugar donde se desenvuelve el yo (siempre fantasmal), es decir la universidad y en ella las humanidades, para permearlas con el espíritu deconstructivo y hacer que estas (a su vez) lleven el adentro, afuera; que se deconstruyan y reconstruyan en la frontera, en el límite entre la universidad y la sociedad, para romper esos límites y a la vez para resistirlos como lucha y disidencia ante los poderes. Toda esta apuesta, profesión de fe, se inaugura (empero) en  la búsqueda del yo. La deconstrucción de la universidad es la sombra que proyecta la construcción de la autobiografía de Derrida. La universidad por venir es la sombra de la auto-deconstrucción de Jackie. Valga aclarar que tal movimiento no culmina con la publicación del primer libro de Derrida, sino que se está confirmando durante toda su vida: es el salir del sello que le impone la circuncisión y su casa, la cultura de los judíos argelinos, el logos griego, desde el mismo sello. Se trata de un tránsito siempre irresuelto y, por tanto, en realización durante toda la vida y en todos los textos de Derrida.

      Es el tránsito de Jackie a Jacques, la  profesión de fe de quien se compromete, lo que genera una apuesta por la universidad. Es la búsqueda de un yo fantasmagórico, espectral, simulado, como el carácter mismo de lo que puede ser la profesión de fe de un profesor en la época de la mundialización, de la virtualización que transforma la topografía de la universidad, lo que genera la apuesta por unas nuevas humanidades. La pregunta que Derrida desarrolla por los espectros virtuales es un reflejo de la pregunta por el espectro del yo. Lo que el texto de Derrida pone de manifiesto es la territorialización del autor en la profesión de fe, lo cual se corresponde con la reterritorialización de la universidad en el espacio de la virtualidad y con el discurso de la incondicionalidad. Fe de Derrida en su profesión de fe como profesor, ergo “fe en la universidad, y dentro de la universidad fe en las humanidades del mañana” (Derrida J. , 2005, pág. 45).

      2. “Corpuscuerpo”: ¿Una deconstrucción de la universidad, la pregunta por el fundamento del fundamento de la universidad, qué puede hacerle ver a la institución, y dentro de ella, a los profesores? Ante todo la necesidad de repensar la frontera entre el corpus, como compendio de producción teórica, y el cuerpo, como el conjunto de la vida de un sujeto. Los profesores, sean filósofos, antropólogos, técnicos del saber en general, tienen una vida y su obra no es independiente de ella. La relación entre el corpus y el cuerpo es indisociable. ¿Por qué, entonces, en el marco de la práctica docente buena parte de los profesores no empeñan su nombre, por qué no se comprometen en la palabra ante la institución y en particular ante el auditorio que constituyen sus estudiantes? Se trata de una suerte de mala fe, irresponsabilidad que se niega a firmar un compromiso. Tal actitud que no solo manifiesta indiferencia con la profesión, sino que constituye un peligro político, es lo que Derrida quiere combatir con su deconstrucción de la institución. “Yo soy de aquellos -pocos- que lo hemos señalado de modo constante: es bien necesario (y es necesario hacerlo bien) volver a llevar a escena la biografía de los filósofos y el compromiso firmado, en particular el compromiso político, con su nombre propio, ya sea que estemos hablando de Heidegger o de Hegel, Freud o Nietzsche, de Sartre o Blanchot, etcétera” (Derrida J. , 2001, pág. 14). El compromiso de Derrida, como el compromiso existencial, se inaugura en sí pero quiere extenderse a los otros como manifestación teórica y existencial. Se trata de comprometer a los otros profesores, a la institución, a la sociedad, en la acción (corpuscuerpo) que le apuesta a la democracia por venir.

      3. Ilustración y el espacio de lo público: ¿Qué es la ilustración? Esta pregunta que en Kant brinda un acceso a la reflexión sobre el lugar que ocupa la crítica en el marco de la sociedad, da paso a una respuesta que excede el marco del texto periodístico, y configura el ideal para la construcción de un espacio de lo común donde tiene lugar la deliberación racional. La ilustración, como posibilidad de crítica, genera la apuesta por un espacio donde tal posibilidad es realizable. Este espacio, su naturaleza, es la de un afuera respecto del objeto de la crítica: el espacio para la puesta en cuestión de las prácticas y los fundamentos se ubica en el límite exterior de la institución del trabajo. Ello es lo que guarda la distinción entre usos de la razón. El uso público y privado de la razón lo que inauguran es la distinción entre los lugares donde es posible el ejercicio de la crítica, y aquellos donde no.

      Sapere aude, atrévete a saber, ten el coraje de servirte de tu propio entendimiento… ¡Sí! Pero en el ámbito de la institución obedeced. Razonad pero obedeced. Es tal “pero” el que Derrida desea deconstruir. Y es que para Kant la ilustración no requiere nada más que la libertad de hacer uso público de la propia razón en todos los aspectos lo cual, estima él, es compatible con una limitación muy estricta en el uso privado, es decir, en el marco de la institución. “Cómo es obvio, en tales casos no está permitido razonar; sino que se ha de obedecer” (Kant, 2000, pág. 65). Bajo tal concepción la incondicionalidad para hablar, la posibilidad de decir verdad, se ubica siempre en un afuera; por su parte, el adentro aparece siempre condicionado. La pregunta por el fundamento, por la verdad y la luz como axiomas de la universidad, rompe con la tradición del iluminismo y trastoca el lugar de lo público, del uso público de la razón: para Derrida en la universidad, a diferencia de Kant, el afuera está adentro: el acto público se da en la intimidad de la academia.  

      Para la universidad la posibilidad de crítica (de deconstrucción) no constituye una posibilidad que ha de realizarse en el exterior, sino su sentido interno. Se trata de un principio que no puede ser objeto de restricción sino de promoción. Ahora ¿Cómo es posible el ejercicio de un tal trabajo (crítica como trabajo)? La deconstrucción requiere, por principio, la independencia respecto de todos los poderes, incluso la independencia respecto de sí misma (¿Si no cómo hacer crítica sobre la crítica?). Auténtico padecimiento y enunciación (denuncia) de las contradicciones entre los intereses universales y particulares.

      4. El intelectual: La incondicionalidad de la palabra implica la posibilidad de decirlo todo sobre todo, esto es la posibilidad de ponerse al margen y (dadas las circunstancias) en contra de los diferentes poderes. Una universidad sin condiciones es un espacio en el cual se lo puede decir todo sin temor. El origen de tal ejercicio (el derecho a la crítica) que supone un compromiso originado en la auto-deconstrucción con miras a la enunciación de la verdad, hace del técnico del saber, en este caso el profesor, un intelectual. Cuando un hombre en el ejercicio de su profesión piensa los fundamentos de su trabajo puede descubrir las contradicciones que se esconden entre los intereses universales que persigue (verdad/luz) y los intereses particulares que median su oficio. Cuando un científico nuclear, explicaba Sartre, que persigue las leyes de la física (intereses universales) se hace consiente que con su trabajo posibilita la guerra nuclear (intereses particulares) y lo denuncia, lo sufre, y señala que no quiere que sus trabajos sean usados para tales fines, entonces se convierte en un intelectual.

      Cuando un profesor que persigue verdad piensa los fundamentos de su oficio y las condiciones de su territorio (la universidad) y descubre que en ella median intereses particulares (económicos, culturales, Estatales) y lo denuncia apostando por la incondicionalidad, por la posibilidad de decir verdad, en ese momento se convierte en un intelectual. Cuando el técnico del saber descubre la contradicción, la sufre, la denuncia y ejerce un trabajo crítico ha construido la base de la intelectualidad. La crítica, el derecho a la deconstrucción, es poder denunciar la contradicción para suprimirla o transformarla.

      El reconocimiento del carácter instrumental del conocimiento, de la calculabilidad, es lo que la deconstrucción de la universidad revela en su explicitación performativa (el declarar, el profesar). Esto genera, por supuesto, una serie de interrogantes que deben permear la reflexión estudiantil y profesoral con miras a una universidad incondicional por venir (“la universidad sin condición no existe, de hecho, como bien lo sabemos” (Derrida J. , 2005, pág. 47).): ¿Cuál es la razón de ser de la universidad? ¿Cuál es el objeto de la universidad? ¿Hasta dónde ve la universidad? ¿Hasta dónde va su adentro? ¿Dónde está el límite con el afuera (sus instalaciones, su objeto, sus métodos)? ¿Cuáles son las políticas que se mueven al interior de las dinámicas de la enseñanza? ¿Qué implica la declaración, el compromiso? ¿Cuál es el fin o naturaleza del ser profesor? ¿Debe la universidad ser productiva (utilidad económica)? ¿Qué quiere decir la productividad para las humanidades? ¿Cuál es el concepto de hombre que sustenta la universidad? 

      5. Compromiso deconstructivo y el poder del intelectual: Lo que aparece como una traición a la práctica habitual es el compromiso (la deconstrucción del yo y de la institución). “La profesión de fe de un profesor que, sin embargo, actuara como si estuviera pidiéndoles permiso para ser infiel o traidor a su práctica” (Derrida J. , 2005, pág. 45). Escritura, discurso, un profesarse que tacha la irresponsabilidad (práctica habitual). La deconstrucción del yo bajo la figura de la profesión de fe es una performativa del discurso. Se trata de un compromiso declarativo, por la universidad y las humanidades del mañana, que acontece en el ejercicio de la profesión, en el travail del intelectual. El profesar que persigue Derrida es una performativa que se compromete con una normatividad de la incondicionalidad: a la universidad debería garantizársele una libertad incondicional para cuestionar, aseverar y decir públicamente todo aquello que concierna a la verdad. Lo que está en juego es la construcción de un discurso performativo frente al discurso del conocimiento. El trabajo del intelectual, el trabajo de la universidad, bajo la sombra de la deconstrucción de Derrida, es la profesión de la verdad. ¿Pero qué implica una tal profesión? Ante todo un ejercicio deconstructivo sobre el fundamento mismo. Deconstrucción que implica deconstrucción: construcción de un discurso que nunca deja de evaluarse. Autocrítica, autoconstrucción que no culmina sino en la muerte. Deconstrucción de la vida, deconstrucción del trabajo.

      El derecho a la incondicionalidad, al decir verdad, implica (señala Derrida) el derecho a hacerlo performativamente, esto es produciendo acontecimientos, ouvres singulares: textos y discursos performativos. La deconstrucción de la institución universitaria hace del profesor un autor que instaura una resistencia generalizada ante los poderes a fuerza de incondicionalidad. Se trata de una resistencia ante el dogma y la injusticia, una resistencia crítica que piensa, y re-piensa, el adentro y afuera de la institución. Resistencia pública (que se publica). Resistencia, empero, sin fuerza. Y es que el profesor, el intelectual cuyo trabajo lo constituye la crítica, no tiene ningún poder que permita una lucha contra los poderes. La universidad es incondicionada y “sin condición” porque carece de poder, de fuerza. “Por ser absolutamente independiente, la universidad es también una expuesta y delicada ciudadela a ser tomada, a menudo destinada a capitular sin condición, a rendirse incondicionalmente” (Derrida J. , 2005, pág. 49).

      ¿Está condenada al fracaso la resistencia como ejercicio de fuerza de parte de los intelectuales, de la universidad, de los estudiantes? Extraer, llevar al afuera los poderes que permean la universidad de hoy no quiere decir, necesariamente, que la universidad por venir ha de carecer de poder. Y es que si bien ni el intelectual de hoy, ni el de mañana, tienen un poder real para realizar una resistencia como ejercicio de fuerza, esto no quiere decir que carezcan de poder. Su poder, de hecho, es mayor. El profesor, como intelectual crítico, tiene el poder para desencadenar los poderes. Esto es lo que sabe muy bien el arte comprometido y, de hecho, es lo que justifica el ejercicio de la profesión como un acto (si se quiere) ficcional o literario. Aunque no es el intelectual quien tiene el poder para hacer la revolución, sí es uno de aquellos que puede desencadenar tales poderes.

      En la universidad existe la capacidad de afirmar una independencia incondicional, lo que hace falta es el desarrollo de una fuerza sin interés, una fuerza del desinterés: una fuerza de la disidencia que reside en el poder del intelectual para desatar los poderes; interés incondicionado que afirma la incondicionalidad. Y esto, valga aclarar, no es una fuerza sin sujeto.  ¿Qué particular forma de soberanía crea una tal fuerza? Todo poder, público o privado, remite a un sujeto que lo ejerce y, de tal suerte, a unos particulares intereses que protege o persigue. La lucha ante los poderes en realidad es una lucha ante los intereses particulares (que se oponen a los universales que ha de perseguir la universidad), no necesariamente ante el poder. Es pensable un poder que persiga los intereses universales y que, en tanto poder, pueda ejercer una fuerza frente a los intereses particulares. Un poder del desinterés (justicia de pensamiento) que es posibilitado por la profesión de fe del intelectual que se compromete y desata los poderes. Podemos preguntar, con incredulidad ¿qué fuerza puede tener un intelectual para desatar los poderes? Pensemos (para no ir más lejos en la respuesta) en Marx, en Gandhi, en Sartre, en Beauvoir y un muy largo etcétera. Pensemos la revolución rusa, la marcha de la sal, el tribunal Russell, las grandes manifestaciones, la liberación femenina, el mayo francés.

      6. Territorio y trabajo: Con la virtualización del proceso de mundialización se ha transformado la topología de la universidad. Ya no nos movemos de la misma manera ni por los mismos caminos. En el paradigma de la espectralidad surge la duda por cuál es el territorio donde tiene lugar la profesión, el compromiso. ¿Cuál es el espacio del trabajo, el lugar de lo común donde se profesa el compromiso público en la época de la virtualidad, en la época del internet y las nuevas tecnologías de la información? Y aún mas ¿cuál es la naturaleza del acontecimiento de “la experiencia del singular <>” (Derrida J. , 2005, pág. 54)? ¿Cómo acontece el compromiso, el travail del intelectual, en la época del “como si”? “¿Qué es lo que sucede, entonces, cuando el lugar mismo se vuelve virtual, liberado de su arraigo territorial (y por ende nacional) y cuando se somete a la modalidad de un “como sí”? (Derrida J. , 2005, pág. 58)”

      El hecho de que el lugar para el acontecimiento pierda su espacialidad no implica que deje de lado su arraigo territorial. Por el contrario, lo que ocurre bajo el paradigma de la virtualización es la fundación de un nuevo territorio como resultado del tránsito del intelectual entre los diferentes medios (espaciales y virtuales). Se trata de un transitar que deja marcas expresivas (ouvres) y funda, de tal suerte, un nuevo territorio: es el ritornelo del intelectual en época de la mundialización espectralizante. Tal creación territorial se da en el ejercicio del travail que para el profesor comprometido consiste en un profesar que asume la responsabilidad de defender la incondicionalidad. Es un ejercicio parresíastico que enfrenta al profesor con los poderes; un decir veraz que implica riesgos. Esta profesión de la verdad, en el marco de la universidad sostiene Derrida, es un transitar entre el canon y el compromiso, un caminar entre la transmisión de conocimiento y la deconstrucción. 

      La profesión del profesor queda, de tal suerte, definida en una ambivalencia entre la transmisión del saber como técnica y el ejercicio del decir verdad. Así las cosas parece que Derrida diera un paso atrás para limitar la incondicionalidad que antes ha defendido. “Ésta es una limitación a propósito de la cual diré que uno debe, de hecho, conservarla y cambiarla al mismo tiempo, de un modo no dialéctico” (Derrida J. , 2005, pág. 63). La limitación, empero, es tan solo aparente. Y es que la vuelta al canon parece ser fundamental para el ejercicio deconstructivo. “Cierto teoricismo neutral es la oportunidad para la incondicionalidad crítica […] Debe admitirse, y profesarse, que este teoricismo incondicional siempre supondrá en sí mismo una profesión de fe performativa, una creencia, una decisión, un empeño público, una responsabilidad ético-política, etcétera” (Derrida J. , 2005, pág. 64). La ambivalencia se resuelve sin una síntesis (dialéctica positiva), sino llevando la contradicción al límite para mostrar cómo los elementos se reconcilian al encontrarse (dialéctica negativa).

      7. El concepto de hombre: La deconstrucción del yo y de la institución implica un preguntarse por “lo que es propio del hombre”; concepto sobre el cual se sustenta la ilustración formadora de la universidad y la naturaleza edificante de la identidad de sí. Esta puesta en cuestión del concepto y con ello de sus derivados (los derechos del hombre, la noción de crimen contra la humanidad, la democracia soberana, etcétera) surge al re-pensar lo que hemos llamado la esencia humana: un adentro respecto del afuera no humano. Tal deconstrucción nos abre a otras posibilidades de construcción. Y es que es posible que el hombre no se deba definir por oposición sino en virtud de su afuera: de la animalidad, de la técnica, de la virtualidad.  Quizá lo más propio del hombre es el afuera del propio hombre. El yo puede ser el afuera: de ahí el sentido de profesarse para construirlo. Se trata del re-pensamiento de la esencia humana para dejar de lado el humanismo. Así mismo, de la búsqueda del afuera en el propio cuerpo, una búsqueda del límite en el interior.

      8. Literatura: El decirlo todo, la incondicionalidad al hablar, sugiere un reconocimiento de las diferentes maneras de decir. Una salida del monolingüismo que reprime al otro al impedirle hablar. El reconocimiento del decir veraz es un reconocimiento del otro y de los medios para la enunciación: re-valoración de las posibilidades de enunciación al interior de la academia. Destaca en este aspecto la apuesta, la profesión de fe, que Derrida hace por la literatura. Y es que el ejercicio ficcional, la escritura del “como si”, por ser (valga la redundancia) una ficción o “como sí”, puede ser una de los mejores medios para la profesión de la verdad. Cierta incondicionalidad garantizada por la ficcionalidad le permite a la literatura alzarse en un ejercicio parresíastico a través de la enunciación (no de la denuncia explicita) de la sociedad.  Esta posibilidad de decirlo todo desde la ficción no debe ser desaprovechada, antes bien ha de ser promovida. El intelectual como un autor que firma sus ouvres puede apsstar por la fuerza del “como sí” de la literatura para promover la democracia y la universidad por venir. “En un pensamiento, una escritura y un habla que serían no sólo los archivos o las producciones del conocimiento, sino también obras performativas, que están lejos de ser utopías neutrales” (Derrida J. , 2005, pág. 58).

      9. La autobiografía: La razón por la que escribimos algo como una autobiografía es porque nos encontramos en la búsqueda del yo. El texto sobre sí no es captura de sí, sino búsqueda de un yo siempre espectral, de un yo que se nos escapa. Si el yo fuera algo que tuviéramos, como bien señala Derrida, no escribiríamos. Si se encuentra el yo no se escribe más, no se vive más. Es pura construcción narrativa que persigue un fantasma y que se aleja de los sellos: del sello del bautismo, de la cruz, de la razón ilustrada, de la circuncisión, del sello de la comunidad hacia un sello siempre inalcanzable. Es, en consecuencia deconstrucción del yo. La búsqueda de sí, en otras palabras, supone la puesta en cuestión de sí; el ejercicio de repensar el fundamento y el concepto de hombre; un poner en cuestión la propia lengua. Se trata, entonces, de una apertura hacia lo otro y, en esa medida, de una política de la escucha.  La construcción del yo pasa por un reconocimiento de la alteridad, por la escucha de la palabra del otro. Es, en el fondo, a esto a lo que le apuesta la deconstrucción de la institución universitaria. Es la conciencia sobre la violencia del propio sello lo que lleva a la necesidad de pedir perdón, a la búsqueda de una expiación. Confesión y arrepentimiento que nos abre al otro como resultado de la deconstrucción de sí. Lo que está como resultado de esta apuesta es la apertura al otro como base de una democracia pluralista por venir.


Referencias

Derrida, J. (2001). Autrui est secret parce qu´il est autre. (A. Spire, Entrevistador)

Derrida, J. (2005). El futuro de la profesión o la universidad sin condición. En T. Cohen, Jaques Derrida y las humanidades (págs. 45-83). México: Siglo XXI.

Kant, E. (2000). Respuesta a la pregunta ¿qué es la ilustración ? Valencia: Universidad de Valencia.

Peeters, B. (2013). Derrida. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.