Memorias Tercer Congreso Colombiano de Estudiantes de Filosofía

Limitaciones en la formulación de la intención: Un análisis epistémico en la propuesta de Anscombe


José Nicolás Martínez Gómez; Universidad del Rosario; martinezg.jose@rosario.edu.co

ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X


Resumen

Las investigaciones que se adelantan sobre la relación entre las intenciones y las acciones, han dejado a un lado la posición tradicional en la que las primeras causan las segundas. Anscombe matiza el concepto de intención como respuesta a preguntas del tipo ‘¿por qué hiciste tal o cual cosa?’ A continuación se revisarán con cuidado los matices que le hace a la intención con el fin de decir que el contenido y la formulación de las intenciones dependen de un conocimiento normativo sobre las cosas, esto es, de concebir a un medio como adecuado para lograr un fin. En ese sentido, el primer paso es mostrar cómo las intenciones responden a preguntas del tipo ‘¿por qué?’. Segundo, evidenciar que en la intención prevalece una estructura medio-fin: razonamiento práctico. Y por último, relacionar el razonamiento práctico con el conocimiento de las cosas: debe hacerse x para lograr y. Con esto se llega a la relación estrecha que guardan las intenciones con el conocimiento de las cosas.



Introducción

 El contenido de la intención parece que puede abarcar acciones sencillas, ‘tener la intención de correr’, o acciones improbables, ‘tener la intención de respirar en el espacio sin utilizar el equipo adecuado’. El problema, sin embargo, es que hay una diferencia entre ‘querer hacer algo’ y ‘tener la intención de lograr algo’. El contenido de los quereres puede abarcar acciones que no son probables; en contra parte, la intención se concentra en las acciones que, al menos en un espacio-tiempo particular, se pueden intentar. Mezclar el contenido de ambos términos sugiere que al formular una intención cualquiera no hay ninguna restricción. Si bien es cierto que la intención refleja algún aspecto del querer, este es un paso posterior. Por ejemplo, para pasar de ‘quiero volar’ a tener ‘la intención de hacerlo’, se requiere un proceso de selección en el que se evalúe la viabilidad de las opciones para realizar el querer. Después, se opta por aquella que pueda intentarse: ‘tener la intención de volar en un avión’. Esto indica, primero, que la intención implica que hay un querer, y segundo, que se conocen los medios para lograr el querer. Lo interesante a continuación es ahondar en la aparente relación entre el contenido de la intención y el conocimiento, si se quiere, que se tiene del mundo. ¿Cómo se inserta el conocimiento de las cosas al formular una intención cualquiera? ¿Qué tipo de conocimiento es?

 A la luz de ambos cuestionamientos y de análisis teleológicos de la acción, en nuestro caso usaremos la fina propuesta de Anscombe, veremos con cuidado las implicaciones que conlleva hablar de la intención. El primer acápite se centrará en (I) revisar el rol de la intención al explicar una acción[1]. Luego, (II) se mostrará la estructura medio-fin en las intenciones con el fin de llegar a lo que Anscombe llama conocimiento práctico. Finalmente, como aproximación tentativa, veremos la relación entre lo normativo, o conocimiento práctico, con lo epistemológico en el siguiente sentido: (III) la intención requiere de un conocimiento normativo que se decanta por el mejor camino para para realizar el querer, esto, por su puesto, depende de cómo cada agente, si se quiere, evalúa cada posibilidad. Parece que la respuesta a preguntas del tipo ‘¿Por qué tienes tal o cual intención y no otra?’, es algo así como: debo utilizar esos medios para lograr el fin propuesto[2].

I. Sobre el ‘por qué’ de la acción

“(…) ya he distinguido un sentido de ‘¿Por qué?’, donde la respuesta menciona  la evidencia. ‘Va a  haber un eclipse mañana’. – ‘¿Por qué?’ ‘Porque…’- y la respuesta es la razón por la que se pensó. (…) Eso puede mencionar una causa, y eso está lejos de lo a que nosotros queremos llegar”. (Anscombe, 2000, p. 15)

 La acción de un agente cualquiera muestra qué es lo que él pretendía hacer, esto es, hubo una intención previa. Sin embargo, no todas las acciones son intencionales. Tanto las acciones intencionales como las no intencionales guardan la misma relación con el agente, a saber, hubo razones en el agente antes de ejecutar una acción. Tales razones, dirá Anscombe, no dependen del resultado de la acción. El problema a continuación es que la razón no es una motivación. Esta última es algo así como la circunstancia que llevó a que un agente pensara hacer tal o cual cosa. Por ejemplo, puede ser el caso que un conductor piense en tomar rutas alternas si hay congestión vehicular en la vía en la que está. Allí, no se mencionan las razones, sino lo que dio paso a cierto tipo de razonamiento[3].Anscombe desecha como razones, y de allí como respuestas a la pregunta  ‘¿Por qué?’, aquellas que mencionan la motivación, esto es, evidencia y causa mental[4]. Una evidencia indica una suerte de predicción sobre lo que va a pasar. Esto gracias a ciertos rasgos en el mundo que permitieron que el hecho se diera (por ejemplo, sentir un vació en el estómago indican que probablemente se va a comer). La causa mental trata de una representación psíquica luego de un sensación cualquiera.  

 A ello se le agrega que la intención sólo se ve luego de que se dio la acción. Por ejemplo, al terminar de tomar un vaso con agua, se dice que se tenía la intención de hacerlo. Esto es lo que Anscombe matiza como conocimiento observacional. Mencionar las razones de la acción, en ese sentido, parece que implica que se requiere de un acción para, primero, revisar la intención, y segundo, ofrecer las razones sobre por qué se hizo tal o cual cosa. Sin embargo, conocer la intención no necesita de un conocimiento observacional. El punto de Anscombe es justamente lo contrario: conocimiento no observacional de la intención. En concreto, las razones (las cuales se expresan en la intención) no dependen del suceso. El valor de verdad del suceso y de la intención se comprueba de diferentes formas.

 Ha de aclararse que Anscombe, de acuerdo a lo anterior, pretende mostrar la distinción entre intención-hecho. Si, por ejemplo, María tenía la intención de sentarse en una silla pero esta estaba rota, y por lo tanto impidió que se ella sentara, esto no quiere decir que el suceso sea una evidencia clara sobre el contenido de su intención. Se diría que María tenía la intención de caerse al piso (lo cual no es cierto). Aun cuando el contenido de la intención va en contra vía con los hecho dados, este sigue siendo verdadero. Las condiciones de verdad se encuentran en el enunciado más no en su correspondencia con el mundo.

La verdad de la intención, además, se centra en la no necesidad de la observación para conocer la intención, “la clase de cosas conocidas sin observación es de interés general para nuestra investigación porque la clase de las acciones intencionales es una sub-clase de ellas (…)” (Anscombe, 2000, p.14).  Sin embargo, parece que la no dependencia entre hecho e intención nos lleva a una conclusión sugestiva, a saber, la intención no tiene restricciones al ser formulada. Intenciones con tinte ficticio, tales como tener la intención de volar, de correr a la velocidad de la luz, de alzar un edificio, siguen siendo verdaderas aun cuando nos resulten sospechosas. ¿Cuál es el error al formular ese tipo de intenciones? ¿Son intenciones?  Parece que se necesita algo de observación para evitar caer en intenciones cuyo contenido sea similar a los casos que se presentaron líneas arriba. Tener la intención implica el conocimiento de las herramientas para realizarla[5]. La intención parece ir de la mano con intentar: tengo la intención de caminar, intento caminar.

 Lo anterior arroja la distinción entre querer y tener la intención-de. Los enunciados, si se quiere, ‘ficticios’ caben en el querer, incluso es un hecho que las personas quieran hacer muchas cosas que saben que no pueden lograr. Lo importante de esta distinción es que la intención parece, contrario a lo que dice Anscombe, requerir de algo empírico, observacional, o de cuando menos un conocimiento del mundo. Con respecto a esto Falvey, como lector juicioso de Anscombe, dice que el punto de ella no es dejar rienda suelta a la intención. Al contrario, su tesis fuerte es atribuirle verdad a la intención aun cuando los hechos la contradigan (como en el caso de María). No obstante, Falvey hecha de mano de la observación situándola como una condición previa de la formulación de la intención, para formarse requiere del conocimiento de las capacidades del agente. ¿Qué conocimiento antecede a la intención? ¿Qué tipo de razonamiento antecede a la intención?

II. ‘Para qué’: conocimiento del objeto

“(…) si alguien dice ‘Pero tu cámara está en el sótano’, y yo digo ‘Yo sé, pero aún estoy subiendo las escaleras para tenerla’ entonces lo que yo dije se torna misterioso. (…) En orden de darle sentido a ‘Yo hago P en miras de Q’, debemos mirar cómo el futuro estado de cosas Q es supuesto como última etapa (…)”. (Anscombe, 2000, p.36)

 ¿Qué hay en el fondo de una intención? Al decir ‘tengo la intención de pasar el examen de biología’, se mencionan dos cosas. Por un lado, un querer ‘quiero pasar el examen de biología’; por otro, una estructura teleológica según la cual existen medios para llegar al querer ‘para pasar el examen de biología tengo que estudiar los temas que vi a lo largo del curso’. Lo interesante a continuación es que cuando un agente cualquiera está ejecutando el medio, repasar los temas,  resulta que la intención al no comprobarse por medio de la observación, miente sobre el contenido de la intención: la acción sugiere que se tiene la intención de repasar los temas que se han visto a lo largo del curso. En ese caso, si le preguntamos a nuestro agente: ‘¿Por qué estás repasando los temas?’, su respuesta, para nuestro asombro, será: ‘Tengo la intención de pasar el examen de biología’. Sin embargo, Anscombe hace énfasis en que la mención al futuro es una buena respuesta a la pregunta ‘¿Por qué?’. Incluso cada acción particular es un medio para lograr algo en el futuro[6].

 Como respuesta a la pregunta ‘¿Por qué?’, la acción dada hace parte de una cadena, si se quiere, cuyas parte son guiadas por un propósito que, a su vez, se compone de las razones del agente. Para Anscombe, esto refleja el razonamiento práctico del agente. ¿Cómo se da el razonamiento práctico? ¿Cuál es su estructura? Los agentes construyen conexiones entre, por un lado, cosas que pueden servir-para, y por otro lado, el fin propuesto.

 Con esto en mente, la distinción entre el querer y la intención, puede matizarse de mejor manera. El querer, está dentro de los propósitos del agente, no hay limitantes para su formulación, o bien puede ser algo sencillo, o bien algo que, bajo las leyes físicas que se han postulado como mecanismo explicativo de los procesos que pasan en el mundo, no es posible hacer. Para lograr ese querer, se evalúan los medios probables que, sin alejarse de la legalidad científica suponiendo un realismo científico, pueden realizarse para conseguir el fin pretendido. Mediante un proceso de selección se desechan aquellos medios que se escapan de la posibilidad de intentarse. Si, por ejemplo, Marcos quiere pasar el examen de biología y dentro de sus opciones esta repasar los temas que hasta ahora se han visto a lo largo del curso, salir de fiesta con sus amigos, o ir a jugar billar, lo más coherente es que se decante por la primera. La estructura del razonamiento de Marcos, en ese sentido, se entiende como medios para un fin. Su respuesta ‘Estoy repasando todos los temas que he visto en el curso’ sigue siendo válida aun cuando se inserta en tal estructura. El todo (pasar el examen de biología) explica la parte (repasar los temas). No obstante, falta un componente para que la intención pueda formularse como una estructura de fines, a saber, el conocimiento práctico. ¿Por qué tal o cual medio sirve para la consecución del fin?[7]

 Lo anterior nos lleva a la relación entre el conocimiento de las cosas y la formulación de la intención. El primer componente de la relación funciona como un filtro entre el querer y la intención. El proceso de selección evalúa los cursos posibles de acción, o medios, a partir de la afinidad con el fin. Tal afinidad se da en términos epistémicos, esto es, la relación con el mundo dirá si un medio es o no pertinente para la consecución del fin. Veamos un ejemplo que involucre el conocimiento práctico con el componente epistémico (por ahora no se hará énfasis en la pertinencia del medio para el fin, tan solo se pondrá especial atención en el filtro que va del querer a la intención) para aclarar tal relación. Juana quiere armar su cama y tiene las partes de la cama que venían en la caja. Para ello requiere de herramientas que le ayuden a ensamblar las partes. Ella busca en su armario y ve que tiene un martillo, puntillas, libros y ropa. El elemento que seleccione de su armario debe servir para unir las partes de la cama. Finalmente se decanta por el martillo y por las puntillas. ¿Por qué desecho las otras?

 El filtro de Juana tiene dos componentes: por un lado, conoce lo que necesita para lograr su propósito de armar la cama; por otro lado, conoce cuál es la función de cada uno de los objetos que tenía a la mano (sabe para qué sirven cada uno de ellos). Ella sabe que la ropa es para vestirse, el libro para leer, las puntillas para ser clavadas en algo, y el martillo para clavar algo. Su querer armar la cama llegar a ser una intención si se aplica tal filtro epistémico. Esto con la salvedad de que, el conocimiento de Juana sobre tales medios dista de ser objetivo, esto es, no es algo necesario y que todas las personas lo piensen. Para alguien un martillo puede servir para decorar la sala, o los libros para trancar las puertas. El conocimiento práctico, al parecer se mueve entre una noción prescriptiva, cómo deberían usarse las cosas, y una subjetiva, cuál es el sentido que le dan las personas a las cosas. ¿Por qué Juana piensa que al usar el martillo y las puntillas puede armar la cama? En otras palabras, el conocimiento práctico requiere de otro filtro según el cual se relacionen los medios con el fin. Juana debe relacionar la utilidad del martillo y de las puntillas con su fin de armar la cama.

III. ‘Debe usarse x para hacer y

“La conexión conceptual entre ‘querer’ (…) y ‘bien’ se puede comparar con la conexión conceptual entre ‘juicio’ y ‘verdad’. La verdad es el objeto del juicio, y el bien es el objeto del querer; de ahí no se sigue que todo juicio sea verdadero, o que toda cosa querida sea buena (…) No se puede explicar la verdad sin introducirla como un tema del intelecto, o del juicio, o de una proposición (…); ‘verdad’ se adscribe a lo que tiene la relación, no a las cosas”. (Anscombe, 2000, p.76)

 Dar las razones por las cuales se hizo algo, como vimos, tiene dentro de sí el conocimiento de los objetos. La intención requiere del conocimiento de los objetos dados en la estructura medio-fin (tener la intención de, por ejemplo, correr, con el fin de ganar una carrera implica, al menos, saber lo que es correr, cómo se puede hacer, y qué es un carrera). No obstante, la conexión entre el medio y el fin necesita del razonamiento práctico. Relacionar los medios con el fin, requiere que el agente los ponga a prueba. Esta prueba, dirá Rödl, es la que conecta el conocimiento práctico con el razonamiento práctico. El agente hace una deliberación según la cual se descartan las opciones que no sirven para el fin. En el caso de Juana, se desecha la ropa y los libros como medios para ensamblar la cama porque su utilidad no sirve para ensamblar una cama. Ahora bien, la relación de los medios con el fin parte de una representación instrumental en el siguiente sentido: se utilizan los medios sólo por considerarlos como correctos, o tal vez apropiados, para el fin. En ese sentido, el razonamiento práctico se pregunta por los cursos de acción suficientes para el fin.

En el  fondo Rödl quiere introducir el deber en el razonamiento práctico. La relación entre los medios y el fin se expresa en el sentido ‘debería hacerse x si se quiere lograr y’. La estructura del razonamiento práactico reza de la siguiente manera: ‘debo hacer x para hacer y’. Los medios se dan como condición de posibilidad del fin. No hacerlo implica la no consecución del fin. Por ello, el agente, ha de aceptar el uso del martillo y de las puntillas. En otras palabras, ha de martillar, para ensamblar la cama.

Sin embargo, queda en el aire la pregunta sobre si los medios para llegar al fin son los correctos. Un fin puede lograrse de muchas formas, por lo que los medios pueden variar. ¿Cuál es el medio correcto para el fin? Si bien los medios cumplen estructuras del tipo ‘debo hacer x’, estos no dicen algo sobre si x es el medio correcto para conseguir y. Una persona que quiere conseguir plata, y después de su razonamiento práctico concluye que robar es un medio para ello, puede llegar a formular intenciones del tipo ‘tengo la intención de conseguir dinero’ que suponen como medio correcto, o interesante, robar un banco. Su conclusión a propósito de qué medios podía servir para lograr el fin, excluyó otros que también servían, tal vez estudiar, trabajar, o comprar el billete de la lotería. Con ello se quiere decir que el agente, a pesar de aceptar que debía hacer cualquier medio para conseguir plata, selecciona un medio específico que arroja la pregunta sobre si tal medio era correcto, en un sentido fuerte.

La noción del deber en el razonamiento práctico se expresa en dos sentidos: ‘debo hacer tal o cual medio para conseguir tal o cual fin’ y ‘debo hacer el medio correcto para conseguir el fin’. Este último no parece tan claro en la deliberación. Lo correcto del medio parece estar ligado con la concepción normativa del agente. Esta persona considera correcto robar, y por tanto su medio sí es correcto. Rödl, a pesar no ser claro en este punto, parece decir que el agente no sólo se compromete con los medios, sino que también se compromete con una noción normativa objetiva que sea ajena a la subjetividad del agente. El problema, sin embargo, es que casos como ‘robar es el mejor medio para conseguir plata’, ponen entre comillas la noción objetiva de qué es lo correcto. Parece que la concepción normativa esta permeada por una suerte de creencias morales y epistémicas subjetivas: un medio es adecuado-para (conocimiento del objeto) y un medio es correcto-para (conocimiento normativo del objeto). La intención sigue siendo cierta aun cuando los medios seleccionados no sean los mejores, tal vez desde el punto de vista de un tercero que evalúa la mente, o las acciones, de los agentes.

Esto nos lleva a limitar la formulación de la intención, y por ello, a establecer una brecha entre el querer y la intención (tal como se mostró anteriormente). El uso del conocimiento práctico y del razonamiento práctico matiza el querer de forma tal que cuando menos su contenido se pueda hacer, allí estamos a portas de llegar a la intención. La intención expresa el querer en el siguiente sentido: la intención implica cuando menos poder intentar su contenido. Ello nos dice sobre la aparente necesidad epistémica para la formulación de la intención. Sin embargo, hay preguntas resultantes sobre, primero, cómo afecta el carácter subjetivo del razonamiento práctico en la intención; segundo, por qué las intenciones implican una noción, tal vez vaga, sobre las cosas; y tercero, cómo se pueden justificar las intenciones, junto con su contenido, frente a un tercero, e incluso frente a la misma persona. ¿Las intenciones son separadas de todo lo que le atribuimos a la mente (creencias, deseos, miedos, esperanzas), o hacen parte de un sistema, si se quiere, mental que relaciona cada uno de sus componentes? Preguntarse por la intención, sin duda que no es una tarea fácil, y más cuando la brecha que Descartes mencionaba en el dualismo de sustancias, no se ha podido cerrar.



 

 

Notas

[1] En esta sección también se traerán a colación ciertos argumentos de Anscombe sobre la viabilidad de que preguntas del tipo ‘¿por qué se hizo tal o cual cosa?’, puedan explicar una acción. “¿Qué distingue las acciones intencionales de las que no lo son? La respuesta que yo voy a sugerir es que esas son acciones en cierto sentido por la aplicación dada de la pregunta ¿Por qué?; por supuesto el sentido es aquel en el que la respuesta, de ser positiva, brinda una razón de la acción. Pero esto no es un estatuto suficiente (…)” (Anscombe, 2000, p. 9).

[2] El concepto ‘normativo’ se usará en el siguiente sentido: todo aquel que pretende alcanzar un fin específico debe aceptar los medios para realizarlo. A su vez, se utiliza una noción subjetiva en el sentido de que cada agente considera un medio específico como el mejor para conseguir el fin propuesto, por lo que cree que debería hacerlo. En concreto, aquí dejamos a un lado la noción fuerte de normatividad que postula la necesidad de hacer tal o cual medio.

[3] Los razonamientos, en la noción de Anscombe, constituyen el razonamiento práctico. Como veremos más adelante, este razonamiento se relaciona con la manera como se entiende el mundo. No obstante, ha de aclararse, desde ahora, que su estructura es de medio-fin. Trata de los casos donde el agente pretende algo y busca la manera para lograrlo.

[4] Anscombe parece igualar causa y motivación. Ambas se refieren a lo que originó el razonamiento en el agente. Por ello, su uso es indiscriminado. Allí se distancia de teorías causales de la acción. Una causa al ser lo que da origen al razonamiento, no dice algo sobre su estructura.

[5] En este punto se ha arado el terreno para llegar a lo que Anscombe llama conocimiento práctico. Este conocimiento impone restricciones epistemológicas a la formación de la intención. Falvey no niega que Anscombe sea ajena a la pertinencia de un mínimo de observación. Su interpretación, de hecho, introduce en el conocimiento práctico la observación de las capacidades para realizar la intención.

[6] Anscombe menciona tres respuestas diferentes que se pueden ofrecer a preguntas del tipo ‘¿por qué hiciste tal o cual cosa?’, y que por ello fungen como la razón de la acción: mención de la historia pasada, dar una interpretación de la acción y mencionar una acción futura. Las dos primeras han de entenderse como vista retrospectiva (backward looking), la restante como vista prospectiva (forward looking). Incluso puede añadirse una cuarta, a saber, una acción sin razón.

[7] Llegado a este punto, es pertinente matizar un poco la noción de conocimiento práctico teniendo en el horizonte las diferencias que guarda con el conocimiento observacional. Este último asume que se puede conocer la intención de acuerdo con la acción, por ejemplo, Juan escribió una carta, sugiere que ‘Juan tenía la intención de escribir una carta’. En cambio, el primero tipo de conocimiento, tan sólo se compromete con el proceso que antecede a la intención, esto es, se determinan cuáles medios se pueden ejecutar de acuerdo con lo que se conozca de ellos, en términos de si ayuda o no a lograr el fin. El objeto de la intención (qué es lo que se postula como fin) se formula gracias a que se tiene un conocimiento, vago o riguroso, de él. Por ejemplo, tener la intención de comer implica conocer lo que es comida. Como veremos, este conocimiento se adecua a la estructura medio-fin.

 


Referencias

Anscombe, G.E.M. Intention. Massachusetts: Harvard University Press (2000).

Falvey, Kevin. “Knowledge in Intention”. Philosophical Studies. Netherlands: Kluwer Academic Publishers (2000) Pp. 21 – 44.

Moya, Carlos. “Capítulo 12. Razones y acción: la acción intencional” Filosofía de la mente. Valencia: Publicaciones Universitat de València (2006). Pp. 189 – 197.

Rödl, Sebastian. “Action and the first Person”. Self – Consciousness. Massachusetts: Harvard University Press (2007) . 17 – 65.