Memorias Tercer Congreso Colombiano de Estudiantes de Filosofía

Controlando a natura

Sobre la imposibilidad de la racionalización de la naturaleza o la relación fallida del hombre con la naturaleza en el capitalismo

Daniel Ballesteros Sánchez; Universidad de Caldas; Danielballesteross@hotmail.com

ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X


Resumen

     La ciencia moderna ha crecido de la mano del capitalismo. Muchos de los avances y progresos de las diferentes disciplinas científicas le han servido a este para su desarrollo en sus periodos mercantil, industrial e imperial, cuyo fin es el de acumular capital a través de diversos procesos que permiten la racionalización del mundo. Entre aquellas prácticas de racionalización, el capitalismo ‒a través de la ciencia‒ ha pretendido controlar en su totalidad las fuerzas de la naturaleza. En el presente se discute, tanto lógica como éticamente, en torno a los inconvenientes y las imposibilidades de dicho propósito, y las consecuencias de este proceso sobre el hombre y la naturaleza.

Palabras Clave

science, capitalism, modernity, nature, rationalization

“Nada sirve tanto al despotismo como las ciencias y los talentos”
Los endemoniados, F. Dostoievski.

Profanación de la naturaleza

     En el marco de la mentalidad cristiano-feudal hay una mezcla entre el mundo real y profano con el mundo de dios, los querubines, serafines y arcángeles. Las concepciones del primero se basan en la construcción social del segundo y el mundo terrenal aparece como un reflejo imperfecto del mundo divino. El nacimiento de la burguesía y la consolidación de estructuras pensadas desde la burguesía como clase social histórica, junto a otros sucesos, promovió en círculos selectos el empirismo práctico –tendencia que pervive hasta la actualidad‒, entendido como una nueva actitud de significar el mundo en el que la realidad no se subordina al mundo de deux, sino en la que se disocian, puesto que todo debe ser verificable; esto permite que el entendimiento de la realidad se secularice –para algunos grupos con acceso a los nuevos conocimientos‒ lo que a su vez posibilita emprender el estudio de lo real y descubrir el carácter operativo de éste, lo cual viabiliza el establecimiento de la ley de la causalidad natural como ley universal. Por tanto, si lo real obedece a ciertas leyes y no al afán o al antojo de un dios, puede y debe ser conocido, pues ya no hay una guía a quien seguir ni sombra en la cual resguardarnos, o al menos salvaguardarnos, de los designios de natura.

     La mentalidad burguesa consuma la distancia entre el sujeto y el objeto, en donde «el individuo se trasforma en sujeto cognoscente y la naturaleza en objeto de conocimiento» (Romero, 1999, p.73). Se piensa que el conocimiento de las leyes naturales permitirá dominarla: ya la naturaleza no es ese agente exterior que aparece en el pensamiento cristiano-feudal como distante al individuo y que solo es objeto de contemplación[1], sino que el nacimiento de la burguesía, que caminaba en el terreno sustentado por Las confesiones de Agustín[2], permitió establecer una nueva manera de percibir al mundo que decantase la naturaleza. La decantación, junto a la secularización, permitió que la racionalidad totalitaria intentara dominarla, condición necesaria para conocerla, cosificarla y hacerse poseedor de la misma.

    En el siglo XVII, el espíritu ilustrado veló por la matematización y el dominio de la realidad que iluminase al hombre en su experiencia en el mundo; sin embargo, para Adorno (1998), dicho espíritu «sustituyó el fuego y la tortura por el estigma con que marcó toda irracionalidad por conducir a la ruina» (p.84). Con su cruzada por convertir a la naturaleza en una unidad sistemática, la razón exterminó con violencia aquello que no se adaptase a su visión del mundo: algo que es tan propio del hombre como sus pasiones y sus comportamientos no racionales (o no económicos, non prácticos, anti-sistémicos) fueron estigmatizados y domesticados con el fin de convertir al homo en un engranaje funcional dentro de la división social del trabajo moderno; proceso sistemático que culminaría con las inmensas industrias que aparecen en la mitad del siglo XVIII. Mediante ésta poderosa conquista del aspecto no racional de la individualidad se vendió al hombre la idea de que podría conservarse libre y autónomo. Pero, como advierte Adorno (1998), «cuanto más se logra el proceso de auto-conservación a través de la división del trabajo, tanto más exige dicho proceso la auto-alienación de los individuos, que han de modelarse en cuerpo y alma según el aparato técnico» (p.83).

La ciencia en el capitalismo y la noción de ambiente controlado

    El desarrollo de las ciencias exactas ha pretendido, atendiendo explícitamente a la necesidad mercantil del pensamiento burgués, la racionalización de la naturaleza. El descubrimiento de la ley de la causalidad, que le permitió al hombre saberse como creador, actor y partícipe de la historia, de igual forma, le permitió comprender que esa historia no es la suma de los caprichos de dios, sino que versaba sobre antecedentes también humanos; es decir, que la historia está construida por el sujeto social y puede ser modificada por él.

     Tras esta profanación de la historia divina y el establecimiento de experimentos científico-técnicos que modificaron la relación del hombre con la naturaleza, aunado al distanciamiento con el dios supra-terrenal en las élites intelectuales de los países insignes del proceso de capitalización, las comunidades de mercaderes emprendieron la búsqueda de nuevas rutas marítimas que desencadenaron en el descubrimiento de América continental. El progreso mercantil (debido no solo a las nuevas rutas sino a los inmensos procesos de acumulación originaria que entablaron la posibilidad de la Revolución Industrial y el enriquecimiento de las clases burguesas) se encontró afectado en algunos momentos por las adversidades de la naturaleza; pero esta, aparentemente, conserva un comportamiento regular –o secuencial‒ que permite al antropo prever y controlar lo que antes parecía azaroso respecto a su proceder.

     El hombre, mamífero bípedo implume que no puede volar, desarrolla a tal grado la tecnología ‒apoyado en la física, la matemática, la mecánica y la filosofía‒ que asciende hasta el espacio exterior donde ningún animal volador ha logrado llegar. El hombre, animal de paso lento, construye vehículos que sobrepasan la velocidad de otros mamíferos más veloces e incluso logra superar la velocidad del sonido con medios de transporte aéreos y terrestres supra-sónicos. No solo interviene en la naturaleza a través de la ciencia y la técnica sino que, desde sus propias concepciones, la supera, lo que le permite saberse como centro del universo y poseedor de todo lo que le rodea. Los descubrimientos de Louis Pasteur y la decodificación del genoma humano por el capital privado de la empresa Celera Genomics permitieron que el hombre no necesitara a dios más que como un mal mecanismo de control social.

     La ciencia, a través de la experimentación controlada, busca encontrar definiciones exhaustivas de los fenómenos para otorgarle sosiego mental al sujeto cognoscente y brindarle al capital condiciones de seguridad para la producción y el transporte de las mercancías. La divulgación de la experimentación se realiza a través del lenguaje escrito; a saber, necesita de la oración como unidad mínima morfológica para la divulgación y el debate de lo que se descubre. La verificación de los aconteceres científicos necesita tanto de las lógicas discursivas del lenguaje como de las condiciones iniciales de experimentación donde se pone a prueba un objeto o fenómeno. Una incoherencia lógica en un enunciado como una posibilidad diferente a las consideradas inicialmente en una investigación controlada puede alterar e inclusive anular los resultados de la misma. Sin embargo, tanto las limitaciones del lenguaje como la aparición de direcciones y probabilidades disímiles hacen que la ciencia se enfrente a una re-evaluación o re-formulación constante de lo que investiga. Es enfrentar a la imposibilidad racional del hombre de aprehender todas las posibilidades que, aunque no existan, pueden ser o son posibles. La ciencia ficción ha demostrado exhaustivamente este suceso: las obras de Wells, Verne, Mitchell, entre mucho otros, han encontrado décadas, decenios y siglos posteriores a su escritura su traducción en lo real (Gardner, 2007). Friedrich Waismann (1945), al respecto, dice que aunque las cosas no existan, pueden suceder «(…) y eso basta para demostrar que nunca podemos excluir totalmente la posibilidad del surgimiento de una situación imprevista en la que tendríamos que modificar nuestra definición» (p. 72). Ningún concepto es tan completo que en su construcción se develen todas sus determinaciones hasta la extinción de la duda, pues siempre optamos por las direcciones de investigación respecto a nuestras necesidades y omitimos las demás posibles.

     Para Leibniz (2007), lo real es siempre inagotable en sus posibilidades. Los avances de la física y la mecánica cuántica han demostrado que hipótesis como la de Goldbach (la suma de dos números naturales siempre dará un número par) solo son irrefutables en tanto no conocemos todos los números, y ya se ha visto en tela de juicio en el Álgebra de Boole, por ejemplo. Pocos conceptos de la ciencia están definidos en tanto pueden ser utilizados en cualquier situación y se comportarán como se espera que lo hagan. Todo conocimiento factual está abierto a modificaciones: desde los conceptos, cuya modificación no implica el derrumbe de todo un edificio lógico, como las leyes, teoremas y demás que se suponen inexpugnables, y que sí implican el derribe del sistema lógico. La ciencia provee al conocimiento humano enunciados sobre los objetos que tiene a su voluntad, bajo sus condiciones determinadas, pero se eximen las condiciones específicas.

    Si la naturaleza se comporta con base a las leyes de la causalidad, el homo oeconomicus burgués puede encontrar sosiego y dedicarse a la explotación y transformación de la misma para la acumulación de capital. La instrumentalización de la ciencia y la técnica le ha permitido, en apariencia, dominarla; sin embargo, la naturaleza aún contiene puntos de fuga a la racionalidad del hombre, incapaz de predecir en su totalidad los efectos del calentamiento global y la contaminación ambiental, los terremotos y otras catástrofes naturales, y las implicaciones de lo que Armando Bartra (2011) llama la renta de la vida  o la modificación bioquímica, biogenética y biomolecular de las semillas para la reducción de los costos de producción y no para una ampliación de la producción alimentaria que procure la reducción de la necesidad alimentaria de la especie.

      Tampoco sabemos qué efectos puede producir la modificación de la percepción de la temporalidad: 1) Según Jorge Riechmann (2010) los tiempos de natura (por estaciones, por evolución), los tiempos del cuerpo (circadianos, lunares) y los tiempos para la vida social (tiempo para el ocio, el esparcimiento, la familia, etc.) no concuerdan y se contraponen con los tiempos del capital (tiempos bursátiles, transaccionales, etcétera). 2) Según Jonathan Crary (2013), el capitalismo a través de la ciencia ha velado por la finalización del sueño; a saber, intenta la reducción de las horas de descanso y el aprovechamiento en vigilia de las 24 horas del día por varios días a la semana. Mucho menos sabemos qué producirá la individualización (Lipovetzky, 2013) de la especie humana misma que no se reconoce y actúa bajo el principio de tolerancia liberal (Gutiérrez, 2006), puesto que solo del reconocimiento surgen las relaciones de amor, respeto legal, moral y de pertenencia que hacen surgir los criterios morales y las diferentes formas de obligación ético-moral, pues la conciencia del mundo y de sí mismo no es la mera auto-reflexión fichteana, sino el proceso de formación a través de la interacción social que depende de la experiencia del reconocimiento recíproco. Lo que aparece como un triunfo sobre la naturaleza puede ser posteriormente una catástrofe para la humanidad. A la ley de la causalidad se le antepone el principio de la incertidumbre.

    Cuando un grupo de científicos construye el ambiente en el que realizarán su experimentación, es decir, erigen las condiciones para evaluar el comportamiento de un fenómeno u objeto bajo determinadas circunstancias, construyen a su vez las condiciones del espacio-tiempo y eximen las demás probabilidades. Una ley científica funciona igual: cuando una posibilidad adversa la afecta, no se deroga la ley, sino bien, se explica el fenómeno posible no tomado en cuenta en el dictamen de la ley inicial. Éste comportamiento experimental controlado es esencialmente kantiano, en tanto son las formas a priori de nuestra intuición y entendimiento los que le dan el status de real a un objeto: sin causalidad no hay ciencia ni realidad; sin embargo, toda ley determinista puede ser sometida a verificabilidad y no satisfacer bajo cualquier condición posible lo que se espera y que fue comprobado en una sola dirección posible.

     Las teorías causales logran, dadas las condiciones temporales y la observación en cierto intervalo de tiempo, predecir con precisión un fenómeno. Esto igual en la física clásica, por ejemplo. No obstante, la física molecular observa que las partículas se mueven a su antojo, o no son predecibles, o aún no tenemos un sistema lógico que comprenda su comportamiento. La ciencia, bajo estos fenómenos que escapan de su orden discursivo y metodológico, debe conformarse con afirmar probabilidades o comportamientos promedio o probabilísticos, por lo cual, la reducción de la investigación a la causalidad reduce el campo de la investigación; la corroboración de la ciencia debe ser en la experiencia, donde pueden hallarse todas las direcciones posibles, y no exclusivamente en el laboratorio, donde el fenómeno a estudiarse se encuentra con una sola ruta. ¿Acaso el único orden del mundo es el orden causal?

    Sabiendo entonces imposible que la ciencia entienda y se apropie de los comportamientos totales de la naturaleza en lo real, y que sólo lo logra bajo condiciones tempo-espaciales controladas, la pretensión de dominio y posesión de la misma en su totalidad es también imposible: no es una posibilidad. El conocimiento fragmentario de la naturaleza produce leyes incompletas, y el capitalismo, que ha logrado mercantilizar casi todo lo conocido, no logra escapar por completo de los comportamientos inesperados o no previstos de natura en tanto no logra controlarlos.

    El hombre, que también ha sido mercantilizado (Marx, 1977), es también de la naturaleza; entonces, no puede ser controlado ni comprendido por completo, pues la ciencia –y especialmente las disciplinas del comportamiento‒ no logran abarcarlo en su total esplendor. En el afán de controlar la naturaleza humana, las disciplinas han creado, desde el siglo XVI hasta el siglo XIX, sociedades del deber y de la disciplina (Chul-Han, 2011a). Las leyes de vagabundaje en Inglaterra (Marx, 1977) punteaban a esto: el hombre debe trabajar en la fábrica, producirle al capital, transformar la naturaleza con lo único propiamente suyo: el trabajo. Pero estas mismas disciplinas, que desarrollaron el taylorismo-fordismo (Rifking, 1996; Coriat, 1993) como práctica de disciplinarización, encuentran más eficaz que el mismo hombre se someta a la productividad, para lo cual transforman las sociedades del deber en sociedades del rendimiento ‒a lo que bastante ha ayudado el toyotismo y la tercerización laboral (Braverman, 1987)‒.

     Los hombres contemporáneos son llamados a la motivación, a la iniciativa, al proyecto y en general a la eficacia. Los sujetos del deber pasan a ser sujetos del rendimiento. La coacción sobre sí es reconocida como libertad y ejerce más coacción que el deber impuesto desde el otro, pues no existe resistencia contra sí mismo. El ocio (Lafargue, 1883), el exceso (Bataille, 2007) y la trasgresión (Chul-Han, 2011b), entre otras todas posibilidades contra la productividad, no son posibilidades para el sujeto productivo: debemos ser moderados, comer sano, no fumar, hacer deporte… cuando, paradójicamente, el mismo sistema socioeconómico nos envenena con el desmesurado consumo de glucosa, de productos genéticamente modificados o infectados por pesticidas en un medio ambiente con niveles de toxicidad cada vez más altos. Esto no por decisión; es decir, como un acto de la voluntad, sino como imposición sistemática inconsciente: no es sólo el sacrificio total de nuestros instintitos por la evolución de la cultura (Freud, 2006), sino el sacrificio de nuestra libertad por el libre flujo de capitales de la burguesía. La negatividad que se manifiesta en Hegel como fuerza y dolor que se contrapone a la positividad se pretende excluida, pues, como posibilidad es inteligible. Todo aquello que no puede ser controlado es lo atípico, y esto no es más que las múltiples posibilidades no controladas por el dominio de la ciencia y la disciplina en lo real.

      El capitalismo a través de las ciencias deterministas pretende instaurar un orden y negar la posibilidad de un desorden (Balandier, 1993). Pero tanto la naturaleza como la naturaleza humana –haciendo aquí la distinción que no es, en realidad, equiparable en lo real‒ poseen fuerzas: la primera la expresa en la catástrofe; el homo la expresa en su resistencia. Las sociedades controladas por los regímenes políticos, de seguridad[3] y de salubridad[4] son la continuación más racionalizada de la dialéctica del amo y el esclavo, donde el burgués representa al primero y el sujeto productivo u obrero, al segundo. Recordemos que:

La dialéctica hegeliana del amo y el esclavo describe una lucha a vida o muerte. El que después será amo no teme a la muerte. Su deseo de libertad, reconocimiento y soberanía lo eleva sobre la preocupación por la mera vida. (…) Quien no teme a la capacidad de muerte no arriesga su vida (Chul-Han, 2011b, p.46).

     El deseo de control del burgués ha llevado a que el ciudadano, que ha interiorizado este discurso, encuentre sosiego en los ambientes controlados, a pesar de las otras posibilidades que lo rodean (Baudrillard, 2009). El consumidor, que no se acercaría en Manizales al barrio Sierra Morena, asiste con tranquilidad en términos de seguridad (aun cuando allí se angustie por ver todo a lo que no puede acceder con facilidad) al Centro Comercial Fundadores a disfrutar de un ambiente que aparentemente todo lo tiene; este centro de comercio está a una cuadra de distancia del mencionado barrio, uno de los más marginales y excluidos de la ciudad. La falacia del control que nos da el ambiente no puede negar más que por instantes la posibilidad de la pobreza real que se encuentra tras sí. Eximir la contradicción es la negación de la vida: conclusión no definitiva de las probabilidades y fuerzas que se enfrentan y se contraponen en el tiempo y en el espacio. «Por lo tanto algo es viviente sólo cuando contiene en sí la contradicción y justamente es esta fuerza capaz de contener y sostener en sí la contradicción» (Hegel, 2013, p.74). El sujeto del rendimiento que entregó su fuerza a la posibilidad de alcanzar la felicidad del consumo, será luego el sujeto del cansancio consumido por el capitalismo.

     En conclusión, el hombre para entender y elevarse sobre el continuo heterogéneo irracional que es el mundo (Gómez, 2002), necesita fragmentarlo; sin embargo, tiene también la facultad del entendimiento holista, es decir, de unir las partes que inicialmente fragmentó sin pretensiones de hacerse poseedor del conocimiento total. El estudio científico de una posibilidad no debe eximir las otras posibilidades, sino bien, encontrar la manera de vincularlas. Importante es entender que aun cuando la ciencia haya nacido de la mano del capitalismo ‒pues este le dio la libertad necesaria para el desarrollo del pensamiento y desató las fuerzas productivas del hombre (Marx,1987; Berman, 2007)‒ y tenga como posibilidad el encargarse de encontrar las condiciones de control necesarias para el desarrollo de este, tanto en su etapa mercantil, industrial como la postindustrial o imperialista, también existen otras posibilidades de hacer ciencia: esto lo demuestra la multiplicidad de metodologías para el abordaje del mundo desde los discursos científicos.

      Es posible una ciencia que no vele por controlar la naturaleza y la naturaleza humana, sino otra que entable un tipo de relaciones orgánicas, solidarias y de reconocimiento entre el homo y natura. Ya que no es posible el control de todas las posibilidades del mundo, sí lo es la posibilidad de establecer otro tipo de relaciones de reconocimiento entre la especie, con otras especies y con la biodiversidad, para no desatar posibilidades que superen nuestra posibilidad de controlar, solucionar o remediar el mundo que habitamos y que es, por ahora, el único mundo posible para el hombre, nuestra casa común (Bergoglio: 2015).

Notas

[1] Esta idea es desarrollada por Carlos Barros en La humanización de la naturaleza. Se encuentra en Barros, C. La humanización de la naturaleza. España: Universidad de Santiago de Compostella. Tomado de DEBATE: http://www.h-debate.com/cbarros/spanish/humanizacion_castellano.htm#_ftn9 (07/06/2015 a las 3:54).

[2] Rozitchner, L (2001). La cosa y la cruz. Cristianismo y Capitalismo en torno a las Confesiones de San Agustín. Argentina: Losada editores.

[3] Zygmunt Bauman en En busca de la política (Bauman: 2007) asevera que desde las posiciones políticas disidentes a la derecha que critican la seguridad no es que estén buscando, indispensablemente, un deceso de la misma, sino bien una manera de abordarla diferente. Para las derechas, la seguridad es un asunto del ministerio de Defensa y las agencias de seguridad y empresas de vigilancia; para las izquierdas, la seguridad es un asunto de los ministerios de Trabajo y Medio Ambiente.

[4] La peste negra fue un asunto de la Iglesia, y no del Estado; el desarrollo de las disciplinas permitió que el Estado se apropiara de los asuntos de salubridad, epidemias, fechas de jubilación, etcétera. Al respecto, la anátomo-bío/política de Michel Foucault. Respecto al manejo de estos mismos asuntos en los países que no están en las agendas diplomáticas de los países “civilizados”, véase la Necropolítica de Achille Mbembe.


Referencias

Adorno, T., Horkheimer, M. (1998). Dialéctica de la ilustración. España: Editorial Trotta.

Balandier, G. (1993). El desorden. Barcelona: Gedisa S. A.

Bartra, A. (2011). El capital en su laberinto: de la renta de la tierra a la renta de la vida. España: Ítaca.

Bataille, G. (2007). L’erotism. Francia: Tusquets.

Baudrillard, J. (2009). La sociedad de consumo. España: Siglo XXI Editores.

Bauman, Z. (2007). En busca de la política. México: Fondo de Cultura Económica.

Bergoglio, J. M. (2015). Carta encíclica Laudato si’. Sobre el cuidado de la casa común. Roma: Tipografía Vaticana.

Berman, M. (2007). Todo lo sólido se desvanece en el aire. México: Siglo XXI Editorial.

Braverman, H. (1987). Trabajo y capital monopolista. México: Nuestro tiempo.

Coriat, B. (1993). El taller y el cronómetro. Madrid: Siglo XXI.

Crary, J. (2013). 24/7. Late capitalism and the ends of sleep. Londres: Verso.

Chul-Han, B. (2011)(a). La sociedad de la transparencia. España: Herber.

Chul-Han B. (2011)(b). La agonía del eros. España: Herber.

Dostoievski, F. (2011). Los endemoniados. Argentina: Alianza Editorial.

Freud, S. (2006). Obras completas, Tomo XXI. España: Amorrortu Editores.

Gardner, M. (2007). Los viajes en el tiempo y otras perplejidades matemáticas. España: RBA Editores.

Gómez, L. T., et al. (2002). Ensayos sobre teoría sociológica: Durkheim, Weber, Marx. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia.

Gutiérrez, C. (2006). La tolerancia como desvirtuación del reconocimiento. Revista Palimpsesto. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia.

Hegel, G. (2013). Ciencia de la lógica. España: Las cuarenta editores.

Lafargue, P. (1883). El derecho al ocio: Refutación del derecho al trabajo de 1848. De: http://abriraqui.net/wp-/lafargue_refutacion_del_trabajo.pdf (29/05/2015; 6:59)

Leibniz, G. W. (2007). Discourse on Metaphysics. Estados Unidos: Jonathan Bennet.

Lipovetzky, G. (2013). La era del vacío. México: Anagrama.

Marx, K. (1977). El capital, Tomo III. México: Fondo de Cultura Económica.                       

Marx, K. (1987). Manifiesto del partido comunista. España: Sarpe.

Riechmann, J. (2010). Tiempo para la vida: la crisis ecológica en su dimensión temporal. España: Traslibros.

Rifking, J. (1996). El fin del trabajo. Nuevas tecnologías contra puestos de trabajo: el nacimiento de una nueva era. Barcelona: Paidós.

Romero, J. L. (1999). Estudio sobre la mentalidad burguesa. Argentina: Alianza Editorial.

Waismann, F. (1945). Verificabilidad. Inglaterra: Proceedings of the Aristotelian Society, vol. 19.