Memorias Tercer Congreso Colombiano de Estudiantes de Filosofía

Estética y política: Una mirada fenomenológica del arte


Eduin Esneider López Zárate; Universidad Distrital Francisco José de Caldas; sambucas44@hotmail.com

ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X




La obra y su contexto

     No podemos negar el hecho de que el arte y sus distintas manifestaciones (literatura, música, pintura, etc.) representan en la actualidad un enorme reto para quienes queremos trabajar sobre su base, ya que cambia constantemente y fluye con cada aspecto de la vida, por ende, puede representar muchas cosas en el mismo instante dependiendo de la intencionalidad o la valoración con que la abordemos. En palabras del profesor Carlos Guevara refiriéndose a Umberto Eco “la obra está siempre abierta y tiende a promover en el lector un proceso en el que mediante un acto individual se convierte en el eje de una serie de relaciones en las que se instala como sujeto activo que participa en la dinámica estética” (Guevara, Carlos. 2002. Pág. 79). Por lo mismo, se ha vuelto difícil describir con precisión todo aquello que puede o debe ser considerado bajo esta categoría.

      Pero incluso reflexionar sobre el arte en general o intentar estudiarlo en su totalidad es tan imposible como estudiar el lenguaje en su amplitud, sería como querer analizar al universo fuera del universo. Podemos tomar pequeñas parcelas, algunos componentes que sean imprescindibles por la necesidad personal, o por la que demande nuestro contexto, ejemplo de ello es la presente ponencia cuyo propósito es únicamente reflexionar acerca de la dualidad entre estética y política en el marco de las manifestaciones artísticas.

      Para hacer efectivo este propósito, debemos empezar teniendo en cuenta que la noción de arte está diseñada bajo los límites de un placer estético y una función política, que son el resultado de producciones subjetivas frente a un contexto, es decir, son un dispositivo de expresión de la experiencia, y una configuración del universo simbólico ligado a nuestra percepción y enmarcados dentro de un tejido cultural específico. Desde ya empezamos a ver una notable relación entre la estética y la política dentro del marco del arte, lo cual problematiza la forma como lo contemplamos, pues si se reconoce al arte como un modo de vida, como una intimidad con la esencia del hombre, el problema es ver ahora, cómo se proyecta su esencia hacia afuera sin caer en una exuberancia de lo estético o en un sin-sentido en la vivencia.

      Una obra concreta se cree hija de un tiempo determinado, lo cual implica que las dinámicas de relación entre la forma y el contenido, entre las maneras de sentir y manifestar las vivencias, tengan características específicas propias del artista debido a las influencias que haya tenido; sin embargo, esas características no son absolutas ni estáticas, pues en el espectador van sufriendo un cambio, ya sea por sus condiciones contextuales, por sus mismas preferencias, por la edad o por el transcurso del tiempo. La obra entonces no solo se proyecta sobre una dimensión espacial, también tiene la posibilidad de seguir un camino en el tiempo.

      Cuando en una obra artística, la relación estética-política deviene global en su interacción con el mundo, dicha obra crecerá hasta justificar su existencia en el futuro, de lo contrario se suspenderá y morirá con la atmosfera que le dio su origen, es decir, que una obra que no se encargue de lo esencial en el hombre no logrará alcance universal, por ejemplo, si la obra se reduce a descripciones o  a un listado de adjetivos y emociones. Si logra obtener una fortaleza como para que logre resistir el peso de su futuro, la obra cobra vida independiente del artista, es decir, logra obtener vida real.

      Retomar el discurso de lo que Kandinsky llama “Dualidad inseparable entre forma y contenido” (Kandinsky, Wassily. 1989) es uno de los caminos para que la obra, como expresión de su época con un estilo específico, logre alcance en los espectadores de todos los tiempos, ya que el artista, resolvería el problema que todo hombre en el ejercicio creativo debe enfrentar: la relación entre el qué y el cómo, puesto que la forma -que llamaremos a partir de aquí Dimensión Estética-, queda vacía si no la sustenta un valor significativo -que desde aquí llamaremos Dimensión Política-, tal como ocurre en el arte por el arte.

      Para abordar al arte desde las dimensiones (estética y política), es preciso hacerlo en contraposición a las obras que incurren en el anteriormente mencionado arte por el arte, ya que esto nos permite en primer lugar marcar una diferencia clara entre ambos tipos de arte, y en segundo lugar, especificar la relación y las problemáticas que surgen al vincular la Dimensión Estética y la Dimensión Política dentro de una obra poética.

 

1. El “arte por el arte” como un solipsismo

      El arte por el arte es aquel que desaloja de sí cualquier consideración extra-estética, es el arte que se referencia a sí mismo y por lo tanto, es absolutamente autónomo, en consecuencia, deja por fuera todo reparo cognitivo, histórico, ético o social, filosófico etc., todo interés de proyección hacia afuera.

      Desde esta posición la obra se sobrepone a su contexto, vulnera la atmosfera que le dio vida(1), su único criterio se vuelve el mérito estético que, si se traslada al ámbito de lo político (reducido éste a una ideología), se produce una política (ideológica) sustentada por el poder estético, que consiste, primero, en las formas de utilidad política que tienen algunas manifestaciones estéticas, demos como ejemplo un panfleto de propaganda nazi: “Detrás del poder enemigo: El judío” (Anexo 1) donde todo el simbolismo encarna una ideología de guerra direccionada a hacer entender a las masas que el verdadero enemigo es el judío (quien está detrás de los países con quienes se enfrenta), que el judío es el enemigo oculto; pero esta manifestación estética sólo se reduce a la transmisión de una idea que no es de ninguna manera un estado reflexivo sobre la vida o el mundo, sino una coacción en la manera de pensar.

      En segundo lugar, este traslado de la estética al ámbito de lo político hace referencia a las propias consideraciones estéticas que el artista le imprime a su propia obra, como si su estética fuera la medida de perfección. Para que la estética no sucumba ante lo político entendido como una coacción, es necesario entonces re-significar el término liberándolo de sus antecedentes ideológicos, y de esa forma distinguir entre literatura y propaganda política, que viene siendo la utilidad política que tiene una obra, según las condiciones de productividad.

      La transferencia de la estética a la política generaría una “estetización de la política” (Achugar, Hugo. 1991 págs. 122-129), donde sólo se mide la belleza y nada más. Cuando el arte por el arte cobra valor, se manifiesta inmediatamente la autoalienación del otro, lo cual implica, que la obra arrebata la subjetividad del lector, negándole la complicidad que se debe generar entre ella y su espectador. La obra que vale por sí misma, que es completa y plenamente autosuficiente, evade las preguntas éticas, políticas y filosóficas desatadas por las demandas concretas de su contexto. En la medida en que el único criterio es estético y todo parámetro extra-estético es excluido, incluso la vida humana puede ser sacrificada simbólicamente, en aras del mérito artístico.

      La reproducción sucesiva de obras autorreferenciales en el marco de la productividad, proyecta la competencia entre los artistas que se relacionan con esta preferencia, ya que desde la perspectiva consumista la demanda del público, trae consigo la superficialidad del estilo: ante un público poco o nada artístico, se mezclan cualquier sinnúmero de estilos, al punto de diseñar una expresividad sin meta fija, una expresividad que tiraniza los sentidos para ocultar la falta de fuerza y el sin-sentido de la forma: “esta época es testigo de una deflación colosal de la estética en que la ordinariez y la banalidad quieren (…) usurpar el estrado legitimo reservado para las grandes creaciones” (Guevara, Carlos. 2002. Pág. 37.), dichas obras logran tener impacto por el uso exagerado de figuras retoricas, por las imágenes poéticas desligadas entre sí que proponen, que al fin y al cabo, es la forma como disimulan la falta de conciencia de lo otro. Cabe preguntarse desde esta perspectiva ¿Por qué algunas obras se propagan tan rápido? ¿Por qué hay mayor resonancia de ciertas obras que de otras?

      El terreno de la Estética ha dejado de ser un campo de batalla discursivo y su interacción con el mundo paulatinamente se ha visto regulado por la pasividad que implica la autorregulación de los espectadores en cuanto a la exigencia de su profundidad semántica o pragmática. El discurso del arte ya no requiere de la disciplina de la interpretación, más bien pareciera que es una composición diseñada por asesores de imagen que apuntan a la libre interpretación de la obra. Pareciera que los artistas de esta corriente procuraran el reconocimiento inmediato en detrimento con el sentido creador de la obra y que el lenguaje fuera un signo de una sola voz, de un solo matiz alejado de las expresiones vitales del hombre.

      El arte que se propaga velozmente, que tiene amplia resonancia en sectores específicos, es un arte de la libre interpretación, lo cual es un error que privilegia la apariencia debido al impacto que pueden producir sobre la sensibilidad, el cual es inmediato y digerible. La “moda” es el motor, por lo que los artistas no se toman el tiempo adecuado para pensar en sus contenidos, sino que deambulan en la errancia de la novedad, recordemos por ejemplo que hoy en día a los escritores se les suele premiar y reconocer, sólo si llegan a ser un bestseller; es decir, por la cantidad de libros que venden, pero no por sus contenidos eidéticos, no se les premia precisamente por procurar un espacio de contemplación reflexiva sobre la vida y sus achaques en sus obras, o por representar las deficiencias de un contexto que afecta la vida humana en todos sus ámbitos; en fin, es mejor visto vender que resignificar al mundo, es mejor visto llegar a muchos lectores morbosos, que llegar a unos pocos los cuales puedan potenciar la obra como un proyecto humano o social para mejorar las condiciones en que nos vemos abocados.

      Cortázar en el Capítulo 9 de Rayuela ilustra claramente con dos pintores (Klee y Mondrian) la gran diferencia que existe entre el arte por el arte y un arte cuyas consideraciones son extra-estéticas, que tiene en cuenta por ejemplo –al igual Klee- el placer, las cosquillas, las alusiones, los terrores o las delicias. El otro arte es absoluto por lo tanto no crea esa múltiple complicidad con el espectador, sino que, al bastarse a sí mismo, la obra se vuelve una rendija por donde el espectador divisa un “mí mismo” (el del autor) que se sobrepone y no interactúa de ninguna forma con él.

      Habiendo contemplado el fragmento anterior de Rayuela, continuemos –para seguir con la misma línea- dando una perspectiva acerca de cómo se considera a la literatura en su Dimensión Estética y en su Dimensión Política, que se diferencia de el arte por el arte puesto que no es una creación totalmente autónoma, que no se vale por sí misma, su estética no es su fin último ni su motivación principal, sino que sólo tiene sentido en relación con lo que Rancière denomina como “división de lo sensible” (Rancière, Jaques. 2003. Págs. 2-3), es decir, con la distribución jerarquizada espacio-temporal de los lugares y sus partes en una esfera común.

      “Este reparto de partes y lugares se basa en una división de los espacios, tiempos y las formas de actividad que determinan la manera misma en que un común se presta a participación y unos y otros participan en esta división” (Rancière, Jaques. 2003. Págs. 2-3), lo que significa que el arte tiene una función “comunitaria” que consiste en construir un espacio específico, una forma inédita de reparto del mundo común, donde cada espectador o lector tenga la posibilidad de visibilizarse como ser político. La función de la literatura entonces, es crear espacios comunes y reconfigurar la partición de la división de lo sensible.

      La división de lo sensible la entiendo como una jerarquización en los lugares comunes, la cual permite que nosotros podamos percibir ciertas cosas con más resonancia que otras. Por ejemplo, en nuestra cotidianidad nos bombardean constantemente múltiples formas de propaganda que, más que vender un producto, venden formas de vida entregadas al consumo; así, en las calles, en el trasporte público, en la televisión, etc., vemos con mucha frecuencia un tipo de cosas determinadas, sin percatarnos de que hay otras cosas distintas que no vemos o vemos poco, pues esta división jerárquica está diseñada para que eso suceda de tal forma que nos empujan a percibir al mundo de forma reducida haciendo que omitamos cuestiones de la vida que realmente son importantes.

      De la misma manera en las obras de arte se procuran algunas dimensiones de la vida por encimas de otras, algunas imágenes y otras no. La intensidad con la que se manifiesten ciertos símbolos sobre otros (de la vida y del mundo) tiene una reacción en el público lector, razón por la cual, el artista debe tener la responsabilidad de saber qué deja ver y cómo lo deja ver en cada una de sus creaciones, pues eso puede llevar a que su espectador asuma desde su propia interpretación una actitud frente a la vida interna y externa; es decir, que la obra puede generar ciertos efectos que se van a relacionar directamente con la posición del espectador en la vida social.

      De esa manera, los artistas tienen la posibilidad de proyectar formas de experiencia las cuales se potencian en la cotidianidad; ejemplo de ello es mi experiencia particular: en el momento que leí y releí un poema de Borges “Arte poética”, empecé a entender que el arte no es solamente un conjunto de colores, no es cualquier sonido o pequeña escultura, no es en sí una estructura que solamente juega con el lenguaje en su dimensión semántica, fonética o lingüística; entendí lo que Borges me decía: “El arte debe ser como ese espejo/que nos revela nuestra propia cara” (Borges, Jorge L. 1984. Pág. 843.), que significa para mí, que toda manifestación estética debe estar atravesada con una simbología la cual nos posibilite re-significarnos y con ello a nuestro entorno, pero esa resignificación parte de un reflejo de nosotros mismos, el reflejo oculto, es decir, el olvidado en la jerarquización de las formas sensibles de las que nos percatamos a diario y de las que no.

      Así pues, el arte en sí mismo tiene una constitución similar a la constitución de la división de lo sensible, ya que al establecer un nuevo espacio de relaciones entre lo visible y lo invisible en relación con el lector, está trastocando lo habitual, trasgrediendo las distribuciones sensibles ya instauradas, desfigurando el orden establecido, para introducir en su lugar una nueva configuración simbólica y material de lo visible y lo audible, siguiendo a Guevara (2002) “la obra de arte es una instancia mediadora desde la que nos observamos a nosotros mismos (…) -y desde donde buscamos- respuestas sobre nosotros mismos y nuestro universo” (Guevara 2002. pág. 26), lo que implica una nueva división de lo sensible que nos permite percibir lo que comúnmente no percibimos (por la jerarquización planteada en la cotidianidad); es decir, es una oportunidad de observarnos a nosotros mismos y una forma distinta de ver al mundo como posibilidad mientras éste se nos da a través del simbolismo del arte.

 

2. La Dimensión Estética

      Como ya se habrá notado, el término “estética” por sí solo se ha llevado a un sinnúmero de apreciaciones que ahora nos conducen a un sin-sentido, a un declive de la palabra, de su eidos. La estética desde esta perspectiva no revela ningún significado trascendental de la vida y del mundo, ya que se suele relacionar con el producto de un ejercicio de poder perceptivo que ocurre en la esfera pública, por ejemplo, es común que se confunda la producción estética con cualquier tipo de producción artesanal por los efectos que puede producir en la sociedad, entonces, la estética se traslada constantemente al ámbito de lo artesanal favoreciendo siempre la influencia sensorial.

      La estética tomada por sí sola entonces puede caer en el abismo de ser considerada el mayor populismo que causa entre las personas, puesto que implicaría una condición que subyace en el público por el anhelo de la espectacularización de las imágenes ligada a la novedad constante. Por lo anterior, La estética se suele considerar dentro del régimen de las cosas sensibles como un pensamiento de la sensibilidad que sale al encuentro de la experiencia superficial y opera en la vida como una subasta de imágenes diseñada para cautivar a los espectadores de la obra. La estética, como comúnmente se considera, se agota en la sensación, nace y muere con los portales sensitivos.

      Por las razones anteriores, se hace necesario vincular la estética al arte como una magnitud inteligible que ayuda a constituirlo más allá de todo campo perceptivo para ofrecerle la posibilidad de ser otra cosa que lo que comúnmente se puede considerar: un compendio de imágenes, de sonidos, de letras. La Estética como Dimensión constitutiva del arte pertenece al orden social y por ende político y le tiende un puente hacia el rescate de la subjetividad; es decir, hacia formas de valoración propias de nuestras vivencias.

      La Dimensión Estética implica en primer lugar, una corporeidad como experiencia primera de la obra de arte y en segundo lugar, un sinnúmero de relaciones que se desprende de ella en el campo perceptivo, lo que significa que el ámbito de la sensibilidad deviene objeto de reflexión a través de la conciencia del conocimiento y de la representación simbólica. Cuando una imagen poética desestabiliza al espectador, se crea una sensación justificada en el contenido histórico del sujeto para pensar en la proyección a la que se lanza con el objetivo de ofrecer un sentido a la existencia. La Dimensión Estética entonces no se puede agotar en la sensibilización, tiene que ser un lenguaje que lleve a crisis a las personas, que las lleve a superar los límites de la división de lo sensible de nuestra cotidianidad para generar otro tipo de experiencias.

 

2.1 La Dimensión Política

      De la misma forma que con la estética, la política no puede ser tomada como concepto prosaico, cotidiano. El término “política” vista desde una actitud natural (explicada con anterioridad), se suele vincular fácilmente –por los contenidos históricos que poseemos- con un orden ideológico común que se crea en un territorio espacial y psíquico y  hace referencia a un ambiente social ideal que generan las élites y lo introducen en la vida social como un deseo o un sueño que se debe alcanzar. Al ser una necesidad que proviene de consideraciones externas, a cada persona se le presenta dicho deseo de forma situacional y posicional junto con la posibilidad de aniquilarlo a través de su alcance.

      En otras palabras, la política como elemento cotidiano, se podría afirmar, que es un asunto de apariencias jerárquicas dentro de los espacios comunes que permiten una distribución de lo que puede ser visto y de lo que no, de lo que se puede decir y de lo que no, de lo que se puede alcanzar y de lo que no, respondiendo a la falacia del cumplimiento de los deseos de los sujetos que las élites mismas originaron. La política en esta actitud natural es política precisamente por el distanciamiento que conserva con la actitud reflexiva del hombre, por la homogeneidad que busca crear en las distintas culturas para que obedezcan a regímenes difusos de intereses particulares.

      Acorde a lo anterior, se debe hacer una desnaturalización(2) de la dimensión política, desde la cual, podemos llegar afirmar que ésta se aleja de las funciones ideológicas, de cualquier tipo de nacionalismo, regionalismo y sectorización de la sociedad, y se aleja por el hecho de no convertirse en un medio propagandístico, por la responsabilidad que tiene de no ser cosificada. Por el contrario, actúa de manera imparcial en la vida de los sujetos, por el tipo de tiempo y espacio que en ellos instituye cuestionando su pasividad.

      En esta Dimensión se condensa una función vital de la obra literaria porque lleva al lector a ser un actor, es decir, lo lleva de ser un simple decodificador de signos a ser una potencia de la misma obra y de su propia subjetividad. La obra se siembra como una semilla en el sujeto, que espera crecer y dar frutos. El artista logra que la obra enraíce y florezca, si no lo logra, es porque está procurando la estética en detrimento de la dimensión política.

      La obra penetra entonces en el hombre cuando le ofrece un sentido y un valor de la existencia que se constituyen y se viven de forma subjetiva, y no cuando pasa como un rumor frío, como un aire insípido que no le sirve ni para un pequeño respiro.

 

Conclusión

      El arte entonces, como una síntesis entre la dimensión estética y la dimensión política es una forma de dar sentido a nuestro mundo subjetivo. Tenemos que valorar y dar sentido a nuestra propia constitución del mundo, no podríamos existir en un sin-sentido absoluto, pues éste puede conducir a la autodestrucción. Lo anterior significa que la obra se relaciona directamente con la problemática del hombre como creador del valor. El hombre necesita darle un sentido personal a la vida y, para eso, el hombre crea el valor; para sobrevivir necesitamos otorgarles valor a las cosas. Pensemos en un mundo donde nada tiene valor, donde todo es un sin-sentido absoluto ¿Cómo reaccionamos? ¿Acaso podemos admitir sin mayor reproche que todo lo que los hombres defendieron en siglos pasados sacrificando su bienestar y su vida misma, era simplemente un error? Nietzsche respondería que “lo máximo que podemos admitir es que hay distintos grados de la verdad, pues en el fondo es injusto admitir que todo lo que se ha creído por años es impulso de un error” (Nietzsche, Friedrich. 2002. Frag 53); lo que quiere decir que no podemos prescindir del valor que le damos a las cosas.

      Por lo tanto, somos nosotros los que valoramos a cada instante de nuestra existencia utilizando al lenguaje –estético- para dar valor y forma al universo que nos rodea. Dicho lo anterior, se debe afirmar que, para que el hombre pueda dar un sentido a su vida a través de lo que le puede ofrecer una obra artística, ésta debe crear el ambiente necesario para que eso suceda, se debe convertir en un conocimiento de, dirigido en un conocimiento para; es decir, adquiere un devenir, que se vive subjetivamente y que debe habitar las grietas de los que nos caracteriza como humanos:

      La obra se fundamenta entonces como pensamiento que extrae al hombre de la opacidad y lo ubica en la luz de la posibilidad que, desde Heidegger, es lo que es el hombre: un desocultamiento de sus posibilidades, un desocultamiento del ser3. Por ende, la Dimensión Política “pone en operación la verdad"4, razón por la cual “revela la esencia general de las cosas y de los hombres”5; al revelar la esencia general del hombre, la obra  ya no puede más que ser un reflejo reflexivo de nosotros mismos y no un retrato del autor,  ya no es una obra de autorreferencia del autor (Recordemos a Mondrian en Rayuela).

      Ese desocultamiento, que de ninguna manera indica que sea confortable para nosotros es lo que se quiere ver como una dimensión política, ya que al desocultar una verdad que comúnmente esta oculta, está trasgrediendo los límites de la división de lo sensible planteados en la vida cotidiana que nos conduce a existir de formas univocas y absolutistas; por lo tanto, invita al sujeto a ir más allá de la mera contemplación sensible; le crea la necesidad de asumir una posición con respecto a esas nuevas posibilidades que la obra le presenta.

      Para finalizar, debemos tener claridad en que no estamos subordinando la dimensión estética a la dimensión política. Las tomamos como elementos complementarios en igual medida. Tampoco estamos argumentando que la percepción sensible sea una instancia primitiva en la contemplación del arte, pues todo placer estético implica una contemplación estética, razón por la cual, no es posible tal placer si no existe de por medio una percepción sensible. Sin embargo, el placer estético no se puede agotar en la materialidad que le da cuerpo a la obra, no puede reducirse simplemente al sensorium que llega a nuestros ojos, oídos o tacto:“¡Señor, el arte no está en los fríos envoltorios de mármol, ni en los cuadros lamidos, ni en el excelente señor Ohnet! ¡Señor! El arte no viste pantalones, ni habla en burgués” (Rubén, Darío. 2013. Págs. 17-22.).

      Lo anterior implica que, llevado más allá de la materialidad, el placer estético suscita una conciencia de nosotros mismos, de nuestras vivencias, de la forma como damos sentido y valor a las cosas, en fin, una conciencia de nuestra subjetividad, para poder comprender la obra desde el dinamismo de su eidos que revela las vaguedades de la monotonía a la cual muchas veces nos condenamos con el transcurrir de los días que, invariables pasan y siguen pasando.

 

 

 

 

Notas

1.  Idea tomada de Achugar, Hugo. La Política de lo estético - revista Nueva Sociedad Nº 116 Noviembre-Diciembre de 1991. Págs. 122-129.

2. Con este término se hace referencia a la epojé de la reducción fenomenológica, la cual implica llegar a un estado de conciencia pura en la que las cosas solo cuentan como vivencias mismas.

3. Heidegger, Martin. Arte y poesía. Fondo de Cultura Económica. México, 1995. Pág.113. 

4. Ibíd. Pág. 11.

5. Ibíd. Pág. 114.


Referencias

Achugar, Hugo. La Política de lo estético - revista Nueva Sociedad Nº 116 Noviembre-Diciembre de 1991. Págs. 122-129.

Borges, Jorge Luis (1984). Obras Completas. EMECÉ Editores. Buenos Aires.

Cortázar, Julio (2002). Rayuela, capítulo 9. Editorial Austral.

Guevara, Carlos (2011). Fenomenología y poesía: caminos hacia lo esencial Logos, 20: 103-124, julio-diciembre del, Bogotá, Colombia.

Guevara, Carlos. Correlaciones entre gradación, variantes e invariante en la percepción del fenómeno poético. Doctorado Interinstitucional en Educación.

Guevara, Carlos (2002). “Sentidos e Interpretación”. Editorial Tiempo de leer. Bogotá. 109 páginas.

Heidegger, Martin (1995). Arte y poesía. Fondo de Cultura Económica. México.

Kandinsky, Wassily (1989). “De lo espiritual en el arte”. Editorial Premia quinta edición. México. 138 páginas.

Nietzsche, Friedrich (2002) Humano, demasiado humano. Clásicos Universales. España.

Rancière, Jaques (2003). “La división de lo sensible. Estética y política”. Traducción Antonio Fernández Lara.

Rubén, Darío (2013). Azul. Pequeño Dios Editores. Primera edición, Santiago de Chile.

Vargas, J (1999). “Fenomenología y Psicología Pura”. Universidad del Valle – Ediciones El Bosque. Primera Edición.

Vidal, José (Editor) (1998). “Reflexiones sobre el arte y estética en torno a Marx, Nietzsche y Freud”. Editorial, FIM. Pensamiento. Madrid, 206 páginas.