Memorias Tercer Congreso Colombiano de Estudiantes de Filosofía

Fernando González: La filosofía como pensamiento –viaje- individual y colectivo


Andrés Esteban Acosta; Universidad de Antioquia; a-acosta29@hotmail.com

ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X


Resumen

En el pensamiento de Fernando González habita una consideración particular de la filosofía. La filosofía es vivencia que se piensa, pensamientos que se hacen en la vitalidad propia del camino. El viaje es la necesidad vital del individuo porque allí acrecienta su individualidad y al mismo tiempo se hace partícipe de su historia, de sus raíces. En este sentido el pensamiento o filosofía vivencial es también pensamiento del colectivo, reconoce un nosotros que debe, en el trabajo de pensarse en la existencia, construir ideas propias. Esta idea de filosofía está ligada al ritmo, consideración de la forma como los individuos hacen de su camino algo particular, en el sentido de que el viaje es la única posibilidad que tiene el individuo de estar en el mundo.



 

La filosofía es una actitud vital frente al mundo.

Jairo Alarcón.

 

La traición más grande que puede hacer uno es olvidarse de sí mismo.

Eufrasio Guzmán.

   

      Las ideas de Fernando González resultan imprescindibles al momento de revisar la tradición del pensamiento nacional, muchos han sido los autores en nuestro país que han querido hacer del pensamiento una cuestión de problemas propios, un edificar que no se desliga de los elementos que constituyen el lugar desde el cual se piensa; sin embargo estos autores no han merecido la suficiente atención por parte de la academia nacional, que muchas veces los ha tratado como autores de segunda mano o autores que replican las ideas extranjeras. Olvidados o relegados, salvo importantes excepciones,  quedan nombres como Estanislao Zuleta, Cayetano Betancurt, Nicolás Gómez Dávila, Jaime Jaramillo Uribe, Efe Gómez, Tomás Carrasquilla, o poetas como José Manuel Arango, León de Greiff, y muchos más. Seguimos dependiendo de los otros, de unos cuantos que siguen direccionando nuestro pensamiento como si solo mediante ellos fuera posible construir ideas; González se aleja de esta consideración, de un lado quedan las nociones estáticas y las posiciones radicales que consideran que en el mundo exista algo que se pueda considerarse acabado, ejecutado completamente; no obstante y como es propio de nuestros pueblos casi siempre terminamos dejando en un segundo plano lo que nos pertenece, en este caso, un autor que se dedicó a pensar problemas de diversa índole, entre ellos el problema del ser individual y del ser colectivo. Toda la obra de este escritor es la consecución de un drama vivencial personal que se expande a la consideración de un drama nacional y de un drama continental. Por ello su escritura rompe con los moldes de servilismo a las ideas extranjeras para propugnar más bien, por un pensamiento de los problemas propios –cómo vivo el mundo, cómo lo padezco y cómo lo pienso-. En las líneas siguientes se desarrollarán las dos perspectivas mencionadas del pensamiento o del viaje –individual y colectivo- con el fin de extender la pregunta por la filosofía como viaje existencial.

 

1. Aprenderse a sí mismo

      En las primeras obras de Fernando González(1) el sí mismo -el yo o la individualidad- se presenta como una de las consideraciones centrales, al afirma al yo también se afirma la vida misma en el sentido de existencia sensorial; yo soy porque siento y al sentir tengo la posibilidad de pensarme, y así, sintiendo, logro crear vínculos con el mundo:

Es necesario reconocer que sin sensaciones es imposible la vida del espíritu. Los sentidos suministran al alma elementos para sus trabajos silenciosos. Las sensaciones son como las flores de las cuales elabora su miel la abeja del espíritu. Por eso es necesaria la vida bulliciosa de los sentidos (González, 2005, p. 19).

      No hay entonces posibilidad de negar el mundo, de abstenerse de las vivencias de tal manera que uno fuera una cosa y el mundo fuera otra, todo lo contrario hay que vivir el mundo, gastar la vida con los sentidos, en otras palabras probar la tristeza vital, sentir el remordimiento como forma de realización de las pasiones, probar el dolor en el alejamiento a través del silencio, saberse uno mismo en la meditación. El individuo parte de la aceptación de sí mismo, allí inicia la posibilidad de aprenderse, de afirmarse en el transcurso de su existencia como viajero continuo que acrecienta con cada paso, con cada pausa, con cada revisión de su camino, el campo de su conciencia. Esta afirmación del yo como fundamento de la individualidad y como principio de toda consideración de la relación con el  mundo aparece en la obra del poeta colombiano Héctor Rojas Herazo con un sentido más mundano – no tan cercano a la idea de meditación de Fernando González; no obstante, resulta indiscutible su preocupación por el yo en tanto definición de lo que somos:

Yo soy de aquí. De aquí, de donde piso,

de donde crezco y muero,

donde tiemblo y espero,

donde tengo parada mi estatura

y mis cinco sentidos verticales.

No me llamen, siquiera, por un nombre.

Llámenme simplemente

como se llama frío a lo que hiela

           o fuego a lo que quema

           o viento a lo que esparce y multiplica.

Porque esto soy, no más, esto que miran

sufrir aprisionado en el vacío,

una mezcla de sangre, hueso y nada,

de agua sedienta y anhelante frio(2) (Rojas Herazo, 2013, pp. 101-102).

 

      El pensamiento de Fernando González es un hacer, un pensamiento de la acción cercano, sin ser lo mismo a la propuesta de Sartre en El existencialismo es un humanismo. Por ello la necesidad de que cada individuo siga su camino y en él encuentre las dinámicas, los deseos propios, en otras palabras, “la necesidad de que el hombre viva intensamente” (González, 2014, p. 102), y así piense, actúe y vuelva a pensar en los caminos que recorre y en los que puede –como posibilidad vital- recorrer. Efe Gómez (2006) hablaba, en un tono intimista, de sentir rebeliones contra el destino para poder afirmar la existencia, hacerse a través de impulsos que la vida requiere para que las sensaciones susciten preguntas en los individuos y de esta manera existan conciencias reflexivas y no meramente sensoriales:

Hace días que no siento rebeliones contra el destino, señal de que la vida se extingue en mí pues el árbol que no se yergue al soplo del huracán, es que se doblega y cede y cede, o que yace tendido por el suelo (González. 64).

      Hacer es también desear. Si no se desea no hay nada qué vivir porque el camino es deseo que se hace, porque las vivencias dependen de motivaciones que permiten que el sujeto persiga algo: “¿De dónde querer continuar el movimiento que se llama vida? Del deseo. ¿Y el deseo? De que el hombre jamás está satisfecho de sí mismo” (González, 2014, p. 152). Esta insatisfacción no cesa en el individuo porque este siempre se ve impulsado a pertenecer al mundo, siempre busca un algo que, según lo ya mencionado, se constituya en vivencias que luego deberá interiorizar para incrementar el campo de su conciencia o para aprenderse en tanto individualidad. De este estar constantemente propensos a la vivencia surge la posibilidad de entenderse uno en tanto individuo: "El ánimo, esa fuerza desconocida que nos hace amar, creer y desear más o menos intensamente. El ánimo, que no es la inteligencia, sino la fuente del deseo, del entender y del obrar." (González, 1995, p. 10)

      El camino del yo apunta, como se evidencia en la cita, al entender, al saber qué soy yo en la medida en que existo. Así, en la medida en que la existencia se sigue constante en el individuo, en consonancia con ello, debe volver a sí mismo continuamente para evaluar (meditar) aquello que ha sido su existencia, siempre desde la perspectiva vital individual, como lo menciona González (2014): “La vida del hombre es una perpetua contemplación de sí mismo” (p. 128).

      La vida aunque es posibilidad constante, movimiento que puede darse en cualquier dirección en tanto el hombre tiene la posibilidad de ser todas las cosas, no puede darse sino de una forma. Somos de una forma y así mismo lo son las cosas porque el límite pertenece a la existencia, y al hacerlo, cesa la ensoñación como posibilidad del sujeto de pensar múltiples caminos. Puede el sujeto pensar en un punto del futuro en donde él sea de determinada manera, puede evadir la limitación material de la cosa y crear la cosa a través del pensamiento, no obstante, el movimiento continuo de la vida va poniendo al sujeto en un lugar determinado y de una manera determinada, es decir, todo sujeto pertenece a un aquí y a un ahora imposibles de no habitar. No se puede ser nada más que eso, con lo que la verdad se funde en la individualidad, en lo que le ocurre al ser humano en la existencia, en el viaje propio.

      El mundo es una cosa y contra ello González no está entrando en discusión, lo que está haciendo el autor es afirmar la existencia individual considerando como valioso el recorrido que cada sujeto hace y en ese recorrido, las hechos que pasan y las pasiones que se surgen; todo esto como material de pensamiento continuo.

      Cada camino representa la acción que solo el sujeto que vive puede llevar a cabo, en este sentido las nociones siempre serán las nociones de dicho sujeto y el mundo siempre será el mundo de él, así yo puedo decir que la verdad es aquella que responde a mi estar en el mundo como individuo. Si yo deseo esa es mi verdad, o si yo sufro o si yo construyo una noción cualquiera del mundo, esas serán mis verdades; esta idea pone a la verdad en el campo del yo debido a que se habla de una verdad existencial, propia de la vida, de los pasos que yo voy dando en el espacio y en el tiempo que, como decía González de este último, “[…] se compone de instantes, que son como cajoncitos donde echamos, poco a poco, nuestra vida.” (p. 185). No se trata entonces de una verdad en el sentido de adecuación o en cualquier otro sentido que exija un proceso colectivo de constatación. Aquí se habla del sujeto y de lo que este puede, de su condición de particularidad en el mundo. Se habla de un tiempo espiritual donde el sujeto va adquiriendo forma de sus nociones vitales, de lo que le ocurre en la existencia, en este sentido somos en el tiempo porque sentimos, porque somos afectados por el mundo; El Viaje a pie es precisamente esto, sensaciones que dos filósofos aficionados(3) van teniendo a lo largo de un camino que es físico y espiritual.

      Si cada verdad está en el sujeto porque la existencia imprime en él el carácter de individualidad, es preciso que dicho sujeto cambie constantemente. ¿Se le exige coherencia a la existencia? ¿Se le exige al sujeto que tenga nociones invariables sobre el mundo? No, el individuo es contradicción porque el movimiento existencial lo lleva a sentir constantemente sensaciones diversas y a interiorizar (pensar) dichas sensaciones de una manera distinta: “El hombre que no se contradice tiene su alma esclavizada por un sueño” (p. 126).

     Tomás Carrasquilla en una carta de 1906 dirigida a Abel Farina se refiere a la contradicción como expresión por excelencia de la existencia, como escenario donde el individuo concibe que su vida es una congregación vital de presencias y de ideas:

Dices, también, que me encuentro contradicho. No lo dudo, amigo mío. Si en este enredo que llaman almas no hubiese contradicciones y antinomias, se me figura que la vida habría de ser bastante peor de lo que es. En este columpiarse de las almas, de aquí para allá; en este invertirse de posturas y lugares; de hallar puntos distintos de vista y nuevas condiciones de observación, debe consistir, Farina amigo, el palpitar febricitante de todas las existencias. (2009, p. 502)

      El pensamiento es propenso a la contradicción porque la vida es variable. Cada sujeto es individualidad en la existencia, un sí mismo que actúa, que hace en el mundo y haciendo se afirma como ser sensible. Dichas sensaciones definen el camino del sujeto, ese que es propio y solo se puede recorrer impulsando los pasos propios, sufriendo desde el sí mismo el camino. Esa es la verdad de cada sujeto, por ello cada interpretación de la vida, en términos de existencia, es verdadera (González, 2014, p. 42), porque contiene la vida que solo un sujeto puede vivir.

    ¿Y la filosofía? Joseph Avski (2014) menciona que “Fernando González entiende la filosofía como una herramienta para enfrentar la vida, para vivir mejor […]” (p. 43). Se enfrenta la vida viviéndola, haciendo que la existencia sea pensamiento, o si se quiere, que el viaje sea reflexión, por ello la filosofía es pensamiento del sí mismo en tanto cada individuo debe afrontar su existencia pensándola, es decir, actúo y pienso(4) para aprenderme, así al saberse constantemente el sujeto tiene la posibilidad de vivir mejor, en tanto se reconoce como sujeto que ha sido, que es y que será. No hay otra posibilidad de darse de la filosofía, bajo la perspectiva enunciada, que no sea la de ser pensamiento de la existencia; cada sujeto debe pensarse a sí mismo, estudiar su camino para aprenderse, para saber qué es en tanto sujeto que actúa y siente, de Produciendo que la filosofía sea meditación, ir hacia sí mismo, como necesidad vital, buscando lo que solo le pertenece al escenario de la individualidad: viaje. En el lugar de uno mismo está el comprenderse, el silencio como la reflexión de la vida, es decir el pensar constantemente lo que le pasa a uno para que la individualidad se vaya forjando: “Cada uno se lee a sí mismo en las cosas de la vida” (González, 2014, p. 117)

 

2. Aprendernos

      La perspectiva del pensamiento no es solamente una consideración individual de la existencia; cada sujeto puede analizarse porque hay un mundo que se lo permite, porque hay otros que se relacionan con un espacio determinado y allí surgen hechos que cada individuo reflexiona para aprenderse a sí mismo. González (2015) se quejaba de que “la gente no realiza el hecho maravilloso de existir. [No hace consciente tal hecho]” (p. 111). Lo hacía de una manera incitadora, que llamara a los individuos a volcarse a sus propias vidas para hacer de sus existencias verdadero pensamiento. Pero no solo el individuo debe saberse a sí mismo, también debe pensarse a partir de los elementos que lo definen como una unidad donde hay muchos otros; de esta manera el pensamiento de Fernando González considera problemas tales como Antioquia, Colombia y Latinoamérica, es allí donde este autor rompe con muchos de los autores de su época, en la consideración de una conciencia regional, nacional y continental que debe afirmarse en la medida en que el grupo piensa los problemas propios. Por lo tanto, lo primero a considerar es en qué consiste la existencia grupal, aquella donde yo reconozco a los otros como necesarios para realizar el viaje.

      Solo viaja –vive- quien sabe que a su lado hay otros individuos que permiten que ocurran hechos y que haya ideas que se den en el camino; Viaje a pie es una evidencia de que la acción siempre es acción de muchos. Si yo recorro el camino lo hago porque hay muchos que están construyendo saber en ese camino, por lo tanto, yo existo gracias a que no estoy solo en el mundo. Ernesto Sábato (2015), con naturalidad y esperanza, planteaba en su ensayo La Resistencia, la constante y necesaria presencia de los otros, que se puede leer también desde la perspectiva de nosotros, forma que resulta congregadora de cada yo con sus otros:

La presencia de un hombre se expresa en el arreglo de una mesa, en unos discos apilados, en un libro, en un juguete. El contacto con cualquier obra humana evoca en nosotros la vida del otro, deja huellas a su paso que nos inclinan a reconocerlo y a encontrarlo. Si vivimos como autómatas seremos ciegos a las huellas que los hombres nos van dejando, como las piedritas que tiraban Hansel y Gretel en la esperanza de ser encontrados. (p. 19)

      Allí donde hay otros hay vida. La comunicación, la cercanía, el contacto que se presenta en un espacio cualquiera es existencia dándose debido a que hay una correspondencia vital inevitable: a la vez que yo reconozco mi existencia en la vivencia grupal estoy haciendo mi vivencia individual. En esta correspondencia vital cada sujeto que se sabe a sí mismo, que se entiende, está acrecentando el espacio de su conciencia, es decir, sabe más –hace consciente su viaje- porque vive más y piensa eso que vive. En la medida en que otros sujetos busquen para ellos el entenderse, se configura una noción de grupo, de sujetos que buscan en el otro algo bueno: saber la existencia para que sea útil, en términos de Spinoza(5), que un hombre se una a otro hombre, ya que de la convivencia entre muchos que viven y piensan se desprenden ideas que generan que la existencia sea cada vez mejor, que se reflexione la misma.

      Ahora bien, la expresión de la individualidad es la acción que me permite construir noción de grupo, es decir, que cada quien se lance a su propio viaje y lo haga meditando sus pasos, que son a su vez pensamiento, expresión de lo que el yo va siendo a cada instante. Se expresa entonces quien vive su interioridad: “Que mis hijos mediten y vivan los problemas, para que se fortalezcan; el hombre crece de dentro para afuera. La emoción del conocimiento es lo que embellece” (González, 2015, p. 20). En la expresión lo colectivo cobra relevancia debido a que la individualidad se abre, y al hacerlo, sus experiencias son también las experiencias de otros;  para Fernando González la expresión y lo colectivo serán preguntas fundamentales dentro de su obra, especialmente cuando refiere estas dos inquietudes a Latinoamérica.

      Las manifestaciones de los distintos grupos se dan a partir del conocimiento de lo que es cada grupo, individualmente yo me manifiesto porque sé que soy yo. De la misma manera pensarnos en términos de continente exige que entendamos por qué somos Latinoamérica y por qué no somos otra cosa. Cuando los autores del boom latinoamericano pensaron lo que estaban realizando sabían que el punto de quiebre de su literatura, es decir, lo que les permitió que fuesen leídos en todo el mundo, fue la apropiación de la espacialidad narrada:

En vez de imitar modelos extranjeros, en vez de basarse en estéticas o en ismos importados, los mejores de entre ellos han ido despertando poco a poco a la conciencia de que la realidad que les rodeaba era su realidad, y que esa realidad en parte seguía estando virgen de toda indagación […] (Cortázar, 1984, p. 112).

      Lo interesante aquí es ver la preocupación manifiesta por la expresión propia, por aquella que no se ve entregada a las consideraciones de otros que quieren imponer sus ideas. El pensamiento de Fernando González, especialmente el expresado en Los Negroides, plantea la necesidad de que en Suramérica haya un pensamiento propio, que permita definirnos, y a partir de ello, construir nuestras relaciones y pensar nuestros problemas: “Hemos agarrado ya a Suramérica: vanidad. Copiadas constituciones, leyes y costumbres; la pedagogía, métodos y programas copiados; copiadas todas las formas” (2015, p. 16). Vivimos lo que no se corresponde con nosotros, los caminos que seguimos no son los nuestros y, por lo tanto, nuestras vivencias no resultan originales.

     Subyace el problema de las ideas propias si cada individuo debe buscarse y saberse a partir de sus vivencias, de la misma manera cada grupo debe partir de una pregunta por aquello que le permite ser una categoría configurada por muchas particularidades: ¿por qué somos eso que llamamos ser? La pregunta por las raíces ha sido precisamente una de las tareas que Latinoamérica no ha realizado de una forma adecuada. Elaboraciones –ideas-como las de Eduardo Galeano, Octavio Paz, y las del mismo Fernando González, etc, aún siguen vistas como ideas subsidiarias, o si se prefiere, como pensamiento periférico que no se adecúa en la forma que Occidente ha impuesto de comprender el mundo.  Nos ha costado considerar que somos algo en tanto hay una historia común que nos hace semejantes; en detrimento de esta consideración hemos hecho todo lo posible por distanciarnos de nuestras raíces buscando los fundamentos de nuestras ideas en pensamientos ajenos, que nos llegan sin ni siquiera hacer un proceso de aclimatación de las ideas. Nos llegan y ya, eso basta para que pensemos como esos otros que no conocen nuestro entorno ni han vivido nuestra historia. Por eso González (2000) se burlaba y atacaba a una pequeña porción de la población de Colombia que le rendía culto a todo lo que llegaba de afuera y le olía a extraño: “Y leen tanto y tanta bobería, que estos que llaman “sabios” y “maestros” están tan tapados por lo ajeno, por lo europeo, que para encontrarles al alma hay que taladrar más hondo que para hallar petróleo” (p. 82). 

      La originalidad no es otra cosa que atender a las necesidades propias, las preguntas que me surgen a mí como individuo porque vivo una existencia determinada, o las preguntas que le surgen a un país como Colombia, o a una región como Latinoamérica, por el hecho de tener unas raíces, una historia y un presente comunes:

En América Latina creemos que lo original es lo raro (lo distinto), cuando en realidad lo original es lo que tiene origen en algo y lo sigue, llegando a algo más, a lo no dicho en o sobre una situación determinada. (Ánjel, 2008, p. 159).

      Las ideas propias concuerdan con esta idea de originalidad; por ello es problemático, como lo recalcaba González, que las formas que configuran nuestro espacio sean ideas copiadas de otros lugares. A partir de lo anterior surge una preocupación evidente: Latinoamérica se niega a sí misma en tanto no piensa a partir de sus vivencias y en tanto no construye ideas que tengan asidero en su espacio. Si nos  pensamos como grupo a través de las exigencias propias, podría hacer que tengamos un mejor uso de las ideas exteriores ya que nos servirían para pensar nuestro espacio o para aplicarlas en este, o tal vez para mejorar las ideas generadas en el lugar que reconocemos como nuestro.

     La filosofía como pensamiento vital se concibe, cuando se refiere a muchos individuos que comparten categorías que los definen como comunes (Humanidad, América Latina, Colombia, Antioquia, etc.), como un saberse en conjunto: aprendernos. Al abandonar nuestro pensamiento a las ideas de otros estamos permitiendo que esos otros nos definan y, por lo tanto, que nosotros no pensemos. Este servilismo de las ideas atenta contra la consideración del pensamiento como reflexión de la existencia, debido a que este opera como una barrera que no nos permite observar nuestros problemas por nosotros mismos, y mucho menos buscar las mejores formas de solucionar dichos problemas.  Generando la necesidad de considerarnos y de sabernos, es decir, de partir de nuestras raíces para saber qué somos: “En América podría haber originalidad en la cultura, aporte al haber común de la humanidad. […] Los instintos americanos no se han manifestado; nuestro pueblo está dormido en sueño de siglos” (González, 2015, pp. 37-38). Si no se vive, sintiendo las sensaciones, es imposible que haya pensamiento, que haya filosofía. Al pensar nuestras vivencias como comunes en función del espacio habitado se filosofa. Esto no excluye las ideas ajenas, sino que, las integra de tal manera que se adecúen a las vivencias de los sujetos que las acogen. De esta manera la filosofía se construye como pensamiento existencial de muchos que viven sus vivencias y labran allí mimo su pensamiento.

 

3. La filosofía y el ritmo

      A modo de conclusión y siguiendo lo dicho a lo largo del texto sobre la consideración de la filosofía en el pensamiento de Fernando González, es preciso anotar que en el viaje –en la vida- el sujeto o el grupo -según la perspectiva- requieren de un método,  forma denominada como ritmo y representa la forma mediante la cual vamos a saber lo que hay en el camino vital: “cada individuo tiene su ritmo para caminar, para trabajar y para amar” (1995, p. 3).

      El yo o sí mismo debe perder la vergüenza para realizar su propio camino, desapegarse de la vanidad (como lo llama González) que impide que a través de nuestro ritmo descubramos qué hay en el camino y nos aprendamos a través de la continuidad de la existencia. El trabajo individual requiere de una revisión constante de uno mismo, estar atento a lo que me pasa y pensar eso que me pasa como el desarrollo continuo de un saber propio, vital; así pues, el pensamiento referido al individuo que vivencialmente se hace, exige pasos lentos que le permitan a dicho individuo seguir realmente el viaje a pie, precisando una pausa, parar y mirar qué es lo que se vive, afirmar la existencia siendo acción reflexionada. El ritmo vital debe ser el ritmo de los silenciosos, el de la meditación, el ritmo de los que recorren caminos sabiendo que siempre se encontrarán con algo, y ese algo los hace entender mejor su viaje. La filosofía es ritmo, un hacer lento y una revisión pausada de la existencia: “Sentir la vida y estar consciente de ese sentimiento, propicia la reflexión que busca el buen vivir, que es en resumen la filosofía” (Ánjel, 2008, p. 160).

     Definir el ritmo es esencial para el individuo y para el nosotros, pensarnos como una agrupación implica entender que las partes deben sentir y pensar la vida para que el grupo pueda saber qué es, y por lo tanto, pueda construir nociones que se identifiquen con los individuos que allí habitan. Asimismo las búsquedas del individuo deben hacerse en la misma existencia, allí donde el mundo está a su alcance a través de las sensaciones; la vida se extiende como camino y el individuo sigue su ruta, y aunque crea que nunca puede agarrar algo con las manos, realmente está haciéndose en el camino mismo, como lo expresaron J. Félix Mejía y Teodomiro Isaza (bajo el seudónimo de Helena de Maia) en la revista Panida, revista que tuvo como uno de sus integrantes a Fernando González: “Y saben [las almas] que lo verdadero, que lo que buscan y no encuentran está cerca de ellas, tan cerca, que solo necesitarán extender la mano para cogerlo” (1915, p. 17). Ritmo y pensamiento se hacen en el ser humano, cada uno decide su rumbo y la forma de seguirlo, y cada uno comprende su existencia a través del pensamiento. Igual pasa cuando hablamos de nosotros, el ritmo guía el pensamiento y el pensamiento se hace en la vida.

Notas

1. Hago referencia a Pensamientos de un viejo (1916), El payaso interior (1916), Viaje a pie (1929).

2. Fragmento del poema “Primera afirmación corporal” del libro Desde la luz preguntan por nosotros (1956).

3. Forma como González se nombra a sí mismo y nombra a su compañero de viaje don Benjamín: “Nos llamamos filósofos aficionados para no comprometernos demasiado y porque ese nombre es mucho para cualquiera” (1995, p. 2).

4. “Padezco, pero medito”. Forma de enunciar la relación vivencia pensamiento. Lo que me afecta (mi relación con el  mundo) lo vuelvo pensamiento (meditación). Esto se puede ver en la siguiente anotación de libreta donde Fernando González vuelve pensamiento la vivencia, en este caso el sufrimiento: “Por tres cosas sufro: la perspectiva de la muerte, envejecer y vivir sin amigos. El resto es goce: atómico. Padezco, pero medito” (2014, p. 23).

5. En el Escolio de la Proposición XVIII de la Parte Cuarta de la Ética.

 


Referencias

Ánjel, J. G. (2008). Latinoamérica, un viaje a la defensiva. UNAULA. (28), p. 157- p. 166. 

Avski, J. (2014). Fernando González. El filósofo aficionado. Revista Universidad de Antioquia. (318), pp. 41-46.

Carrasquilla, T. (2006). “Farina amigo”. En: Obra completa. Volumen 3. Medellín: Editorial Universidad de Antioquia. pp. 502-503.

Cortázar, J. (1984). “Literatura latinoamericana de Nuestro Tiempo”. En: Los años de alumbradas culturales. Barcelona: Muchnik Editores. p. 112.

Gómez, E. (2006). Cuaderno de materia prima. Medellín: Fondo Editorial Universidad EAFIT.

González, F. (2014). Anotaciones de las libretas de Fernando González. Revista Universidad de Antioquia. (318), pp. 22-25.

González, F. (2005). El payaso interior. Medellín: Fondo Editorial Universidad EAFIT.

González, F. (2014). Los negroides. Medellín: Fondo Editorial Universidad EAFIT.

González, F. (2000). Nociones de izquierdismo. Medellín: Editorial Universidad de Antioquia.

González, F. (2014). Pensamientos de un viejo. Medellín: Fondo Editorial Universidad EAFIT.

González, F. (1995). Viaje a pie. Medellín: Editorial Universidad de Antioquia.

Isaza, Teodomiro y Mejía, José Félix. (1915). “Almas humanas”. Revista Panida. (2), p. 17.

Rojas Herazo, H. (2013). “Creatura encendida”. En: Obra poética. Bogotá: Instituto Caro y Cuervo. pp. 101-102.

Sábato, E. (2015). La resistencia. Barcelona: Editorial Seix Barral.