Año 6 No. 7 - 8 Enero - Diciembre de 2014

El extraño amor de Barba-Jacob


Marcela Soto García. Universidad de Caldas. marsogar9@gmail.com

ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X




Se puede decir que la idea de amor, expresada a través de los poemas de Barba Jacob, es polifacética y que, además, rompe con su comprensión en el sentido tradicional.

En un poema como Acuarimántima, dotado de múltiples alusiones de lo que sería un lugar ideal para el poeta, en el que toda perfección, belleza y verdad tendrían lugar, vemos cómo brota la interpretación de un mundo imperecedero y poético, en el que el amor constituye una de las principales virtudes de esa “Jerusalén de poesía”:

Fulgía en mi ilusión Acuarimántima.

Ciudad del bien, fastuosa, legendaria, ciudad de amor y esfuerzo y ufanía

y de meditación y de plegaria;

una ciudad azúlea, egregia, fuerte,

una Jerusalén de poesía. (Barba–Jacob, p. 95)

En Nueva canción de la vida profunda, aparece de nuevo esa visión del mundo de la que participa el amor como expresión de lo sublime y como manifestación de una idea suprema:

El mundo, como un cóncavo diamante, parecía

henchido hasta los bordes por la amorosa idea.

(Barba–Jacob, p. 180)

En En la muerte del poeta, II parte, se hace una vaga alusión al amor mediante recuerdos. En los poemas de Barba Jacob no hay realmente una preferencia explícita por la descripción de sentimientos amorosos hacia la mujer –este tema apenas aparece insinuado en otros poemas–. En la segunda estrofa, este amor es un recuerdo adolescente que la vida y swus azares ha desvanecido:

Yo te veía por mis ensueños

peinar, triscando, tu cabellera,

y en sus aurinos bucles sedeños

iba viajando mi alma viajera.

Lloro y canciones fue mi vigilia, fue mi vigilia.

Si tú lo dudas novia temprana,

que te lo cuente con labio amargo la bugambilia; y sin embargo...

y sin embargo,

me voy mañana... (Barba–Jacob, p.182) 

La visión más noble del amor que encontramos en sus poemas está asociada a la figura femenina encarnada en Teresa, su primer amor, y según podemos pensar, sería una de las mujeres más importantes en la vida de Barba Jacob (después de su abuela, a la que en algunos poemas se refiere con nostalgia asociada también a los recuerdos de niñez). La presencia entonces de los recuerdos del romance y de la ruptura con Teresa marcarán ideas importantes para comprender las múltiples alusiones del poeta al amor y a la mujer como pasa en Nueva canción de la vida profunda:

La mujer y la gloria con puños ternezuelos

llamaron quedamente a mi alma infantil.

¡Oh, mis primeros ímpetus! ¡Los matinales vuelos!

Tuve una novia ... Me parece que fue en abril... (Barba–Jacob, p. 179)

O en Elegía de un azul imposible

¡Oh sombra vaga, oh sombra de mi primera novia!

Era como el convólvulo — la flor de los crepúsculos —,

y era como las teresitas: azul crepuscular.

Nuestro amor semejaba paloma de la aldea,

grato a todos los ojos y a todos familiar. (Barba–Jacob, p. 196)

Como podemos notar, las alusiones a Teresa se hacen de manera indirecta o más explícitamente cuando se le asocia con las imágenes, colores y elementos que evocan su infancia y adolescencia en su tierra natal. El recuerdo de este amor se torna perturbador en el sentido de que pareciese lamentar de aquello que pudo ser y no fue (Acuarimántima):

Y aquella niña del amor florido

y oloroso, y ritual, y enardecido,

el seno como un fruto no oprimido,

y un dulzor en los besos diluido,

y un no sé qué... que túrbame el sentido. (Barba–Jacob, p. 96)

No obstante, en muchos de sus poemas, también advertimos, de antemano, la muerte de dichos amores, cuando el recuerdo de su novia y de ese amor se desvanece con el tiempo (Acuarimántima):

Y la huraña beldad, el mármol yerto

e inconmovible; y la infantina huraña

que era el postrer jazmín que daba un huerto...

¡Me figuro las luces de sus ojos

como dos cirios de un cariño muerto! (Barba–Jacob, p. 96)

(Elegía de un azul imposible)

Después... la vida... el tiempo... el mundo,

¡Y al fin mi amor desfalleció como un convólvulo! (Barba–Jacob, p. 197)

Posterior a la declaración de la muerte de esos recuerdos de amor, él seguirá haciendo alusión a la mujer, pero ya no con esas consideraciones sutiles, ideales e inocentes, sino que pasará a tratar a la mujer con algo más de sensualidad, expresando gran parte de lo vívido en todos los excesos de su vida. A lo largo de sus poesías, encontraremos que algunas alusiones a la mujer se muestran cargadas de bruma —misteriosas, inaccesibles e irreales—. Constantemente, aparecerá la figura femenina cargada de simbolismo elevado a la categoría de deidad como lo es La dama de los cabellos ardientes que es la representación de la lujuria, la sensualidad, la pasión y la muerte:

Me envolvió en sus cabellos,

ondeantes y rojos,

y está la Muerte en ellos,

insondables los ojos... (Barba–Jacob, p. 146)

(La dama de los cabellos ardientes)

Y aún podemos remitirnos a aquella vestal, Imalí, cuya aparición y figura podemos imaginar como la de una sacerdotisa asesinada por Maín en turbios sueños como expresión de un sacrificio que distingue entre la ternura y el furor, pero que no muestra arrepentimiento alguno:

Y mi mano sacrílega se tiñe

de tu sangre, ¡oh Imali!, ¡oh vestal mía!

Mas no fue mi ternura, fue un furor...

Si de nuevo a mis ojos resurrecta,

te pudiese inmolar, te inmolaría.

¿Ya ves, oh Imali, que no fue mi amor?

(Barba–Jacob, p. 98–99)

(Acuarimántima)

Por otro lado están las mujeres que, quizá, fueron reales –de carne y hueso. Sin embargo, hay algo en esos poemas que dejan un rastro de misterio. Esas mujeres son extrañas porque no cargan con los halagos característicos de las descripciones propias de Teresa –eran además bautizadas con nombres extraños como Cintia, a quien dirige un poema cargado de erotismo y lujuria. Cintia es un letal desvarío, una dulce condena que lo atrapa. Es la dueña de su sangre, de su ser y de su alma:

Como una flor arcana,

llameando bajo el turquí del cielo apareció.

Fue su amor mi almohada matutina;

su seno azul, de gota coralina

en el pezón, de noche mi almohada. (Barba–Jacob, p. 150)

(Cintia deleitosa)

El poeta rechaza el amor o, mejor aún, se siente rechazado por él; se lamenta de no haber nunca conocido un amor verdadero por lo menos en términos espirituales. Se lamenta de haber pasado su vida en un trasegar constante intentando encontrar ese amor ideal:

Y lo demás de mi vida

no es sino aquel amor fatal,

con una que otra lámpara encendida

ante el ara del ideal. (Barba–Jacob, p. 175)

(El son del viento)

La paz es mi enemigo violento,

y el amor mi enemigo sanguinario.

(Barba–Jacob, p. 99)

(Acuarimántima)

Por el contrario, en otros poemas, el tema del amor aparece como pasión carnal, a la que incluso no se atreve a llamar amor. La figura masculina encarna lo deleitoso, el amor fugitivo de cuerpos y corazones jóvenes e indómitos. Estos goces carnales constituyen una relación de amor y odio, porque los reconoce peligrosos, pero al final sabe que se desvanecerán y desaparecerán como su vida:

Carne, bestia, mi Amiga y mi Enemiga:

yo soy tú, que por leyes ominosas,

cual vano mimbre que meció una espiga

te haces nada en el polvo de las cosas... (Barba–Jacob, p. 91)

 

Amor. Deleite. Honor. Pavesas. Nada.

¡Nada, nada por siempre! (Barba–Jacob, p. 92)

(Acuarimántima)

Aquí aparece de nuevo la visión trágica de la vida tan recurrente en Barba Jacob, quien en pleno goce del amor reconoce su finitud y siente su corazón agonizante. Esto lo lleva a rechazar el amor que en otros poemas parece ser una búsqueda implacable para reemplazarlo por los placeres de la carne y los excesos, por eso, para él, los mancebos que lo acompañan en su aventura son “desposados de la muerte”. Los poemas con estas características pueden resultar extraños e incluso condenables para quién desconoce la vida y las preferencias del poeta, de modo que en ocasiones son juzgados más por su controversial contenido que por su real valor artístico, poético y/o literario.

En la Elegía platónica, Barba Jacob canta al amor de un joven idealizado. Podemos pensar en lo sugerente del nombre (incluso ante la ausencia de referentes al mundo griego en su contenido) y del contenido del poema si recordamos las múltiples disertaciones platónicas sobre el amor a los mancebos, de diálogos como El banquete. En este poema, Barba Jacob no duda en hacer explícita la belleza del joven en quien fija su atención; el poeta se deja seducir por esa representación y la pasión que encarna con su perfección:

Amo a un joven de insólita pureza,

todo de lumbre cándida investido:

la vida en él un nuevo dios empieza,

y ella en él cobra número y sentido. (Barba–Jacob, p. 157)

(Elegía platónica)

En el amor de este joven, parece estar contenida la idea de belleza que se acerca a lo bueno; es la encarnación de una nueva vida en la que cobra sentido la divinidad. Esta misma temática, con pequeñas variaciones, surge en el poema El rastro en la arena. En dicho poema, Barba Jacob experimenta placeres fugaces como los rastros en la arena. Nos muestra que el goce y el amor que surgen de los placeres carnales es efímero y fugitivo, pero Barba Jacob no se abruma ante la brevedad de estos momentos de frenética alegría y placer, pues entiende lo efímero de su existencia y del trasegar por el mundo sin poner reparo alguno:

Si fue con los mancebos el goce y la ufanía,

¿qué importa que no duren sus rastros en la arena? (Barba–Jacob, p. 189)

(El rastro en la arena)

Hay pues una oposición en los poemas de Barba Jacob, entre un amor espiritual o ideal, asimilable en gran parte a la admiración por la belleza de la creación y de la naturaleza y que en menor medida actúa como referencia de evocaciones a amores juveniles (sin que esto pierda importancia), y por otro lado, está el amor producto de los deseos carnales, ese que surge posterior al desencantamiento y olvido de sus amores de niñez. 


Referencias

Barba–Jacob, Porfirio. (1984) Poesías. Bogotá: Círculo de lectores. [Prólogo de Germán Arciniegas]