Año 6 No. 7 - 8 Enero - Diciembre de 2014

Raúl Gómez Jattín: el poeta*


Yobany Serna Castro. Universidad de Caldas. baniego@hotmail.com

ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X




"Los poetas amor mío son para leerlos

Léelos mas no hagas caso a lo que hagan con

sus vidas”

Raúl Gómez Jatti 

 

La imagen de Raúl Gómez Jattin (1945-1997) en la poesía colombiana es la imagen de quien gracias a su particular forma de ser, se permite hablarnos de aquellas cosas de las que, como hombres de cultura y sociedad, preferimos guardar disimulo o, simplemente, prolongarnos en silencio. Gómez Jattin marcó, para algunos, el inicio de una nueva era en la poesía colombiana; para otros no fue más que el viejo loco que de locura en locura avergonzaba a familiares, parientes y vecinos. Pero más allá del hombre con problemas mentales, como señaló María Mercedes Carranza, o hijo de la indigencia, Jattin fue el hombre cuyos laberintos mentales, construidos con sus delirios, melancolías y soledades, le dieron forma a un universo poético, donde consiguió ampararse de la extrañeza que le provocaba su entorno familiar, cultural y social. Es más, fue precisamente este universo el que le permitió entender el mundo al que perteneció.

Nació en Cartagena y de su padre, Pablo Gómez Reinero, recibió una prolija enseñanza en literatura, historia, geografía, astronomía y filosofía; además de cuestiones propiamente morales. Ello le permitiría más tarde ser profesor en escuelas y colegios de su región. Y aunque Pablo Gómez lo pensó novelista, el futuro de su hijo estaba destinado a la poesía; hecho del que tendría absoluta certeza pasados sus 30 años de edad. Asimismo, puede decirse que aparte de la formación familiar, Jattin se alimentó de las obras de Platón, a quien consideró poeta antes que filósofo e incluso superior a Homero; Villón, Pessoa, Jorge Luis Borges, de quien aprendió su estimación por la cultura; Kavafis, Rimbaud, Whitman, su maestro moral en muchos aspectos; Silva, Porfirio Barba Jacob, cuyo poema Canción de la vida profunda lo consideró el emblema de la poesía colombiana; Álvaro Mutis, Octavio Paz, de quien aprendió su visión del hombre; y Jaime Jaramillo Escobar, quien en una carta de 1983 le escribió:

A los viajeros les recomiendo llevar tus poemas como la única cosa vital, grande, oxigenada, robusta, libre, natural y bella que tenemos aquí; lo único con fuerza joven, originalidad, audacia, libertad y novedad que se encuentra hoy en el bazar de la poesía colombiana; lo único que se desborda, que brama, que tiene impulso y pasión, el único vendaval que nos refresca, primitivo, animal y selvático como un desodorante de TV, lo único apasionado y amoroso, ¡LO ÚNICO!

Lo demás está reglamentado por la Academia pero tú eres territorio libre del poema. (...) tú eres el viento, eres un potrillo, eres el río que arrasa, no limitas con nada, no tienes cuñados en el cielo, no tienes participación en la bolsa de valores, eres un bruto, eres Atila, eres el mismísimo Adán, Dios en persona completamente loco deshojando los bosques y tirando las hojas al aire, eres el ciclón, la barriga pelada, el escándalo furioso, todo lo que yo no soy ni hay aquí poeta que lo sea, eres el fauno, el centauro, el volcán, eres ¡EL PUTAS!

Las polvorientas calles de Cereté te ven y no te creen, porque nos ha dado por pensar que los poetas tienen que vivir en Bogotá, muertos de frío a las puertas de la Academia mendigando un gerundio y poniendo mucho cuidado para que no los vaya a picar el qué galicado (...) Pero tú ya hiciste la revolución, pusiste el mundo patas arriba, aunque no se den cuenta los que viven bocabajo, ¡ESTALLASTE! La poesía colombiana te estaba necesitando porque nosotros caímos en la trampa. (1983, pp. 155–156)

Jattin se consideraba un poeta pasional. Envidiaba el rigor y la perfección conceptual de Antonio Machado o de Jorge Luis Borges. Llegó a considerar la poesía “(...) como un arte del pensamiento que incluye a la filosofía”, como el “arte supremo del pensamiento vivido, trascendente e inconsciente. El pensamiento en su esencia primigenia.” (Gómez–Jattin, 2003, p. 62) Pero también creía que, por ser “el pensamiento mismo”, la poesía guardaba cierta dificultad, como lo que le otorga el verbo a los pueblos. Si bien su poesía nos permite retomar, por ejemplo, la épica (véase Hijos del tiempo2), de igual forma nos va introduciendo en una atmósfera recargada de presagios que revelan los infortunios de una vida plenamente anónima, de alguien para quien la poesía es un bálsamo que permite alivianar el peso trágico de la existencia.

La sentencia según la cual la poesía es el pensamiento mismo, la vemos confirmada en sus poemas, ellos son sus propios pensamientos y la forma como decidió (o le tocó) llevar su particular forma de vivir. “Un escritor –dice el poeta– narra una vida muy particular, la propia. Y es tan particular que, entre otras cosas, se parece a la totalidad del destino humano.” (Gómez–Jattin, p. 57)

A través de su obra Jattin nos conduce por las regiones de la costa norte colombiana: nos habla de sus costumbres, retrata sus gentes y describe los ambientes que se respiran en dichos parajes; también nos habla de los pájaros, del paisaje y de lo erótico, siendo este un tema de trascendencia para el escritor, dado que el erotismo lo consideraba manifiesto en todo acto humano. El erotismo se encuentra presente cuando cuidamos una planta, cuando acariciamos un animal o cuando contemplamos una obra de arte; pero también lo hay “(...) en el desarrollo de las emociones y las formas de la vida total que nos rodea.” (Gómez–Jattin, p. 54) El erotismo gana, así, en Jattin, una dimensión amplia, que trasciende el aspecto puramente humano para reivindicarse de una manera total y compleja con el mundo espiritual y natural. Esta forma de entender el erotismo guarda íntima relación con el tema del pansexualismo, por cuanto ambos abarcan el mundo de manera absoluta, sin diferir, en esencia, de la forma como asume el objeto amado, deseado, sufrido, necesitado. Para Jattin

El pansexualismo se relaciona con el panteísmo de una manera absoluta. Se
desprende de allí. El panteísmo no es una religión, sino una noción primitiva, arcaica, del universo. En las grandes fuerzas de la naturaleza –como el mar o el viento o la montaña– uno siente la presencia, no de una voluntad autodeterminante sino de una fuerza de la naturaleza que, por lo menos, hay que respetar. (Gómez–Jattin, p. 53)

Según María Mercedes Carranza, Raúl no pasó de los diez años de edad; es decir, siempre fue un niño. Un niño que leía debajo de la cama, jugaba a la rayuela, cultivaba vegetales y que llegó, más adelante, a habitar las calles, a amar la gente que amaba y a mirar la riqueza de perfil. En su poema El Dios que adora, lo vemos como un ser cuya humildad abruma y desconcierta. Allí nos dice:

Soy un dios en mi pueblo y mi valle/ No porque me adoren Sino porque yo lo hago/ Porque me inclino ante quien me regala unas granadillas o una sonrisa de su heredad/ O porque voy donde los habitantes recios a mendigar una moneda o una camisa y me la dan/ [...] Porque sé dar una trompada al amigo ladrón/ Porque mi madre me abandonó en el momento cuando precisamente más la necesitaba/ Porque cuando estoy enfermo voy al hospital de caridad/ Porque sobre todo respeto sólo al que lo hace conmigo/ Al que trabaja cada día un pan amargo y solitario y disputado como estos versos míos que le robo a la muerte. (Gómez– Jattin, 1988, pp. 15–16)

Jattin parece hablarnos de sus vicisitudes a través de la poesía, como si quisiera exorcizar el pensamiento, antes que permitir el revoloteo de sus negras ideas en el interior de su mente o las palabras resonantes de los brujos3 en la noche. En muchas ocasiones vemos cómo la vida de la calle le permite confrontar intereses, actitudes y aspiraciones de la gente común. Pareciese como si a medida que se va desligando del mundo que lo vio nacer, del mundo académico, de la abogacía, del mundo familiar y de los entornos literarios y teatrales, lo urbano le fuese mostrando una perspectiva diferente a partir de la cual pudiera confrontarse consigo mismo y con el medio que lo rodea. No obstante, las clínicas psiquiátricas representaron el escenario donde el poeta encontró sitio para seguir con su vida de demiurgo literario, hasta el punto de que en esos lugares, en los que se sintió ofendido por médicos y monjas, fue donde escribió gran parte de su obra (la tercera parte de ella).

Siempre trabajé en las clínicas. Eran lo más apropiado para una aventura mental. En mayo de 1992 estuve en el Hospital de San Pablo en Cartagena y escribí en media hora Esplendor de la mariposa. Si me pidieran repetir la experiencia de escribir en una clínica me negaría horrorizado, pero si me dijeran que renunciara a esa experiencia también me negaría rotundamente. (Gómez–Jattin, p. 73)

Jattin (o Puturro, como lo llamaba su padre desde niño) solía recorrer las calles descalzo y harapiento; se decía que bailaba solo, tarareaba canciones e incomodaba frecuentemente a las personas cercanas a él. De ahí que se anhelaba encontrar en “las clínicas mentales” la mejoría del paciente. Igualmente, otras cosas se han escuchado sobre el poeta, como, por ejemplo, que fue homosexual y que ello determinó su locura. Al punto, lo dice su hermano Rubén, de luchar más por su homosexualidad que por su delirante vida. Pero también se habla de cómo consumía alucinógenos y del modo como actuaba bajo su efecto. Sin embargo, cuando leemos y volvemos a leer su poesía, vemos que esta existencia descontrolada no puede opacar el genio y talento de un hombre como Raúl G. Jattin, pues la singularidad de su poesía no permite encuadrarla dentro de un ismo, y ello la hace emblemática de las letras colombianas. De todos modos, pareciese como si el poeta aceptara su sino, su truculenta situación, y encontrase incluso en las cosas más funestas un motivo para componer un verso. Por ejemplo, en Elogio de los alucinógenos muestra cómo los efectos de algunas drogas le dan aire y alas a su imaginación, aunque –como él mismo llegó a admitirlo– le saturarán de manera negativa sus emociones.

Del hongo stropharia y su herida mortal /derivó mi alma una locura alucinada /de entregarle a mis palabras de siempre /todo el sentido decisivo de la plena vida /Decir mi soledad y sus motivos sin amargura /Acercarme a esa mula vieja de mi angustia /y sacarle de la boca todo el fervor posible /toda su babaza y estrangularla lenta /con poemas anudados por la desolación /De la interminable edad adolescente /otorgada por la cannabis sativa diré /un elogio diferente Su mal es menos bello /(...) (Gómez– Jattin 2004, p. 68)

En cuanto a su homosexualidad, corrió una suerte parecida a la de Oscar Wilde: ser censurado. No obstante, la de Jattin fue una homosexualidad que no trajo consigo los mismos problemas ya conocidos del escritor irlandés y, por el contrario, fue algo que él mismo entendió como una búsqueda, antes que como un afeminamiento. “Lo cual no niega que dentro de todo homosexual inteligente pueda haber una gran mujer.” (Citado por H. Fiorillo. 2003, p. 182)

De otro lado, vale preguntarnos por el valor de la sexualidad dentro de la obra de Jattin, pues, como puede intuirse, las prácticas sexuales juegan un papel importante en la vida del escritor, para quien el gozo y la libertad son fundamentales; así como en general lo es la búsqueda del placer, todo lo cual se expresa en su poesía. Por ejemplo, la zoofilia (práctica extendida y muy común en las zonas rurales de la costa atlántica colombiana) es retratada con unos versos de elogio a una burrita, en un poema que resulta simplemente aclarador:

Te quiero burrita / Porque no hablas / ni te quejas / ni pides plata / ni lloras / ni me quitas un lugar en la hamaca / ni te enterneces / ni suspiras cuando me vengo / ni te frunces / ni me agarras / Te quiero / ahí sola / como yo / sin pretender estar conmigo / compartiendo tu crica / con mis amigos / sin hacerme quedar mal con ellos / y sin pedirme un beso. (Gómez–Jattin citado por Granados. 2002)

Sin embargo, la sexualidad en Jattin parece ir más allá de las formas femeninas y claramente animales para encontrarse con algo más inmenso, con algo universal, lo cual nos recuerda, de nuevo, su mencionado pansexualismo4.

Más allá de lo que nos habla Jattin en sus versos, vemos que los temas del sentido y la locura cobran relevancia en el análisis, por cuanto ambos representan para él un elemento imprescindible de su creación. Así, y de acuerdo con sus propios testimonios, apreciamos en su poesía un profundo interés por el sentido antes que por la perfección de la forma. Afirma que su poesía es la menos literaria de todos los poetas colombianos, pero en ella la cuestión por el sentido es medular o fundamental.El interés por el sentido tiene que ver con la necesidad de darle mayor significado a la palabra, menos que a su relación interna con otras palabras. “Un poeta –dice Jattin– ante todo se ocupa de eso, del significado del poema.” (2003, p. 50)

Jattin trató de concebir una poética basada antes que nada “(...) en el significado que pudiera tener un poema para que alcanzara nuestra profunda sensibilidad.”(Gómez–Jattin, 2003, p. 50) Fue por ello que llamó Sentidismo a la escuela cuya premisa mayor vendría a ser esta: “lo que se quiere decir.” (Gómez–Jattin, 2003, p. 50) Intentar la claridad y la demostración de una realidad fue una de las preocupaciones mayores del poeta. Por ello, el problema al que se enfrentó no tuvo que ver precisamente con el lenguaje como tal, sino con la coherencia en el poema por medio del lenguaje. La preocupación por el problema del sentido llevó a Jattin a prolongados momentos de análisis, reflexión y meditación. Según él, su poesía logró una importante transformación debido al encierro destinado a conocer, primero, la poesía universal, y, segundo, a tratar de encontrar su voz como artista.

No creyó en la sola inspiración. Para él fue necesario contar con la exaltación, con la capacidad de asombro e incluso con la locura. A propósito de la cual hay que decir que, y contrario a gran parte de los juicios pronunciados, la asumió como algo sin lo cual no podría haber llegado a escribir, al punto de entenderla como lo que hizo de él el poeta que fue. “A medida que pasaba el tiempo y tenía más experiencia, yo era mejor. Necesitaba situaciones como la de estar en cárceles o clínicas. Las hospitalizaciones no me dañaban como escritor. Yo no estaba loco, en la locura estaba mi método. Me daba cuenta de todo.” (Gómez–Jattin, p. 72)

Jattin distingue dos aspectos de su locura: uno bueno y otro malo. Según él, la locura negativa fue la que no le permitió “huir” de las clínicas psiquiátricas. Por el contrario, entendida en el buen sentido del término, cobró un significado diferente como refugio poético que le permitió ser artista y ser libre, y, además, lo hizo sentirse habitando en la metáfora antes que en la locura misma. Pero incluso la locura en el sentido negativo del término, afectó antes que sus pensamientos, su emocionalidad; por ello quizás Jattin nunca perdió el contacto mental con la realidad, y lo justifica diciendo que, de ser así, no hubiese podido escribir. Es un hecho que los siquiatras no entendieron, pues ellos “no saben qué es el arte, qué es el amor y lo que es la locura.” (Gómez–Jattin, p. 75)

Jattin fue tan lúcido que hasta loco fue. Creyó que lo que más se parece al arte es precisamente la locura, y como hombre dedicado a la creación artística supo entender que para ser poeta necesitaba sacrificar su existencia, porque la poesía no es tan solo, como decía él, un destino literario. Vivir poéticamente es la tarea de todo poeta. Jattin lo ejemplificó con una humanidad desconcertante, y eso puede asumirse como un principio del arte poético. 

Notas

*Especiales agradecimientos al profesor Carlos Alberto Ospina por su colaboración en la revisión del presente texto. [Nota del Autor] 

2. Según el propio Jattin, Hijos del tiempo es un libro dedicado a la muerte, donde sus personajes o han matado alguna vez o matarán, pero también morirán. Veía este libro como una obra que trataba de crímenes, pero también como una obra, además de épica, social, cuyo personaje mítico es cercano a lo cotidiano.

3. El tema de los brujos es un tema recurrente en El libro de la locura. Pareciese como si al hablar de brujos negros y blancos, Jattin quisiera revelar una especie de tensión psicológica que afecta al poeta. Los brujos tocan aquí la sensibilidad, las emociones, la psicología.

4. Cfr. Gómez Jattin, Raúl. (1988)


Referencias

Gómez Jattin, Raúl. (1988) Retratos. Amanecer en el Valle del Sinú. Del amor. Tríptico cereteano. Cartagena: Ediciones Catalejo.

Gómez Jattin, Raúl. De lo que fui y de lo que soy. En: Fiorillo Heriberto. (2003) Arde Raúl. La terrible y asombrosa historia del poeta Raúl Gómez Jattin. Bogotá: Heriberto Fiorillo S. en C.S.

Gómez Jattin, Raúl. (2004) Amanecer en el Valle del Sinú. Antología poética. Bogotá: Fondo de Cultura Económica.

Gómez Jattin, Raúl. Citado por Pedro Granados. (2002) “Sí, yo lo escribí”, la poesía de Raúl Gómez Jattin (Testimonio). www.babab.com/no14/ jattin.htm. (Febrero de 2008)

Jaramillo Escobar, Jaime. En: Gómez Jattin, Raúl (1988) Tríptico cereteano. Colección literaria volumen 22. Bogotá: Fundación Simon y Lola Guberek, pp. 155–156.