Año 5 No. 6.5 Julio - Diciembre de 2011

Sobre la idea de Universidad.


Pablo R. Arango.1


ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X




Academia, s. Escuela antigua donde se enseñaba moral y filo­sofía. Escuela moderna donde se enseña el fútbol.

A. Bierce

Una manera natural para un filósofo de en­tender la pregunta ¿qué es una universidad? es como un interrogante por lo que debería ser esta clase de institución, por su natu­raleza última, su esencia. El problema es que las instituciones son lo que hacemos de ellas y podemos hacer casi cualquier cosa. Por eso me parece inadecuada la estrategia de construir una institución ideal –con base en lo que se supone que la universidad fue en sus comienzos o en lo que se supone que debe ser según alguna doctrina general del conocimiento o del hombre— para luego comparar nuestras precarias instituciones concretas con ese ideal y decretar entonces los ajustes necesarios para acercarnos a la realización de la verdadera universidad. Esta estrategia produce conclusiones distintas y algunas aparentemente opuestas entre sí, pero lo que las une es ese afán por decretar una suerte de ruina de lo existente y por tanto la necesidad de una regeneración. Y una idea común a varias de las propuestas nacidas de esta manera de pensar es que las universidades deben planificar autocon­cientemente los logros que van a buscar o, de otra forma, se desviarán de su verdadera naturaleza. Es así como sir Walter Moberly sentenciaba hacia la mitad del siglo pasado que las universidades inglesas deberían reformarse para lograr el fin último de “en­señar un concepto unificado de la vida”. En un tono similar José Ortega y Gasset decla­raba por allá en 1930: “… es ineludible crear de nuevo en la universidad la enseñanza de la cultura o sistema de las ideas vivas que el tiempo posee. Esa es la tarea universitaria radical. Eso tiene que ser, antes y más que ninguna otra cosa, la Universidad”.

No es accidental que, a pesar de todo lo que los distancia, ambos tratadistas digan cosas similares y desproporcionadas sobre los males que produce en un hombre la falta de una visión general de las cosas. Sir Walter Moberly, por ejemplo, dice en otra parte de su libro que el deber de una universidad es “ayudar a los estudiantes a formar sus pro­pias filosofías de vida, para que no salgan al mundo minsuválidos e inútiles”. Acerca del hombre que sólo aprende en la universidad una profesión y no logra obtener una visión general de las cosas (en la que incluye una idea de la física, la biología, la historia y la filosofía), José Ortega y Gasset dice que “… es sobremanera inverosímil que un hombre así pueda en verdad ser un buen médico o un buen juez o un buen técnico. Pero es seguro que todas las demás actuaciones de su vida o cuanto en las profesionales mis­mas trasciendan del estricto oficio, resultarán deplorables. Sus ideas y actos políticos serán ineptos, sus amores, empezando por el tipo de mujer que preferirá, serán extemporáneos y ridículos; llevará a su vida familiar un ambiente inactual, maniático y mísero, que envenenará para siempre a sus hijos, y en la tertulia del café emanará pensamientos monstruosos y una torrencial chabacanería”.

Todo esto está desencaminado. No es cierto que un hombre que carezca de lo que Moberly llama “un concepto unificado de la vida” sea minusválido e inútil; y las conse­cuencias que Ortega y Gasset predice para el hombre que carece de lo que él llama cul­tura no son ciertas. Pero la reseña de estos dos casos sirve para señalar otra tendencia de esta estrategia de pensamiento que estoy comentando: casi siempre se termina sugiriendo que la universidad necesita, en el sentido más fuerte de necesidad, una comprensión autoconciente de su papel en la sociedad, una idea clara de los logros que debe producir. El cardenal Newman sugirió que dichos logros se resumían en la forma­ción de lo que él llamaba mentes educadas, con lo cual quería decir individuos capaces de tener una visión unitaria, global del co­nocimiento humano. Como ya lo mencioné, Moberly y Ortega y Gasset sugieren cosas similares. Más recientemente, Alasdair MacIntyre ha recogido y ajustado la idea de Newman a lo que considera que es la realidad de las universidades en los países desarrollados.

Por debajo de las diferencias de detalle en­tre estas distintas propuestas hay una idea común: que sin esa autocomprensión de los fines que las universidades deben perseguir, dejan de ser lo que son. En otras palabras, no basta con que la universidad albergue departamentos dedicados al estudio, la in­vestigación y la enseñanza de tales y cuales disciplinas y ciencias. La universidad debe, además, coordinar todas esas actividades para la producción de un fin superior.

Creo que esta manera de pensar es equivo­cada por varias razones, y creo que podría­mos perder actividades realmente valiosas si nos la tomamos en serio. Y creo que la identificación de estos errores es impor­tante porque dicho modo de pensar influye en cierta medida en la actual propuesta de reforma de la ley que rige las universidades en Colombia.

El primer problema que quiero señalar está en la suposición de que las universidades necesitan esa clase de autocomprensión que ya mencioné. Esto es dudoso porque en el caso de las universidades estamos hablando, si se me permite este nivel de generalidad, de la búsqueda del conocimiento, entre otras cosas. Y hay un sentido importante en el que dicha búsqueda no puede planificar­se. Hay actividades que son valiosas en sí mismas, como perseguir la respuesta a una pregunta o serie de preguntas, o examinar hasta dónde nos lleva una hipótesis, y no es posible trazar un plan con unos resultados a la vista. Para poner un ejemplo de Popper, no es posible predecir la invención de un concepto, porque dicha predicción consis­tiría ya en inventarlo. Más generalmente, y como lo señala Michael Oakeshott,

Aquellos que desconfíen de un logro por­que no fue planeado al final van a tener que desconfiar de todos los grandes logros de la humanidad. La doctrina que sostiene que lo que no fue planeado no existe o al menos no tiene valor, y que las consecuencias imprevistas de una actividad constituyen un signo de fracaso es extravagante.

Luego está la idea, estrechamente vincula­da a la anterior, de que, además de realizar las actividades que ejecutan sus departa­mentos, la universidad debe exhibir una cierta unidad orgánica que se dirija a un fin superior. Una forma común de expresar esto consiste en decir que la universidad debe ser socialmente relevante. Lo primero que quiero señalar sobre esta idea es que, tomada sin prevenciones, suena más bien rara, absurda. Es como decir que una silla debería servir para sentarse. Es curioso que en todos los casos que he comentado ésta sea otra suposición común. Incluso el car­denal Newman, que afirmó que la materia que debía unificar todos los estudios en una universidad es la teología, lo dijo pensando en la relevancia social de la universidad. Después de todo, diría un cínico, ¿qué puede ser más importante que la salvación de las almas? Al lado de la vida eterna todos los asuntos de la agronomía, la ingeniería y el resto son pura calderilla.

La idea de la utilidad social de las universi­dades es problemática porque no está claro qué debe entenderse por ‘utilidad’ aquí. Cuando los fines están bien definidos, la utilidad se entiende sin problemas. Es el caso de los puentes. Pero en cuanto a las universidades, ¿cuáles son los fines? Aquí pasamos de vaguedades como “difundir y renovar el conocimiento y las artes” hasta majaderías como las de Ortega y Gasset o el cardenal Newman. Y una de las peores consecuencias de tomarse en serio esta supuesta necesidad de definición de la uti­lidad social de las universidades es que, en el camino, podemos perder cosas realmente valiosas a cambio de nada. En particular, podemos perder un tipo de actividad que ha sido propia de las universidades y cuyo valor no puede explicarse en los términos comunes de la utilidad. Esta clase de actividad no es la única que despliegan las universidades, ni es algo que sólo pueda realizarse en ellas. Pero es en la universidad donde ha encontrado su mejor espacio y es una de las cosas que podríamos perder si nos tomamos en serio la mentalidad literal que dice que las universidades deben tener una función social definida, una utilidad.

La clase de actividad a la que me refiero puede caracterizarse de varios modos. A menudo se le llama “búsqueda del cono­cimiento”, pero esta denominación por sí sola es demasiado vaga. En parte porque no se puede planificar, esta búsqueda del conocimiento no se restringe a la investi­gación, aunque ésta es uno de sus compo­nentes. Siguiendo a Michael Oakeshott, podemos compararla con una conversación. Dice Oakeshott:

La búsqueda del conocimiento no es una carrera en la que los competidores se disputan el primer puesto, ni siquiera es un debate o un simposio; es una conversación. Y la virtud peculiar de la universidad (en calidad de espacio de diversos estudios) es demostrarlo en ese sentido, en el que cada estudio aparece como una voz cuyo tono no es tiránico ni retumbante, sino humilde y afable. Una conversación no necesita un director, no sigue un rumbo determinado de antemano, no nos preguntamos para qué sirve y no juzgamos su excelencia teniendo en cuenta su conclusión; no tiene conclu­sión sino que siempre queda para otro día.

Otra manera de caracterizar este tipo de actividad es usando la expresión acuñada por Thorstein Veblen en un tono bastante aristotélico: la práctica de la curiosidad ociosa. Una práctica que no persigue un fin preciso, sino que se caracteriza por ser una pura exploración. Lo valioso en este caso no puede explicarse en términos de la obtención de un fin determinado, sino que reside en el carácter de la actividad misma. Y la universidad es el espacio donde hoy todavía se ofrece la oportunidad de ejercitar esta práctica. Como lo señala Oakeshott, esto ocurre en parte porque “el regalo ca­racterístico de la universidad es que brinda un intervalo… [Pero] no se trata del cese de una actividad, sino de la oportunidad de realizar un tipo de actividad único… Un hombre puede comenzar a explorar una nueva rama del conocimiento o dedicarse a una nueva actividad en cualquier momento de su vida, pero sólo en la universidad puede hacerlo sin tener que reacomodar sus escasas reservas de tiempo y energía; en etapas posteriores de la vida, tiene tantas responsabilidades que no le resulta fácil abandonarlo todo”.

Es este regalo único el que podemos perder si ponemos todo el énfasis en la idea confu­sa de la utilidad social de las universidades. Aquí recuerdo un par de frases del discurso del presidente Santos en la presentación del proyecto de reforma a la ley 30: “Estando en un país y un mundo en permanente evolución, es una necesidad –un deber— no sólo adaptarse a los cambios, sino también estar siempre un paso adelante de ellos… El objetivo es sembrar y cultivar una generación productiva, jóvenes que reciban conocimientos y competencias útiles, de acuerdo a lo que demandan los sectores público y privado”.

Otro problema con esto es que desconoce que conocimientos, o como dice ahora hasta el presidente, competencias que pa­recen inútiles y que nadie demanda ahora, podrían resultar bastante aplicables y útiles luego. También hay un error en pensar en un esquema de medios y fines en el que todo lo que no sea un fin debe ser un medio para alcanzar los fines. Y es un error porque no hay una única serie de fines en la que todos los miembros de la sociedad poda­mos ponernos de acuerdo, a menos que caigamos en una suerte de colectivismo que ya sería en sí mismo una pérdida, porque suprimiría uno de los aspectos centrales de la vida humana: la pluralidad de fines.

Estas confusiones se manifiestan en las explicaciones que se dan de la supuesta utilidad social de las universidades. Las palabras del presidente, por ejemplo, manifiestan un desconocimiento de la na­turaleza de los progresos del conocimiento y de sus relaciones con la sociedad y la economía. Un caso claro a este respecto es el de las matemáticas. Cuando Frege estaba ocupado con la naturaleza de los números difícilmente podía imaginarse que sus investigaciones tuvieran alguna utilidad. Ni siquiera los investigadores que trabajaban en temas similares o idénticos pudieron ver al comienzo la importancia de los esfuerzos de Frege. Luego algunos de sus descubrimientos tuvieron diversas aplicaciones tecnológicas. Si la universidad de Jena le hubiera exigido que se dedicara a satisfacer las demandas de los sectores pú­blico y privado probablemente no hubiera podido hacer nada de esto. Además de que satisfacer las demandas de dichos sectores puede resultar imposible, porque ocurre a menudo que nadie sabe con exactitud cuáles son esas exigencias.

Antes de terminar quiero comentar bre­vemente un caso concreto en el que este énfasis en la utilidad social de lo que hacen las universidades produce adefesios. Se trata del sistema con el que el ministerio de edu­cación pretende evaluar a los estudiantes de filosofía. En dicho sistema se establece primero una lista de, otra vez la misma can­tinela, las competencias que los estudiantes deben desarrollar. Sólo voy a citar aquí una de las competencias propuestas:

Realizar investigaciones sobre aspectos sociales, económicos o políticos, pasados de la humanidad, comprobar su autenticidad y documentar hallazgos. Promover la inves­tigación especializada e interdisciplinaria sobre las bases del diálogo, la tolerancia y el reconocimiento.

Me perdonarán que haga las preguntas impertinentes pero alguien tiene que ha­cerlas. Me contentaré con una que le robo a Raymond Chandler: ¿se dice algo aquí que no pueda decirse con un eructo? No creo que la ineptitud de la redacción sea la prin­cipal causa. Creo, más bien, que es el afán por ponerle a la filosofía un ropaje que la haga ser vistosa a los ojos de los ideólogos de la utilidad social.

Finalmente quiero retomar una sugerencia que ha sido planteada en varios contextos y que a mi juicio sigue vigente. Sencillamente, hay cosas que valen la pena porque sí. Para explicar lo que quiero decir no encuentro mejor recurso que copiar la siguiente histo­ria contada por Emil Cioran:

«Mientras le preparaban la cicuta, Sócrates aprendía un aria para flauta. “¿De qué te va a servir?”, le preguntaron. “Para saberla antes de morir”».

Notas

1 Docente del Departamento de Filosofía de la Universidad de Caldas.