Año 5 No. 6.5 Julio - Diciembre de 2011

Se busca un hombre inútil


G. K. Chesterton. 1


ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X




     Existe una popular y filosófica broma que ilustra las interminables e inútiles disquisiciones de los filósofos: Me refiero a la broma sobre “Qué vino primero: ¿El huevo o la gallina?”. No estoy seguro de haberla entendido bien: después de todo, es una discusión tan vana... No me inquieta entrar ahora en alguna profunda reflexión metafísica o teológica, siendo la cuestión de “El Huevo y la Gallina” un ejemplo frívolo; pero feliz. Los adeptos al materialismo evolutivo se identifican muy bien con la imagen de todas las cosas originadas desde un huevo: un difuso y horripilante embrión que, accidentalmente, se hizo a sí mismo.

     La escuela antagónica, la del pensamiento sobrenatural (A la cual, personalmente, me adhiero), ha propuesto –quizás sin vileza; pero con fascinación- que este mundo, redondo y nuestro, no es más que un huevo incubado por una sagrada e inengendrada ave: la paloma mística de los profetas. Hay aquí reunidas tantas y tan humildes funcio­nes que prefiero invocar al terrible poder de la diferenciación. Poco importa si tal pájaro aparezca o no al principio de nuestra cadena mental; empero, es absolutamente necesario que se manifieste al final. El ave es hacia donde debemos apuntar (No con un arma; sino con el cetro de nuestra existencia). Lo esencial, ahora, a nuestro pensamiento correcto es: que “Huevo” y “Gallina” no son sucesos cósmicos idénticos a los que podemos valorar o no, de manera recurrente, hasta el fin de los tiempos. No debemos reducir a “el huevo y a la gallina” a un simple patrón, semejante al motivo artesanal de Ova y Dardo. Uno es el medio, el otro es el fin: ambos son dos mundos mentales diferentes. De manera elemental, y dejando a un lado las complicaciones hu­manas a la hora del desayuno, el huevo está para que surja la gallina. Pero las gallinas no existen solamente para empollar huevos: ellas también se divierten, alaban a Dios e incluso pueden dar valiosas sugerencias a dramaturgos franceses. Siendo una forma de vida provista de conciencia es -o puede ser- valiosa en sí misma. Hoy, nuestra polí­tica moderna está abarrotada de estruendo­sos olvidos: olvidos como que la producción de esta dichosa y lúcida forma de vida es, a la larga, el objetivo de todo acuerdo y de todo lo complejo. No hablamos sino de hombres útiles e instituciones industriosas, como si fueran gallinas que incubarán más huevos. En vez de empollar al ave que queremos ser (Sea el águila de Zeus o el dulce cisne de Avon o lo que sea que se nos ocurra), preferimos hablar completamente en términos de “procesos” y “embriones”. El proceso en sí, divorciado de su divino objetivo, se ve incierto, incluso malsano: el veneno contamina el embrión de todo y nuestras acciones políticas no son más que huevos podridos.

     El Idealismo es simplemente considerarlo todo según su sentido práctico. Como idealistas consideraríamos al atizador, primero para avivar al fuego, y luego para, convenientemente, golpear a nuestras esposas (Como si pudiéramos decidir con antelación si los huevos sirven para dejarlos en el corral; pero no para enseñar sobre asuntos políticos de orden práctico). Sé, sin embargo, que este primer acercamiento a la teoría (que no es más que un intento de estar más cerca de nuestro objetivo) nos muestra el sucio cargo de “tocar la lira mientras Roma arde”. Cierta escuela, re­presentada en la figura de Lord Roseberry, se ha esforzado en dar a luz un sustituto a todos los ideales morales y sociales que, hasta ahora, se han desarrollado en nombre de la coherencia y la cohesión políticas: un sustituto que dentro del Sistema se ha ganado el apodo de “eficiencia.” No estoy muy al tanto sobre esta doctrina secreta ni de la secta que la promulga. No obstante, hasta donde puedo ver, “eficiencia” apuntala todo lo que deberíamos descubrir en una máquina; menos para qué se hizo. Se ha erigido en nuestro tiempo una tendencia muy singular: cuando todo ande mal, bus­caremos a un hombre práctico. Más digno a la verdad sería decir: cuando las cosas anden verdaderamente mal, necesitaremos a un inútil. Con certeza, necesitaremos a un teórico. Un hombre práctico es un hombre acostumbrado a cómo funcionan las cosas, día tras día, para que funcionen como de­ben funcionar. Cuando las cosas, en verdad, no funcionen, deberá usted tener cerca al pensador: aquel personaje que ha meditado sobre por qué todo funciona como funcio­na. Tocar la lira mientras Roma arde está mal; estudiar hidráulica en circunstancias semejantes no lo es.

     Es necesario desechar el agnosticismo dia­rio e intentar conocer las “Rerum cognocere causas2. Si su aeroplano tiene un ligero daño, un hombre hábil puede repararlo. Pero, si se encuentra usted gravemente enfermo, será mejor que un hombre de cabeza fría y de cabellos canos lo lleve a una clínica o a un laboratorio para analizar su mal. Entre más profunda sea la herida, más blancos los ca­bellos y más fría la cabeza del teórico que se ocupará del asunto; y, en algunas ocasiones, nadie sino el hombre (probablemente loco) que inventó tal vehículo volador, podrá resolver el problema.

     La “eficiencia”, por supuesto, es fútil; como fútiles son los “fuertes con voluntad de po­der”, los “Superhombres”. Son fútiles, pues se enfrentan a las acciones después de haber sido estas realizadas. No hay pensamiento previo a los sucesos; por lo tanto, no hay modo de elegir. Una acción puede ser un éxito o un fracaso solo cuando concluye; al principio, y en términos abstractos, los actos están “bien” o “mal”. No se puede “respaldar a los ganadores”, porque los ganadores lo son por carecer de respaldo. Es absurda la idea de “pelear en el bando ganador”, pues peleamos para saber si nuestro bando ganará o no. Si una operación ocurre, es porque esta es “eficiente”: Si un hombre es asesinado, el asesino es “eficiente”. Un sol tropical será tan “eficiente” en hacer perezosa a la gente como un patán de Lancashire, convertido a capataz, en hacerla enérgica. Maeterlink es tan “eficiente” en colmar a un hombre con extraños estremecimientos espirituales, como lo son los Señores Crosse y Blackwell al embutirle a un hombre tanto jamón como se pueda. Al final, todo depende de lo que a usted le quieran embutir. Lord Roseberry, siendo un escéptico moderno, preferiría los estremecimientos espirituales. Siendo yo un católico ortodoxo, prefiero el jamón. Pero ambas acciones son “eficientes” cuando se hayan realizado; e ineficientes hasta cuando sean realizadas. El hombre que piensa demasiado en el éxito debe ser el más aletargado de los sentimentales, pues siempre mira hacia atrás. Si a este tipo solo le gustan las victorias, debió haber llegado tarde a todas las batallas. Nada como el idealismo para el hombre útil.

     El ideal definitivo es nuestro más urgente problema en nuestra existencia como ingle­ses, mucho más que cualquier propuesta o plan a corto plazo. El caos actual se debe al olvido del objetivo original al que aspiraban grandes hombres. Nadie quiere lo que de­sea; sino lo que cree, según la moda, poder conseguir. Las personas se olvidan pronto de lo que realmente quieren y, tras una vida pública, vigorosa y exitosa, se olvidarán hasta de sí mismos. Todo se convierte en una insurrección de segundones, un pan­demónium de rezagados. Ahora bien, esta laxitud no solamente previene cualquier entereza heroica; también previene cual­quier compromiso práctico verdadero. Se puede encontrar la mitad entre dos puntos, si estos permanecen quietos. Podemos transigir entre dos litigantes que no pueden conseguir lo que realmente quieren; pero no lo lograremos hasta que nos revelen sus auténticas intenciones. El dueño de un restaurante desearía que sus clientes supieran ordenar sus platillos de manera clara y precisa; pero sería mejor servir “estofado de grulla” o “elefante al vapor” a contemplar a cada comensal, tirándose de los cabellos, calculando la cantidad exacta de comida que deberá disfrutar. Muchos de nosotros hemos padecido gracias a cierta clase de mujeres cuyo perverso altruismo ha hecho más daño que cualquier arrebato egoísta, las cuales claman hasta por el menú menos popular o corren tras el peor asiento. Muchos hemos oído hablar de partidos y expediciones cuyos miembros se sienten orgullosos de su bulloso autodesprecio. Por razones más malvadas que las de estas señoras, nuestros políticos se empeñan en conservar la confusión acerca de los ver­daderos problemas por medio de las dudas de siempre. No hay nada que evite tanto los arreglos como los enredos provocados por una camarilla de desertores. Hemos sido domados por políticos que tratan de implantar la educación secular, sin que tengan mayores razones para confiar en ella; que apoyan toda prohibición, no queriendo imponerlas; quienes desean acabar con la educación obligatoria, sin poder desmontarla; o quienes quieren una reforma agraria, pero votan por alguna otra cosa. Este embrutecedor y boyante oportu­nismo aparece en todas partes: si nuestros legisladores fueran visionarios, algo pudiera hacerse. Si pedimos algo en abstracto, podríamos conseguir algo en concreto. Si es así, no solo será imposible conseguir lo que realmente queremos: también será im­posible conseguir una parte de ello, porque nadie sabe sobre el alcance de lo que quiere, como si fuera una frontera trazada sobre un mapa. Las calidades claras y distintas del viejo regateo se han acabado. Olvidamos que la palabra “compromiso” implica, entre otras cosas, la rígida y resonante palabra “promesa”. La moderación no es algo vago; es tan firme como la perfección. El punto medio está tan fijo como el extremo.

     Si soy obligado por un pirata a caminar sobre una plancha, sería vano de mi parte ofrecerme a ir, sobre ésta, hasta una distan­cia razonable. Es sobre la distancia razona­ble que tanto el pirata como yo diferimos. Y en esta exquisita discusión matemática, el asunto se parte en dos y la plancha desaparece. Mi sentido común termina jus­to antes de ese momento; el sentido común del pirata va más allá de ese instante. Pero el punto en sí es tan difícil de conseguir como en un diagrama geométrico; tan abstracto como cualquier dogma teológico.

Notas

1 Traducción realizada por: David Jiménez-González. El nombre original del ensayo es “Wanted, an unpractical man”, publicado por G. K. Chesterton en un libro titulado “What’s Wrong With The World”, editado en New York, 1910, por Dodd, Mead and Company.

2 “Causas que lo originan todo” – Verso 490 de las Geórgicas de Virgilio, referente a Lucrecio y a su obra De Rerum Natura. (N. del T.)