Año 5 No. 6.5 Julio - Diciembre de 2011

Triste, extraño motor


Juan Diego Castillo.1


ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X




Tristeza, cogitabunda taciturnidad y fan­tasía… palabras que fueron marcando su vida desde el principio de sus días, imper­ceptibles, implacables. Certeras, cual fatuo destino se adhieren a los ademanes, a los gustos, a las costumbres. Siempre anclado a él ese sentimiento de mediocridad y pereza, que los día a día siempre se encargan de atenuar. Así, un día despertó sin saber ya quién era. Ese hombre joven que aparece en los espejos no podría nunca ser él. A aquel hombre del espejo no le pesan sus días ni se diezman sus fuerzas, el tiempo no le resbala entre los dedos como la arena de los ríos ante su mirada impávida y su alma desesperada. Aquel hombre gris del amor y las muertes de obispo no podía ser su fiel copia aunque -dicen- un poco al revés. En la pesquisa natural que todo hombre que no se encuentra debe emprender, ya sin la ayuda de sus amigos a los que ya no conocía, su mundo comenzó a vibrar, los estertores de su alma que pugnaban por salir se hicieron cada vez más evidentes. Todos ellos trataban de salir, de reclamar su lugar natural en la luz, como un míster Hyde cansado ya de sus viejas cadenas.

Tengo dentro de mí este extraño motor que predice, que me advierte de estas letras que trepan hirvientes por mi garganta, se disfrazan de palabras en mi boca para que nadie pueda reconocerlas y salen a patear a la gente, o a prender flores de sus ojos, o a intercambiar sus pies por abanicos cuando nadie mira, mi motor vibra loco de risa cuando al fin las ve a todas enloquecidas trepando por la falda de alguna o escupien­do en el café de otra. Ellas se burlan de mí, ya me conocen hace tiempo y saben que nunca cobro fuerza suficiente para dete­nerlas, para hilarlas en un bello poema que grite la verdad, en un cuento que moje el calzoncito rosa de una niña o sonroje a los respetables caballeros. Ellas saben que no puedo, que mis fuerzas se agotan y el motor me consume, saben que estoy perdido, que no puedo ya decir nada y que debo decirlo todo. Puta, abro entonces las ventanas para respirar un poco más, para ver si puedo escapar de mí, de esta mediocridad que se me pega como alquitrán a las plumas y no las deja volar.

Pero vibro, comienzo a temblar, y letra a letra las palabras se encargan de retenerme, de hacer tan leve mi pensamiento, ellas saben que ya no puedo pensar más sólo con imágenes, que necesito cada letra para anu­dar en mí esa especie de cable a tierra que resulta del pensamiento después de cavilar y cavilar; ahora únicamente atar, débiles, unas cuantas palabras rebeldes que luchan por no ser tejidas, y esperar que el cable no se rompa, que las palabras sigan aun el pobre hilo que va construyendo mi razón, el último, el que otorga todavía una pizca de potestad sobre los otros que también quieren decir y tejer, el que impide que me pierda en esta multitud. Comienzo enton­ces a espantar letras y palabras insurrectas que como un enjambre de moscas viciadas de podredumbre muerden y remuerden el cable deshilachado. El motor entonces amenaza con la muerte, con detenerse del todo y nunca recomenzar, o marchar, más que nunca, mucho más rápido y jamás parar.

Ellas sienten ese viejo tremor que au­gura su libertad, se amangualan y así, lento y mediocre, veo cómo cualquier voluntad imaginaria o imaginativa me abandona y me deja a solas con estos decires que rumian viejos pensamientos y roen lento, intentan­do hundirme bien dentro, mientras pienso en este amargo animal que se aferra cuando puede de hilachas de razón. Entonces todo ríe y yo me muerdo los labios por no poder salir, para no dejar salir las palabras del tedio y la muerte, de la contradicción y de mi vergüenza, de la perversión que lame mi panza, dulce como la última vida. Luego despierto confuso, y no muy seguro de estar todavía a mi lado, entonces debo correr al espejo más cercano a corroborar, a corroborarme, pero ese hombre joven no soy yo, y recuerdo hace cuánto me inunda esta sensación y por qué nunca me gustaron los espejos, pero intento reponerme a la histeria, pienso que la próxima vez sí me poder librar, aunque dentro, los tremores maquínicos predigan y atemoricen; ya saben que tienen una mordaza bien atada y que solo puedo ofrecer otra triste batalla.

Notas

 

 

Estudiante de la profesionalización en Filosofía y Letras de la Universidad de Caldas. E-mail: juandnofuturo@hotmail.com