Año 5 No. 6.5 Julio - Diciembre de 2011

Hoy, julio, 1925


Felipe Agudelo Hernández. E-mail: meminher@hotmail.com. Universidad de Caldas.


ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X




y el alma con las hordas del calor templóse y contemplóse crepitar.

Oscar Hahn

1

Se imaginaron un día, se desearon y em­pezaron a buscarse sin conocerse. Mientras se buscaban iban creciendo; pasaban los quioscos, las mesas, las sillas, los árboles… la madera, los libros, los periódicos, las hojas secas y las telas, las antorchas, las flechas, los cuerpos muertos… las ciudades vencidas. Se encontraron en una ciudad sin sol donde las nubes siempre estaban bajas.

Una vestía de azul con un sombrero amari­llo, tenía un cuerpo robusto y su voz sonaba como dos piedras chocándose; la otra vestía totalmente de amarillo y presumía de una mascada gris que movía por todo su cuerpo como una serpiente.

Las dos saltaban, danzaban desde sus vientres, latían, se ondeaban como bande­ras en manos victoriosas… se cortejaban. Enamoradas al sentirse, se aproximaron entre sí lentamente, como si una fuera para la otra una ducha de agua fría en la madrugada. Se abrazaron, una enredó con su mascada gris al otro cuerpo trémolo. Se convirtieron en una masa amorfa consu­miéndolo todo, creciendo, alimentándose, como fieras insaciables, de todo lo que estuviera a su alrededor… Sin embargo, ninguna llegó a saber cuál contenía a la otra.

2

Empezaron en la biblioteca de una casa sin habitantes. Bajaron al primer nivel y saca­ron los alimentos de las alacenas. Siguieron en los muebles y cayeron a una alfombra persa. Enceguecidas, derribaron la puerta y salieron. Se metieron a las casas vecinas para hacerlo al frente de los hijos de los cristianos del barrio; irrumpieron alcobas, se metieron en algunos cuerpos dormidos y en otros viejos, y allí también fornicaron hasta matarlos de pudor o de asco, hasta dejarlos en huesos.

Crecía el amor mientras andaba, mientras morían las cosas. Fueron a la iglesia y allí encontraron un ícono sagrado con un co­razón ardiente y fuera del pecho, entonces también quisieron ser el corazón de fuego de una construcción que caía por pedazos. Fueron a las oficinas del centro de la ciudad y obligaron a los ejecutivos a cumplir el deseo diario de sus subconscientes: volar desde una ventana de sus impetuosos ras­cacielos y morir en el aire. Acabaron con toda la ropa y toda la comida.

Toda la ciudad salió a verles pasar. Eran temidas como cualquier amor verdadero. Causaron escándalos, meditaciones, arre­pentimientos, susurros de rezos, oraciones, gritos y alaridos religiosos: este acto reco­rriendo las calles podría ser un indicio del fin del mundo.

Los valientes intentaron acabar con ellas, o por lo menos con su desenfreno; pero ni el agua fría que le funciona a los que desean un sexo inoportuno, ni las mantas que protegen los ojos ajenos de la propia vergüenza, aplacaron el afán, la fuerza y la ternura para consumirse. Por el contrario, esto les fortalecía, aumentaba su gozo.

Después de más de dos horas de recorrido impúdico, una turbamulta se congregó en la plaza. No era cuestión de apoyo; se reunieron porque el sufrimiento es menor cuando se ve sufrir a otros, cuando todos sufren. Se ubicaron rodeando el pilar que sostenía el monumento más importante de la ciudad, el de la independencia: un hombre-cóndor que, con las alas abiertas y los cuádriceps tensionados para dar el salto del vuelo, daba la idea del inicio de la libertad. Pero ni el alado de piedra escapó a este amor. Entraron a la plaza incendiando los pequeños árboles, la gente, los papeles de basura, y subieron por la columna firme a robarse las alas de un pueblo para poder convertirse en humo y separarse2.

Notas

 

2 En memoria de la devastación que produjo el incendio del 3 de Julio de 1925 en la ciudad de Manizales, el incendio duró 24 horas.