Año 5 No. 6.5 Julio - Diciembre de 2011

Gorgona


Carlos Andrés Colorado Franco. Universidad de Caldas.

ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X




El que aquí entra no sale, lo sabías al llegar. Ves las sombras pasar y las oyes follar como animales.1

Nacho Vegas

 

Ahí se ve Restrepo con un machete colgado de su cintura, sentado, envuelto en humo de cigarrillo en la barra de la cantina que antaño fue un garaje. Ahí suelen llegar los foráneos de las fincas, en la entrada se mantienen caballos soportando el alcoho­lismo piadoso de sus amos, mientras una prostituta con gonorrea busca jóvenes para maldecirlos con ese néctar de Gorgona podrida. Hay cuatro mesas cojas con bote­llas de cerveza, colores grises en las paredes, un baño estrecho como para orinar de lado y siempre huele a malta mezclada con orín.

La reina Gorgona muestra su ropa interior, juega con semióticas prohibidas pero Restrepo permanece quieto con los ojos cerrados frente a las botellas de cerveza que tiene en la barra. Ella se acerca, se sienta en sus piernas tratando de sentir el sexo erecto del campesino, más lo único que logra es empegotar el pantalón gris con fluidos apestosos que traspasan la tela del pantalón. Restrepo la quita con un codazo desdeñoso y asqueado, “¿Es que no le gustan las mu­jeres o qué?”, grita la Gorgona enfurecida, al tiempo que los borrachos miran al pobre hombre confuso y excitado.

Se para, paga diez cervezas y una botella que quebró. Va directo a la Gorgona, le mete dos billetes de cinco mil entre esos senos colosales y gelatinosos. Ella se adelanta un poco y Restrepo con las manos manchadas de trabajo busca el trasero oculto bajo una minifalda de jean. La Gorgona responde excitada tocando su sexo (por fin erecto) y le sonríe maliciosa. Carros, perros y más putas cruzan por el frente. Llueve.

Abren la puerta, las tablillas de la habitación traquean y las cucarachas corren paranoicas a los rincones oscuros. La cama está sin tender, sábanas amarillosas y un póster de Pamela Anderson decoran el palacio que ahora la Gorgona contempla maravillada. La puta sonríe, se quita la blusa, el sostén y caen sin ley esos senos salvajes mientras Restrepo se fuma un cigarrillo.

“Tengo tanto apetito que hasta babeo, mi amor”, dice ella en un gesto de seducción que Restrepo no comprendió. Él en silen­cio, se despojó de sus andrajos empegotados y olorosos a alcohol y la penetró con tanta fuerza que la protesta no se hizo esperar, “Si va a seguir así, me va a tener que pagar el doble, papito”. Él respira como un toro, denso, espeso y profundo, “Tan amplias que son las putas pero más amplio soy yo”, decía ese pobre hombre jadeante y sudoroso.

Las manos de Restrepo tienden a ser gruesas y un poco anchas, y en afán de encontrarles asidero, las pone en el cuello de la Gorgona que jadea uniforme como si ese fuera su libreto. La presión es más intensa, las manos del desdichado siguen con firmeza rodeando el cuello caliente de la ricahembra. El aire le falta, el desespero reina, su cuerpo se intenta retorcer pero el de Restrepo no la ha dejado moverse y la penetración profunda sigue. Restrepo no para. Ella intenta hablar, gritar, pero lo único que sale de su garganta son vocablos frustrados, ruidos mudos que rompen con la ceremonia a la que ella decidió asistir con los ojos cerrados y un sexo dispuesto. Ella ya no respira, y si no respira no envejece, si no respira no trabaja, Restrepo no quiere que ella trabaje más.

Restrepo es simple, alcanza sus harapos sucios, vuelve a enfundarse en el pantalón gris y sin pensarlo toma el machete y va a la cama. Con piedad, empieza a trozar por las articulaciones de la Gorgona, “Tal vez era mejor ser carnicero”, dice sintiendo las gotas salpicar la cara.

Con mucha paciencia, asistiendo a otro rito, empaca las partes de la ricahembra, en el colchón relleno de telas y espuma, “Me cogió la noche”, dice como un susurro y termina de acomodar el colchón en la cama para que los bultos de las partes no se noten. Sale. Aún llueve.

La habitación queda sola, nadie le preguntó por la Gorgona cuando salió del lugar. De frente viene otra pareja igual de vulgar, él tiene los brazos tatuados y una barba que apenas sale. Ella sí llega a los 18 años. Se dirigen a la habitación, abren la puerta, las tablillas crujen y las cucarachas corren paranoicas, unas van atrás del póster de Pamela Anderson.

Notas

1 Este texto fue seleccionado para la primera Colisión Literaria: Gonzalo Arango. Presenta a nuestros campesinos y nuestras “malas” mujeres (nuestras Gorgonas), Quienes no pueden otra cosa más que devastar y ser devastados.