Año 5 No. 6.5 Julio - Diciembre de 2011

Manifiesto sedimentario


Colectivo artístico “Sedimentos”


ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X




Los días 24 y 25 de marzo de 2011 se llevó a cabo en la Universidad de Caldas el XIV Foro interno de Filosofía y de Li­teratura que, a pesar de tener a la Literatura en su título, no reali­zó una convocatoria para textos literarios. El Colectivo artístico “Sedimentos” quiso manifes­tarse en contra de tal omisión. El Manifiesto sedimentario es el resultado de su reacción.

I

¿Por qué es tan ominosa la página en blanco? ¿Por qué el temor a lo vacío? Tal vez porque sí. Hay que llenarla, con lo que sea, y probablemente el mejor material para eso sean las letras. El vértigo de escribir, llamémoslo así, la necesidad de llenar con palabras una sola página, o dos, o diez. Palabras que necesitan ser dichas, que necesitan salir, y al escribirse, cumplen con una especie de sacrificio ritual, ya no hacen parte de nosotros. Ahora forman parte de un laberinto que se hace cada vez más largo, más complejo e intrincado, porque puede que quien hable sea uno solo, pero este laberinto ha sido creado por muchos demiurgos que lo han construido sacrifi­cando partes de sí mismos, y esconden a su propio minotauro dentro de estas páginas. Ese monstruo es el motivo de este evento, y es hora de que sus víctimas entren en el laberinto para ser tomadas como ofrenda. Estas páginas quieren decir algo, o por lo menos tienen palabras, y estas quieren re­cordarles que hay alguien ausente, alguien de quien se habla, pero que no ha sido invitado. Teseo ha entrado al laberinto.

II

En la puerta queda una mujer, la más dulce, la más sabia. En la puerta quedan las pala­bras vitales de la más sutil de entre todas las sabidurías que se esconde por exigencia de otros. Sus pies jóvenes y siempre a hurtadillas se posan sobre el piso mientras su mirada sencilla y descomplicada se posa en lo más profundo del horizonte. Le han dejado en la puerta pero aún amordazada, torturada, rechazada, conserva la calma ¿Podrá hacer del silencio su inconformis­mo y su voz que lo dice todo pero pocos escuchan? Conserva la calma. ¿Por cuánto tiempo? por el tiempo necesario para que el espacio sea conjunción con algún otro, un otro, un otro orgánico, un otro plétora de voces que se callan en voceríos a escondi­das, en silencio, silenciados, acallados. Las voces se empollan, se convierten en taco en la garganta, en escozor virulento que en algún momento terminará por agigantarse. Canto, murmullo, siseo, zigzagueo, tartamu­deo. En silencio se crea el barullo, la peste, la carroña olorosa. La sabia mujer escucha y se levanta sobre la punta de sus pies. ¿Podrá guardar silencio?

III

Al parecer ya todos me han olvidado… y aquí la historia es la de siempre, han pres­cindido de mí por ser la verdulera de las palabras, porque puedo ser fácil, porque les puedo volar la cabeza y porque sobre todo, soy aún más deseable que toda la maraña de términos y excentricidades que se les han ocurrido para justificar un foro… prefieren pasar de largo para evitarme, en efecto desde que me han hecho sombra mi futuro es la muerte. Temen que acapare el salón, porque me pueden tocar los niños, los viejos y los locos, con sus ojos abiertos, con su atención dispuesta, no les confundo porque no tengo un pasado de traje, siempre soy presente, no transmuto conocimientos en verdades a medio acabar, simplemente me rebelo. Sólo los que buscan cambiar este teatro de más­caras y normas llaman mi atención, porque en ellos se alberga mi legado, mis palabras, mis versos y mi obra.

IV

Me asomo a la ventana y observo cómo, poco a poco, construyen el teatro. Ellos, los eruditos, se acomodan su traje, lustran sus botas y parafrasean autores; cada uno inicia los preparativos para emprender la carrera de quien brilla más. Por el pasillo se acerca ella: la literatura desnuda, con grafías impresas en su piel, historias, relatos y poesía. Todo se funde en su superficie, me exalta y me tienta, es ella y él; hombre y mujer, en un cuerpo andrógino que trastoca las imaginaciones. Algunos de estos inte­lectuales parecen ser atraídos y se marchan rápidamente hacia el auditorio, otros la miran con desdén marcando una línea a la entrada, ellos se reservan el derecho de admisión a un recinto de aparente cono­cimiento y rigor científico, la literatura se sienta frente a la puerta a esperar, algunos estudiantes pasan y leen su cuerpo con miradas cómplices y traviesas. Cierro mi ventana y salgo a reunirme junto a ella, me desnudo de ropas y títulos, dejo de un lado mi cartón para que raye mi cuerpo y me toque, otros se unen, somos pocos, somos otros, los que nos sedimentamos en pala­bras, en grafías y literatura, todos, los pocos, los otros que estamos pintados, escritos. El derecho de admisión nos es indiferente: la raya la rayamos.

V

Estas palabras pueden reconocerse como un grito, como una trasgresión al silencio, como una conmoción aérea, su materia tiene la necesidad de dilatar, manifestar, escribir, decir, inscribir, extender, estirar; estirar lo sentido hasta los tímpanos de los otros, para aturdirlos, para atormentarlos, para crearles laberintos. Quisiéramos, entonces, manifestarnos: la literatura no debe confundirse con un ornamento, no es el acompañamiento para el coctel, no es la sirvienta de la filosofía, ¡Homero fue quien afinó los sentidos del pueblo griego!, ¿Quién nos educa a nosotros?, ¿acaso la vieja, la desgastada quimera de Platón?, ¿esa forma de viciar el pensamiento?, ¿esa mutilación de las palabras?, ¿Qué república creen tener para atreverse a la impertinente exclusión de los poetas? ¿Acaso la filosofía precede las letras?, ¿acaso logra someterlas?, ¿cuántos escritores de literatura podrían haber compartido este espacio? Nosotros fuimos invitados a cruzar la raya, a traer a la literatura a donde no ha tenido libre convocatoria, no podíamos menos que hacer evidente esta corrupción, estar aquí frente a ustedes, sin ponencias de Filosofía del Arte, Epistemología, ni Filosofía de la Ciencia, sin Filosofía del Lenguaje, sin Filosofía de la Mente, sin Historia de la Filosofía, estamos aquí para la literatura, nuestra corrupción consiste en que venimos a violentarlos para crear una herida, un dolor que perdure, que sea interminable, que en la memoria de ustedes quede latente la necesidad de cambiar este espacio, que recuerden que aquellos que se creen héroes cómo Teseo por matar minutaros, al entrar a nuestro laberinto, los espera Asterión para romperles el cráneo.

VI

La crítica a la sociedad que levantan en voces políticas, la idea que buscan expresar en lo material de la tinta, las palabras de apoyo a lo exacto y supuestamente verosí­mil del orden lógico, los reclaman en ésta ocasión tiñéndolos a ustedes !filósofos ególatras¡ como personas que han perdido su estatus de social entre el abismo de lo intelectual, que han olvidado entre sus estudios aparentemente importantísimos pero absolutamente alienados del todo y ceñidos únicamente a una burbuja de intelectualidades donde se leen con ínfulas de cambiarlo todo y no se dan cuenta que escriben para un grupo reducido práctica­mente a la nada, ¡ustedes mismos!. Nosotros los danzantes con la literatura les gritamos, los insultamos, nos burlamos y los porde­bajeamos en ardid de la memoria humana que se esconde en las letras literarias, repito en pos de que les quede claro, olvidadas por ustedes, y en la hermosa danza de la que hacemos parte, ustedes se constriñen como supuestos letrados irrelevantes para todos, menos para quienes están a su derecha e iz­quierda, quienes los van a leer por amistad, eso deduciéndolo porque están sentados a sus lados, porque el de adelante y el de atrás que seguramente prefieren hacerse con otros que con ustedes, si saben su nombre es porque alguna vez llamaron lista en un salón compartido de un programa de filo­sofía y letras que olvida lo más grandioso de su nombre, Asterión los ha visto y no queda hacia donde huir.

VII

¿Huir a dónde? Si un laberinto es algo que se dobla infinitamente, laberinto de las letras, laberinto de los egos, laberinto de las ideas, laberinto de las sensaciones, pasillo interminable donde acaba y empieza cada sueño, ¡para estos que no escriben con san­gre, que no dejan en cada paso de sus dedos la huella indeleble de sus recorridos, que no hacen de su laberinto el hogar hecho de sus restos corporales, para esos que hablan de los fines últimos como si atraparan la eternidad en lo efímero de sus palabras, para los que juzgan con los mínimos de análisis, sacando de un sombrero mágico escarpelos de científicos, a éstos, frustrados por la ineptitud de su trabajo, que a pocos importa!, escuchen; nada de argumentos, el mundo, mucho menos la literatura necesita de argumentos para existir, ustedes circo de intelectuales, payasos y mimos parafra­seadores de autores, sociólogos, filósofos, antropólogos, críticos literarios, ahí les va mi sonrisa. Un laberinto no se escribe con la razón; un laberinto nace de la obsesión de quien lo recorre, el escritor de literatura es ante todo un obsesivo; su obsesión son las letras, las máquinas que nacen de su compulsión son los libros, máquinas de mundos, máquinas de laberintos, máquinas de sueños, máquinas para otros obsesivos, que no se permiten en estos lugares fo­mentar y multiplicarse. Espero algún día se atraganten con su falta de creación, que los ahorquen mientras duermen Kafka, Borges, Cortázar, Joyce y sus seguidores… que despierten mudos, para que dejen de decir sandeces, ¿alta cultura señores? Parecen más ustedes una orquesta de saltimbanquis sin actos nuevos, los despido sin honores, sin lágrimas, los despido con una sonrisa.

VIII

Si pueden dormitar y jamás sacudirse del éxtasis del delirio, si logran ver en ustedes las quimeras de utopías curiosas que danzan entre punzantes pedazos de retratos rotos, de espejos que jamás reflejaron el agotado y roído escenario, desenganchen su soga, el abismo es eterno, se cortarán por frases que superan los universales, arruinados por la belleza de lo soberano, algo que acrecencia, atisbo de lo inconmensurable, se estrellarán con el asombro que es mirar lo ajeno, a lo otro, advertirán lo vacías que andan sus conjeturas irrefutables, porque aquí el pensador malgastó el papel de fundar un mundo, de pilotear a lo inexplorado y se perdió de transitar, de escapar a lo alterno. ¡SEÑORES AQUÍ YA NADIE INVITA AL DELIRIO!