Año 2 No. 2 Julio - Diciembre 2008

La contingencia del lenguaje: la perspectiva de Rorty sobre las ciencias sociales


Ana Milena Buitrago


ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X




            ¿Hay algo por fuera de las ciencias físicas y naturales que sea digno de llevar el término honorífico de objetivo? Se ha comenzado la exposición con esta pregunta porque, independientemente de los argumentos que ofrece el autor que se pretende abordar, hay un objetivo que alcanzar: demostrar que en las ciencias sociales puede haber objetividad.

            Sin embargo, no es conveniente continuar esta introducción sin hacer otras preguntas como, por ejemplo, ¿cuál es el sentido de la objetividad que acompaña al derecho, a la sociología, a la antropología, entre otras? ¿Qué cosa hace que algo sea o no ciencia? ¿Cómo demarcamos la ciencia de la metafísica? ¿El trabajo de los científicos sociales no es digno de la objetividad, no buscan tal cosa como la verdad? Sin lugar a dudas, hay algo (no metafísico ni psicológico) que nos dice que hay objetividad en las humanidades. ¿Es una objetividad diferente a la de las ciencias naturales? Lo que en efecto sabemos es que las personas que participan de estas disciplinas, incluso las que no lo hacen, tienen criterios para decidir cuándo algo en nuestras humanidades no es coherente o claro, o simplemente no admisible ; es decir, que es cierto que ellas no sustentan incoherencias o seudo teorías que nos hagan pensar que los miembros que las constituyen están perdiendo el tiempo.

            Por tal razón, se deben examinar dos conceptos filosóficamente problemáticos, pero no mortales ni graves dada la sugerencia de Rorty , a saber: qué es la objetividad y qué es la verdad. Así, estos conceptos darán respuesta a las preguntas formuladas (en este sentido nos adherimos a la posición de Richard Rorty en Objetividad, relativismo y verdad donde dedica gran parte a la diferencia que existe entre dos sentidos de racionalidad. Más adelante se explicará esta diferencia y por qué estamos de acuerdo con su concepción. Richard Rorty no habla de las ciencias sociales específicamente, sino que habla de los humanistas o las humanidades) y podrán aclarar, de paso, que la objetividad no es más que un personaje famoso patrocinado por el positivismo y cuya fama aún está en furor. Se hablará de cuál es el sentido que tienen estos términos y qué papel juegan en las ciencias sociales. También se propone “lastimar” algunos puntos débiles que hacen tambalear sus teorías y argumentaciones, no sin antes aclarar que algunas de sus propuestas o concepciones son bastante interesantes. Finalmente, se comprobará que su relativismo podría parecer suficiente para demostrar que el positivismo exageró en su noción de objetividad. Para ello, se ha dispuesto el trabajo en dos partes: i) La objetividad y la ciencia y ii) La verdad y la objetividad.

La objetividad y la ciencia

            En cierto sentido tradicional se puede decir que la ciencia ofrece una verdad dura y objetiva referida a los hechos del mundo, mientras que otras disciplinas parecen no estudiar la realidad de la misma manera. Así por ejemplo, las ciencias sociales tienen como objeto de estudio las relaciones sociales que las personas establecen en una comunidad, aunque no las abordan precisamente desde la misma posición metodológica de la ciencia natural, en el sentido anteriormente mencionado, dado que esta clase de fenómenos no se encuentran en la realidad. Claro está que hay una diferencia tajante entre hablar de la realidad como mundo, la naturaleza y cosas que hay en esa naturaleza, y la realidad en la que existen instituciones, personas, comunidades y obras de arte. Pero esto tampoco debe llevar a la idea de que no se esté hablando de ello en sentido objetivo.

            Ahora pues, el trabajo que realizan los humanistas se ve muchas veces atrofiado por esta clase de concepciones del conocimiento. En el anhelo de alcanzar resultados que sean aceptados con una confiabilidad semejante a los logros científicos, tienden a asimilar los parámetros de investigación de la ciencia natural. Surge, por consiguiente, la duda de si las ciencias humanas o sociales son objetivas o científicas, de si son menos certeras que las ciencias físicas porque no aplican la verdad por correspondencia o porque simplemente la idea de buscar afanosamente esa verdad no es su método de trabajo.

            De igual modo, esta manera de ver las cosas proviene de dos cuestiones fundamentales.

            La primera es la tradición que se ha mantenido desde los griegos de que sus miembros deban salirse de la comunidad con la que viven y ver desde afuera cómo funciona, lo que hace que tales miembros no se conciban como miembros de esa comunidad, sino que se vinculan a otra cosa, a algo que puede describirse sin referencias a seres humanos particulares. Esto es un deseo de objetividad. La segunda comienza con la separación de las ciencias. Este deseo creció con el positivismo lógico y su idea brillante de querer que todo se pareciera a las ciencias físicas. Lo que quería decir que todo tenía que funcionar con el método de la ciencia y encontrar la verdad que ella buscaba, de lo contrario, las ciencias se transformaban en seudo ciencias o carentes de sentido.

            Por otra parte, Rorty en Objetividad relativismo y verdad se defiende de la acusación de relativismo hablando de dos clases de deseos: el deseo de objetividad y el deseo de solidaridad . El autor prefiere el segundo deseo, pero dice que hay un tipo de relatos que ilustran el deseo de solidaridad y otro tipo de relatos que ilustran el deseo de objetividad. Sugiere que cuando una persona busca la solidaridad no se pregunta por la relación entre las prácticas de una comunidad elegida y algo que está fuera de esa comunidad. En cambio, cuando busca la objetividad se distancia de las personas reales que le rodean, apartándose de su propio lugar en el universo social. Lo que quiere decir que buscar la objetividad lleva a una pérdida de reconocimiento de la humanidad, mientras que la solidaridad lleva a un reconocimiento de la humanidad. Las ciencias sociales estarán del lado de la búsqueda de la solidaridad, aunque se les acuse, por esto mismo, de no usar la objetividad.

“[..] Los pragmatistas desearíamos sustituir el deseo de objetividad –el deseo de estar en contacto con una realidad que sea algo más que alguna comunidad con la que nos identificamos– por el deseo de solidaridad con esa comunidad. Pensamos que los hábitos de recurrir a la persuasión antes que a la fuerza, de respetar las opiniones de los colegas, se sentir curiosidad, avidez y tener nuevas ideas y datos, son las únicas virtudes que tienen los científicos. No creemos que exista una virtud intelectual denominada ”racionalidad” por encima de estas virtudes morales” (Rorty: 1996, 62).

En Consecuencias del pragmatismo Rorty también se defiende de las críticas que algunos filósofos de corte analítico hacen de sus planteamientos. En este texto, habla de tres caracterizaciones de la noción de Pragmatismo: “Según mi primera caracterización de pragmatismo éste es sencillamente la aplicación del antiesencialismo a nociones como “verdad”, “conocimiento”, “lenguaje”, “moralidad” y semejantes objetos de especulación filosófica. Pongamos por caso la definición que James da de “lo verdadero”: “aquello cuya creencia resulta beneficiosa”. Sus críticos han visto en ésta algo tan fuera de lugar, tan antifilosófico, como sugerir que la esencia de una aspirina es que es buena para los dolores de cabeza. Sin embargo, lo que James quería dar a entender es que no hay nada más profundo que decir al respecto: la verdad no es que no hay nada más profundo que decir al respecto: la verdad no es la clase de cosa que tenga un esencia [...] una segunda caracterización del pragmatismo podría seguir esta línea: no hay deferencia epistemológica entre la verdad de lo que debe ser, como tampoco hay diferencia metafísica entre hechos y valores, ni diferencia metodológica entre moralidad y ciencia. No hace falta ser pragmatista para creer que Platón se equivocaba al equiparar la filosofía moral con el descubrimiento de la esencia de la bondad, al igual que Kant y Mill se equivocaban en su intento de reducir la elección moral a una regla [..] Según la doctrina de este movimiento, la investigación no tiene ningún límite general que venga dictado por la naturaleza de los objetos, de la mente o del lenguaje, sino sólo ciertas limitaciones deducibles de los dictámenes de nuestros colegas [...]” (1996: 243-247).

Rorty dice “Esta comunidad puede ser la histórica y real en que viven, u otra real, alejada en el tiempo o el espacio, o bien una imaginaria quizás compuesta de una docena de héroes y heroínas elegidas de la historia, de la ficción o de ambas” (1996, 61-32. Cursivas añadidas).

            La ciencia, por su parte, trata de una relación inmediata con una realidad no humana . De acuerdo con su posición

Las inquietudes acerca del “estatus cognitivo” y la “objetividad” son características de una cultura secularizada en la que el científico sustituye al sacerdote. Ahora, se considera al científico como la persona que mantiene a la humanidad en contacto con algo que está más allá de sí misma. Con la despersonalización del universo, la belleza (y, con el tiempo, incluso la bondad moral) llegaron a considerarse “subjetivas”. La verdad se concibe así como el único punto en el que el ser humano es responsable frente a algo no humano [...] El científico se convierte en un ejemplo moral, alguien que desinteresadamente se expresa una y otra vez ante la dureza de los hechos (Ibíd.: 62).

            Esta forma de ser de la ciencia es lo que le inquieta al norteamericano, más adelante dice:

Los pragmatistas no intentarán explicar este fenómeno diciendo que las sociedades o los textos literarios son más blandos que las moléculas, o que las ciencias humanas no pueden estar tan “libres de valores” como las ciencias naturales, o que los sociólogos y los críticos no han encontrado aún sus paradigmas. Ni supondrán que “una ciencia” es necesariamente algo que deseamos que la sociología llegue a ser. Una consecuencia de su perspectiva es la idea de que quizás “las ciencias humanas” deberían tener un aspecto diferente al de las naturales. Esta idea no se basa en consideraciones epistemológicas o metafísicas que muestren que la indagación en las sociedades deba ser diferente de la indagación sobre las cosas. Se basa, en cambio, en la observación de que los científicos naturales se interesen principalmente por predecir y controlar la conducta de las cosas, y que la predicción y el control pueden no ser los resultados que deseamos de nuestros sociólogos y nuestros críticos literarios (Ibíd.: 63).

            A través de la siguiente síntesis se comenzará a explicar la posición de Rorty frente a las nociones de ciencias sociales y la objetividad en las ciencias físicas y naturales.

            Hay dos visiones con las que no está de acuerdo. La primera comienza con la idea de naturaleza intrínseca o la esencia de la verdad, idea que suponen algunos filósofos de la ciencia. Él dice que no es posible que el mundo tenga la verdad o que se exprese y hable literalmente, es decir, que el mundo simplemente existe o está “ahí fuera”, y no tiene ninguna naturaleza intrínseca que lo haga escoger quien habla mejor de él y qué es lo que mejor se dice. Todo esto lo podemos reducir a algo así como la estructura de la realidad no humana. En segundo lugar, la idea de que el “yo” tiene una naturaleza intrínseca, indica que se presta para ser expresada inadecuadamente, pues puede ser que el lenguaje no sea suficiente para expresar nuestros contenidos mentales.

            Las ciencias sociales, o humanas en términos de Rorty, mantienen su estudio a partir de una relación inmediata con la realidad humana, o, mejor dicho, con la vida de las personas.

            En otra instancia, Rorty se opone a la división entre objetividad y subjetividad y con la idea de una racionalidad en las ciencias naturales, racionalidad que implica la objetividad, la verdad y la correspondencia con la realidad. Esto significaría que las humanidades se reducirían prácticamente a nada, o a mera subjetividad, y que lo único importante y fundamental que habría para conocer serían las ciencias naturales. Ahora bien, para desarrollar claramente estos puntos en los que Rorty no está de acuerdo, hay que hablar de su posición frente a la verdad y la racionalidad, para concluir que las distinciones entre lo objetivo y lo subjetivo y el sujeto y el objeto (entre otras que se dan) carecen de sentido, dado que él pretende desechar estas distinciones.

La verdad y la objetividad

            En Contingencia, ironía y solidaridad Rorty habla de su posición frente al lenguaje, posición que nos dará luces para entender en qué aspectos discrepa en relación con la racionalidad y la objetividad en las ciencias, aunque, más que en esto, no está de acuerdo con las distinciones y las consecuencias que genera utilizar estos términos. Rorty inicia su discusión aseverando que la idea de los intelectuales contemporáneos de que las cuestiones referentes a fines frente a medios son cuestiones que pertenecen al arte o a la política, pero no a la filosofía o a la ciencia. Esto conllevaría a que unos filósofos se inclinarán más por el lado de la ciencia y siguieran viendo esa lucha que prevalece entre ciencia y religión, entre razón y sin razón, etc., como aquello que se halla en el mundo, donde la ciencia sería la que descubre la verdad. Otros filósofos, por el contrario, afirman que las descripciones de la ciencia no enseñan ninguna lección moral y optan por acercarse más al objetivo logrado por los idealistas de poner a la ciencia en su lugar y de conferir claridad al hecho de que los seres humanos no encuentran la verdad, sino que la hacen.

            Ahora, el trabajo de los idealistas, según él, queda en la mitad del camino cuando en su afán por decir que la verdad no está “ahí afuera”, en el mundo, toman esto como algo hecho y ven la materia (lo físico) como algo construido por la mente, la cual no es consciente de su carácter mental y, más aún, cuando tiene una naturaleza intrínseca que sólo puede ser conocida por el ejercicio filosófico. Surge, de este modo, la necesidad de diferenciar la afirmación según la cual el mundo y la verdad no están “ahí afuera”, es decir, no son creación humana, pues esto llevaría a la conclusión de que las cosas que se encuentran en el espacio y en el tiempo son efectos no causados por los estados mentales, a diferencia de la afirmación según la cual la verdad no está “ahí afuera” en el mundo, sino que se encuentra en las proposiciones; las que hacen parte de lenguajes humanos. Es decir, la verdad es una creación humana. Esto implica que la verdad no puede estar “ahí afuera”, que no existe independientemente de la mente, ya que las proposiciones no están afuera en el mundo, aunque éste exista con independencia de la mente. Las descripciones del mundo tampoco están afuera, no se encuentran en él, sino que las hacen los humanos, y son las únicas que, a diferencia de los hechos, pueden ser verdaderas o falsas. Creer lo contrario sería como decir que el mundo posee la verdad, lo cual se acerca a la noción de hechos autosubsistentes. Sería como decir que el mundo decide entre proposiciones que compiten alternativamente, esto es, que determinado estado no lingüístico del mundo es en sí una instancia de verdad.

            Lo anterior es problemático cuando, por ejemplo, se pasa a considerar los léxicos como conjuntos, cuando se consideran ejemplos de juegos de lenguaje alternativos como “el léxico de la moral de San Pablo versus el léxico de Freud” (Rorty: 1996, 25), puesto que el mundo no puede decidir cuál es el mejor, cuál de esas descripciones es verdadera y cuál es falsa. En el mundo no está el léxico a la espera de que lo describamos, el mundo “no habla” y del hecho de que el léxico de Newton nos permita predecir el mundo más fácilmente de lo que lo hizo el aristotélico, no se sigue que el mundo hable newtonianamente. Entonces, sólo los humanos proponen lenguajes y hablan, lo que no sugiere que la idea de elegir qué léxico usar sea una cuestión arbitraria, o que los criterios objetivos para la elección de un léxico se reemplacen por criterios subjetivos, sino que las nociones de criterio y elección dejan de ser tomados en cuenta cuando se trata del cambio de un juego de lenguaje a otro; es decir, no depende de criterios, ni de nosotros ni del mundo el que, por ejemplo, los individuos se vuelvan teístas o ateos, pues esta búsqueda de criterios supone que tenemos una naturaleza intrínseca. Dejar a un lado la cuestión de que existe una relación de adecuación del mundo o expresión del yo, es llegar a concebir la idea de que la realidad es independiente de las descripciones y que el yo en lugar de ser expresado adecuadamente o inadecuadamente por un léxico, es creado por el uso de un léxico y, con esto, paralelamente se comprende la afirmación de que los lenguajes son hechos no hallados en el mundo y que la verdad está en las proposiciones humanas.

            De este modo, se llega a puntos centrales en la concepción de Rorty no sólo acerca del lenguaje, sino también acerca de su opinión sobre la relación entre objetividad, verdad y ciencia. Para esto, se hablará de su cercanía con Wittgenstein en lo referente a la noción de juegos de lenguaje y de su necesidad para entender la diferencia entre las ciencias físicas y sociales. Y con Davidson en su idea de que el lenguaje no es ni un medio de representación, ni un medio de expresión, como siempre se ha creído.

            Rorty apela a la noción de juegos de lenguaje porque necesita mostrar que las descripciones que se hacen del mundo son diferentes dependiendo de aquello que se quiera conocer. Por ejemplo, las comunidades –científicas y culturales– hablan de manera diferente acerca del mundo. Él reconoce la concepción de los juegos de lenguaje como un resultado favorable a su afirmación de que sólo las proposiciones pueden ser verdaderas y que los seres humanos hacen las verdades al hacer los lenguajes en los cuales se formulan las proposiciones .

            Su cercanía con Davidson empieza con el rompimiento que este filósofo hace acerca del lenguaje en la medida en que se cree que puede mantener la relación de adecuación o inadecuación con el mundo o con el “yo” . Tradicionalmente se ha concebido la idea de que el sujeto tiene creencias y deseos, pero esas creencias y esos deseos son susceptibles de crítica en la medida en que, por ejemplo, las creencias pueden no corresponder con la naturaleza esencial del “yo” –por ser racionales o irracionales–, lo cual supone que, por un lado está el “yo” en un extremo de la red de creencias y deseos y, por el otro, está la realidad. Esta imagen lleva a cuestionar si ese tercer elemento lo que hace es unir o separar al “yo” y a la realidad; si ese medio le muestra al “yo” lo que está en la realidad. Además, seguir pensando el lenguaje de esta forma conlleva a estar en la incertidumbre de si ese medio es adecuado, bien para la tarea de expresar correctamente la naturaleza de la especie humana, o bien para la tarea de representar de forma apropiada la realidad no humana.

Es claro también reconocer que ésta es sólo una analogía, dado que tiene una desventaja manifiesta. 

“lo característico es que el artesano conozca cuál es el trabajo que debe hacer antes de escoger o de inventar las herramientas con las cuales llevarla a cabo. En cambio, alguien como Galileo, Yeats o Hegel (un “poeta” o en el amplio sentido en el que empleo el término, esto es, en el sentido de que hacer cosas de nuevo) regularmente es incapaz de aclarar con exactitud qué es lo que se propone hacer antes de elaborar el lenguaje con el que acierta realizarlo” (Ibíd..: 33).

            Aquí podría interpretarse el lenguaje como un medio de representación o de expresión.

            En Rorty se ve la cercanía con Wittgenstein y Davidson una vez que ellos conciben los léxicos más como herramientas alternativas que como piezas de un rompecabezas. Al sugerir que los diferentes léxicos son piezas de rompecabezas se estaría diciendo que todos los léxicos son imprescindibles, que se pueden unificar en un superflexivo único. Esto permite formular preguntas como “¿cuál es el lugar de la conciencia en un mundo de partículas?” (Rorty, 1996: 31) Entonces, el punto es si el uso de las herramientas de las que disponemos es ineficaz para describir el mundo, esto es, cuál herramienta sirve más que otra. Es por eso que a veces subsisten dos léxicos diferentes (dos herramientas) y posteriormente surgen revoluciones para inventar un nuevo léxico que reemplace aquellos. De esta forma, es claro que se debe saber qué trabajo realizar para escoger o inventar tal herramienta, lo cual no hacen personajes como, por ejemplo, Galileo o Hegel, pues no aclaran con exactitud qué es lo que se proponen hacer antes de elaborar el lenguaje con el que quieren realizarlo. El nuevo léxico hace posible la formulación de los propósitos mismos de ese léxico.

            Según lo que describe Rorty, Davidson examina lo que implica el trabajo de Wittgenstein con respecto a los léxicos como herramientas, con el fin de criticar las teorías tradicionales del lenguaje, ya que suponen la existencia de relaciones de adecuación con el mundo o que el lenguaje pueda ser fiel a la naturaleza del yo.

            Por otro lado, sigue Rorty, una vez que Davidson examina el lenguaje como entidad, llega a la conclusión de que cuando hay comunicación entre dos personas, o dos léxicos, es porque se ha dado lo que él denomina teorías momentáneas, que consisten básicamente en la coincidencia que puedan tener ambos léxicos de predecir comportamientos. Es decir, hablar el mismo lenguaje es coincidir en teorías momentáneas. Pero, si dos comunidades tienen dificultades en la comunicación es porque es difícil traducir el uso característico de las palabras de una de las dos a la otra. En otras palabras, la conducta lingüística de una comunidad es difícil de predecir. Para Davidson el lenguaje como medio de expresión o representación no existe. El decir que hay un usuario de un lenguaje, el emplear las marcas y los sonidos que produce con los que también nosotros producimos, es sólo una táctica útil para predecir una conducta.

            Gracias a estos autores Rorty muestra la contingencia del lenguaje, es decir, el cambio de los léxicos, pues tiene presente, además, la idea de que hay metáforas muertas; Rorty utiliza este término para referirse a la imagen o la forma que da un rompecabezas o, más precisamente, es un rompecabezas grande, es decir, que si bien pudo haber metáforas vivas, ahora se han vuelto literales. Así, son claros dos puntos en la propuesta de Rorty: i) “simplemente hay mejores descripciones del mundo que otras y que en eso consiste la verdad. Newton utilizó una herramienta (léxico o descripción) más apropiada que la que utilizó Aristóteles para describir el mundo y, no es que Newton haya encontrado la verdad en el mundo, sino que lo describió mejor” (Ibíd.: 35). ii) La verdad es un elemento del lenguaje antes que un hecho del mundo.

            Ahora bien, para resumir las afirmaciones y las conclusiones a las que llega Rorty, es conveniente resaltar las distinciones que él reconoce y que se hacen normalmente de la objetividad y la subjetividad, no sin antes aclarar que él no asume ninguna de esas diferencias, dado que cree que es un sinsentido hacer tales divisiones.

La objetividad, en primer sentido, era una propiedad de las teorías que, tras haber sido ampliamente discutidas, son elegidas por un consenso de los que las han discutido de forma racional. En contraste, una consideración “subjetiva” es aquella que ha sido dejada de lado, o lo sería, o debería de serlo, por las personas que han participado en la conversación de forma racional- la que se considera, o debería considerarse, que es irrelevante para el objeto material de la teoría. Decir que alguien está introduciendo consideraciones subjetivas en una conversación donde se exige objetividad es, en términos generales, decir que está introduciendo consideraciones que otros consideran que está fuera de lugar [...] En un sentido mas tradicional, subjetivo contrasta con ”que corresponde a lo que está ahí dentro” (en el corazón, o en la “confusa” porción de la mente que no contiene representaciones privilegiadas y, por tanto, refleja exactamente lo que hay ahí fuera) En este sentido, “subjetivo” va asociado a “emocional” o “fantástico”, pues nuestros entendimientos son, en sus mejores momentos, espejo idéntico de los objetos externos mismos (Rorty. 1989, 307).

            Con esto, se puede decir con Rorty que al establecer que el léxico que maneja la ciencia, cuyos conceptos centrales son la verdad y la objetividad con respecto a la naturaleza o el mundo, lo único que se está estableciendo es que un grupo de seres racionales han discutido y acordado que hay cosas de las teorías científicas que son objetivas y verdaderas. En este sentido, la objetividad es válida para el juego de lenguaje que posee ese determinado grupo de personas, los científicos. Ahora bien, hay ciertas disciplinas cuyo léxico o juego de lenguaje les permite manejar conceptos que suelen llamarse subjetivos. Por ejemplo, disciplinas como la ética, la política, la crítica literaria, la psicología o la sociología, quienes deben elaborar un léxico diferente al de las ciencias físicas, manejan concepciones diferentes de la realidad, dado que la particularidad de los fenómenos que estudian y pretenden explicar no pueden abordarse a partir de las categorías o conceptos propios de la física. Aunque esto no omite la posibilidad de que puedan, a parte de los criterios subjetivos, manejarse criterios objetivos. De todos modos, habría que hacer una diferenciación importante entre la subjetividad por parte del investigador y de lo investigado.

            Si bien es cierto que la objetividad en las ciencias sociales es posible en este sentido, porque puede haber perfectamente una conversación racional y seria en un discurso sobre un hecho o serie de hechos, también es cierto que es posible establecer claramente cómo se puede ser objetivo. No es necesario, entonces, afirmar que estas disciplinas y sus criterios de trabajo son meramente subjetivos. Pensemos, por ejemplo, en el carácter objetivo de las actividades y practicas humanas, donde los individuos operan con objetos, con hechos de la realidad y llegan incluso a crear hechos institucionales o culturales. De este modo, puede decirse que, por ejemplo, las negociaciones de paz entre el Líbano y Palestina son algo objetivo, algo que no depende de nuestros deseos, creencias o intereses.

 

 

 

 


Referencias

RORTY, Richard . (1989) La filosofía en el espejo de la naturaleza. Madrid: Técnos.

 

______________. (1996) Consecuencias del pragmatismo. Traducción de José Manuel Esteban

 

Cloquell. Madrid: Técnos.

 

______________. (1996) Objetividad, relativismo y verdad. Traducción de Jorge Vigil Rubio. Barcelona: Paidós.

 

______________. (1996) Contingencia, ironía y solidaridad. Barcelona: Paidós.