Año 4 No. 6 Febrero - Junio de 2010

La ordenación del demiurgo


Germán Sarasty Moncada

ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X




La ordenación del demiurgo

 

GERMÁN SARASTY MONCADA1

Universidad de Caldas, Colombia

E-mail: germansarasty@une.net.co

 

RECIBIDO EL 11 DE ABRIL DE 2010

APROBADO EL 16 DE AGOSTO DE 2010

 

Un sanglot tout nu n’est pas beau: il offense. Un bon raisonnement offense aussi, comme Stendhal l’avait bien vu. Mais un raisonnement qui masque un sanglot, voila notre affaire. Le raisonnement ote aux pleurs ce qu’ils ont d’obscene ; les pleurs, en révélant son origine passionnelle, otent aux raisonnement ce qu’il a d’agressif ; nous ne seront ni trop touchés, ni du tout convaincus et nous pourrons nous livrer, en sécurité, a cette volupté moderée que procure, comme chacun sait, la contemplation des oevres d’art. Telle est donc la «vraie» , la «pure» litterature : une subjectivité qui se livre sous les especes de l’objectif, un discurs si curieusement agencé qu’il equivaut a un silence, une pensée qui se conteste elle-meme, une Raison qui n’est que le masque de la folie, un Eternel qui laisse entendre qu’il n’est qu’un moment de l’Histoire, un moment historique qui, par les dessous qu’il révele, renvoie tout a coup a l’homme éternel, un perpétuel enseignement, mais qui se fait contre les volontés expresses de ceux qui enseignent. Jean-Paul Sartre2

En su libro El orden alfabético3, Juan José Millas utiliza la historia biográfica de su personaje como un símil para sumergirnos en el papel de creador de mundos que le corresponde al escritor. Desde el comienzo, con la descripción de la adolescencia de Julio, sus afecciones, sus entornos, sus relaciones con los demás, sus dificultades para apreciar la lectura, hasta la época de adulto, con sus frustraciones, sus vacíos, sus necesidades, etc. todo lo que configura la existencia humana, va señalando el camino y nos va mostrando, como bien lo afirma, otro mundo posible.

La introducción del tema la hace de la manera más natural, pues la presencia de la fiebre en la enfermedad del protagonista, permite vislumbrar las pesadillas y con ellas el surgimiento de un mundo paralelo, el cual se va reconfigurando con elementos que va aportando Julio al describirnos su vivienda, su habitación y la de sus padres (como refugio seguro), su escuela con sus compañeros indeseables, los más, y su primer amor, con el cual sólo se atreve en ese otro mundo a saciar gradualmente sus instintos (¿o deseos?).

Yo tenía en la cabeza miles de puertas que me llevaban a lugares en los que era tan feliz como mi padre dentro del inglés o de su enciclopedia. Abrí una de ellas al azar, me asomé para ver qué había al otro lado y descubrí un pasillo idéntico al de mi casa. Estuve a punto de cerrarla y probar en otra, pero me pareció que también el pasillo estaba enfermo o que, más que un pasillo, era una herida arquitectónica por la que podría viajar al interior de la vivienda de una forma distinta a la habitual.

… Pensé que las cosas tenían dos existencias simultáneas y que había conseguido penetrar en la segunda. Entonces noté de nuevo la mano de mi madre en la frente y la oí decir que me había subido la fiebre. Pero eso sucedía en el dormitorio y yo estaba en el salón, es decir, que me encontraba realmente en dos lugares distintos a la vez4.

Julio comienza a darse cuenta de la importancia que reviste para las personas aquello que les permite conectarse con otros mundos y lo nota en su papá, con la enciclopedia y su curso de inglés, los cuales le permiten adentrarse en otra dimensión, escapando a la “real”, que a veces resulta tan mortificante como el tener que aceptar un padre a quien por algún motivo no se quiere o se trata de desconocer. Él también trató de buscar escape en la compañía de su hermano aborto (p. 17, 20), que luego trasformó en hermana y así la encontraría en la enciclopedia (p. 178, 260).

Entre su enfermedad y su vigilia, su realidad y su inconsciencia, se van dando a conocer los elementos del lenguaje y al reconocerlos va apareciendo la importancia del mismo, pues es inconcebible un mundo sin él.

Algunas noches, al meterme en la cama, intentaba imaginar un mundo sin palabras; suponía que habíamos comenzado a perderlas por orden alfabético y que de la A sólo nos quedaban de asesino en adelante, así que no teníamos aire ni abejas ni abogados ni abreviaturas ni aceros ni acicates ni ancianos. Los acicates me daban lo mismo, porque no sabía lo que eran; lo malo es que también habíamos perdido el alumbrado, las algas y los Alpes, además de Argentina y América. Una catástrofe natural, en fin, cuyo responsable era yo5.

Poco a poco va apareciendo el papel de los libros como fuente de conocimientos, liberador de angustias, transmisor de mensajes, etc. y de allí su importancia. Por eso el hecho de pensar en su desaparición era parte de la pesadilla que lo atormentaba, así fuera por otras razones, no propiamente por las de buen lector, pues aún no lo era, ya que la forma de aproximarlo a los libros no había sido la más apropiada.

Después de darse cuenta de la importancia de lo que parecía al comienzo anodino, las cosas y su uso, las palabras y su significado, el mundo y su orden, cualquiera que fuere, aún el alfabético, sigue analizando el papel de los demás y comienza por lo más cercano, su padre. Su sombra tutelar lo acompañará no sólo en su edad temprana, sino más tarde, cuando cree no requerirlo y es quizá el momento en que más lo ha de necesitar, pues los modelos transmitidos son los determinantes en la vida futura y cualquier esquema que nos formemos lo vamos reforzando con el transcurso del tiempo y la presencia de nuestro ser querido.

Pero ahora advertía que los padres te dan algo más que cosas útiles y que cuando se van te dejan huérfano tengas nueve años o noventa. Lo veía en la expresión del mío, que ya no necesitaba para nada al abuelo, y sin embargo era la de alguien que a pesar de ser mayor tenía miedo, por eso se ponía a estudiar inglés, por miedo.6

No comprendía que hubiera llorado por alguien con quien había tenido una relación tan mala, aunque lo que no comprendía en realidad es que hubiera llorado en general, dejándome huérfano de un padre enérgico bajo cuya fortaleza pudiera yo proteger mi debilidad. Por otra parte, teniendo todavía un concepto demasiado utilitario de los padres, no entendía muy bien en qué modo podía afectarle a él, siendo un adulto, aquella pérdida7.

El análisis cuidadoso del comportamiento de la naturaleza, le permitirá encontrar un hilo conductor entre los seres y su hábitat, sus interrelaciones e implicaciones, es como un rompecabezas que cuando está desbaratado nada nos dice, pero al irlo armando nos vamos dando cuenta de la perfección en el enlace de sus piezas y la finalidad que cumple cada una de sus partes para encontrar algo armónico y totalmente ajustado. El desajuste que veíamos inicialmente va cobrando sentido en la medida que nos percatamos de su funcionamiento. Lo maravilloso de este descubrimiento es darse cuenta que, así como podemos entender el mundo en el que estamos circunscritos, es posible tratar de comprender la existencia de otras posibilidades, y es allí donde encontramos el gran papel de los escritores, que con su trabajo de creadores, nos permiten además de apreciar su trabajo, deleitarnos con su nuevo ordenamiento propuesto.

Todas las experiencias que tuvo en su primera parte después de asimilarlas, las trasladará a su nuevo mundo, el cual reconstituirá de tal forma que le permita vivir con los “hábitos de consumo” que le gustaría tener; es por eso que con la habilidad ya desarrollada de tomar elementos de diferentes partes, oídos o vistos en alguna ocasión, va reconfigurando su mundo, el cual terminará de ser tan “real”, como el que nos propone Millas y así lo vemos exponer:

Julio terminó de relatar imaginariamente aquellos sucesos fantásticos a una mujer real que comía sola al otro extremo de la cafetería del sanatorio a cuya barra estaba sentado él, y al llegar al punto de la narración en el que la realidad, sumisa al diccionario, comenzaba a expandirse para dar lugar de nuevo a las habitaciones, los armarios, las neveras..., movió los ojos en el interior de las órbitas y se hizo cargo de la situación: había pedido ya tres cafés y dos copas de coñac productoras de un grado de ensimismamiento prodigioso. Nunca bebía alcohol, de ahí, se dijo moviendo ligeramente los labios, la desproporción entre la cantidad y los efectos.

Miró alrededor intentando recomponer la existencia en unos segundos, y al poco volvió a detener los ojos en su interlocutora imaginaria, sentada a la mesa en la que la había descubierto el mismo día en que ingresaron a su padre, hacía ahora una semana. Tomaba el postre y leía, o fingía leer, un libro apoyado en la jarra del agua. Era idéntica a Laura, con veinte años más, desde luego, aunque a la Laura del lado catastrófico, pues tenía la frente ligeramente hundida, los párpados rígidos, y el arco superciliar muy pronunciado. No era fácil, contemplándola con detenimiento, olvidar que su rostro se encontraba sujeto a una calavera8.

La reivindicación que se hace del papel del escritor aparece en esa doble vida que pretende hacerle creer Julio a las personas con quienes interactúa, empezando por su padre ya moribundo (repitiendo el esquema inicial), pero aferrado a su otro mundo del inglés, a su madre, sus jefes y a todas sus nuevas amistades, aun a sí mismo, para poder seguir adelante (¿y terminar el relato?); y obviamente a nosotros, para mostrarnos estas encantadoras posibilidades.

El trabajo del creador es tan perfecto que nos permite apreciar los sentimientos que embargan a sus personajes y así sufrir con ellos. Tan patético nos describe al pobre Julio que tal vez si hubiera logrado cultivar el habito de la lectura habría tenido otro destino y, al menos como su padre, hubiera llevado su soledad más creativamente ocupado y con más dignidad, y no en una enajenación en lo primero que apareciera, como en el caso del televisor al cual le otorgaba sentimientos, de los que aparentemente carecía él.

Estaba tan solo como en aquel curso de su adolescencia durante el que no habló con nadie real. En el salón, la televisión apagada despedía un dolor mudo que no había observado antes en ningún electrodoméstico, así que la encendió para que se desahogara, aunque la tapó con un mantel de plástico al objeto de que el aparato no saliera de su ensimismamiento al funcionar9.

La utilización de todos los artificios de que se vale el escritor para describir su propuesta de realidad, constituyen esa ordenación del demiurgo que se superpone a la de el orden alfabético, a la del orden lógico y aún a la realidad. Lo maravilloso de este trabajo es que con la combinación de unos pocos elementos, las palabras, éste logra lo del compositor musical con unos escasos sonidos o la realización del pintor con una paleta de colores básicos.

Cuando se está en peligro o en dificultad, uno empuña cualquier cosa. El peligro pasa y uno ni siquiera se acuerda si era un martillo o un palo. Y además uno jamás lo ha sabido: era necesario precisamente una prolongación de nuestro cuerpo, un medio de extender la mano justamente hasta lo más alto de la rama; un sexto dedo, una tercera pierna, simplemente una pura función que nosotros hemos asimilado. De la misma manera opera el lenguaje: es nuestra caparazón y nuestras antenas, nos protege contra los otros y nos informa sobre ellos, constituye una prolongación de nuestros sentidos10.

Pero esa creación no tendría su verdadera concreción, sino se contara con un lector que le diera vida de nuevo a esa propuesta, de allí la importancia de saber llegar, de ofrecer algo creativo, como el caso que analizamos, pues además de la apatía que desborda entre la gente por la lectura, está el otro extremo de aquellos lectores tan exigentes, que pocas ofertas los halagan, pues ha sabido depurar su gusto literario, con lecturas profundas de la mano de verdaderos maestros, por eso el difícil y no pocas veces ingrato papel del escritor. Al respecto nos dice un maestro, Sartre:

El escritor de hoy, dicen, no debe en ningún caso ocuparse de asuntos temporales; no debe tampoco alinear palabras sin significado ni buscar únicamente la belleza de las frases y de las imágenes: su función es la de entregar mensajes a sus lectores11.

Pero lo más complejo está en resistirse a la fuerza creadora que impulsa al escritor a darle salida a sus fantasmas, y permitirnos exorcizarlos con nuestro aporte de lectores y a veces de arriesgados interpretadores de su papel, en ese otro mundo que nos permite seguir viviendo sin los sobresaltos de esta cotidianidad, liberémoslos.

Julio respiró hondo y trató de imaginar el momento en el que aquella multitud de la que formaba parte saliera de la enciclopedia, como los animales prehistóricos abandonaron el mar, para fundar de nuevo la realidad12.

 

 

Notas

1. Tesista de la Profesionalización en Filosofía y Letras de la Universidad de Caldas.

2. Sartre, Jean-Paul.¿Qu’est-ce que la litterature? París: Editions Gallimard. 1948. Collection Idées. p. 42. “Un sollozo no es hermoso: ofende. Un buen razonamiento también ofende, como Stendhal lo había previsto. Pero un razonamiento que oculta un sollozo, ese, es nuestro propósito. El razonamiento le quita a las lágrimas lo que tienen de obsceno; las lágrimas al revelar su origen apasionado, quitan al razonamiento lo que tiene de agresivo; no estaremos conmovidos, ni convencidos del todo y podremos entregarnos, con seguridad, a esta moderada voluptuosidad que proporciona, como todos saben, la contemplación de las obras de arte. Igualmente lo es entonces la “verdadera”, la “pura” literatura: una subjetividad que se presenta bajo la forma de lo objetivo, un discurso tan curiosamente organizado que equivale a un silencio, un pensamiento que se refuta el mismo, una Razón que enmascara la demencia, un Eterno que deja comprender que no es más que un momento de historia, un momento histórico que, por lo oculto que revela, transmite inmediatamente al hombre eterno, una enseñanza perpetua, pero que se hace contra la voluntad expresa de quienes lo hacen.” (La traducción es mía).

3. Millas, Juan José. El orden alfabético. Madrid: Grupo Santillana de Ediciones, S. A.1998

4. Ibíd. p. 16, 17.

5. Ibíd. p. 12.

6. Ibíd. p. 28, 29.

7. Ibíd. p. 113. 

8.  Ibíd. p. 151.

9. Ibíd. p. 250, 251.

10. SARTRE, Op cit., p. 27.

11. Ibíd. p. 35.

12. MILLAS, Op cit., p. 267.