Año 1 No. 1 Julio - Diciembre de 2006

Lo que no significan las metáforas


Pablo Rolando Arango

ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X




Si he entendido bien el complicado texto de la profesora Marta Cecilia, lo cual es poco probable, en él se propone articular una concepción de la metáfora opuesta a la del filósofo norteamericano Donald Davidson. Como yo comparto el punto de vista de este filósofo, me veo en la penosa circunstancia de responder a la elaborada teoría de la profesora. Sin embargo, antes de comenzar, quisiera articular lo que entendí de su texto, para señalar los puntos en los que no hay disputa, tratando de evitar así que la discusión se vuelva puramente verbal.

En particular, me interesa señalar una afirmación en la que estamos completamente de acuerdo. La profesora dice: “En este ensayo trataré de defender que la metáfora tiene valor cognoscitivo”. Seguramente que Davidson aceptaría esto. Al comienzo de su famoso artículo, él dice:

Aquellos que en el pasado han negado que la metáfora tiene un contenido cognitivo además del literal a menudo se han propuesto mostrar que la metáfora es confusa, meramente emotiva, inapropiada para un discurso serio, científico o filosófico. Mis puntos de vista no deben asociarse a esta tradición. La metáfora es un recurso legítimo no sólo en la literatura sino también en la ciencia, la filosofía y el derecho; es efectiva en el elogio y en el abuso, en la plegaria y en la provocación, en la descripción y en la prescripción. (Davidson, 1995: 246).

Además, la profesora dice que “leer una metáfora es un ‘ver como’ en el que se entrecruzan el ver, el imaginar, ejercer la voluntad, sentir e interpretar”. No podría encontrar una razón para rechazar esta afirmación, ni veo que se oponga a las tesis centrales de Davidson, como trataré de mostrar.

La afirmación de la profesora Betancur que se opone al enfoque davidsoniano de las metáforas es la siguiente: “en la metáfora, una palabra o unas palabras dejan de significar lo que usualmente significan, para adquirir un nuevo significado”. (Cursivas añadidas). Esto es precisamente lo que Davidson niega. Según Davidson, por lo que respecta al significado, en las metáforas las palabras conservan su sentido literal, y la idea de que se produce un nuevo sentido no-literal, especial o metafórico, es falsa.

Este punto de vista implica que, desde el punto de vista del significado cognoscitivo, las metáforas, sino todas, por lo menos las más interesantes, son literalmente falsas. Literalmente hablando, Julieta no es el sol, la religión no es opio, el hombre no es un lobo. La tesis de Davidson presupone una distinción entre significado y uso. Según Davidson, las metáforas “pertenecen exclusivamente al dominio del uso. [Una metáfora]1 es algo que se obtiene a partir del empleo imaginativo de palabras y oraciones”. (Davidson, 1995: 246).

Ahora que ha quedado resumida, espero que claramente, la perspectiva davidsoniana sobre las metáforas, y teniendo en cuenta que la profesora se concentra más en la exposición de su propio punto de vista que en la crítica de la posición de Davidson, examinemos brevemente sus argumentos.

A mi juicio, podemos separar dos partes en su argumentación. La primera se basa en las tesis de Wittgenstein acerca del fenómeno de ‘ver como’, y la segunda recurre al también wittgensteiniano tema del ‘fulgurar de aspectos’, temas que están estrechamente relacionados pero que separaré para simplificar la exposición de mis objeciones.

La presentación que hace la profesora de los puntos de vista me parece esencialmente correcta, pero con lo que no estoy de acuerdo es con que esas tesis wittgensteinianas constituyan las armas apropiadas para batirse en duelo con Davidson.

Según ella, la tesis de Wittgenstein es que el fenómeno de ver una cosa ‘como’ “es un tipo peculiar de experiencia que está entre el ver y el interpretar; no es un puro ver ni un puro interpretar”. Para explicar esto, recurre a la expresión usada por Chisholm “atender a” o “prestar atención a”, y lo cita aprobatoriamente cuando éste dice: “notar un aspecto es un modo subdeterminado de tener una sensación”. Además, nos dice la autora, este acto de prestar atención a “está relacionado con hacer una interpretación, hacer una conjetura, proponer una hipótesis”. Quizás un ejemplo sirva para aclarar el punto. Cuando me enfrento a una pintura –no me refiero a los regueros de colores que hoy se exhiben en los museos, sino a cosas como los frescos de Miguel Ángel o los cuadros de Van Gogh--, puedo verla, o bien como un reguero de pintura, o bien como el retrato de una mujer o como la figuración de un campo de trigo sobrevolado por cuervos. Sería tentador pensar que en ambos casos estoy viendo la misma cosa o cosas –una tela enmarcada por madera, o una pared, rociadas con pinturas--, y que lo que cambia es mi apreciación o la manera en que me fijo en el objeto. Sin embargo, Wittgenstein parece pensar que esto es engañoso. Él sugiere que “veo cada vez algo distinto” (citado en el texto de la profesora Betancur).

De esto concluye nuestra autora: “la interpretación es parte constitutiva de la experiencia, de manera que la naturaleza de la interpretación no puede ser separada de la naturaleza de la experiencia”.

Ahora bien, ¿cómo se aplica esto a las metáforas? Según la profesora, las metáforas son un caso de ver como. Específicamente, se trata de “imaginar una cosa como otra, pensarla a la luz de otra”. Si esta conclusión es relevante, entonces tiene que implicar que, al producirse ese ver como metafórico, se produce también un nuevo significado: el significado metafórico. Cuando Marx dice que la religión es el opio del pueblo, entonces, según esto, además del sentido literal de las palabras –en el cual la frase es, literalmente, una falsedad patente--, hay un nuevo sentido según el cual la religión es como opio para el pueblo.

Con toda franqueza, no creo que esto funcione. Si el significado adicional o metafórico consiste en un ver una cosa como otra, entonces no veo cómo puede la profesora evitar la implicación de que toda metáfora puede ser parafraseada mediante el símil respectivo, y esta implicación arruina sus pretensiones. Porque, desde el punto de vista del significado, un símil es simplemente otro caso de significado literal: Julieta es como el sol, el hombre es como los lobos, etcétera. Claro, los símiles son casi siempre, o quizás siempre, verdaderos, pero sólo porque son triviales. Como dice Davidson, “todo es como todo”.

Naturalmente, la profesora niega que esta implicación se siga de su teoría. Porque ella suscribe el punto de vista -defendido, entre otros, por Max Black- según el cual, el nuevo significado especial introducido por las metáforas, estrictamente, no puede ser parafraseado. Comentando y citando con beneplácito el texto de Black, ella dice: “cuando es posible traducir una metáfora por una serie de enunciados literales, resulta que éstos «carecerán de la fuerza informativa y esclarecedora del original»”. Sinceramente, mis entendederas no dan para tanto. Si la metáfora introduce una verdad -o una falsedad- nueva, ¿por qué no ha de poderse expresar esa verdad con otras palabras distintas? ¿Es acaso una joya preciosa, una verdad inexpresable de otro modo? En mi tosquedad, mucho me temo que no hay tales verdades inéditas.

Además, y más importante aún, si hay algo como un significado metafórico, especial, no-literal, entonces es claro que hay verdades metafóricas o, si no, no estamos hablando de lo mismo y podemos cerrar la discusión. Naturalmente, si he entendido bien, la profesora sostiene que hay verdades metafóricas distintivas. Sin embargo, su actitud a este respecto es ambivalente. Por un lado, dice que, aunque “los enunciados metafóricos no son del tipo de las proposiciones científicas [no] por ello carecen de un significado distinto al literal [ni] de valor informativo”. ¿Qué significa esta afirmación? Si constituye un rechazo de la tesis de Davidson, debe implicar que las metáforas son el vehículo de verdades nuevas, no-literales, porque esto es precisamente lo que nuestro autor niega. Pero, por el otro, la profesora se cuida todo el tiempo de poner sus cartas sobre la mesa a este respecto, de tal forma que, a continuación, dice: “No es posible ni conveniente evaluar los enunciados metafóricos con los criterios de verdad válidos para la ciencia, pero tampoco se puede desconocer que las metáforas pueden ser adecuadas o inadecuadas”. Quiero llamar la atención, o hacer fulgurar un aspecto, sobre el uso de los términos ‘adecuadas’ e ‘inadecuadas’ en lugar de ‘verdaderas’ y ‘falsas’. Debido a fallas en mi educación, soy incapaz de distinguir entre formas adecuadas e inadecuadas de vestir, pero creo que tales cosas existen. Pese a ello, no diría que una indumentaria impropia es un caso de falsedad. No obstante, por mor de la discusión, voy a asumir que la profesora está diciendo que las metáforas son los vehículos de nuevas verdades no-literales y, así, que está negando la doctrina davidsoniana.

Ahora, si hay verdades metafóricas, seguramente que podrá haber falsedades metafóricas, y a mí me gustaría conocer un espécimen. Por ejemplo, si “el hombre es un lobo para el hombre” no es un símil, o no es traducible a uno, si tampoco es traducible en absoluto, pero expresa una verdad, entonces ¿“el hombre es una oveja para el hombre” o “el hombre es una liebre para el hombre”, introducen falsedades metafóricas? Yo creo que un largo batallón de infantería, encabezado probablemente por Confucio, estaría esperando a la salida a quien se atreva a morder esta bala.

Una alternativa aquí sería decir que las metáforas sólo introducen verdades, y nunca falsedades no-literales. Pero creo que este camino fue cerrado por la propia profesora, cuando dijo que las metáforas pueden ser inadecuadas.

En resumen, pienso que las consideraciones de Wittgenstein acerca del fenómeno de ‘ver como’, aunque se pueden aplicar de formas interesantes para la comprensión de las metáforas, como lo hace la profesora Marta Cecilia, no pueden, en cambio, utilizarse para rechazar la tesis davidsoniana de que, por lo que respecta al significado, en las metáforas las palabras conservan su significado literal, y nada más.

Ahora pasemos al otro argumento, que quizás es realmente una parte de todo el razonamiento general de nuestra autora. Se trata del tema wittgensteiniano del “fulgurar de aspectos”.

Para explicar las ideas de Wittgenstein, la autora hace una distinción entre expresión y descripción, según la cual las expresiones de ‘vivencias’ son incorregibles, lo que, me imagino, significa que no pueden ser erróneas; mientras que las descripciones son corregibles o falibles. Además, prosigue, la descripción está basada en la percepción de objetos o sucesos, pero la expresión no, porque “no hay órganos para percibir las emociones, los pensamientos o el dolor”. Por estas razones, mientras las descripciones pueden ser evaluadas según la verdad o falsedad, las expresiones no. Estas últimas pueden ser genuinas o artificiosas, sinceras o engañosas, pero no verdaderas o falsas. En consecuencia, en el caso de las expresiones “no se trata de un problema de conocimiento o ignorancia, no caben la certeza o la duda, pues carece de sentido decir no sé si tengo un dolor de muelas.” Para aclarar lo que entiende Wittgenstein por ‘expresiones’, la autora nos dice que se trata de los enunciados que versan sobre estados mentales, pero desde el punto de vista de la primera persona, tales como “tengo un dolor”. Las descripciones, en cambio, abarcan sentencias tan distintas como: “la silla está al lado de la mesa” o “Juan tiene un dolor de muelas”.

Según la profesora, para entender la idea del “fulgurar de aspectos” podemos usar esta diferencia. Ella dice:

El fulgurar de un aspecto es tanto un caso de ‘expresión’ como de ‘descripción’. En el fulgurar de un aspecto, cuando se percibe un dibujo de una nueva forma, cuando se pasa de ver el dibujo como de un pato a verlo como de un conejo; o cuando, de pronto, se ve un cuadro como si nos sonriera, y se emite la expresión ahora lo veo como un conejo, o lo veo como si me sonriera, lo determinante no es tanto que se está describiendo un contenido, o dando un informe de lo que se ve, sino exclamando o ‘expresando’ la vivencia que se tiene; pero, eso sí, junto con su contenido […] Las características del fulgurar un aspecto son: es el paso de captar una percepción como si tuviera un significado a percibirla con otro significado; por esto es tanto un ver como un interpretar. Es un cambio que surge súbitamente, causando asombro; su proferencia es una ‘expresión’ que manifiesta la vivencia del emisor, su relación con el objeto percibido y los sentimientos que rodean y acompañan a la vivencia; al expresar la vivencia, la preferencia también describe el contenido.

Ahora podemos ver la forma en que esta idea se aplica a las metáforas. La tesis de la profesora es que las metáforas son casos del “fulgurar de aspectos” y, en consecuencia, los enunciados metafóricos tienen todas las características antes reseñadas.

Bien. Pero, ¿cómo se supone que esto sirve para rechazar la doctrina de Davidson? La autora nos dice que el fulgurar de aspectos tiene como condición necesaria lo que denomina “la percepción continua de aspectos”, que consiste en ver una cosa, suceso o serie de cosas de una manera más o menos determinada y relativamente permanente. Por ejemplo, cuando leemos, percibimos continuamente ciertos aspectos de las letras y palabras, y no otros. No las vemos, por ejemplo, como simples manchas de tinta. El fulgurar de aspectos se produce cuando se rompe esa percepción continua. Así, la metáfora rompe nuestra percepción continua de aspectos, puesto que introduce un ver como nuevo y sorprendente. Esto produce “un ensanchamiento del ver y de la percepción”.

Nuevamente, si esto constituye una negación de la tesis de Davidson, entonces debe implicar que en dicho ‘ensanchamiento’ se introduce necesariamente una verdad nueva, no-literal. Porque no se gana nada con decir que, normalmente, una metáfora lleva a la gente a percibir aspectos en los que no había reparado hasta el momento. Supongamos que la historia popular es cierta -aunque sabemos que es una mixtificación- y que a Newton se le ocurrió la ley de la gravedad cuando le cayó una manzana en la cabeza. ¿Diríamos, por ello, que la ley de gravitación forma parte del contenido semántico de la manzana? Claro, aquí utilizo adrede un ejemplo no lingüístico, pero supongamos entonces que a Juan se le ocurre que su socio lo está robando, y que eso es verdad, porque le oye decirle a un tercero, en voz baja, “ahora no podemos hablar”. ¿Diríamos que esta expresión del socio tiene como parte de su significado algún enunciado verdadero acerca de la ingrata conducta del emisor?

Sostengo que podemos aceptar la homologación que hace la profesora entre la metáfora y el fulgurar de aspectos, pero eso no representa ningún peligro para la tesis de Davidson. Las metáforas son casos del fulgurar de aspectos, ‘ensanchan nuestra percepción’, seguramente nos conducen a verdades nuevas, pero todo eso es explicable a partir de la tesis de que, en las metáforas, las palabras sólo tienen un significado literal.

Para resumir, me parece que la mayor parte de lo que dice la profesora Betancur acerca de las metáforas es cierto e iluminador, y que su aplicación de las tesis wittgensteinianas ofrece una perspectiva interesante para el estudio de las metáforas. Sin embargo, si su análisis pretende ser un argumento contra la tesis davidsoniana o a favor de la tesis opuesta, me parece que, o bien es un caso de non sequitur, o bien de ignoratio elenchi. Además, la profesora parece luchar, por momentos, contra un hombre paja. Por ejemplo, dice que el punto de vista de Davidson se basa en que este filósofo aplica a las metáforas los mismos criterios de verdad de la ciencia. Eso no es cierto. Cuando Davidson usa las expresiones ‘verdad’ y ‘falsedad’ no se está refiriendo a una clase especial de conocimiento, y probablemente ni siquiera está hablando de conocimiento. Sólo desde una visión muy permisiva de la ciencia puede decirse que enunciados como “la nieve es blanca” son científicos, y esta clase de enunciados constituye un caso ejemplar de significado literal que Davidson acepta abiertamente.

No quisiera terminar sin exponer de manera sucinta el diagnóstico que hace Davidson de la posición que la profesora Marta Cecilia parece abrazar. Según este filósofo, el error fundamental de quienes sostienen que la metáfora introduce un significado nuevo, no-literal, radica en la confusión de dos aspectos distintos: por un lado, tenemos lo que las palabras y oraciones significan y, por el otro, los efectos que producen en nosotros. Según Davidson, “el error común consiste en aferrarse a los contenidos de los pensamientos que provoca una metáfora y en leer estos contenidos dentro de la propia metáfora”. (Davidson, 1995: 260).

Por otra parte, Davidson señala una tensión en el punto de vista de que hay un significado metafórico, que consiste en pensar, por un lado, que las metáforas hacen algo que la prosa llana no puede hacer, pero, por el otro, en intentar explicar los milagros de la metáfora precisamente en términos de lo que hace la prosa lisa y llana: transmitir un mensaje o una proposición.

Adicionalmente, quisiera señalar que, al contrario de lo que sugiere la profesora Betancur, la tesis de Davidson constituye justamente un intento por desembarazarse de lo que ella misma denomina “una concepción reduccionista y cientificista de la filosofía”, según la cual el conocimiento científico constituye el fenómeno central de, y el modelo para, las indagaciones filosóficas. Justamente veo el intento por asimilar la metáfora al discurso científico como uno de los aspectos de la perspectiva según la cual, para que las metáforas tengan importancia cognoscitiva, entonces deben transmitir verdades nuevas. Esto lo expresó con claridad el filósofo Richard Rorty:

Los filósofos aún tendemos a considerar «conocimiento» como el supremo cumplido que podemos prestar al discurso. Consideramos las «pretensiones cognitivas» como las pretensiones más importantes que pueden hacerse en relación a un determinado tipo de lenguaje. Si no nos interesara elevar el resto del discurso al nivel de la ciencia, no nos interesaría tanto ampliar nuestro uso de términos como «verdad» […] y «significado» para volverlos relevantes en el caso de la metáfora. (Rorty, 1996: 224).

Para terminar, quiero mencionar la comparación que hace Davidson entre las metáforas y otros fenómenos. Por ejemplo, compárense las metáforas con los chistes. Ciertamente, un chiste puede introducir una nueva percepción, o ‘ensancharla’. El propio Wittgenstein dijo que “podría escribirse una obra filosófica buena y seria, compuesta enteramente de chistes”. En el método pedagógico con el que fui educado, los puños y los estrujones constituían una de las maneras más expeditivas de hacer “fulgurar aspectos” en nuestras mentes infantiles. Las imágenes, por ejemplo, también impulsan la percepción e inspiran nuevas concepciones y nuevas verdades. Pero no es necesario, para aceptar esto, pensar que esos fenómenos, en sí mismos, contienen esas verdades. Davidson compara las metáforas con las fotografías, y dice: “¿Cuántos hechos o proposiciones transmite una fotografía? ¿Ninguno, infinitos, o un gran hecho indefinible? No es una buena pregunta. Una imagen no vale lo que mil palabras, ni ninguna otra cantidad de ellas. Las palabras no son la moneda apropiada para intercambiar por una imagen”.

Creo que una razón adicional para adoptar la tesis de Davidson es que ofrece una explicación mucho más plausible que sus rivales de las maravillas que la metáfora produce. Es justamente porque en las metáforas las palabras preservan su sentido literal, que rompen nuestra percepción normal y nos llevan a ver aspectos en los que no hubiéramos reparado de otro modo. Mediante la introducción de una falsedad patente, la metáfora estruja nuestro entendimiento, obligándonos a buscar nuevas asociaciones y ampliando así nuestra percepción.

Notas

En todas las citas los corchetes son agregados míos.

 


Referencias

Davidson, Donald (1995) ‘Lo que significan las metáforas’, en De la Verdad y de la Interpretación, Gedisa.

Rorty, Richard (1996) ‘Ruidos poco conocidos: Hesse y Davidson sobre la metáfora’, en Objetividad, relativismo y verdad, Paidós.