Año 6 No. 7 - 8 Enero - Diciembre de 2014

Estructura intencional de la acción humana


Laura Viviana Obando Alzate Universidad de Caldas lauravivianaobando@gmail.com

ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X


Resumen

     A continuación se expone un concepto que, indudablemente, da pie a una serie extensa de cuestionamientos, en distintas áreas del saber: la acción  o conducta humana. Intentando dar respuesta a, por lo menos, algunos de dichos cuestionamientos en el ámbito de la filosofía de la acción, en este documento se intenta explicar lo correspondiente a las acciones, tomando como marco la teoría lógica Intencionalidad, desarrollada por el filósofo norteamericano John Searle. De esta forma, se muestra el análisis de las clases de acciones, sus componentes, nociones lógicas y relaciones, entrelazándolo con otros conceptos clave de la teoría mencionada.

Abstract

    In the following article, it is exposed a concept that, doubtlessly, causes an extensive seres of questions in differents fields of knowlege: human action ir behavior. In order to gice some answers to at least some of those questions in the ambit of action philosphy, this article aims to explein what is related to human actions, taking as a standpoint the logic theory of Intentionality developed by the North American philosopher John Searle. As a result, it is exposed the analysis of kinds of actions, its components, logical notions and relations, relating them to other key concepts of the mentioned theory.

Palabras Clave

Action, intentionality, intentional causality, causal determinism, free will.

 

Dice la naturaleza]: “Entrégate a tu pasión por la ciencia, pero haz que tu ciencia sea humana y que tenga una referencia directa a la acción y la sociedad. Prohíbo el pensamiento abstracto y las investigaciones profundas y las castigaré severamente con la melancolía pensativa que provocan, con la interminable incertidumbre en que le envuelve a uno y con la fría recepción con que se acogerán tus pretendidos descubrimientos cuando los comuniques. Sé filósofo, pero en medio de toda tu filosofía continúa siendo un hombre”.

David Hume. Tratado de la Naturaleza Humana.

 

    La acción humana, entendida como una conducta causada por ciertos factores, realizada por agentes con características particulares y que tiene una serie de consecuencias o efectos en el mundo, ha sido causa de un sinnúmero de discusiones. Desde una perspectiva denominada Determinismo causal, las acciones humanas deben ser vistas de la misma forma que los eventos del mundo natural, en los que se evidencia una relación intrínseca entre causas y efectos, de tal suerte que dada la causa, se da el efecto.

    Sin embargo, para filósofos como John Searle, no hay una conexión necesaria entre los estados mentales y las acciones que lleva a cabo un agente, sino una causalidad Intencional, debido a que, Grosso modo, si bien hay aspectos que pueden considerarse razones para la acción (como es el caso de los estados mentales), no por ello se les debe adjudicar el status de “causa”. Es decir, a pesar de que los estados Intencionales como creencias, deseos e intenciones juegan un papel causal (causas psicológicas) en las acciones, no son suficientes para que se efectúen y sean llevadas a cabo.

     Para explicar la Acción en términos de Intencionalidad –o Acción intencional– es necesario destacar la estrecha relación que ésta guarda con la intención. Una primera definición podría ser que una acción intencional es parte de las condiciones de satisfacción de una intención; en la relación entre intención y acción, es fundamental la manera en que ocurren los hechos –o se actúa– para que la acción represente, efectivamente, las condiciones de satisfacción de la intención: dadas una intención y una acción representada por el contenido Intencional de la primera, debe ser el caso que la acción sea producto de la intención, exclusivamente, y no el resultado de una casualidad o del azar, para que pueda decirse que la intención fue satisfecha (e.g., si “x” tiene la intención de golpear a “y”, no basta con que esto suceda accidentalmente, ni con que “y” se golpee al tropezar en la calle, para que la intención de “x” sea satisfecha; sino que, para que esto suceda, “y” debe recibir un golpe, intencionalmente, por parte de “x”).

     Ahora bien, las intenciones que preceden o causan la acción pueden ser de dos tipos y, aunque ambas pueden presentarse, no necesariamente deben aparecer juntas como antecedentes de la acción. La intención previa se experimenta cuando, antes de realizar una acción, se tiene predispuesto lo que se va a hacer (la acción) y la forma en la que se va a hacer (medios utilizados para llevarla a cabo); pero no siempre que se realiza una acción hay una intención previa, sea porque se realiza en circunstancias en las que se requiere una reacción rápida frente a un hecho (e.g., evitar un accidente) o porque simplemente no se ha puesto en consideración qué se quiere o debe hacer. La intención en la acción es la intención de hacer algo, presente en la realización misma de la acción: surge en la realización de la acción, no antes de esto, como sí es el caso de la intención previa.

     Aunque es posible realizar acciones sin que haya una intención previa a ello, debido a que no se ha formado –consciente ni inconscientemente– dicha intención, no se puede decir lo mismo de la intención en la acción, pues es ésta la que ocasiona el movimiento corporal –componente de la acción– y es, por tanto, inseparable de la acción misma; además, es en esta inseparabilidad que reside el que la acción sea parte de las condiciones de satisfacción de la intención (autorreferencialidad causal) y si se desligan intención y acción se anula la autorreferencialidad causal porque, por una parte, no podrían establecerse las intenciones como causa de las acciones ni éstas como parte de las condiciones de satisfacción de las primeras; y, por otra parte, porque las condiciones de satisfacción no se volverían sobre aquello que las causa, i.e., las intenciones. En palabras de Searle: “(…) si rompemos la conexión causal entre la intención y la acción ya no tendremos un caso de llevar a cabo la intención” (Searle, 1992, p. 97).

     En analogía con las experiencias perceptivas, así como el contenido Intencional de la percepción puede proporcionar una experiencia perceptiva, el contenido Intencional de la acción puede ofrecer una experiencia de actuar, de la cual depende que el hecho sea una acción o, solamente, un acontecimiento. Las experiencias de actuar también tienen dirección de ajuste y dirección de causación, pero en sentidos diferentes a los de las experiencias perceptivas, pues en las experiencias de actuar la dirección de ajuste es mundo a mente, ya que es responsabilidad de los hechos del mundo el ajustarse al contenido Intencional de las experiencias o no; la dirección de causación es mente a mundo, porque es a partir de un estado mental –intención previa, intención en la acción, o ambas– que se producen o causan cambios o alteraciones en el mundo.

     Además, las experiencias de actuar tienen un contenido Intencional que determina sus condiciones de satisfacción y presenta un estado de cosas, un objeto Intencional; es decir, al igual que en el caso de las experiencias perceptivas, se habla de que, más que una representación, son una presentación de estados de cosas, pues son una operación causal e Intencional entre la mente y el mundo. Así pues, de la misma forma que la percepción tiene un componente Intencional (la experiencia perceptiva) y sus condiciones de satisfacción (objeto Intencional o estado de cosas percibido), la acción está constituida por la experiencia de actuar (componente intencional) y el movimiento corporal causado por la intención previa y/o la intención en la acción.

     Como es posible separar las experiencias perceptivas de la percepción, y viceversa, es acertado decir que pueden darse experiencias de actuar sin que, efectivamente, se realice movimiento corporal: es factible que hayan movimientos corporales sin que se presenten sus correspondientes experiencias de actuar (e.g., mediante la manipulación de algunas zonas cerebrales, ocasionar que alguien mueva órganos de su cuerpo sin que aquél tenga la intención de hacerlo y, por ende, no lo reconozca como una acción propia, sino como un movimiento que alguien –diferente a sí mismo– causó). Pero también es válido decir que es posible hacer movimientos sin su correspondiente experiencia de actuar, como sucede con algunos movimientos involuntarios en casos de trastorno mental.

     De lo anteriormente dicho, se sigue que la experiencia consciente no es una propiedad esencial del movimiento corporal, aunque sí lo es de la acción; la experiencia de actuar recoge características fenoménicas que se manifiestan en el agente que realiza una acción, necesarias para catalogar un acontecimiento como una acción.

    “El contenido Intencional de la intención en la acción y la experiencia de actuar son idénticos. De hecho, por lo que respecta a la Intencionalidad, la experiencia de actuar es precisamente la intención en la acción” (Searle, 1992, p. 103). A pesar de ser idénticas, la experiencia de actuar y la intención en la acción no son una sola noción, ni pueden serlo, dadas la laxitud de la relación entre experiencia de actuar y el movimiento corporal, y la estricta conexión que guardan la intención en la acción y el movimiento corporal; se requiere de las dos, debido a que la primera, i.e., la experiencia de actuar, no guarda una relación esencial con el movimiento corporal y, por ello, como se dijo anteriormente, puede darse éste sin aquella; mientras que, dada la acción, inmediatamente se infiere que hubo intención en la acción y, de manera contraria, si hay intención en la acción, se da por sentado que se realiza una acción. Se reconocen pues dos componentes de la acción: la experiencia de actuar y/o la intención en la acción (elemento Intencional), y el movimiento o, más generalmente hablando, el evento (componente físico).

     Continuando con el análisis de las relaciones que guardan todas las nociones lógicas adjudicadas a la acción intencional, y después de haber agotado la conexión entre experiencia de actuar e intención en la acción, Searle afirma que tanto la intención previa como la intención en la acción son autorreferenciales causalmente, porque sus contenidos Intencionales se satisfacen, sí y sólo sí, sus condiciones de satisfacción son causadas por la intención –previa o la intención en la acción–; pero estas nociones difieren en que el contenido Intencional de la intención previa presenta la acción completa o, sea, el compuesto formado por la experiencia de actuar y el movimiento corporal o evento causado por la intención, mientras que el contenido Intencional de la intención en la acción sólo abarca el movimiento corporal, eso sí, con mayor determinación al especificar de qué forma debe darse dicho movimiento.

Así, la intención en la acción causa el movimiento corporal y la intención previa causa la acción –en todo el sentido de la expresión–, esto es, la intención en la acción que, a su vez, causa el movimiento corporal. Esto se evidencia al observar los contenidos Intencionales de la intención previa y de la intención en la acción, respectivamente: “Esta intención previa causa una intención en la acción la cual es una presentación de que mi brazo suba, y que causa que mi brazo suba” (Searle, 1992, p. 106) (se trata del contenido Intencional de la intención previa); “Mi brazo sube como resultado de esta intención en la acción” (Searle, 1992, p. 105) (se trata del contenido Intencional de la intención en la acción). Cabe anotar que la causalidad de la que aquí se habla no incluye ni implica determinismo, porque se admite que siempre es posible que se dé la intención previa y que, a pesar de ello, no sea sucedida por la intención en la acción ni, por ende, por la acción; pero esto se aclarará más adelante, cuando sea expuesta la estructura de la acción.

     Hasta aquí lo referente a las nociones lógicas conferidas a la acción Intencional. Ahora el análisis se transfiere a los diferentes tipos de acciones, pues, aunque sólo se ha hablado de acciones básicas –que simplemente refieren la realización de una acción por parte de un agente, a partir de una intención simple, teniendo en cuenta su contenido Intencional y las capacidades y posibilidades de las cuales dispone dicho agente para realizarlas–, no por ello puede decirse que son la única clase de acciones.

     Hay intenciones y acciones complejas, acciones in–intencionales, acciones negativas y acciones mentales. Las intenciones y acciones complejas no sólo incluyen movimientos corporales; las intenciones complejas incluyen el prever las consecuencias de la acción y hacerlas parte de las condiciones de satisfacción; por tanto, las acciones complejas son más que un simple movimiento que satisface una intención: su realización debe implicar las consecuencias consideradas en la intención compleja, para que ésta sea satisfecha. Las acciones in-intencionales se efectúan como consecuencia de una acción intencional, pero no están dentro de las condiciones de satisfacción de ésta y su realización es accidental, no intencional; dicho lo anterior, podría pensarse que al carecer de una intención para realizar la acción, las acciones in–intencionales deberían catalogarse como un suceso; pero lo que es necesario observar es que este tipo de acciones tienen intención en la acción, en la medida en que la acción de la cual se deriva una de estas acciones tiene como causa un agente actuando intencionalmente. Las acciones negativas son el cese o abstención de un movimiento y no su producción o ejecución, como sí es el caso de las otras clases de acción mencionadas. Y las acciones mentales refieren actividad mental, no movimiento corporal, al menos en los términos descritos1.

     Respecto a las intenciones, es preciso agregar que van acompañadas por creencias y deseos – dentro de una Red Intencional– y de capacidades no-representacionales (Trasfondo). De la misma forma que otros estados Intencionales no pueden reducirse a creencias y deseos, sino que están inmersos en una Red Intencional compuesta por una serie de estados Intencionales, las intenciones no son reductibles a creencias y deseos, sino, más bien, van acompañadas de estos. Piénsese, por ejemplo, si se tiene la intención de beber una copa de vino, se suele tener la creencia de que eso es posible (e.g., hay una botella de vino en casa o se dispone de dinero para comprarla), el deseo de que suceda y las capacidades y condiciones necesarias (e.g., tener conocimiento de lo que es el vino) para que el individuo que cree, desea y tiene la intención de… pueda llevar a cabo la acción; de esta forma, por una parte, se distingue una intención de una creencia y un deseo acompañantes y, por otra parte, las intenciones, inmersas en una Red Intencional, pueden entenderse como razones para la acción, ya que se suele actuar con base en ellas y pueden presentarse como la explicación de una acción.

     En uno de los párrafos anteriores se mencionó, vagamente, que si bien las intenciones pueden ser entendidas como causa de las acciones, no por ello se está aceptando un determinismo causal según el cual, identificando a “x” como causa y a “y” como efecto, de la presencia de “x” se sigue, necesariamente, “y”. Dado que las acciones intencionales son de una naturaleza distinta a la de muchos hechos en los que se evidencia el determinismo causal, como es el caso de acontecimientos físicos regidos por la ley gravitacional o fenómenos naturales como los huracanes o los terremotos: ‘se dice comúnmente que las acciones están causadas por creencias y deseos, pero si por “causa” se quiere decir algo que implique “causa eficiente” entonces, por lo que respecta a nuestra experiencia de la acción voluntaria, es simplemente falso que las acciones voluntarias normales estén causadas por creencias y deseos’ (Searle, 2000, p. 100.).

     Hay diferentes tipos de causación (concepto que debe ser explicado antes de proseguir en el análisis de la acción) y aquí se expondrán aquellos que tienen relevancia en el tema en cuestión: la Intencionalidad. Por causa eficiente se entiende una causa del tipo descrito en la enunciación de lo que es el determinismo causal, esto es, aquellas que son suficientes para que se dé el efecto. Searle ubica como un subtipo de la anterior, a la causación mental, la cual se refiere a la relación causal entre los estados mentales y hechos del mundo, ya que los estados mentales causan acontecimientos en el mundo y el mundo da origen a experiencias mentales. Y, finalmente, la causación Intencional que se presenta específicamente entre los estados Intencionales y sus condiciones de satisfacción, en tanto que los estados Intencionales causan sus condiciones de satisfacción –representadas en el contenido Intencional–, como es el caso de la intención en la acción; o las condiciones de satisfacción de un estado Intencional lo causan, como sucede en las experiencias perceptivas. “Para decir esto mismo con una terminología ligeramente distinta: en el caso de la causación Intencional, un estado Intencional causa precisamente el mismo estado de cosas que representa, o el estado de cosas que representa lo causa” (Searle, 2000, p. 65)

    En la percepción, la causación no es un concepto que suscite problemas, pues no se trata de algo voluntario; simplemente, unos ciertos estados de cosas se imponen a los sentidos y, a partir de este hecho, se tienen experiencias perceptivas; es decir, el sujeto que percibe es solamente un observador de lo que sucede. Pero si se traslada la discusión a la acción intencional, resulta que la causación Intencional, teniendo como único componente Intencional a los estados de este tipo, no basta para la realización de las acciones; en otras palabras, los estados Intencionales no son causa suficiente para la acción, lo cual puede observarse en que, después de una deliberación entre diferentes razones (creencias y deseos) para tomar una decisión, es posible no tomar una decisión previa; puede tenerse establecida una decisión previa, pero no estar seguida por una acción; y después de iniciarse una acción, puede ser abandonada y quedar inconclusa.

     Para explicar a qué se debe el que se cataloguen las acciones como un hecho que está por fuera del determinismo causal, basta con analizar brevemente y desde una perspectiva de sentido común, para encontrar que la mayoría de personas, a la hora de tomar una decisión, tienen la sensación de que hay varias opciones alternativas entre las cuales pueden elegir una o algunas de ellas; además, al momento de actuar, se suele creer que se pudo haber realizado una acción diferente a la que se llevó a cabo, de acuerdo con otra elección; y sucede también que aunque se tenga una intención, es posible no realizar la acción que hace parte de sus condiciones de satisfacción, porque a última hora hubo cambio de planes, por ejemplo. Esto es lo que usualmente ha sido llamado libre albedrío, el cual desaparecería si las acciones intencionales estuvieran determinadas causalmente, porque “(…) el sentido de la libertad en la acción voluntaria es un sentido en que las causas de la acción, aunque efectivas y reales, son insuficientes para determinar que la acción ocurrirá” (Searle, 2000, p. 99).

    El intervalo que da pie a la posibilidad de elegir lo que se quiere hacer y lo que efectivamente se hace, es llamado por Searle el Fenómeno de la brecha, denominación que, específicamente, “(…) hace referencia a la presuposición de que el conjunto de creencias y deseos que un agente pueda tener previamente a la realización de la acción, no es causalmente suficiente para determinar la acción” (Searle, 2000, p. 287). Entre las causas psicológicas, i.e., estados Intencionales y la acción, hay tres brechas: una brecha en la formación de la intención previa, para los casos en los que se forma una intención que precede a la acción, pues se puede elegir entre varias razones y, de acuerdo con una de las muchas que se pueden tener a la mano, actuar; otra brecha, entre la intención previa y la intención en la acción, porque no se sigue necesariamente una acción, de la intención de realizarla; y otra brecha en el caso de acciones con una amplia duración en el tiempo, en las que se requiere tener la intención en la acción para iniciarlas e, igualmente, para finiquitarlas. Es pues, a partir de la existencia del fenómeno de la brecha que los estados intencionales, en tanto que son causas psicológicas, no son causalmente suficientes para que se efectúe una acción: no hay determinismo causal.

    Pero así como el fenómeno de la brecha da lugar a la libertad en la existencia humana, desvirtúa el papel causal de los estados Intencionales en la estructura de la acción, de manera que falta algo en dicha estructura para que los estados Intencionales tengan su lugar como causas psicológicas, sin necesidad de devenir en un determinismo causal. Dando por sentado que los estados Intencionales funcionan como causa psicológica de acciones intencionales y que, a pesar de esto, hay una brecha en la formación de la intención previa, para los casos en los que se forma una intención que precede a la acción; otra brecha entre la intención previa y la intención en la acción; y otra brecha entre la iniciación de la acción y su finalización; cabe preguntarse qué tipo de agente es el que puede rellenar las brechas y, por tanto, se encarga de decidir con base en qué razón actúa, si realiza la acción o no, y si después de iniciarla quiere o no finalizarla; o, en otros términos, hace que el efecto en la acción no sea necesario, sino voluntario; lo que encamina a la noción de un yo lógico2, o un agente bastante particular.

     El yo que se postula debe tener tanto capacidades cognitivas como volitivas, a diferencia del yo propuesto por Hume, descrito como un haz de percepciones, el cual carece de las capacidades volitivas necesarias para desenredar esta cuestión. Este yo, además de tener la habilidad para tener creencias y percepciones, debe ser consciente de su libertad para actuar y tener la capacidad de hacerlo, bajo la presuposición de libertad.

     Así, se tiene un agente que actúa o deja de hacerlo, basado en unas razones; más precisamente, basado en las razones que él disponga. De esta manera, los estados Intencionales son parte de la causa de una acción, no su totalidad: interviene el agente que, a pesar de tener estados intencionales que pueden conducir a la realización de una acción (causalidad Intencional), decide entre hacerlo o no; o, en otros términos, del hecho de que se presenten estados Intencionales (causas psicológicas), no se sigue, necesariamente, la realización de una acción, pues ésta consecuencia depende más del agente con capacidades volitivas y cognoscitivas. Podría decirse, entonces, que estas características del agente que actúa son las que permiten atribuirle responsabilidad sobre sus acciones, pues entre muchas razones y opciones, decide cuáles razones son válidas y qué hacer.

     En resumen, la causalidad Intencional, entendida como surgimiento de estados mentales que pueden participar como causa psicológica de la acción, no implica determinismo causal en la acción humana, gracias a la intervención de un agente que posee unas cualidades específicas. Y es posible establecer una relación entre el mundo, y los estados y eventos mentales de un individuo, a partir de la Intencionalidad, mediante la cual se desarrollan los conceptos: intención previa, experiencia de actuar e intención en la acción; y el conjunto de nociones lógicas: contenido Intencional, condiciones de satisfacción, dirección de ajuste, dirección de causación y objeto Intencional.

Notas

1. El uso de esta terminología no pretende ni implica un espacio para la distinción entre lo mental y lo corporal como un tipo de entidades con propiedades opuestas -al estilo cartesiano- ya que, como se ha dicho en varias ocasiones, lo mental se asume en esta teoría como un conjunto de propiedades emergentes de procesos  neurofisiológicos,  entendidos,  sin  dificultad  alguna, 
como parte del mundo accesible al conocimiento humano.

2. Con el término "lógico" se pretende hacer la salvedad de que se está hablando de una noción lógica, no de una entidad, ontológicamente hablando, que medie entre los estados mentales y el cuerpo en que acaecen y que actúa con base en ellos; simplemente, bajo este concepto se agrupan las cualidades que debe tener el agente que actúa, de manera que conserve su libertad por hacerlo.


Referencias

L. Weiskrantz et al. (1992). Visual capacity in the hemianopic field following 
a restricted occipital ablation. Brain, 97, pp. 709-728 En: Searle, John R. (1992) Intencionalidad: un ensayo en la filosofía de la mente. Madrid: Tecnos.

Searle, J. R. (1992). Intencionalidad: un ensayo en la filosofía de la mente. Madrid: Tecnos.

____________. (2000). Razones para actuar: una teoría del libre albedrío
Oviedo: Ediciones Nobel.