Año 4 No. 6 Febrero - Junio de 2010

Dos obsesiones, dos olvidos, en el perdido "Meridiano cultural": Revista Siglo 20 y Revista Literaria Manizales


Jhon Alexander Isaza Echeverry

ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X




Dos obsesiones, dos olvidos, en el perdido "Meridiano cultural": Revista Siglo 20 y Revista Literaria Manizales1

 

JHON ALEXANDER ISAZA ECHEVERRY

Universidad de Caldas, Colombia

E-mail: Jhon_isaza4321@hotmail.com

 

“(...) Puesto que muchos en el curso de la historia han actuado creyendo en lo que algunos otros no creían, es forzoso admitir que para cada uno, en medida distinta, la Historia ha sido en gran parte el Teatro de una Ilusión.

                                                                                               Umberto Eco. La fuerza de lo falso
 

Lo que cada cual leerá, no es más que un informe, un relato mal contado, de los hechos que me han parecido especialmente interesantes, que tienen algo que ver con una de las investigaciones que el equipo CIFCCA adelanta y que se presenta aquí en su primaria versión. Pues bien, en lo personal debo advertir que no estoy seguro de que los dos movimientos sobre los cuales deseo llamar la atención obedezcan cada uno a una particular obsesión, y tampoco lo estoy de que ambos hayan sufrido las inclemencias del olvido. Las obsesiones no son más que supuestas, pero del olvido, por más que aún permanezcan vestigios, soy prueba clara. Es más, para subir al escenario de una buena vez un elemento que nos ayudará a ambientar esta y las discusiones venideras, digamos pues que nuestra generación es el reflejo claro de un desprecio por la memoria, y lo que es peor, por cuanto genéticamente más vil, nuestra generación es la prueba clara de que es sobre la memoria propia que gira con mayor fuerza tal desprecio.

Una vez deje enunciados algunos de los movimientos editoriales que fueron centrales en la Colombia cultural de antaño, a los cuales haré alusión sólo para ofrecer una superficial imagen de la fuerte proliferación de ideas, producto quizá, de la envidiable cosecha de hombres cultos, de la cual hoy sólo se recogen bagazos, sólo después de esto, introduciré el tema sobre el cual quiero llamar la atención.

Haciendo caso a la creencia de don Jorge Orlando Melo, entendamos pues que la revista cultural aparece en el siglo XVIII, y los primeros ejemplos son ingleses: Spectator, de Joseph Addison (1711-1712), Literary Magazine, de Samuel Johnson (1856), Biblioteca Americana (1823) y El Repertorio Americano (1826-1827) de Andrés Bello; ya a finales del siglo XIX algunas revistas, también internacionales, sirvieron de modelo, de inspiración, a algunas revistas nacionales. Así por ejemplo, la London Illustrated Review o L’Illustration sirvió como modelo al Papel Periódico Ilustrado y Colombia Ilustrada; la Revista de Occidente, de Ortega y Gasset, pudo ser la inspiración de la Revista de las Indias, (1938-1951) y Mito (1955-1962) puede aproximarse a Les Temps Moderns, de Jean Paul Sartre.

Tenemos pues que desde finales del siglo XIX e inicios del XX, el movimiento editorial en Colombia contó con propuestas como: la Revista el Mosaico (1859-1865: 1871-1872), con colaboraciones de Eugenio Díaz, Jorge Isaacs, José David Guarín y Ricardo Carrasquilla; la Revista Gris (1892-1896) dirigida por Salomón Ponce Aguilera y Maximiliano Grillo, con colaboraciones de Baldomero Sanín Cano, Clímaco Soto Borda, Rafael Pombo y Carlos Arturo Torres; todavía a finales del XIX el país contó con las revistas antioqueñas La Bohemia Alegre (1896-1897) dirigida por Efe Gómez y Tomás Carrasquilla, con colaboraciones de Saturnino Restrepo y José Velásquez García; la Revista el Montañés (1897) dirigida por Gabriel Latorre, Efe Gómez y Mariano Ospina Vásquez, con colaboraciones de Emilio Robledo y El repertorio colombiano (1878-1887; 1896-1899) dirigida por Carlos Martínez Silva, José María Samper, José Manuel Marroquín, Miguel Antonio Caro, Enrique Álvarez Bonilla y Soledad Acosta de Samper.

Entrado ya el siglo XX contamos con la Revista Contemporánea, de Baldomero Sanín Cano (1903); la Revista literaria Al-pha (1906-1916) dirigida por Mariano Os-pina Vásquez, Antonio J. Cano y Luis de Greiff, con colaboraciones de Tomás Car-rasquilla, Saturnino Restrepo, Max Grillo, Luis Carlos López y Baldomero Sanín Cano; Panida (1915), la revista de arte y literatura dirigida por León de Greiff y Pepe Mexía, con colaboraciones de Ricardo Rendón, Francisco Villa López y Fernando González; la brillante Revista Voces (1917-1920) dirigida por Julio Gómez de Castro y con colaboraciones de Ramón Vinyes, Miguel Rasch Isla y el enigmático Julio Enrique Blanco; la Revista Universidad (1921-1922; 1927-1929) dirigida por Ger-mán Arciniegas y con colaboraciones de Jorge Álvarez Lleras, Luis López de Mesa, Germán Pardo García, Hernando Téllez, León de Greiff y Baldomero Sanín Cano.

En 1925 aparece en el panorama la de cor-ta vida pero innegable influjo, Revista los Nuevos, que contaba con la colaboración de Luís Vidales, Felipe y Alberto Lleras Camargo, León de Greiff, Rafael Maya, Jorge Zalamea y José Mar; la Revista Let-ras y Encajes (1926-1957) dirigida por Te-resa Santamaría de González; la Revista de América (1945-1952; 1955-1958) dirigida por Germán Arciniegas y Eduardo Santos. Posteriormente aparecen en el escenario colombiano la tradicional Revista Mito (1955-1962) bajo la dirección de Jorge Gaitán Durán y Hernando Valencia Goel-kel, cuya nómina de colaboradores incluía personajes como: Gabriel García Márquez, Álvaro Mutis, Pedro Gómez Valderrama, Jorge Eliécer Ruiz, Jorge Luis Borges, Eduardo Cote Lamus, Fernando Charry Lara, Vicente Aleixandre, León de Greiff y Octavio Paz; la Revista Eco (1960-1984) dirigida por Karl Buchholz, Hernando Va-lencia Goelkel y José María Castellet, con colaboración de Ernesto Volkening, Nico-lás Suescún, Juan Gustavo Cobo Borda, Jorge Zalamea, Gabriel García Márquez, Angel Rama y Juan Carlos Onetti.

Merecen igual mención, en el panorama nacional, la Revista Senderos, así como la revista que sería el remplazo de la Revista de Indias, la Revista Bolívar (1951-1963) dirigida por Rafael Maya; la Gaceta de Colcultura (1985), el Boletín Cultural y Bibliográfico de la Biblioteca Luis Ángel Arango (1958), la Revista Javeriana (1933), la Revista de la Universidad de Antioquia (1935), y la Revista de la Universidad Nacional (1944).

Vemos  pues que  no  era  la  Colombia del pasado siglo completamente inerte en términos culturales. Mucho menos lo fue una de sus pequeñas, cerradas y conservadoras provincias. Manizales contó con publicaciones como: el periódico literario Ecos del Ruíz (1880); el periódico La Primavera (1886); la Revista Nueva (1899-l904); El Artesano (1904), El Ruíz (1905), Albores (1907), el semanario liberal El Fonógrafo, El Mensajero (1903), Municipio (1903), en 1910 nace Crepúsculos, con la colaboración de Aquilino Villegas y Samuel Velásquez; la también generacional Revista Motivos (1913-1916), con colaboraciones de Jorge S. Robledo, Oscar Arana, Pedro Luís Rivas y Roberto Londoño Villegas; el periódico El Deber (1910), El Arlequín (1911) de Oscar Arana, Consigna Liberal (1915), El Eco (1915); el clásico y en apariencia recuperado Archivo Historial (1918) del bumangués Enrique Otero D´acosta; la Revista Azul (1919-1926) dirigida por J. B. Jaramillo-Meza; la Revista Atalaya, dirigida por Gilberto Agudelo, con colaboraciones de Francisco Botero, Camilo Orozco y Arturo Cañaveral. Ya en 1929, momento en que se gesta en la ciudad el conocido como el fenómeno editorial más trascendental, da cabida a la estéticamente precisa Revista Cervantes, dirigida por don Arturo Zapata; nace también en nuestra tierra la generacional Revista Milenios.

Son los anteriores sólo algunos ejemplos de los procesos que hacían de Caldas un meridiano cultural, estatus que vendría a confirmarse con la aparición, en 1940, de la longeva Revista Manizales y en 1963, la generacional Revista Siglo 20.

Fundada en 1963 por Hernando Salazar Patiño, con sólo seis años de producción y 72 ediciones publicadas, Siglo 20 fue para muchos jóvenes escritores, políticos y filósofos, el medio de expresión que representaba esa “libertad de pensar y de decir lo que se piensa”, actitud propia de una generación que -tal y como el fundador de Siglo 20 lo indicó en “Diez escritores, dos generaciones”- vivió:

La tregua política del Frente Nacional que diluyó las diferencias entre los partidos liberal y conservador e hizo visibles los conflictos de clase y las injusticias sociales, la creación de los frentes guerrilleros y la insurgencia de los movimientos universitarios, el Ché Guevara y todos los matices de la izquierda, la trilogía de Mao, Marx y Marcuse con Trotsky una y otra vez rehabilitado en las bibliotecas, la música de los Beatles y los festivales de Ancon, la apertura conciliar de la Iglesia y el ideal revolucionario como meta de juventud, el cine de la “nouveau vague”, el teatro del absurdo y el delator, Brecht y Ionesco, la última influencia de    las    literaturas    europeas  y la   novelística  norteamericana, Borges,    Fuentes,    Cortázar, Carpentier,  García    Márquez y los realismos mágicos que hacen verosímil lo imposible, las experimentaciones alucinógenas, la conjunción de las artes y la confusión de los géneros, los surrealismos y el grado cero de la escritura, eros y civilización, la crítica despiadada a la totalidad de las instituciones y la consigna de la imaginación al poder, todos estos cambios de 180 grados en la concepción del mundo y de los sueños, presidieron el ser y el aparecer de una nueva generación y constituyeron el contexto de su literatura.3

Es precisamente este punto el que me permitirá mostrar un elemento de comparación entre Siglo 20 y Revista Manizales. Resulta que toda la bibliografía disponible sobre el fenómeno Siglo 20 -gran parte de ella suministrada por Hernando Salazar Patiño, incluyendo claro está, las conversaciones con él sostenidas-hace referencia a Siglo 20 como generación: son Héctor Juan Jaramillo Jiménez (1944), William Ramírez Tobón (1940), Jorge Gómez (1940), Eduardo López Jaramillo (1947) y José Chalarca (1941), cinco de los diez escritores pertenecientes a una de las dos generaciones destacadas por Salazar Patiño en el texto citado, la que ellos o los suyos prefirieron llamar generación Siglo 20, la misma que Harold Alvarado Tenorio llamó “generación desencantada” e Isaías Peña denominó “generación sin nombre”. Supongo que es ese el último registro de un vivo interés, latente en un grupo de asiduos lectores y comprometidos escritores, por reconocerse como pertenecientes a una generación, vivo interés en desuso en nuestra desmerecida Manizales cultural.

El impacto de Siglo 20 se mide tanto por los personajes que en ella ofrecieron sus primeros escritos, como por la fuerza de los jóvenes que la impulsaban. Siglo 20 se recuerda, por una parte, como el nombre que abanderaba un periódico estudiantil en los sesentas, en la infante Universidad de Caldas, y a su vez, como rotulo de una generación. Ese gusto por reconocerse como parte fundante o integrante de una generación, evoca necesariamente lo que, en “La idea de la generación”, Ortega y Gasset describiría como:

(...) una caravana dentro de la cual va el hombre prisionero, pero a la vez secretamente voluntario y satisfecho. Va en ella fiel a los poetas de su edad, a las ideas políticas de su tiempo, al tipo de mujer triunfante en su mocedad y hasta al modo de andar usado a los veinticinco años. De cuando en cuando se ve pasar otra caravana con su raro perfil extranjero: es la otra generación. Tal vez en un día festival la orgía mezcla a ambas, pero a la hora de vivir la existencia normal, la caótica fusión se disgrega en los dos grupos verdaderamente orgánicos. Cada individuo reconoce misteriosamente a los demás de su colectividad, como las hormigas de cada hormiguero se distingue por una peculiar adoración. El descubrimiento de que estamos fatalmente adscritos a un cierto grupo de edad y a un estilo de vida es una de las experiencias melancólicas que, antes o después, todo hombre sensible llega a hacer. Una generación es un modo integral de existencia o, si se quiere, una moda, que se fija indeleble sobre el individuo. En ciertos pueblos salvajes se reconoce a los miembros de cada grupo coetáneo por su tatuaje. La moda de dibujo epidérmico que estaba en uso cuando eran adolescentes ha quedado incrustada en su ser.

Podrá imaginar acaso el lector, cuán fuerza tomaba la generación Siglo 20 y cuán grande era el aporte que los hombres que la representaban y sus obsesiones ofrecían a la Caldas de ayer.

No obstante, no todo movimiento editorial nace como, o representa a, una generación propiamente dicha, o a viva voz reconocida. Hablo de lo sucedido con la de grandes huellas, Revista Manizales.

En octubre de1940 se publica, bajo la dirección de la Poeta Blanca Isaza de Jaramillo Meza, “Manizales”, la Revista Literaria Mensual. En la cuarta página de su primer ejemplar, se encontró el lector con una advertencia realizada por Blanca Isaza, advertencia que cobra, como no debe asombrar a nadie en el correr de la inteligencia, una abrumadora vigencia, y que describe, como tampoco debería temer, perfectamente el hecho de que no sólo es la inteligencia, sino también la estupidez, la que pervive en los hombres, época tras época:

(...) Bien podrá perdonársenos, en gracia a nuestra sinceridad, un poco de orgullo regional. Lo que sucede entre nosotros es que hay un manifiesto desvió hacia los valores propios; nos parece mucho más elegante y trascendental elogiar hasta el ditirambo a los escritores y poetas no ya de otros departamentos sino de otros países; desde que el autor no sea colombiano ya tiene ganada nuestra sumisa admiración; quemamos ante él la mirra de nuestro entusiasmo y aunque la mayor parte de las veces dislocados, el todo es que traiga el prestigio de haber nacido más allá de las fronteras patrias para que nadie sea osado a discutirle el derecho a los haces de laurel que nuestra ingenuidad corta para alfombrarle la fácil senda del éxito. Aquí sucede un fenómeno por demás curioso; si se ocurre una edición especial de un diario, un suplemento literario o una revista de arte, esas páginas selectas permanecen cerradas para nuestros escritores; a ellas se lleva invariablemente la literatura forastera, algo que está desconectado de nuestra sensibilidad, que puede tener firme belleza idiomática pero que carece de ese encanto inasible de lo que es propio, de lo que traduce nuestra misma inquietud, de lo que la tradición criolla liga a nuestra inteligencia o a nuestro sentimiento.

Por eso nosotros nos hemos trazado un itinerario preciso; exaltaremos en estas páginas cordiales el prestigio de los valores categoriales de las letras caldenses. No hemos conocido nunca ni la envidia, ni la emulación, ni el egoísmo; poseemos esa extraña cualidad de gozar con los triunfos ajenos. La tarea férrea de la reconstrucción material de la ciudad bien puede darnos un necesario descanso para pensar en las cosas del espíritu; ahora todo lo viejo se ha puesto de moda y no falta a los preceptos de la distinción descubriendo un poco ese fondo romántico y quijotesco que en vano tratamos de borrar con detonantes barnices modernistas.


Y lo viejo se puso de moda: con la colaboración “original para Revista Manizales”, de personajes como Bernardo Arias Trujillo, Porfirio Barba-Jacob, Eduardo Carranza, Rubén Darío, María Eastman, Rafael Maya, Jorge S. Robledo, Baldomero Sanín Cano, Victoriano Vélez, Aquilino Villegas, Silvio Villegas, Ramón Vinyes, Eduardo Caballero Calderón, Meira Delmar, Enrique Diez-canedo, Max Grillo, José Ingenieros, Germán Pardo García, Hernando Téllez, Luís Cané, Adel López Gómez, y con lectores en New York, Buenos Aires, Ecuador, República Dominicana, Guatemala, México, Tokio, Washington y Lisboa, Manizales se graduó con 733 número publicados y sesenta y cuatro años de historia literaria y cultural.

Como excusa quizá, para poner en boca de otro lo que hoy pulula también en nuestro ambiente, y como muestra también de que la inteligencia, que no conoce límites de tiempo, viene desastrosamente acompañada de la estupidez como sombra, ofrezco a ustedes fragmentos de una carta enviada a Revista Manizales, firmada por don Alfonso Castro, y publicada en el cuarto número bajo el título de “Rumor de enjambre”:

(...) Quiero tan sólo, después de felicitarla fervorosamente por el bello gesto que deseo se cuaje en nítida realidad, formular algunas observaciones con respecto a nuestro medio desde un ángulo intelectual y expresar mi pensamiento, matizado de un poco de escepticismo, sobre el futuro de la jugosa revista que usted proyecta.

Nuestro medio está compuesto de dos clases de individuos: los analfabetos integrales, que no saben leer ni escribir y, naturalmente, ningún comercio tienen con las cosas de la inteligencia, y los analfabetos preparados, que han recorrido escuelas y universidades, influyen en los ajetreos de la diaria existencia pública, figuran como elementos prestantes de las clases directoras, pero que tampoco, quizá por el recargo de ocupaciones, pueden dedicar siquiera una hora al día al cortejo de ese tan grato que es el aleteo del pensamiento.

De los primeros sólo hay que anotar que por fortuna hoy el gobierno de ellos seriamente se preocupa y formula planes de reforma educacionista, especialmente en lo relacionado con la enseñanza primaria, que tan mal parada se ha mantenido en el país.

De los otros sí hay mucho que decir.

En lo antes apuntado, que a primera vista parece una paradoja, palpita una verdad abrumadora. Proclamamos que aquí se lee de continuo y que las gentes se mantienen correctamente informadas sobre arte, literatura y ciencias; pero no hay que creer en tal enlabio.

Leen unos pocos: los silenciosos y autodidactas, dominados por la pasión de instruirse y espaciar el intelecto. El resto está constituido por los nutridos con las noticias de radio o los apuntes ligeros de revistas venidas de la extranjería. Informados de tercera mano, eruditos de café o sabios con la pintoresca sabiduría de un álbum en pegados.

Son estos los positivamente peligrosos. Como todos lo saben, no estudian y a nada le aplican el esfuerzo angustioso del cerebro. Opinan sobre todo, sin que admitan la más leve cortapisa y nunca guardan el menor respeto por la opinión ajena, ante la taza humeante del moka criollo, desmenuzan sólidas reputaciones o descubren un genio dentro del corrillo favorito. Posan en infalibles con la frescura olímpica del que imagina que las ideas se aferran al individuo por yuxtaposición, como las moléculas de piedra.

Pero no intente usted, señora mía, un sondeo en la psiquis que los alienta. No encontrará rastros de creación, inquietud saludable, remansos de sólidos estudios sobre cualquier asunto. Sólo opiniones ajenas, sacadas de recortes de periódicos y de conversaciones, ensalzados con los dorados hilos de la propia suficiencia y de la agilidad para el denuesto.

(...) Por lo dicho comprenderá usted, artista excelente, que no estoy escaso de razones cuando la he apellidado valerosa.

Valerosa, sí, cuando se dispone a dar la batalla hermosa e ingrata en que cosechará la alegría de contemplar en alto su personalidad pulida y fuerte, pero en que también, verá los gajos del laurel agujereados por las espinas de la indiferencia, la incomprensión y, lo más doloroso, las de la malevolencia.

Alguien, que sabe de cosas semejantes por mantener el pecho llagado y vibrante de flechas como San Sebastián, se lo dice con respetuosa cordialidad, deseándole de corazón las palmas de la victoria.

A diferencia de Siglo 20, Manizales no da registro de generación alguna. Aida Jaramillo Isaza, hija de doña Blanca Isaza y de Juan Bautista Jaramillo Meza, conservó hasta donde pudo un legado, ya no generacional, sino hereditario. No parece existir, hasta donde mis conversaciones con Aída lo permitieron entrever, un grupo de personajes con características compartidas que se agruparan alrededor de la Revista Manizales, y que pudieran ser entonces reconocidos bajo algo a lo que pudiera llamársele generación Manizales.

La conocida también como “ventana al mundo”, cerró sus páginas con el volumen XLV, número 733 de noviembre-diciembre de 2004. En aquella edición, sesenta y cuatro años después del rumor de don Alfonso Castro, Aida Jaramillo Isaza escribió una despedida de la que ahora sólo tomo fragmentos.

(...) De la vieja máquina de escribir, marca Remington, en la que mamá escribió su primer editorial para la Revista, en octubre de 1940, a este casi mágico computador en el que escribo el último, en diciembre de 2004, han transcurrido 64 años… 64 años es un largo periodo para cualquier persona, empresa o actividad y es admirable pensar que tuvimos la oportunidad de vivirlos y de realizar en ellos una tarea deleitosa y gratificante para el espíritu.

(...) Guardamos en el fondo del alma la ilusión de que en el futuro algún descendiente de nuestros padres continuará la tarea cultural de la Revista. Serán, claro, otros los tiempos, las gentes, las inquietudes. Para entonces, nuestro paso fugaz por los armoniosos caminos de la Literatura y de la Poesía será si acaso un vago recuerdo… Pero no importa. Ha sido maravilloso transitarlos durante todos estos años, respondiendo así al deseo de nuestros padres.

La sospecha de la cual parte esta, y las inquietudes de mis compañeros, se levantaba alrededor de esa idea, en un principio ciega, de un presunto Caldas Cultural. Una idea que nos llegó en forma de mito, lo cual levantó más aún nuestras sospechas, no sólo porque asentimos con el polaco Stanislaw Jerzy Lec que “cuando el chisme envejece se convierte en mito”, sino también porque conocemos bien el material del cual tomó don Alfonso Castro los elementos para su carta abierta.

He presentado a ustedes dos movimientos que hacen honor al perdido “Meridiano Cultural”, y que son prueba clara del valor que antaño tuvo nuestra cultura; dos movimientos cuyo ejemplo, en el mejor de los casos, permitirá librar a nuestra generación sin memoria, no sólo del influjo de los cada vez más abundantes, persuasivos, rimbombantes y perjudiciales “analfabetos preparados”, sino también del hasta ahora indemne, imperio de lo falso.

(...) si se sostuviera que todos los mitos, todas las revelaciones de todas las religiones, no son sino mentiras, puesto que la creencia en los dioses, sean los que sean, ha movido la historia humana, no quedaría sino concluir que vivimos desde hace milenios bajo el imperio de lo falso.

Umberto Eco. La fuerza de lo falso
 

 

Notas

1. Salvo algunas ligeras modificaciones, este texto corresponde con el presentado en el PRIMER SEMINARIO CIFCCA. Dado que el lector de Cazamoscas sólo puede tener acceso a él y no a los demás trabajos presentados en el evento, bien vale advertir que el texto no es más que un fragmento de la investigación que desde hace aproximadamente un año el Equipo CIFCCA adelantada alrededor de la historia de la cultura caldense (Nota del editor).

2. Profesional en Filosofía y Letras, Universidad de Caldas. Estudiante de la Maestría en Filosofía: línea en estética y filosofía del arte, Universidad de Caldas. Estudiante de Administración de Empresas, Universidad Nacional de Colombia sede Manizales.

3. SALAZAR PATIÑO, Hernando. p. 17.


Referencias

 

ECO, Umberto.“La fuerza de lo falso”. En: Sobre literatura. Barcelona: RqueR, 2002.

MELO, Jorge Orlando. Las revistas literarias en Colombia e Hispanoamérica: una aproximación a su historia. Bogotá: s.n., 2008.

OSPINA, Carlos Alberto. “La revista Siglo20”. En: Revista Aleph, 2003. Año XXXVLL.N° 124

RUÍZ, Carlos Enrique. Aleph en el contexto colombiano de las revistas culturales. Medellín, 12/13 de septiembre: “Encuentro de revistas culturales independientes”. Disponible en internet:

SALAZAR Patiño, Hernando. Diez escritores, dos generaciones. Manizales: Casa de Poesía Fernando Mejía Mejía, Ediciones Vellón de Nube, 1990.

________. “Confrontaciones: a propósito del 40 aniversario de la fundación de la Revista Siglo 20 (1963-1969)”. En: Revista Aleph, 2003. Año XXXVLL N° 126/127.