Año 5 No. 6.5 Julio - Diciembre de 2011

Crisis, escatología e ilustración sin ilusiones


Diana Carolina Arbeláez Echeverry


ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X


Resumen

     Este artículo presenta algunas reflexiones acerca del quehacer del filósofo frente a problemas que afectan al mundo que lo circunda. La propuesta es que el filósofo debe pasar de la contemplación a la acción, pero este paso tiene que estar mediado por la reflexión. El motivo de este escrito es la reforma de la ley de educación superior. Mi hipótesis es que este fenómeno está atrave-sado por dos conceptos: crisis y escatología, esta última entendida como discurso del fin de los tiempos. Al final se muestra cómo en la forma de responder a esta problemática puede encontrarse una idea muy particular de ilustración.

Abstract

     This article presents some reflections on the task of the philosopher against pro-blems affecting the world around him. The proposal is that the philosopher must movefrom contemplation to action, but this step has to be mediated by reflection. The reason of this paper is the reform of higher education law. My hypothesis is that this phenomenon is crossed by two concepts: crisis and eschatology, the latter unders-tood as a discourse of the end of time. In the end it shows how in how to respond to this problem can be a very particular illustration.

Palabras Clave

Crisis, Eschatology, Illustration, Action, Privatization of Higher Education

Mihi ipsi scripsi

Nietzsche

Parece ser parte de la compren-sión de sí de un filósofo tomarse en serio la pregunta “¿Para qué la filosofía?

Hans Blumenberg

     Últimamente hay una especie de hedor escatológico en el aire, una especie de olor a fin de mundo, quizá sea porque han ocurrido cosas que le hacen perder a uno la esperanza, desde la tragedia japonesa hasta los pequeños grandes desastres causados por el invierno en nuestra patria. O quizá sea porque siempre necesitamos de una es-catología, y ya sea que justifique la bondad de un dios o la necesidad de un peligro que nos haga dejar de aplazar lo inaplazable es este temor de un final inminente el que nos mueve a actuar1.

    No es precisamente el mejor año, ni el mejor tiempo para dedicarse a la reflexión contemplativa, no hay un ambientador tan potente que pueda ahuyentar este hedor escatológico, lo que está pasando en el mundo nos afecta, es en eso en lo que tene-mos que pensar ahora, la crisis toca nuestra puerta cada día, y nosotros como filósofos le damos la espalda.

     Ante la existencia del problema sólo hay dos posibilidades, una, la más fácil consiste en resignarnos, soportar el cambio, la crisis, el derrumbamiento del mundo sin tratar de remediar el problema. La otra posibi-lidad, la más difícil es la que consiste en hacerle frente al problema, algo que Hans Blumenberg llamaría la resistencia, que consiste en hacer frente al problema con la fuerza del pensamiento. Es esta segunda opción la que hace que corra la sangre, pero también es la que hace que el mundo pueda seguir siendo nuestro mundo porque impi-de que la realidad absolutamente arbitraria nos devore. Entonces la invitación es a que todos los filósofos salgan a la calle y piensen en este mundo caótico. Lo que quiero decir con esto es que aunque en un principio la función del filósofo era contemplativa, hoy tiene que ser activa, el filósofo tiene que ir más allá de la contemplación y la reflexión, tiene que actuar para poder responder a las necesidades de su época.

     Los motivos de este escrito son la reforma de la ley de educación superior y la crisis de lo público, mi hipótesis es que estos dos fenómenos están atravesados por dos con-ceptos, el concepto de crisis, y el concepto de escatología, esta última entendida como discurso del fin de los tiempos, en este caso, como el anuncio del fin de los tiempos de la universidad pública, en lo que sigue aun-que no hago una exposición detallada de estos conceptos, sí intento articularlos con algunos comentarios sobre el problema. Al final, muestro como la forma de responder al problema siempre será una forma ilustra-da, pero ya no con la ilusión del progreso, sino con la aceptación de la pérdida.

1.  Crisis

     Si el problema que estamos tratando es el problema de la crisis de lo público, habrá que precisar cuál es el sentido en el que la palabra crisis resulta interesante desde el punto de vista filosófico. La palabra crisis viene del verbo griego krinein que significa “separar” o “decidir” por lo tanto el momento de crisis adquiere el matiz de momento de separación o ruptura, pero a la vez adquiere el matiz de “decisión”.

     La reforma de la ley de educación superior tiene todos los elementos de lo que se llama crisis, en este sentido originario, esta reforma señala una ruptura de lo que ha sido la Educación superior en Colombia con lo que será en un futuro, y por eso re-sulta apremiante la discusión frente al tema, porque lo que se intenta cuando se toma una decisión es primero contemplar todas las posibilidades.

     Pero hay un problema para que se lleve a cabo la discusión crítica, y es que muchos de nosotros, desconocemos en su totalidad o conocemos sólo a medias el alcance de esta reforma, de hecho hay quienes dicen que la privatización es un problema secundario, como el profesor Alexis de Greiff, quien dice que lo que planteado en la reforma de la ley 30, más que la privatización de la educación superior, es el reconocimiento de que “el estado no puede garantizar los recursos que necesita el sector”.

     Por estas razones lo que me propongo es tratar de delimitar algunos de los campos más importantes de la discusión, con el fin de descomponer un poco el problema.

2.  Escatología y privatización

     Hay algo bien particular en el discurso acerca de la universidad pública y de cada reforma que se plantea acerca de ella, de un lado está el argumento del gobierno según el cual todo cambio se da para mejorar y de otro lado está el discurso de los estudiantes, que siempre tiene el sentido de una escato-logía, entendida como un “discurso del fin de los tiempos”, es curioso que siempre que hay una manifestación amenazante para la universidad pública, los estudiantes cele-bren su funeral, o pongan placas funerarias en todo lugar visible, es curioso y tiene mucho de simbólico, al principio decía que tal vez es que necesitamos una escatología para poder actuar, y la reflexión estudiantil sobre la crisis parece darme la razón.

     Ahora bien, la pregunta es si esta reforma le hace justicia al temor escatológico que provoca en la comunidad universitaria, para mostrar esto es necesario analizar los puntos más importantes de la reforma en lo que tiene que ver con el presupuesto de la Universidad pública.

     Es claro que las universidades públicas atraviesan por una crisis presupuestal, el gobierno no ha invertido suficiente dinero en educación durante los últimos años, pero ahora es menos el dinero. Lo que plantea la reforma y que resulta chocante y peligroso para el “carácter público de la educación superior” son varias cosas, en primer lugar, está la temida posibilidad de la creación de universidades con ánimo de lucro, esto está claro en el artículo 32 de la reforma donde dice que: “Las fundaciones y corporaciones de educación superior podrán participar en la constitución de sociedades anónimas” y más adelante dice: “constituida la sociedad podrán recibir nuevos inversionistas, repar-tir dividendos, y vender acciones de acuer-do con lo expuesto en sus estatutos y en la ley”. GÓMEZ GIRALDO, Ricardo. (2011) pp. 34

     Esta posibilidad constituye un peligro para la calidad de la educación, pues lo que se va a hacer es tratar de obtener ganancias, reducir costos, y vender en masa, con eso lo único que tendremos es más profesionales mediocres en el mercado laboral.

     Otro de los factores preocupantes en cuanto al presupuesto es el que presenta el artículo 1067 de la reforma, en el que se habla de un presupuesto extra para las universida-des, este presupuesto será administrado por el Ministerio de Educación Nacional y su asignación tendrá que ver con la productividad académica, los proyectos de investigación e innovación y los estándares de calidad de la educación, según esto, el presupuesto extra sólo irá a parar a las universidades que “lo merezcan”. Sin duda, esto mejora la competitividad, pero habría que tener en cuenta más factores que los simples resultados, debería tener en cuenta por ejemplo la eficiencia con que se maneja el presupuesto, porque una universidad con menor presupuesto para investigación puede presentar resultados no tan brillantes si se la compara con otra universidad que tiene un presupuesto mayor, pero pueden estar haciendo un excelente trabajo con respecto a sus recursos, lo que las haría merecedoras también de dicho beneficio.

     Hasta aquí no se está hablando propia-mente de una privatización de la educación superior, pero en el fondo el temor escato-lógico que hay en nuestro medio tiene algo de justificación, porque si lo que pretende la reforma es el aumento de la cobertura y la reducción de los costos presupuestales, a las Universidades públicas no les queda otra salida que la de recurrir a los estudiantes para cubrir los vacíos presupuestales. Los aumentos de matrículas son sólo el prin-cipio de un largo camino de privatización progresiva.

     Pero ¿Qué hacer con esta situación? Si, admitiendo que estamos en crisis, lo que se debería pensar es a dónde están yendo los pocos recursos del Estado y cuando pregun-to esto estoy haciendo caso omiso de todas las pequeñas corrupciones que pueda haber al interior de las universidades, los recursos van a los estudiantes, pero ¿qué tipo de es-tudiantes?, ¿qué estamos haciendo nosotros con los recursos que el Estado dispone para que estudiemos cada semestre?

     Muchas veces la fuga del presupuesto está en nosotros mismos, cada que se pierde una materia por inasistencia, cada que nos “tiramos” todo un semestre.

     El promedio de permanencia de un estu-diante de pregrado en la universidad de Caldas es de siete años y medio, cuando la ma-yoría de los programas permitirían que un estudiante regular se gradúe en cuatro y medio o cinco y cuando en la mayoría de los países un pregrado dura tres años. ¿Qué estamos haciendo con nuestro tiempo y con el poco dinero que el Estado nos proporciona? Cuando defendemos la Universidad pública ¿Estamos trabajando verdaderamente para merecerla? ¿En qué medida nos esforzamos por hacer que nuestra educación rinda frutos?

     No se trata de hacer una carrera a la carrera, tampoco ese es el caso, además por más que permanezcamos en la facultad no vamos a salir preparados para la vida. De lo que se trata, y creo que aunque no es una solución inmediata, sino un camino a largo plazo es de aprovechar mejor el tiempo de estudio y los pocos recursos que hay, si los tiempos de graduación fueran más razonables en virtud de la duración de la formación académica, habría espacio para más estudiantes.

     Con esto no estoy tratando de justificar de ningún modo las medidas del Gobierno Santos, pero los invito a todos ustedes a pensar en que nosotros también podemos ser de alguna forma parte de la solución. Claro que muchos de ustedes podrán estar pensando que lo que digo es injusto, porque en muchas ocasiones lo que hace que la gente permanezca más tiempo en la Universidad es que tienen un trabajo. Estoy de acuerdo, pero si nos vamos a los hechos, los que tienen un trabajo son menos que aquellos que estudian exclusivamente. Además soy consciente de que no es fácil trabajar ocho horas diarias y recibir seis cursos por semestre, hay quienes lo hacen y son personas a las que admiro profundamente.

     En todo caso, la invitación es a que pensemos en cómo estamos administrando nuestro tiempo de estudio, y si esa administración que hacemos puede estar perjudicando a otros que no tienen la valiosa oportunidad de estudiar en una Universidad pública.

     Pero si nosotros debemos poner de nues-tra parte para solucionar el problema, el Estado también tiene que poner de su parte. Los países viven precisamente de lo que su gente bien capacitada pueda hacer, así que la educación pública y de calidad asegura cuando menos la supervivencia de los Estados y de su gente. Amartya Sen hablaba de igualdad de oportunidades como la clave del desarrollo, esto lo deben tener muy claro los gobiernos de otros paí-ses, como Alemania, que se levantó de sus cenizas después de dos guerras mundiales con su apuesta por la educación pública y de calidad, hoy Alemania invierte muchí-simo dinero en educación y es uno de los países de referencia en cuanto a calidad, hay que resaltar además que el 90% de sus universidades son públicas y que el 10% que constituyen las universidades privadas no está en el grupo de las universidades más sobresalientes.

     Francia es otro ejemplo notable de la inversión en educación pública de calidad, pese a la crisis económica la inversión en educación sigue siendo altísima, sin contar con que este país acoge gran cantidad de estudiantes extranjeros, alrededor del 12%.

     No obstante, el gobierno colombiano insiste en dedicarle más dinero a la guerra, a la “seguridad democrática” que a la edu-cación, lo que nos hace preguntarnos si el problema no radicará justamente en eso, un país que se preocupa por la educación de sus ciudadanos no tendría que preocu-parse por una cosa tal como la “seguridad democrática”. Así que mi propuesta es primero, que los estudiantes nos hagamos conscientes del valor de nuestra educación, porque de qué otra manera tendría sentido la lucha, y segundo que el Estado dedique menos dinero para la guerra y más dinero para la educación, si se da igualdad de oportunidades a los ciudadanos no sólo se generará desarrollo y la tan mentada “pros-peridad democrática” sino que también se estará luchando contra la criminalidad y el terrorismo.

 3. Calidad y cantidad

     Ahora, pasemos a otra dimensión de la dis-cusión, la dimensión académica, la reforma tiene una intención muy loable, generar mayor cobertura, esto es interesante porque es lo que se necesita claro que hay que ver la forma como se pretende alcanzar la cobertura y cómo afectará esto la calidad.

     Las universidades públicas seguirán tenien-do un presupuesto reducido, pero deberán acoger un número de estudiantes cada vez mayor. Todos hemos experimentado lo que ocurre por ejemplo con ciertos cursos en los que el número de estudiantes es muy grande, el ruido es impresionante, el profesor no alcanza a resolver las dudas de todos y el proceso de aprendizaje es más bien indirecto, ahora preguntémonos cuántas horas disponibles para dar asesoría debería tener un profesor con seis cursos de 80 estudiantes.

     Pero el aumento de cupos en la universidad pública no es la única estrategia para el aumento de la cobertura, la posibilidad de creación indiscriminada de universidades privadas e institutos politécnicos sin duda aumentará los cupos y, según el artículo 32, llenará los bolsillos de los empresarios de la educación, pero de qué forma se podrá garantizar la calidad de los profesionales formados en estas instituciones cuyo mayor interés sin duda será el lucro personal. Uno no puede ser tan ingenuo de creer que los mecanismos de control de la educación superior dispuestos en la reforma van a garantizar la calidad, como sabemos, en Colombia cuando hay dinero de por medio se inventa cualquier triquiñuela para evadir la supervisión.

     La pregunta sigue siendo ¿La calidad y la cantidad son polos opuestos del mismo problema? Uno en principio podría decir que sí, pero no necesariamente, cuando se trata de hacer un trabajo honesto es muy probable que la cosa funcione. La idea de que todos los jóvenes colombianos tengan acceso a algún tipo de formación profe-sional o técnica, es una idea brillante, pero implica mucho más trabajo que el simple hecho de enunciarla. Es necesario todo un cambio de actitud, tanto de las personas del común como del mismo Estado. Hay que pensar de una forma más honesta, no se puede seguir por el camino del pícaro, tratando de engañar, de obtener beneficio personal de cada situación que se presenta, no se pueden evadir los impuestos, así no hay forma de que funcionen los cambios. Esto nos lleva a una paradoja: sólo con la educación se puede salir del círculo vicioso de la corrupción, pero si a la vez la corrup-ción viene de quienes han tenido la mejor educación en el pasado, entonces ¿qué tipo de educación queremos para el futuro? Está bien que pidamos cantidad, pero cuando pedimos calidad, ¿a qué nos estamos refi-riendo?

 4. Y qué pasará con los filósofos, qué pasará con las humanidades

     Una de las preguntas más importantes que nos despierta este olor de fin de ciclo que tiene la reforma de la ley 30 es ¿Cuál será el papel de los filósofos? Y de manera más general, ¿Cuál será el papel de las huma-nidades en la educación del futuro? ya he dicho al principio que estos tiempos no son buenos para la vida contemplativa, que no se puede dar la espalda a la realidad, entonces también hay que pensar en qué va a ocurrir con nosotros, los que todavía soñamos con que algún día vamos a merecer que nos llamen “filósofos”. Es bien sabido que en todas las épocas la filosofía y en general las todas las humanidades y las artes, más que disciplinas útiles, han sido disciplinas que han servido para la formación del espíritu. En el apartado acerca de la calidad y la can-tidad en la educación formulaba la pregunta acerca de qué calidad es la que pedimos en educación, tengo la intuición de que esta calidad no puede medirse en términos de eficiencia, podemos tener científicos muy eficientes y brillantes, abogados que conoz-can plenamente la ley, ingenieros capaces de desarrollos inimaginables en todos los campos, médicos capaces de curar cualquier enfermedad, pero si son seres simplemente eficientes, si no son “humanos” en el senti-do más simple de la palabra, estaremos en frente de máquinas capaces de destruir el planeta, pero incapaces de tenderle la mano a otros.

     Pero quizá esta actitud de olvido de las cosas más humanas, frente a la filosofía misma lo hayamos provocado los mismos filósofos, quizá particularmente nosotros le hemos estado dando la espalda a la crisis, quizá nos olvidamos del mundo y por eso en esta época se empieza a ver a los “filósofos” y los “humanistas” como piezas de museo, o a lo sumo como profesores de “ética profesional”.

     Pero aún estamos a tiempo de salir de la caverna y enfrentarnos con la realidad, hace unos días me preguntaba ¿qué pueden aportar los filósofos cuando asistimos al fin del mundo?, y ahora pienso que quizá la pregunta no era la indicada, la pregunta quizá es más bien, ¿qué le aporta la filosofía a los filósofos que asisten al fin del mundo? Pienso que la respuesta a esta pregunta es consuelo, es decir, la sensación de que a pesar de que este mundo es gris y a pesar de la an-gustia que produce vivir en él, aún podemos tener esperanza. Tal vez la filosofía no salga de nuestras aulas y no trascendamos, pero podemos intentarlo y al intentarlo por lo menos podremos estar en paz con nosotros mismos y podremos hacer que la filosofía sobreviva, como diría Denis Trierweiler: “anunciaremos la muerte de la filosofía cuando queramos, pero si queda alguien para resistir, la filosofía continuará”.

     Nuestro problema, no obstante sigue siendo ¿Cómo responder a la crisis? ¿Cómo reac-cionar frente a situaciones tan apremiantes como el cambio climático o la crisis política de África y Medio Oriente? o a un nivel más local, ¿Cómo responder a la crisis de la educación superior?

5. Las formas de responder a la crisis, ilustración ahora ya sin ilusiones2

¿No debe y puede el filósofo entenderse y colocarse por lo menos en la retaguardia del ilustrado? De seguro que habrá otra ilustración, y entonces la re-taguardia se convertirá en frente.

Hans Blumenberg

     El mayor problema ahora no es que estemos frente a una crisis en la educación superior, lo que debemos resolver de manera más apremiante es cómo nos vamos a enfrentar a esto que viene, cómo vamos a resistir.

   Hay que pensar en nuevas formas de ma-nifestar la inconformidad, porque según mi percepción del asunto, una asamblea donde todos gritan y nadie escucha es vergonzosa y no hace que la problemática trascienda las puertas del edificio central, además, la mayoría de formas de manifestación resultan autoinmunes, los paros y bloqueos dañan tanto o más a los estudiantes que al gobierno.

     Es necesario pensar, porque sigue siendo cierto eso de que la pluma es más fuerte que la espada, ocasiones como estas en las que todos escuchan a quien habla, y luego puede abrirse el debate deberían ser el ambiente propicio para la discusión crítica y razonable.

     No obstante no podemos pensar que con la discusión crítica vamos a resolver todos los problemas, no podemos seguir creyendo en que una especie de nueva ilustración, con todo lo que ello implica, es decir, con la fe en la razón y en el progreso, va a venir a responder todas nuestras preguntas, aunque pretendemos seguir siendo ilustrados, ya no podemos seguir teniendo ilusiones, debemos aceptar la pérdida, el fracaso de la ilustración, ya no podamos confiar en el progreso, pero como no podemos devolver el tiempo y rectificar el pasado, lo único sensato que podemos hacer, para responder a la crisis y a esta suerte de escatología que se presenta en nuestra época, es seguir avanzando, ¿Hacia dónde? No lo sé.

     Sólo quiero pensar en que aún queda la esperanza de que haya otros que escuchen y que nos ayuden a resistir, porque aunque la discusión y los argumentos no son el bálsamo que puede aliviar todas las heridas de la humanidad, si son por lo menos la mejor arma para hacerle frente al cambio y al futuro.

 

 

Notas

1 La acción es su definición más simple, como el ejercicio o la posibilidad de hacer. La idea de que la crisis nos mueve a actuar es una idea que tomo de la antropología filosófica de Arnold Gehlen, que dice en su libro Antropología filosófica del encuentro y descu-brimiento del hombre por sí mismo. Barcelona: Paidós Ibérica, 1993. Que el hombre es un ser activo y eso es lo que le permite sobreponerse a su carencia biológica (falta de instintos especializados, pelo, garras para defenderse).

2 La ilustración sin ilusiones es aquella que aunque sabe que no puede salirse de la dinámica del progreso y de la fe en la razón, ya no tiene la ilusión de que el curso de las cosas se dirige hacia algo cada vez mejor.


Referencias

Blumenberg, Hans. (1997) La posi-bilidad de comprenderse. Madrid: Síntesis, 1997.

De Greiff, Alexis. (2011) El proyecto de reforma educativa, faltó audacia. Revista electrónica Razón pública. Disponible en: http://razonpublica.com/ index.php?option=com_ content&view=article&id=1919:el-proyecto-de-reforma-educativa-falto-audacia-&catid=19:politica-y-gobierno-&Itemid=27

Gómez Giraldo, Ricardo. (2011) Documentos de Rectoría. Comentarios al proyecto de reforma de la ley de educación superior en colombia. Universidad de Caldas.

Salazar, Boris. (2011) Reforma de la educación superior. Calidad versus ánimo de lucro. Revista electrónica Razón pública. Disponible en: http://razonpublica.com/index. php?option=com_content&view=artic le&id=1936:reforma-de-la-educacion-superior-calidad-versus-animo-de-lucro-&catid=19:politica-y-gobierno-&Itemid=27.htm#_ftnref1

Santacruz Ibarra, Heriberto. (2011) Observaciones sobre el proyecto de reforma de la ley 30. Ponencia. Inédita leída el 15 de abril de 2011.

Sen, Amartya.( 2000) Desarrollo y libertad. Barcelona: Planeta.

Trierweiler, Denis. (2004) Polla ta deina, ou comment dire l’innommable. Une lecture d’Arbeit am Mythos. En: Archives de Philosophie: Recherches et documentation. N° 67. Vol. 2. Paris: Centres Sèvres, 2004. ISSN 2824117. p. 268