Año 5 No. 6.5 Julio - Diciembre de 2011

Literatura y Universidad pública


Harold Alvarado Tenorio


ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X




     Dos han sido los momentos, en lo que va recorrido en la última centuria, cuando los colombianos y sus gobiernos han tratado de dotar a la nación de centros de estudios donde se pudiesen analizar, críticamente, las condiciones de existencia histórica de la sociedad colombiana.

     El primero data de la segunda mitad del siglo pasado, cuando en 1867 un gobierno de ideología liberal creó la Universidad Nacional de los Estados Unidos de Colombia. Una Universidad estatal, cen-tralizada y orientada por las doctrinas del positivismo y el utilitarismo, a fin de librar la educación de la influencia y la tutela del Vaticano. El experimento duró una década y terminó con la ocupación de los establecimientos universitarios por parte de las fuerzas militares y la destinación de sus presupuestos para la financiación de las guerras contra los levantamientos popula-res de entonces.

     Ese momento se corresponde con la apa-rición de los primeros intérpretes de la na-ción colombiana: los hermanos José María y Miguel Samper, Manuel Murillo Toro, Manuel María Madiedo, Aníbal Galindo, Florentino González, Manuel Ancizar, etc. Esfuerzo que se vio interrumpido y des-truido de raíz con el Concordato de 1887 que entregó, otra vez al Vaticano, el control ideológico y la conducción de la educación. El resultado fue un retroceso en la investi-gación social y aplicada y la negación a las nuevas generaciones, de la posibilidad de un libre examen de las realidades históricas del inmediato pasado, sus Guerras Civiles, las luchas por la independencia, o el acceso a las recién creadas nuevas corrientes de pensamiento e investigación. Y de nuevo, la implantación de unos lenguajes que terminaron por hacer imposible toda co-municación y confrontación distinta a la de las armas.

     Un segundo momento se produce en 1935 con la restructuración de la Universidad pública durante el gobierno de López Pumarejo. Y aun cuando el líder de la Segunda República Liberal entendiese la Universidad más como una “escuela de trabajo” que “una academia de ciencias”, la posibilidad del libre examen de las ideas, la participación democrática de profesores y estudiantes en su gobernabilidad y el co-gobierno la hicieron, al menos en ese mo-mento, el centro intelectual del cambio que requería la nación. Tanto la matrícula de estudiantes, como los aportes del gobierno para su funcionamiento, se triplicaron. Y a pesar del fracaso del gobierno liberal, la Universidad Nacional pudo, en las décadas siguientes, diversificar la enseñanza del derecho y la economía y crear las facultades de antropología y sociología.

     La muerte de Gaitán y la Violencia insti-tucional, señalan el fin del experimento del modelo liberal en la Universidad. A partir de esos años y con la implantación del Frente Nacional, la Universidad será convertida, primero, en una oficina de títulos, y luego en “el otro mundo”, un lugar de asilo y re-fugio de aquellos intelectuales y dirigentes que no podían o no querían hacer parte de la guerra de guerrillas, el terrorismo, o que consideraron que desde allí, desde el cam-pus universitario, podían prestar un mejor apoyo a la insurrección, o lucrarse de ella posando de progresistas. Para el gobierno de Lleras Restrepo la Universidad Nacional ya había perdido el perfil que quisieron darle tanto los gobiernos liberales como los conservadores. Se había convertido en un centro de sobrevivencia de pequeños grupos de alienados de la vida política que hablaban y pensaban apenas como eco de los conflictos de la Guerra Fría y cuyo objetivo final, tanto del profesorado como de los estudiantes, era la toma del poder.

    Desde 1958 hasta hoy las mayorías demo-cráticas han estado ausentes del gobierno de la Universidad, haciendo de ella una agencia estatal de castigo y recompensas de dóciles o rebeldes, y las más de las veces, en un coto feudal de los Barones Universitarios, puntuales caciques del autoritarismo, y de sectas ideológicas desarraigadas y disol-ventes cuyo propósito es la destrucción de las instituciones mediante la ecolalia y el desprecio por todo aquello que represente una identidad nacional o continental.

     Los gobiernos del Frente Nacional y las administraciones posteriores fomentaron una burocratización de la Universidad que aniquila de hecho toda transparencia en la toma de decisiones, dando patente de corzo a las manipulaciones de aquellos grupos, que protegiendo sus intereses, ahondan la brecha existente entre los estudiantes y los profesores. Los Profetas de la Posmodernidad ha “reformado” la Universidad para hacer desaparecer todo vestigio de oposición a sus apetitos buro-cráticos, con la venia de una sociedad cada vez más confundida y sin rostro.

     Uno de los sutiles instrumentos en esta abolición de la memoria colectiva ha sido, incluso desde los mismos años de la Segunda República Liberal, la ignorancia de las Literaturas del continente. Hoy es apenas una élite, -ni siquiera una minoría-, la que conserva memoria de lo que fue y quiso ser Colombia durante la centuria de años que van desde la muerte del Libertador hasta los años finales de experimento modernizador de López Pumarejo. Y será apenas, un puñado de ellos, los que entien-den y conocen el desarrollo del Continente. Brasilia y New York siguen estando más lejos, para las minorías intelectuales colom-bianas, que París o Aquisgrán. Sólo en el último lustro, en la Universidad Nacional se han creado la Carrera y el Departamento de Literatura, pero su orientación sigue siendo, en parte sustantiva, de carácter teorético, más que enfocado a satisfacer la necesidades de investigación, conoci-miento y diseminación de las Literaturas

   Nacionales y Continentales. Puede afirmarse, entonces, que en las últimas dé-cadas, en la Universidad han predominado concepciones que sin producir expertos en exotismos y anacro¬nismos y muchísimo menos entreno en la lengua, han impedido la comunicación y discusión de nuestras concepciones del mundo a través de nuestras literaturas. En los últimos tres semestres escolares, para dar un ejemplo, se ha ofrecido, a una población estudiantil de mas o menos 20.000 individuos, “cursos de literatura” a sólo 302 estudiantes- pro-medio, es decir, a un ínfimo, OI5l% de esa población. Y de literaturas colombianas y América Latina a 100,6 estudiantes pro-medio, es decir, a un ,0005%.

    Parece mentira, pero sólo en un país y una universidad como la Nacional de Colombia, luego del fin de la Guerra Fría, el comunismo y la presencia vital de las Aldeas Globales, su departamento de literatura evita la edu-cación literaria -en su propia lengua- de la mayoría de sus estudiantes, y a una irrisoria minoría inculca ideologismos y literaturas que les son ajenas, desdeñando las propias.

     La actual estructura académica y burocrá-tica de la Universidad responde así como he historiado, a los intereses centralistas de unas minorías agresivas que han hecho de la ciencia (?), y la tecnología (!), dos fetiches para incrementar y satisfacer sus apetitos de poder.

     La Nueva Universidad, que debió surgir del ejercicio de la Nueva Constitución y la formación de un Nuevo Estado, debe poner en pie de igualdad todas las disciplinas que concurren en la Universidad, y no sólo privilegiar aquellas que son fuentes directas de ganancias y poder.

     Para que las Literaturas Colombianas y de América Latina puedan ocupar el lu¬gar que les corresponde en la formación de un Nuevo País, deben constituirse en varias de las opciones educativas y de formación profesional de todos los estudiantes uni-versitarios en sus diversas especialidades. Y para que ello sea posible es necesario incrementar, de manera inmediata, la investigación y difusión de las literaturas nacionales y continentales, contrarrestando decididamente los intereses de los Barones Universitarios que siguen usando nuestras literaturas como cobayas de Indias para la aplicación de sus modelos teoréticos.

     De allí que se imponga la creación de un Instituto para la Investigación de las Literaturas Colombiana y América Latina en la Universidad Nacional de Colombia. Un ente que pueda obrar sin las cortapisas finan-cieras e ideológicas que hoy son impuestas a los Departamentos Universitarios.


Referencias

Tomado de La Prensa, Bogotá, Marzo 9 de 1989. Publicación autorizada por el autor para Revista Cazamoscas.