Año 5 No. 6.5 Julio - Diciembre de 2011

Alaridos en el desierto: “El olvido que seremos”


Pedro Antonio Rojas


ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X




Ya somos el olvido que seremos.
El polvo elemental que nos ignora
y que fue el rojo Adán y que es ahora
todos los hombres y los que seremos.

Ya somos en la tumba las dos fechas
del principio y el fin, la caja,
la obscena corrupción y la mortaja,
los ritos de la muerte y las endechas.

No soy el insensato que se aferra
al mágico sonido de su nombre;
pienso con esperanza en aquel hombre
que no sabrá quien fui sobre la tierra.

Bajo el indiferente azul del cielo,
esta meditación es un consuelo.

pp.(84)1

 

Quisiera comenzar sumándome a la hi-pótesis según la cual; “la crisis de nuestras universidades obedece a una carencia de pensamiento crítico”. Considero que lo más significativo de este escenario es que permite la proliferación de las palabras, aquí se encuentran sociólogos, abogados, y para mi alegría, también se encuentran las palabras de mis compañeros y maestros. La filosofía, por tanto, se ha abierto un espacio, se ha aproximado a la política, a lo inmediato, para sorpresa de aquellos que la consideran un oficio ascético. A pesar de esto, he preferido no traer una ponencia filosófica, aquí encontrarán un desatino: hoy prefiero traer a este escenario el arte y la literatura, y esto se debe a que considero que son una exacerbación del pensamiento, un juego de desaciertos; una proliferación de las palabras. Pienso que la literatura es, entre otras cosas, aquello que nos convoca: un “acto de resistencia”.

1. La literatura autobiográfica

Considero más útil contar lo que uno ha sentido que simular un conocimiento independiente de cualquier persona y una observación sin observador. En realidad no existe una teoría que no sea un fragmento, cuidado-samente preparado, de alguna autobiografía.

Paul Valery

     La novela “El olvido que seremos” (2006)6 de Héctor Abad Faciolince me permitió arriesgar una hipótesis sencilla: pienso que en Colombia existe una exclusión de un tipo de pensamiento “crítico” en torno a la violencia, este pensamiento se torna invisible tanto en los grandes medios de comunicación (de quienes no cabe espe-rar nada) como en nuestros escenarios académicos. Pienso, entonces, que la literatura nos permite romper con —lo que podríamos llamar— esas imágenes “dog-máticas y estatales” del pensamiento, las cuales merecen ser revisadas. Primero voy a detenerme en el “recurso autobiográfico” para mostrar el procedimiento con el cual la novela desborda la individualidad del escri-tor, esto gracias a que puede ser entendida como “simulacro”. Después, nos será lícito detenernos en algunas de las imágenes de la violencia colombiana que son “desman-teladas” en la novela.

     Quisiera recordarle al auditorio que la novela “El olvido que seremos” se puede leer como un texto autobiográfico, es decir, como el relato de un “fragmento de vida”, allí la voz que habla es a la vez la voz de un personaje y del narrador. Este recurso le permite al escritor abandonar su posición “privilegiada” —al escribir la propia vida se renuncia a ser la voz que todo lo sabe—, este “realismo” no es el testimonio de un narrador omnisciente (Como lo fueron nu-merosas novelas del siglo XIX). Debemos tener presente que la novela se manifiesta como catarsis, para ejemplificar esto qui-siera traer a colación un fragmento en el que se describe lo que sentía Faciolince por su padre cuando era niño: “Yo sentía por mi papá lo mismo que mis amigos decían sentían por la mamá. Yo olía a mi papá, le ponía un brazo encima, me metía el dedo pulgar en la boca, y me dormía profundo hasta que el ruido de los cascos de los ca-ballos y las campanas del carro de la leche anunciaban el amanecer” (p.13).

     En más de una ocasión durante la novela se expresa el afecto que Faciolince sentía hacia su padre, esto se convierte en un eje que atraviesa y llena de significado todos los acontecimientos relatados. “El olvido que seremos” fue escrito en memoria de su padre Héctor Abad Gómez (1921-1987), Faciolince confiesa que para él la escritura fue una “liberación”; “me saco de adentro estos recuerdos como se tiene un parto, como se saca un tumor.” (p. 253).

     Para este tipo de literatura la pretensión de “objetividad literaria” está revestida de supuestos metafísicos (veracidad, in-movilidad, inmortalidad, independencia del observador) y prefiere abandonarlos, porque, en última instancia, a los ojos de los lectores, siempre va a existir una abertura, una huella en la escritura que transparenta la voz de la cual parte el relato. Podemos pensar que la novela “El olvido que sere-mos” no tiene la pretensión de aproximarse a la vida con independencia de quien la experimenta (haciendo explícito el devenir y la incertidumbre del escritor): esta escri-tura autobiográfica pone en evidencia la finitud de quien la escribe. El ejercicio de relatar nuestra vida obedece a la necesidad de intervenir en ese límite, siempre incierto, en el que coexisten la memoria y el olvido. El escritor es abordado por aquello que dejó una impronta, un vestigio —de no ser así necesitaríamos otra vida para narrar lo vivido—: él escribe sobre ese sector de su vida que desea hacer perdurar.

     “El olvido que seremos” nos permite poner-nos en el lugar del otro, trata de expandir la experiencia del escritor hasta mundos que no le son propios. Faciolince escribió la novela no sólo porque era su necesidad íntima, sino porque confiaba en que sus palabras podrán tocarnos:

     Lo que yo buscaba era eso: que mis memorias más hondas des-pertaran. Y si mis recuerdos en-tran en armonía con algunos de ustedes, y si lo que yo he sentido es comprensible e identificable con algo que ustedes también sienten o han sentido, entonces este olvido que seremos puede postergarse por un instante más, en el fugaz reverberar de sus neuronas, gracias a los ojos, pocos o muchos que alguna vez se detengan en estas letras (p. 178).

     De alguna manera, el oficio del escritor es hacer que sus experiencias sean significativas para los otros, escapar de la individualidad; desbordar las fronteras de su “conciencia”, es en la relación con los otros que la catarsis del escritor, las manifestaciones de su fini-tud y los asaltos de su memoria, desbordan la interioridad. “El olvido que seremos” no es una simple recolección de datos de un narrador soberano, es tabernáculo de nuestras preocupaciones.

     La novela no “simula” el orden supuesta-mente “inalterable” de nuestras prácticas y de nuestro pensamiento para “justificar” lo establecido; no se agota en el proyecto indolente de hacerlo perdurar. Aun así, tal vez, ustedes me permitan pensar “El olvido que seremos” como un tipo particular de “simulacro” (debo aclarar que no pretendo reducir el arte a un “reflejo impuro” del estado de cosas dentro de una jerarquía ontológica a la manera de la mimesis pla-tónica). Faciolince “simula” el estado de cosas porque pone en evidencia sus fallas; lo presenta en su descomposición, la novela funciona como “simulacro” porque se per-mite crear en esas grietas, porque abre otro tipo de visibilidad, porque narra el mundo que hemos sido y olvidamos, porque inau-gura otra manera de lo que podemos ser.

     II.  Las imágenes de la violencia

     Como hemos podido ver, la literatura autobiográfica no se mueve en el “vacío” de lo abstracto (Tiene personajes vivos, un tiempo, un lugar de acontecimiento etc.), gracias a eso la situamos en un terreno próximo, en el terreno de aquello que nos afecta. Faciolince puede hablar sobre su padre (y de cómo las investigaciones del asesinato “parecían más un encubrimien-to”), al tiempo que nos escribe sobre una violencia general: la violencia colombiana, que no sólo se ha encargado de asesinar a un ser querido, sino de exterminar un número monstruoso de colombianos, y esto aún continua, para nuestra vergüenza, en lo que el mismo Héctor Abad Gómez llamó la epidemia de la violencia.

     Pienso que la proximidad a la violencia (y al conflicto armado) nos abre otras maneras de pensarla, no como un ejercicio intelectual contemplativo que opina desde la lejanía, sino como un pensamiento que emerge de la inmersión en el problema —con el riesgo que implica ese acercarse a la palabra en un medio profundamente represivo. La violencia se nos ha hecho familiar; hemos creado nuestras opiniones, una frías y otras sumamente dolorosas, pienso que la novela puede ser leída con la pretensión de des-mantelar esas imágenes de la violencia, poner en tensión lugares comunes de nuestras opiniones, que se encuentran sólidas en la memoria que nos hemos forjado. Pienso que “El olvido que seremos” modifica las imágenes de la violencia tradicional, la des-mantela, pone en cuestión ese pensamiento instituido que, de un modo u otro, genera más violencia, más dolor. Eso es lo que “El olvido que seremos” logra: una “descons-trucción” de las ideas que en Colombia se han tenido acerca de la violencia.

     2.1. La esperanza en la razón

     La primer imagen solidificada del pensa-miento en torno de la violencia supone que Colombia es un país irracional, puede ser que esta imagen sea acertada en muchos sentidos. Nuestra cultura está preñada de una diversidad religiosa, de una multiplici-dad de pensamientos, de diferentes mane-ras de ser, de maneras de ver el mundo, esta imagen según la cual la esperanza está en la razón9, pretende evitar el estado de barbarie, como si la razón por sí misma asegurara la paz, la libertad y un sin fin de utopías. Esta imagen propone cambiar nuestras prácticas para hacerlas más racionales.

     Podemos encontrar esta imagen desmon-tada en “El olvido que seremos” de la si-guiente manera: “Es necesario desterrar un lugar común sobre nuestra actual situación de violencia política (…) Este lugar común es el que afirma que la actual violencia política es ciega e insensata. ¿Vivimos una violencia amorfa, indiscriminada, loca? Todo lo contrario, el actual recurso al asesi-nato es metódico, organizado, racional.” (p. 262). Nuestras prácticas de violencia son racionales, calculadas, aquí la fe en la razón tambalea. “El olvido que seremos” pone en evidencia que la razón ha sido también sir-vienta de los bandos en conflicto. Faciolince escribió estas palabras después de la muerte de su padre, y debemos tener en cuenta de aquí en adelante esta postura: “Les hablo con una inercia que refleja el pesimismo de la razón y también el pesimismo de la acción. Este es un parte de derrota. Sería inútil decirles que en mi familia sentimos que hemos perdido una batalla, como quiere la retórica que en estos casos se diga. Que va. Nosotros sentimos que perdimos la guerra” (p.27).

  1. El Estado como regulador de la violencia

     La segunda imagen que quisiera traer al auditorio es aquella según la cual el Estado es quien debe encargarse de regular la vio-lencia, esta imagen deposita su esperanza en el Estado, gracias a la idea de que él debe proteger a los ciudadanos. La novela nos re-cuerda que, en oposición a lo que se piensa, nuestros gobiernos se han caracterizado por una tendencia a la violencia, a la represión, a la persecución y al asesinato: “El Estado no ve sino comunistas y peligrosos opositores en cualquier persona inquieta y pensante” (p. 208), en Colombia se ha encargado de encubrir numerosas réplicas que se le han realizado desde los planos académicos, ju-rídicos o simplemente humanos, este pro-cedimiento de evasión lo podemos rastrear en el llamado silencio de Estado que anula todo esfuerzo de denuncia, toda posibilidad de crítica, éste fue el caso de Héctor Abad Gómez:

Lo hizo durante años [denunciar], aunque a veces esa lucha no le parecía otra cosa que alaridos en el desierto. Los desalojos de indígenas de las haciendas de terratenientes; la desaparición de un estudiante; la tortura de un profesor; las protestas reprimidas con sangre; el asesinato repetido cada año como un ritual macabro de líderes sindicales; los secuestros injustificables de la guerrilla… Todo esto lo denunció una y otra vez, en medio de una rabia silenciosa de los destinatarios de sus denuncias que preferían no hacerle eco a sus palabras con la esperanza de que cayeran en el olvido mediante la estrategia del silencio o de la indiferencia (p. 216).

     Otras maneras de encubrimiento han sido más vergonzosas y van desde la amenaza hasta el asesinato. Las denuncias que la no-vela nos presenta son denuncias verdaderas, quisiera recordar la denuncia a la tortura: “yo acuso a los interrogadores del Batallón Bomboná de Medellín, de ser despiadados torturadores sin alma y sin compasión por el ser humano, de ser entrenados psi-cópatas, de ser criminales a sueldo oficial” (p.215). Esta denuncia estaba acompañada de muchas otras, y se sumó a las que no obtuvieron respuesta por parte del Estado. El asesinato del denunciante en este país es una forma de atender a la denuncia, esuna forma de decirles a los pensadores que deben quedarse callados, pero ¿cómo podríamos guardar silencio en situaciones como éstas?

Yo los acuso de colocarlos en medio de un cuarto, vendados y atados, de pie, por días y noches enteras sometidos a vejámenes físicos y psicológicos de la más alta crueldad, sin dejarlos si quiera sentarse en el suelo un momento, sin dejarlos dormir, golpeándolos con pies y manos en distintos lugares del cuerpo, insultándolos (…) obligándolos a ponerse de rodillas y haciéndo-los abrir las piernas hasta límites fijos imposibles para causarles intensísimos dolores (…) hasta ser inaguantables los calambres, los dolores, el desespero físico y mental, que ha llevado a algunos a lanzarse por las ventanas, a cortarse las venas de las muñecas con pedazos de vidrio a gritar y a llorar como niños o locos (p. 215).

     Si a esto le sumamos los lazos que han te-nido los gobiernos con los llamados grupos paramilitares, debemos recordar la historia de nuestro país con cierta tristeza, con el dolor de saber que otros colombianos pue-dan crear una máquina de destrucción tan terrible que además de la tortura ejerce la desaparición sistemática. Esta práctica la han llevado a cabo sólo las peores dictaduras; “La desaparición de alguien es un crimen tan grave como el secuestro o el asesinato, y quizá más terrible, pues la desaparición es pura incertidumbre y miedo y esperanza vana” (p. 179).

     Entonces la idea de que el Estado es la “esperanza”, de que se puede encargar de regular la violencia mediante el mono-polio legítimo del poder militar (incluso intelectual), es una idea que en “El olvido que seremos” se ve desmontada, y si somos consecuentes con la historia de nuestro país nos podremos fijar en el hecho irrefutable de que el Estado, lejos de solucionar el problema de la violencia, lo ha empeorado y ha sido antes que un atenuante, un productor desmedido de atrocidades.

  1. El Estado debe vigilar la educación: las universidades deben ser militari-zadas

     En Colombia la educación pública sufre constantemente la amenaza de su aniqui-lamiento (en general es el sector privado el que se encarga de la educación de aquellos que nos gobiernan), la educación se ha ins-trumentalizado, es un medio para perpetuar su permanencia en el poder, en contraste, con aquellos que han sido atropellados de una manera tiránica, que no tienen las condiciones mínimas de existencia (como alimentación, trabajo y salud), y mucho menos la oportunidad de estudiar. En otras palabras, en Colombia no se les ofrece la posibilidad de defender sus intereses en un sistema discursivo.

     En “El olvido que seremos” podemos ver cómo Héctor Abad Gómez defendía los intereses de sectores marginales de la socie-dad colombiana. Aquí podemos encontrar una tercera imagen de la violencia, tal vez, la más significativa para este auditorio: en Colombia se piensa que las instituciones educativas públicas deben ser “vigiladas”. Héctor Abad Faciolince nos relata cómo en 1973 el rector Luis Fernando Duque pretendía que el Ejército “patrullara día y noche la ciudad universitaria” y cómo permitió el asesinato de un estudiante: “Los soldados mataron a Luis Fernando Barrientos, un estudiante, y esa muerte había desembocado en un motín. Los estudiantes furiosos, se tomaron el edifico de la rectoría, dejaron sobre el escritorio del rector al estudiante muerto, que habían paseado en hombros por todo el campus, y después incendiaron la sede administrativa de la universidad” (p. 181).

     Los profesores decidieron no dar clase en presencia del ejercito "la libertad de cátedra había desaparecido y a los profesores les vigilaban ideológicamente mediante visitas periódicas y no avisadas a las clases, lo que enseñaban en sus cátedras” (p.181). Esto llevó a que más de doscientos profesores fueran despedidos. La presencia del Ejército en la universidad sólo desató el desastre.

III

     Pienso que existen muchas otras imágenes solidificadas del pensamiento en torno a la violencia que solicitan un trabajo crítico.

     Héctor Abad Faciolince interviene crítica-mente en la memoria, sabe que “Los libros son un simulacro del recuerdo, una prótesis para recordar, un intento desesperado por hacer un poco más perdurable lo que es irremediablemente finito” (p. 272), a dife-rencia de esa historia legítima, Faciolince evoca una segunda memoria, evoca una memoria marginal que trasluce el deseo de transformar el estado de cosas, una memo-ria que está más en comunión con nuestras carencias y nuestras penurias. El profesor Antonio Verón nos dice que existe otra memoria en el mundo moderno:La historia legítima que armoniza con las instituciones, con el engranaje social y con el Estado, obedece a una memoria controlada (para evitar que represente un peligro al orden de cosas) que, incluso, ha sido inscrita a un sistema de mercado, esta historia debe ser revisada.

Si quienes detentan el poder controlan no sólo las decisiones de la política y los recursos de la economía de una nación, sino que intervienen en los recuerdos de los ciudadanos, es porque el pasado, como su memoria, es una prenda de garantía para la constitución de la identidad y del presente. Hay recuerdos peligrosos, aquellos que hablan o que evocan las injusticias cometidas, y que por eso es pre-ciso intervenir en la memoria, desnaturalizar, borrar o alterar cualquier rescoldo de recuerdos que evoquen momentos donde los pobres o los débiles se han sublevado y han luchado por construir una historia diferente (Verón, 1965: 163)

     Podríamos decir que la memoria que evoca Faciolince para muchos es peligrosa, nos recuerda las luchas sociales de nuestro país (los problemas de clase, de género, de identidad), nos pone el dedo en la llaga, en la herida: “(Mejía Vallejo, escribió) Vivimos en un país que olvida sus mejores rostros, sus mejores impulsos, y la vida seguirá en su monotonía irremediable, de espaldas a los que nos dan la razón de ser y de seguir viviendo” (p. 247).Para terminar, deberíamos atender a una pregunta: ¿Para qué escribir en un mundo donde la epidemia de la violencia se extiende, en un país donde la imagen del Estado se opaca por sus prácticas atroces, donde el silenciamiento, la tortura, la desaparición y el asesinato son naturales? La respuesta puede parecer imposible pero “El olvido que seremos”, al remover esas imágenes rígidas del pensamiento que giran en torno a la violencia, al fomentar una memoria marginal, al recordarnos la memoria que somos, al estremecernos y trasmitirnos una vivencia compartida, nos sugiere una posible respuesta: “Solamente mis dedos, hundiendo una tecla tras otra, pueden decir la verdad y declarar la injusticia (…) ¿para qué? Para nada; o para lo más simple y esencial: para que se sepa. Para alargar su recuerdo un poco más, antes de que llegue el olvido definitivo” (p. 255)

Notas

1 Soneto atribuido a Jorge Luis Borges que Héctor Abad Gómez llevaba en su bolsillo el día de su asesinato según El olvido que seremos, de Hector Abad Faciolince


Referencias

 

Busoño, Carlos. (1952). Teoría De La Expresión Poética. Madrid: Editorial Gredos.

 

Deleuze, G. (2005). “¿Qué Es El Acto De Creación?”. Hernan Ulm (Trd.). En: Revista El Interpretador. Literatura, Arte Y Pensamiento. N° 18. Septiembre 2005.

 

Faciolince,  Héctor Abad.  (2009). El Olvido Que Seremos. Bogotá: Editorial Planeta.

 

Velery, Paul. (1990). Teoría Poética Y Estética. España: Editorial Gallimard.

 

Verón, Antonio. (1965). Filosofía Y Me-Moria. El Regreso De Los Espectros. Manizales: Hoyos Editores.