Año 5 No. 6.5 Julio - Diciembre de 2011

El intelectual y la sociedad


Juan Manuel Acevedo

ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X




El intelectual es un individuo con un papel público específico en la sociedad que no puede limitarse a ser un simple profesional sin rostro.

Edwar Said

     Existe la tentación de decir que los intelec-tuales se dividen en dos clases: aquellos que aceptan la sociedad en que viven y aquellos que la critican. Pero las relaciones entre el intelectual y la sociedad contemporánea no resultan tan directas y explícitas, pues hoy no existe ninguna exigencia para el intelectual por parte de la sociedad. 

     Para evidenciar el problema podemos decir, en primer lugar, que nuestra sociedad actual es una “sociedad acrítica”. En ella los distin-tos grupos económicos, las diferentes clases sociales, fluctuantes y no bien diferenciadas, los diversos gremios, y hasta la academia, entre otros sectores, carecen en absoluto de pensamiento crítico. Además, no tiene proyectos comunes, por mínimos que ellos sean. En segundo lugar, existe un notable abismo entre las instituciones del estado y las realidades económicas y sociales.

     Luego, la pregunta es evidente: ¿Cómo situar al intelectual frente a un contexto caótico como el colombiano? quizás la respuesta sea polisémica, pero a mi juicio conduce a una única posición, nuestros intelectuales no quieren comprometerse con la realidad nacional. Aquellos que pertenecen a un grupo (Editorial, político o académico) tienden a solidarizarse con dicho colectivo y producen entonces una crítica conformista y recalcitrante. Otros, más sutiles, pero igualmente ingenuos, critican a diestra y siniestra, pero no son consecuentes con sus discursos y se tranzan a la primera o esperan ser perdonados por su ingenio.

   Una tercera clase seudointelectual no se ocupa, sencillamente, de su contexto y sigue pensando desde Europa o Norteamérica problemas desgastados, en oposición a la exótica realidad de nuestras provincias. Este es un intelectual extranjero con ínfulas de globalidad, que se siente ajeno a su sociedad y anhela una patria mejor y posee otro idioma, pero no se atreve a cambiar sus circunstancias originales y ancestrales.

     La posición de todos estos supuestos académicos frente a la realidad nacional se manifiesta efectivamente de diversas maneras: son agresivos, indiferentes o despectivos. Pero cualquiera que sea el matiz de su sensibilidad, encontramos en todos ellos una marcada repulsión a situar-se de manera real en un contexto que los reclama por su ausencia. Efectivamente no participan, no piensan el país, ni la región, ni la universidad, y no lo hacen porque su pensamiento se encuentra comprometido con su estomago y no pueden oponerse a lo que pertenecen, o como vulgarmente lo dicen, no pueden patear la lonchera; qué bien les vendría un pensamiento dialéctico, en donde todo es su contrario y la lonchera sirve precisamente para calmar el hambre, no para pavonearse con ella de manera inoficiosa e inútil.

     Desde los griegos, los filósofos y hasta los sofistas eran libres para opinar públicamen-te y ningún hombre podía librarse de su compromiso con la sociedad, de allí que en cualquier sociedad el intelectual deba tomar la libertad como una condición hipotética y provisional. Hipotética por cuanto debe siempre escribir, pensar y reflexionar como si fuera libre y provisional porque toda su obra debe tender a cambiar las condiciones actuales, a mejorarlas o a subvertirlas.

     Coleridge decía refiriéndose a los poetas, que estos debían crear el gusto que los aceptase. El intelectual, en general, no debe solamente crear el gusto que lo acepte, sino crear con su pensamiento las condiciones sociales que lo legitimen. Esto quiere decir, en otras palabras, que su obra debe tender a destruir las ataduras del poder que se impo-nen a la libre expresión de las ideas, cuando esas ideas atentan contra los intereses del poder dominante.

     Cuando se anuncia la falta de participación de nuestros intelectuales en la sociedad y la falta de pensamiento crítico por parte de una academia poco participativa, también se debe tener en cuenta que las mistifica-ciones de nuestros historiadores, las banali-dades de nuestros críticos y las confusiones de nuestros ensayistas, nacen precisamente de la falta de libertad o de la falta de valor para romper el círculo convencional de las mentiras oficiales.

    Nuestra academia ha sentido la tentación de lo que Huxley llama “el esnobismo de la estupidez y la ignorancia”. Este complejo tiene una sintomatología bien característica, pues se inicia por exigir que seamos nosotros mismos, que investiguemos y seamos autó-nomos, pero cuando se llega a la mayoría de edad, se presenta el resto del imperativo y se nos obliga a obedecer; se condena entonces la diferencia y en algunos casos se propende hacia la exaltación paranoica.

     De esta manera, se puede decir que nuestros intelectuales no han podido aún sacudir la opresión del pensamiento, algunos sueñan con repetir la tradición y volver atrás, olvidando que solo el producto de una sen-sibilidad particular y de un conocimiento profundo nos permite estar cerca de la idea de desarrollo. Olvidan la originalidad de un Fernando González, la sagacidad de un Gómez Dávila y la inteligencia absoluta de un Estanislao Zuleta. Estos verdaderos in-telectuales no nacieron de la incompetencia ni de la ignorancia, sino del conocimiento, del estudio arduo y de la reflexión intensa.

     Solamente la debilidad y el miedo buscan el aislamiento, es por esto que nuestros in-telectuales no discuten entre ellos y nuestra academia no propone y se retira, pues ante la falta de líneas claras que separen las si-tuaciones sociales e históricas, el intelectual se debate entre la independencia y la nece-sidad de tener una audiencia. Esto obedece a la misma definición que Edwar Said esta-blece del intelectual contemporáneo: “Para mí, el hecho decisivo es que el intelectual es un individuo dotado de la facultad de re-presentar, encarnar y articular un mensaje, una visión, una actitud, filosofía u opinión para y en favor de un público”. (Said, 1996: 29). La introducción del concepto de lo “público” es peligrosa al referirse a la tarea del intelectual, ya que introduce una serie de condicionantes comprometidos. El inte-lectual corre el riesgo de convertirse en un gran seductor al utilizar los mismos medios que el poder utiliza para crear opinión.

     Para Said, es imprescindible que el intelec-tual se mantenga en el terreno del aficio-nado. Ya que, la profesionalización es un enemigo del sentido crítico porque obliga a mantenerse en un terreno concreto de la sociedad. Son varias las presiones que el sen-tido crítico del intelectual sufre: la primera de estas presiones se llama especialización, que lleva al desconocimiento y desconexión de lo exterior, creando un sentimiento de no pertinencia del juicio; la especialización mata el sentido de la curiosidad y del descubrimiento, elemento propios del in-telectual, en relación a esto el autor señala: “La tercera presión del profesionalismo es la inevitable tendencia al poder y la auto-ridad que muestran los profesionales, a los requerimientos y prerrogativas del poder, a trabajar directamente para el poder como funcionarios”. (Said, 1996: 89).

    Como se ha señalado, la dependencia eco-nómica del poder mediante subvenciones o ayudas para las investigaciones son formas de control de los intelectuales. Los encargos de proyectos de investigación por parte de la industria y el sector productivo acallan el sentido crítico sobre los fines a los que puedan estar destinados los proyectos en el campo social.

     La servidumbre del intelectual a causas de forma acrítica ha dejado en evidencia a muchos de ellos al derrumbarse esas causas históricamente. En este sentido se puede asumir el “non serviam” de Joyce, como negativa a servir a aquello en lo que no se cree. Pero el problema que se plantea para el intelectual contemporáneo es el de las causas equivocadas a las que se sirve de buena fe. Si el intelectual ha de mantener siempre un margen de duda, ¿cómo conver-tirse en ese ser público que reclama, capaz de liderar audiencias y crear opinión? Si al intelectual ya no le cabe el espacio de la ver-dad, ¿qué defender? La conclusión radical es que al verdadero intelectual sólo le cabela vigilancia del poder y la aspiración al contrapoder, en una legítima oposición que evalúe la sociedad con los ojos de la crítica y nos permita la utopía de la justicia social.


Referencias

SAID, Edward W. Representaciones del intelectual. Barcelona: Paidós, 1996