Año 5 No. 6.5 Julio - Diciembre de 2011

Carta a la juventud (1897)


Émile Zola

ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X




¿A dónde van, jóvenes, a dónde van, estudiantes, que corren en grupos por las calles, manifestándose en nombre de sus cóleras y de sus entusiasmos, poniendo a prueba la imperiosa necesidad de arrojar públicamente el grito de sus conciencias indignadas?

¿Van ustedes a protestar contra todo abuso de poder, que haya ofendido la necesidad de verdad y de equidad, ardiente aún en sus almas nuevas, ignorantes del acomodo po-lítico y de la cobardía de la vida cotidiana?

¿Van ustedes a corregir un mal social, a poner la protesta de su juventud vibrante en la balanza desigual donde falsamente es pesada la suerte de los afortunados tanto como la de los desheredados de este mundo?

¿Van ustedes a afirmar la tolerancia, la independencia de la razón humana, a silbar todo sectarismo de la inteligencia, a silbar a los sesos estrechos que hayan querido con-ducir sus espíritus liberados al viejo error, proclamando la bancarrota de la ciencia?

¿Van ustedes a gritar, bajo la ventana de todo huidizo e hipócrita, a gritar su fe invencible en el futuro, en el próximo siglo que llega y que debe realizar la paz del mundo, en nombre de la justicia y del amor?

– ¡No, no! Vamos a abuchear al hombre, al viejo, que después de una larga vida de trabajo y de fidelidad se imagina que puede, impunemente, sostener una causa generosa, que quiere que la luz se haga y que un error sea reparado por el honor de la patria francesa.

***

Ah, cuando era joven, vi cómo temblaba el barrio latino por las fieras pasiones de la ju-ventud, por el amor a la libertad, al odio por la fuerza bruta que abruma los cerebros y comprime las almas. Lo vi, bajo el Imperio, haciendo su valiente obra de oposición, ella misma injusta algunas veces, pero siempre en un exceso de libre emancipación hu-mana. Silbaba a los autores que agradaban en las Tullerías, maltrataba a los profesores que en sus enseñanzas le parecían sospe-chosos, se levantaba contra cualquiera que se mostrara a favor de las tinieblas y de la tiranía. En él brillaba el fuego sagrado de la bella locura de los veinte años, cuando todas las esperanzas son realidades y el mañana aparece como el triunfo seguro de una Ciudad perfecta.

Si vamos aún más atrás en esta historia de pasiones nobles que han provocado a las juventudes de las universidades, siempre la veremos indignarse bajo la injusticia, estremecerse y levantarse por los humildes, los abandonados, los perseguidos; contra los feroces y los poderosos. Ella se mani-fiesta a favor de los pueblos oprimidos, se ha manifestado por Polonia, por Grecia, ha tomado la defensa de todos los que sufren, de todos lo que agonizan bajo la brutalidad de una muchedumbre o de un déspota. Cuando decimos que el barrio latino se ilumina, podemos estar seguros de que había detrás alguna llamarada de justicia juvenil, despreocupada de cualquier atención, haciendo del entusiasmo una obra del corazón. ¡Qué espontaneidad, qué río desbordado y derramado por las calles!

Sé bien que todavía hoy el pretexto es la pa-tria amenazada, Francia entregada al triun-fante enemigo por una banda de traidores. Sólo me pregunto ¿dónde encontraremos la intuición clara de las cosas, la sensación instintiva de qué es cierto, de qué es justo, si no es en las almas nuevas de los jóvenes que nacen en la vía pública, en la que nada debería oscurecer aún la razón recta y buena? Que los políticos estropeados por los años de intrigas, que los periodistas, desequilibrados por todo el compromiso del asunto, puedan aceptar las mentiras más desvergonzadas y se tapen los ojos con enceguecida claridad, es algo que se explica y se comprende. Pero ella, la juventud ¿está corrompida ya? por qué su pureza, su candor natural, no se reconoce de un golpe en medio de errores inaceptables, y no va directamente a lo que es evidente, a lo que es límpido, de una luz honesta a pleno día.

No es una historia simple. Un oficial ha sido condenado, mientras nadie se tomó el trabajo de sospechar sobre la buena fe de los jueces. Ellos lo calificaron según su con-ciencia sobre las pruebas que habían creído ciertas. Después, cualquier día, resulta que un hombre, que muchos hombres tienen dudas, y terminan por ser convencidos de que una de las pruebas, la más importante, la única por lo menos sobre la que los jueces se habían apoyado públicamente, había sido atribuida falsamente al condenado, que aquella pieza era sin duda de mano de otro. Lo dicen y el otro es denunciado por el hermano del prisionero, haciendo uso del estricto deber que tenía de hacerlo; y miren cómo forzosamente tienen que iniciar un nuevo proceso mientras se prepara la revisión del primer proceso, si hay condena. ¿No es esto perfectamente claro, justo y razonable? ¿Dónde había, en todo esto, una maquinación, un oscuro complot para sal-var a un traidor? No negamos que haya un traidor, sólo queremos que sea un culpable y no un inocente quien pague el crimen. Tendrán su traidor de todas maneras, de lo que se trata es de que les den uno auténtico.

¿No sería suficiente con un poco de sentido común? ¿A qué móvil obedecerán entonces los hombres que proseguirán en la revisión del proceso de Dreyfus? Aparten el imbécil antisemitismo que por su monomanía feroz no ve sino un complot judío, el oro judío, y se esfuerza por reemplazar en una cárcel infame a un judío por un cristiano. Esto no tiene fundamento, las verosimilitudes y las imposibilidades se hunden las unas a las otras, todo el oro de la tierra no compraría ciertas conciencias. Se debe llegar a la realidad, que es la expansión natural, lenta, invencible de todo el error judicial. La historia está ahí. Un error judicial es una fuerza en marcha: unos hombres de con-ciencia son sometidos, son atormentados, se dedican cada vez más obstinadamente, arriesgando su fortuna y su vida, hasta que la justicia se haya hecho. No hay otra explicación posible a esto que pasa hoy, lo demás no es otra cosa que abominables pasiones políticas y religiosas, no más que un torrente desbordado de calumnias y de injurias.

¿Pero qué excusa tendría la juventud si las ideas de humanidad y de justicia se encon-traran oscurecidas en ella por un instante? Durante la sesión del 4 de diciembre, una Cámara francesa se cubrió de vergüenza, votando en el orden del día “censurar a los líderes de la campaña odiosa que pone en problemas la conciencia pública”. Digo levantando la voz –para el futuro que, espero, me leerá- que un voto de ese tipo es indigno para nuestro país generoso, que permanecerá como una mancha imborrable. “Los líderes”, esos son los hombres de con-ciencia y de bravura que seguros de un error judicial han denunciado para que se hiciera la reparación, siguiendo la convicción patriótica de que una gran nación en la que un inocente agonice en medio de torturas, será una nación condenada. “La campaña odiosa” es el grito de la verdad, el grito de la justicia que impulsan esos hombres, es la obstinación que ponen en querer que Francia continúe ante quienes la miran, como la Francia humana, como la Francia que hace la libertad y la justicia. Miren bien, con seguridad la Cámara ha cometido un crimen porque ha corrompido incluso a la juventud de nuestras universidades. Miren como está equivocada, extraviada, lanzada por nuestras calles manifestando –algo que no se había visto antes- contra lo que hay de más noble, de más valiente y de más divino en el alma humana.

***

El 7, después de la sesión del Senado, ha-blamos de la ruina de M. Scheurer-Kestner. ¡Ah, sí! ¡La ruina de su corazón y de su alma! Imagino su angustia, su tortura, cuando vea desmoronarse en torno suyo todo lo que ha querido de nuestra República, todo lo que ha ayudado a conquistar en su nombre en el buen combate de su vida. Primero la libertad, luego las varoniles virtudes de la lealtad, la franqueza y el coraje cívico.

Él es uno de los últimos de su generación valiente. Bajo el Imperio supo lo que era ser un ciudadano sumiso a la autoridad de uno solo, mientras se devoraba de fiebre y de impaciencia, con su boca brutalmente amordazada, delante de una justicia de-negada. Vio nuestros defectos, el corazón sangrante, supo las causas, todas producto de la ceguera, de la imbecilidad despótica. Más tarde, ha sido quien ha trabajado de la manera más sabia y más ardiente por levantar al país de sus escombros y por de-volverle su rango en Europa. Él pertenece a los tiempos heroicos de nuestra Francia republicana. Imagino que habrá podido creer que hizo una obra buena y sólida, exterminando para siempre al despotismo, conquistando la libertad, que es sobre todo –para mí- la libertad humana que permite a cada conciencia afirmar su deber en medio de la tolerancia por las otras opiniones.

¡Ah bien, sí! Todo ha podido conquistarse, pero todo está por tierra una vez más. No hay a su alrededor y en él más que ruinas. Haber sido presa por la necesidad de la verdad es un crimen. Haber querido la justicia es un crimen. Ha regresado el horrible despotismo, la más dura de las mordazas está de nuevo sobre las bocas. No es la bota de un César que aplasta la conciencia pública, es toda una Cámara que censura todo lo que ilumina la pasión de lo justo. ¡Prohibido hablar! Los puños aplastan los labios de quienes defienden la verdad, las multitudes se revuelven para reducir al silencio a los aislados. Jamás una opresión tan monstruosa fue organizada, utilizada contra la discusión libre. Reina un terror vergonzoso, los más valientes se han convertido en unos débiles, nadie se atreve a decir lo que piensa por el miedo a ser denunciado como vendido y traidor. Los pocos periódicos que siguen siendo honestos están boca abajo frente a sus lec-tores, que han terminado por turbarse con tontas historias. Creo que ningún pueblo ha pasado por un momento más confuso, más sucio y más agonizante para su razón y para su dignidad.

Entonces es verdad, todo el leal y gran pasado ha debido colapsar frente a M. Scheurer-Kestner. Si aún cree en la bondad y en la equidad de los hombres, no es sino por su sólido optimismo. Ha quedado rezagado cotidianamente en el lodo hace ya tres semanas, por haber comprometido el honor y la felicidad de su vejez, y por querer ser justo. No hay nada mayor que el doloroso desamparo, en el honor de este hombre, que el de sufrir el martirio de su honestidad. Asesinamos en este hombre la fe en el mañana, envenenamos su esperan-za; y si muere dirá: “Ha terminado, no hay nada más, todo lo que hice de bueno se va conmigo, la virtud no es más que una pala-bra, el mundo se ha vuelto oscuro y vacío”.

Para humillar al patriotismo hemos es-cogido a este hombre, que es, entre los de nuestra Asamblea, el último representante de Alsacia-Lorena. ¡Él, un vendido, un traidor, un ofensor del ejército, cuando su nombre hubiera debido ser suficiente para tranquilizar las inquietudes de los más des-confiados! Sin duda él tuvo la ingenuidad de creer que su calidad de alsaciano y su renombre de patriota ardiente era la ga-rantía de su buena fe, en su delicado rol de justiciero. ¿Si él se ocupaba de este caso, no era para decir que la pronta solución le pa-recía necesaria por el honor del ejército y de la patria? ¡Dejen pasar unas semanas más, traten de amortiguar la verdad, de negarse a la justicia, y verán si no nos han convertido en el hazme reír de toda Europa, si no han puesto a Francia en el último rango de las naciones!

No, no ¡las estúpidas pasiones políticas y reli-giosas no quieren escuchar nada y la juventud de nuestras universidades le da al mundo el espectáculo de haber abucheado a M. Scheurer-Kestner, el traidor, el vendido quien insultó al ejército y comprometió a la patria!

***

Sé bien que algunos jóvenes que se mani-fiestan no son toda la juventud, y que una centena de alborotadores en la calle hacen más ruido que diez mil trabajadores, estu-diosamente encerrados en sus casas. Pero los cien alborotadores son ya demasiados. ¡Qué sensación de aflicción hay en que se produzca a esta hora un movimiento semejante, por más restringido que sea, en el barrio latino!

¿Existen, entonces, unos jóvenes antisemi-tas? ¿Hay ya nuevos cerebros, almas nuevas desequilibradas por aquel veneno? ¡Qué tristeza y qué inquietud para el siglo veinte que se va a abrir! ¡Cien años después de la Declaración de los derechos del hombre, cien años después del acto supremo de tole-rancia y de emancipación, nos devolvemos a las guerras de religión, al más odioso y más tonto de los fanatismos! Así se com-prende cómo ciertos hombres juegan su papel, tienen una actitud que guardar y una ambición voraz para satisfacer. ¡Pero los jóvenes, aquellos que nacen y crecen para hacer florecer todos los derechos y todas las libertades, en quienes hemos soñado que resplandecerá el próximo siglo! ¡Mírenlos, ellos, los obreros esperados, miren cómo se declaran antisemitas, es decir cómo comienzan el siglo masacrando a todos los judíos, porque son los conciudadanos de otra raza y de otra ley! ¡Es una bella entrada en el goce, en la ciudad de nuestros sueños, en la Ciudad de la igualdad y de la fraterni-dad! Si la juventud está verdaderamente ahí será para sollozar y negar toda la esperanza y todo el bienestar humano.

¡Oh juventud, oh juventud! Te suplico, sue-ña con el gran trabajo que te espera. Eres la obrera futura, tú vas a poner los cimientos del siglo que viene, en el que depositamos la fe profunda, pues resolverá los problemas de verdad e igualdad, dejados por el siglo que termina. Nosotros, los viejos, los mayores, te

dejamos un formidable cúmulo de nuestros estudios, gran cantidad de contradicciones y de obscuridades puede ser, pero con toda seguridad el esfuerzo más apasionado que nunca un siglo hubiera hecho por el escla-recimiento; te dejamos los documentos más honestos y más sólidos, los fundamentos mismos de este vasto edificio de la ciencia que debes continuar construyendo por tu honor y por tu bienestar. Nos preguntamos ahora qué podría ser más generoso, más li-bre de espíritu, que superarnos por tu amor a una vida vivida normalmente, por tu es-fuerzo completamente puesto en el trabajo, en aquella fecundidad de los hombres y de la tierra que sabrá como es debido hacer avanzar la desbordante cosecha de alegría, bajo un sol resplandeciente. Nosotros te cederemos fraternalmente el lugar, muy felices de desaparecer y reposar de la parte que tuvimos en esta labor, en el buen sueño de la muerte, si sabemos que nos continuarás y que realizarás nuestros sueños.

¡Juventud, juventud! Acuérdate del sufrimiento que tus padres soportaron, de las terribles batallas en las que debieron vencer, para conquistar la libertad que disfrutas ahora. Si te sientes independiente, si puedes ir y venir a tu antojo, decir en la prensa lo que piensas, tener una opinión y expresarla públicamente, es porque tus padres han dado algo de su inteligencia y de su sangre. No has nacido bajo la tiranía, ignoras lo que es despertarse cada mañana con la bota del amo sobre el pecho, no has combatido para escapar del sablazo del dictador, de los pies falsos de un mal juez. Agradece a tus padres, y no cometas el crimen de aclamar la mentira, de hacer campaña con la fuerza bruta, la intolerancia de los fanáticos y la voracidad de los ambiciosos. La dictadura ha terminado.

¡Juventud, juventud! Debes estar siempre con la justicia. Si la idea de la justicia se oscurece en ti, irás a todos los peligros. Pero no te hablo de la justicia de nuestros códigos, que no es más que la garantía de los vínculos sociales. Es cierto que debemos respetarla, pero es una noción demasiado alta, la justicia, aquella que afirma que en principio todo juicio de los hombres es falible y que admite la posible inocencia de un condenado, sin tener que insultar a los jueces. ¿No es entonces una aventura que deba resolver tu pasión inflamada por lo recto? ¿Quién se levantará para exigir que la justicia se haga, si no eres tú que no estás en nuestras luchas de intereses y de personas, que no estás aún trabada ni comprometida con ningún tipo de lucha, la que pueda hablar alto, con toda la pureza y con toda la buena fe?

¡Juventud, juventud! Debes ser humana, debes ser generosa. Por más que nos equi-voquemos, debes estar con nosotros, cuan-do decimos que un inocente sufre una pena espantosa y que nuestro corazón rebelde se rompe de angustia. Cuando admitimos por un solo instante el error posible, en frente de un castigo completamente desmesurado y cuando el pecho se aprieta, las lágrimas corren por nuestros ojos. Es cierto que los guardianes permanecen insensibles, pero tú, tú, que todavía puedes lamentarte, que debes ser tocada por todas las miserias, y por todos los padecimientos ¿Cómo haces para no realizar el sueño caballeresco de defender su causa y liberar al mártir que en alguna parte sucumbe bajo el odio? ¿Quién entonces, si no tu, intentará la sublime aventura y se lanzará a una causa peligrosa y soberbia, teniendo a la cabeza a un pueblo en nombre del ideal de la justicia? ¿No te avergüenza, por último, que sean los mayo-res, los viejos, quienes se apasionan, quienes hacen hoy tu trabajo de locura generosa?

***

– A dónde van, jóvenes, a dónde van, es-tudiantes, que se sacuden por la calles, manifestándose, tirando en medio de nuestras discordias la bravura y la es-peranza de los veinte años?

– ¡Vamos a la humanidad, a la verdad y a la justicia!


Referencias

Traducido del francés por Nicolás Alberto Duque. El nombre original del texto es “Lettre á la jeneusse”, publicado por Zolá en su célebre “J’accuse...!”. E-mail: duquebuitre@gmail.com