Año 3 No. 3 y 4 Febrero - Junio de 2009

La Ominosa Introspección


GERMÁN SARASTY M. (1) GERMANSARASTY@UNE.NET.CO

ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X


Resumen

Richard Rorty advirtió la posibilidad de abordar las ciencias sociales desde la literatura, con la cual comparte un estilo narrativo y anecdótico. Con esa perspectiva se podría emprender el estudio sobre la compleja naturaleza humana, por lo que afirmó: las líneas divisorias entre las novelas, los artículos periodísticos y los ensayos sociológicos se desdibujan. La demarcación entre distintas temáticas obedece a los intereses prácticos al uso, y no a un supuesto status ontológico.

Al respecto presento en “La ominosa introspección” un análisis sobre la novela “El corazón de las tinieblas”2 de Joseph Conrad, en la cual aparece el hombre en situaciones sicológicas extremas.

 



La creencia en una fuente sobrenatural del mal es innecesaria. Los seres humanos somos capaces de cualquier atrocidad.

Conrad

 

La ominosa introspección

Presenta Joseph Conrad en El corazón de las tinieblas no solo un viaje al fondo de la selva virgen africana, en un recorrido lleno de aventuras extremas, de acechanzas permanentes y de terror viviente, sino más bien uno a lo más profundo del ser humano, donde nos muestra su verdadera condición.

En el prólogo a una de las ediciones, Mario Vargas Llosa ubica la génesis del libro en la inhumana explotación que hiciera de sus colonias en África el régimen siniestro de Leopoldo II, la cual disfrazó con un cariz de filantropismo, ejercido por una gran empresa económico-política belga, para permitir de esa manera que la civilización moderna llegara a tan inhóspitos sitios y evitar así que los congoleses continuaran siendo expoliados por los traficantes de esclavos.

Pero lo único que les cambió a esas pobres víctimas fue su explotador, pues ya no lo serían los traficantes árabes, sino los civilizados europeos que establecieron un flujo extraño de mercancías que circulaban profusamente en el puerto belga de Amberes, y que en una dirección embarcaban elementos de “control social” (rifles, municiones, látigos, machetes y deslumbrantes baratijas), pero se recibían grandes cantidades de goma, marfil y resina de copal y, obviamente, entre mayor era el “control” del territorio, más rápido fluía lo útil y valioso.

En ese fascinante y macabro escenario, siendo capitán de la marina mercante (polaco de origen y nacionalizado británico), Conrad fue vinculado por la flamante compañía belga con un contrato de tres años, para hacerse cargo del “Florida”; pero le bastaron seis meses para descubrir la verdadera maldad del ser humano, la cual fue incapaz de resistir, al contrario de quienes la padecían y siguen padeciendo. Al llegar al Congo conoció a Roger Casament, un irlandés que propendía por la justicia de estos olvidados y sometidos pobladores y quien valerosamente denunciaba los atropellos infligidos a los pobres congoleses. Con él convivió quince días y supo de primera mano los infortunios que luego vivenciaría y que serían el germen de su tenebroso relato.

Al respecto, impresiona mucho leer en el libro editado por Jorge Luís Marzo y Marc Roig, en Barcelona (2002), lo relativo a los “Mercenarios y aventureros blancos en África central”:3

Los enfermizos cerebros blancos llegaron, sin embargo, aún más lejos en la elección de los mecanismos para consolidar su poder. Por miedo a rebeliones, a menudo se entregaba a los mercenarios negros un sólo cartucho, que era repuesto únicamente cuando se podía comprobar que había sido usado. Para ello, se les exigía la presentación de la mano derecha del enemigo muerto. Pero ya que los soldados utilizaban también sus armas para la caza o a veces fallaban el tiro en el enfrentamiento con el enemigo, se aprovisionaban de manos procedentes de vivos. Así, la recepción de extremidades de mujeres y niños era normal y aceptada por los señores blancos. Un misionero americano relata este hecho en 1895: “Imagínense, ellos vuelven de un enfrentamiento con los rebeldes, y ustedes ven en la proa de sus canoas un montón de algo. ¡Son las manos de dieciséis soldados enemigos muertos! ¿Soldados, no han visto ahí también las manos de mujeres y niños? Yo sí las he visto”.

 

Otra variante de ese salvajismo humano nos la ofrece Conrad así:

Entonces examiné con mis lentes cuidadosamente cada poste, y comprobé mi error. Aquellos bultos redondos no eran motivos ornamentales, sino simbólicos. Eran expresivos y enigmáticos, asombrosos y perturbadores, alimento para la mente y también para los buitres, si es que había alguno bajo aquel cielo, y de todos modos para las hormigas, que eran lo suficientemente industriosas como para subir al poste. Hubieran sido aun más impresionantes, aquellas cabezas clavadas en las estacas, si sus rostros no hubiesen estado vueltos hacia la casa.4

 

Aparecen en el libro las acciones desarrolladas por la Gran Compañía Belga, exploradora, o más bien explotadora de los valiosos recursos del África ignota, para lo cual no había limites en la inversión, ya que se ve de lejos lo rentable de la operación al cambiar bagatelas, telas ordinarias de chillones coloridos, abalorios, chucherías, etc. por lo más preciado en ese momento, como lo era el marfil, que para que no sonara muy fea la depredación que implicaba su extracción, se camuflaba como “marfil fósil”, pero solamente porque era enterrado por los nativos para evitar su saqueo.

La búsqueda de personal para sus operaciones se limitaba por supuesto a ubicar aventureros ávidos de dinero, que aunque no fácil, sí seguro. Pero las cosas se complicaban a veces, por problemas de salud, pues los sitios de trabajo eran inhóspitos, o por errores en la ubicación de los sitios a explotar, pues a veces los aborígenes podían reaccionar inesperada y agresivamente, o por los métodos usados por algunos de los directores en los sitios más recónditos a los que lograban penetrar; métodos que eran criticados por las directivas cuando no les convenían o que pasaban por alto cuando los envíos eran cuantiosos.

Los contrastes entre la opulencia y la indigencia en los campamentos eran afrentosos, pues mientras los indígenas eran tratados como esclavos, a quienes se les colocaban cadenas (y solamente valían si eran útiles y se desechaban cuando enfermaban o resultaban heridos, pues así solo servían para morir), los empleados llegaban al extremo de vestir como si estuvieran aun en “la civilización”. Veamos cómo nos lo presenta Conrad:

Morían lentamente […] eso estaba claro. No eran enemigos, no eran criminales, no eran nada terrenal, solo sombras negras de enfermedad y agotamiento, que yacían confusamente en la tiniebla verdosa. Traídos de todos los lugares del interior, contratados legalmente, perdidos en aquel ambiente extraño, alimentados con una comida que no les resultaba familiar, enfermaban, se volvían inútiles, y entonces obtenían permiso para arrastrarse y descansar allí. Aquellas figuras moribundas eran libres como el aire, tan tenues casi como él.5

 

Además, aunque estuvieran en el mismo lugar, las diferencias eran tan marcadas que pareciera que los europeos aun estuvieran en sus sitios de origen, de allí lo insólito del espectáculo.

No quise perder más tiempo bajo aquella sombra y me apresuré a dirigirme al campamento. Cerca de los edificios encontré a un hombre vestido con una elegancia tan inesperada que en el primer momento llegué a creer que era una visión. Vi un cuello alto y almidonado, puños blancos, una ligera chaqueta de alpaca, pantalones impecables, una corbata clara y botas relucientes. No llevaba sombrero. Los cabellos estaban partidos, cepillados, aceitados, bajo un parasol a rayas verdes sostenido por una mano blanca. Era un individuo asombroso; llevaba un portaplumas tras la oreja.6

 

La compañía en su sede principal sabía muy bien todo esto, pero lo toleraba como el mínimo precio que había que pagarse por llevar el “progreso” y la “civilización” a esos agrestes sitios. Su actitud de pose filantrópica no le iba con el desempeño de sus representantes en el pleno corazón de la selva, aun si ellos mismos trataran de pregonarlo, aunque fuera como mencionando una utopía: “Cada estación debería ser como un faro en medio del camino, que iluminara la senda hacia cosas mejores; un centro comercial, por supuesto, pero también de humanidad, de mejoras, de instrucción”.7

El primer contacto con esa soberbia empresa marcaba a quien lograba su enganche, pues el esplendor de sus oficinas principales, con toda sus simbología, sus rituales y sus personajes intimidatorios, tenía como fin preparar anímicamente al recién llegado, pues normalmente no se le volvía a ver jamás, por razones obvias (lo obvio lo percibirían en su escogido exilio) y así lo dejaban deslizar en sus entrevistas al referirse eufemísticamente al sitio de trabajo como el allá, a donde ellos no se atreverían a ir, por eso ejercían su poderío por interpuestas personas.

Por los saludos afectados, por lo fuera del lugar de que alguien estuviera como tejiendo la mortaja para el recién llegado, pero próximo en partir, por lo innecesario del ritual en el examen médico de enganche de medir el cráneo del paciente, para luego comprobar su evolución (o regresión) como respuesta a la inmersión en esas tinieblas en otra ocasión, después del regreso que se daba por descontado, todo eso era más bien intimidatorio y hacía sentir al recién llegado como formando parte de una conspiración, como de una impostura, pero ya estaba enganchado y había que continuar.

La descripción hecha de la incursión al corazón de la selva, permite apreciar los ingentes trabajos que deben padecer no tanto los hombres de la compañía, sino más bien los indígenas enganchados unas veces con contratos ilegales, pues no se puede imponer una ley a quien no la propició. Pero es que el hombre blanco no tenía que preguntar sobre su aceptación, era tacita; y los más sometidos salvajemente a la esclavitud.

Era tan escasa la mano de obra que de los mismos indígenas había que escoger para prepararlos en oficios como fogoneros, timoneles, capataces o guardas de seguridad, que debían atentar contra sus hermanos, reprimiendo cualquier conato de insubordinación, a costa de su propia vida. El control por su parte era mantenido bajo una especie de régimen del terror, en el cual todo era permitido, y el escarmiento era la mejor forma de represión, pues ante un hecho anormal, era necesario ejemplarizar para que no volviera a presentarse.

En un medio así marcado por los irregulares contrastes, el clima malsano, la alimentación escasa, las enfermedades tropicales y las amenazas constantes de toda índole, necesariamente alteraban la valoración. Los indios valían por el trabajo de cargueros, los caníbales de remeros, los muchachos de concubinos, los grandes animales por su imponencia; a veces los animales se estimaban más que algunos hombres, y había que encontrar amigos verdaderos.

Ese animal tiene una vida encantada, y eso solo se puede decir de las bestias de este país. Ningún hombre, ¿me entiende usted?, ningún hombre tiene aquí el mismo privilegio.

Me servía de consuelo apartar a aquel tipo para volver a mi influyente amigo, el roto, torcido, arruinado, desfondado barco de vapor […] No era sólido, mucho menos bonito, pero había invertido en él demasiado trabajo como para no quererlo. Ningún amigo influyente me hubiera servido mejor. Me había dado la oportunidad de moverme un poco y descubrir lo que podía hacer. No, no me gusta el trabajo. Prefiero ser perezoso y pensar en las bellas cosas que pueden hacerse. No me gusta el trabajo, a ningún hombre le gusta, pero me gusta lo que hay en el trabajo, la ocasión de encontrarse a sí mismo.8

Unos días más tarde la Expedición Eldorado se internó en la paciente selva, que se cerró sobre ellos como el mar sobre un buzo. Algún tiempo después nos llegaron noticias de que todos los burros habían muerto. No sé nada sobre la suerte que corrieron los otros animales, los menos valiosos. No me cabe duda de que, como el resto de nosotros, encontraron su merecido.9

 

Si bien es cierto, la intervención física del hombre modificó el medio, para adecuarlo a sus necesidades o a sus conquistas. Lo grave acá no fue sólo la intervención en la naturaleza, que de hecho la alteró, sino en sus primigenios pobladores a los que no solo fue arrasando, sino mas bien domesticando y condicionándoles su existir al sometimiento del invasor, a sus propios métodos, como alegóricamente se llamó a la forma de llegarles como lo hizo Kurtz.

El trabajo desempeñado por el personaje era la extracción del oro blanco, el marfil, para lo cual no se escatimaban medios, y además no le interesaba a la Compañía saber cómo lo hacían, pues lo importante era la cantidad que se recibía en las oficinas principales y no la forma de lograrlo. De todas maneras, además de estar muy retirada esa colonia, de estar poblada por indígenas salvajes y peligrosos, cualquier cosa que se hiciera por recuperar los recursos naturales útiles para la civilización era válido, y así lo había comprendido nuestro invasor.

Kurtz había iniciado su trabajo con tal dedicación que comenzó a sorprender primero a sus cercanos colaboradores y luego a sus lejanos patrones, pues el celo que puso en su empeño, la forma como fue ganado ascendiente tanto en los nativos como en los jefes, hizo que poco a poco se convirtiera en una leyenda. Las enfermedades que iban minando a los demás era tal su fortaleza, que las iba superando; los peligros infranqueables los iba evadiendo, las asechanzas de los nativos las iba conjurando, y así poco a poco fue ganando terreno, creándose una aura de dios, pues primero con las armas, desconocidas en el medio, infundió terror, castigó a los opositores y los usó como escarnio, para protección futura. Luego vino la palabra que por su facilidad de expresión hipnotizó a los demás que finalmente terminaron por aceptarlo y cuidarlo, como a su protector. Este fue su gran logro y constituyó paradójicamente su perdición, que le llegó en forma de locura.

Lo creáis o no, el hecho es que su inteligencia seguía siendo lúcida […] concentrada, es cierto, sobre él mismo con horrible intensidad, y sin embargo con lucidez. Y en eso estribaba mi única oportunidad, fuera, por supuesto, de matarlo allí, lo que no hubiera resultado bien debido al ruido inevitable. Pero su alma estaba loca. Al quedarse solo en la selva, había mirado a su interior, y ¡cielos!, puedo afirmarlo, había enloquecido.10

 

Tal vez fue en un momento de alucinación como éste en el que agregó a su brillante informe para la “Sociedad para la eliminación de las costumbres salvajes”, después de describir con detalles para la ciencia sus hallazgos sobre la naturaleza humana de esos “salvajes”, que luego lo endiosarían, la terrible sentencia que se le devolvería para hacerle estragos a su alma, al hacer su ominosa introspección.

Las palabras se desencadenaban allí con el poder de la elocuencia […] Eran palabras nobles y ardientes. No había ninguna alusión práctica que interrumpiera la mágica corriente de las frases, salvo que una especie de nota, al pie de la última página, escrita evidentemente mucho más tarde con mano temblorosa pudiera ser considerada como la exposición de un método. Era muy simple, y, al final de aquella apelación patética a todos los sentimientos altruistas, llegaba a deslumbrar, luminosa y terrible, como un relámpago en un cielo sereno: “¡Exterminad a estos bárbaros!”11

 

Había justificado más para él que para sus congéneres que no los consideraba pares, sino acaso compañeros, que su método mientras funcionara era el adecuado, que la ley era él, que el dios como ya se lo habían hecho saber las tribus, estaba en él y por eso sus ritos de adoración, su rechazo a su partida, pues era de ellos y a ellos se debía, aunque fuera solo para usarlos a su manera, que por demás era la única válida y por eso no dudaba en reafirmarla con sus salvajes actos. Pero todo esto constituía una carga emocional que difícilmente podía seguir siendo soportada por un ser que en realidad no fuera sobrenatural, de allí su derrumbamiento.

Su muerte fue patética y permitió vislumbrar su aciaga existencia, y ese fue su testamento, que por consideración a la fragilidad femenina fue necesario trastocarlo.

Vi sobre ese rostro de marfil la expresión de sombrío orgullo, de implacable poder, de pavoroso terror […] de una intensa e irremediable desesperación. ¿Volvía a vivir su vida, cada detalle de deseo, tentación y entrega, durante ese momento supremo de toda lucidez? Gritó en un susurro a alguna imagen, a alguna visión, gritó dos veces, un grito que no era más que un suspiro: ¡Ah, el horror! ¡El horror!12

 

Pero si las épocas son similares y los sitios parecidos, lo que extraña es que el hombre no haya superado esa barbarie; es como si el aprendizaje fuera necesario y la crueldad digna de ejercer, pues si no cómo se explican los desafueros, si de alguna manera pueden ser calificados, que han ejercido los hombres contra sus semejantes en nuestro país, donde además de ser encadenados por la guerrilla, son vejados como bestias, o cuando se ha profanado su cuerpo, jugando con sus cabezas partidos de fútbol en los campos donde antes eran sus heredades, simplemente como escarmiento, pero con escarnio. Pero, también es válido presentar por su subalterno la mano del jefe guerrillero traicionado, para así poder cobrar la recompensa ofrecida por el gobierno, para estimular la delación (¿o la degradación del conflicto?).

A manera de epílogo que cada vez será necesario ir añadiendo, pues ya vemos “la condición humana”, es insuperable, es válido afirmar que la propuesta de Francis Ford Coppola en su dramática película “Apocalysis now” (1979), recrea la versión de Conrad, ubicándola en una de las interminables guerras gringas. Pero los comportamientos de los protagonistas siguen la misma ruta de degradación del ser humano, en beneficio propio. El método que sirve adecuadamente al comienzo para reprimir al enemigo se desborda, toma facetas diabólicas y la máquina imparable de la guerra sirve para acrecentar el poder y la degradación moral (¿No es lo mismo que nos ha ocurrido en Colombia?). Pero es que las condiciones en las que se desarrollan los escritos de Conrad aun no tienen época superada, ni lugar proscrito, pues siempre aparecerán indochinas, vietnamés, iraks, montañas y fincas colombianas, etc., en donde el ingenio del hombre para la maldad no tiene límite. La realidad supera con creces la ficción en muchos casos.

Para finalizar este escrito, mas no la confrontación entre civilización y barbarie, vale la pena mencionar hechos recientes que indican que el hombre no tiene intención de rectificar su desfogue de maldad, y que no se vislumbra qué podrá detenerlo. A propósito, en Colombia tenemos un detonante de la violencia en el narcotráfico que proporciona el 70% del consumo transable fuera del país, lo cual conlleva a que nos ubiquemos en el segundo “país con mayor número de desplazados en el mundo”, según el registro de ACNUR. Implica, hablando de seres humanos y no de cifras, de tres millones de personas, y como si no bastara tenemos reconocidos más de 552.000 refugiados, lo que nos ubica en el deshonroso tercer lugar en el mundo.

Ahora bien, lo más doloroso es que ya nos acostumbramos a verlos en los semáforos o improvisando su dormida en las aceras, lo que nos cohíbe y obliga a cambiar de andén o a voltear la mirada. La indiferencia ante el sufrimiento de nuestros congéneres, la garantiza nuestra pretendida seguridad de que no es culpa nuestra y que, además, eso no nos pasaría.

Pero, volviendo al África, continente convulsionado por antonomasia, encontramos un foco de barbarie desatada hace más de cinco años, al occidente de Sudán, en Darfur, en donde su presidente con 19 años en el poder, luego de “apaciguar” el sur, pretende lo mismo en esta región, en donde el conflicto lleva décadas. Durante los últimos cinco años de reinado de este presidente Omar Al Bashir, han muerto 400.000 personas y, aunque en menor número que en Colombia, dos millones de desplazados buscan refugio en países limítrofes.

El problema no podía seguirse ocultando, razón por la cual la Corte Penal Internacional ha emitido su orden de captura por “genocidio, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad”. Pero como grandes potencias (EE. UU; China), tienen intereses, pues además de ser el país más grande del África es el cuarto con mayores reservas de petróleo del continente, difícil será frenar ese “civilizado exterminio de salvajes”. Para estos desvalidos, como tuvo recato el ejército para aniquilar a sus hermanos, no hubo duda en apoyar a las milicias paramilitares árabes, quienes a caballo o camello, ejercieron su labor de violarlos y arrasarlos, destruirles sus sembrados y ganado, sumergiendo así la población en una hambruna terrible, que favoreciera el exterminio.

¡Qué vergüenza si la inteligencia sirve solamente para producir grandes textos literarios que nos conmueven en lo más profundo de nuestro ser! ¿Cuál será el último capítulo de “El corazón de las tinieblas”?

Notas

1 Estudiante de la Profesionalización en Filosofía y Letras de la Universidad de Caldas.

2 Conrad, Joseph. (1968) El corazón de las tinieblas. Universidad Veracruzana. México. Primera edición.

3 Marzo, Jorge Luis y Roig, Marc. (2002) Planeta Kurtz. Cien años de El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad. Barcelona.

4 Conrad, Joseph. El corazón de las tinieblas. Págs. 51-52.

5 Ibíd. Pág. 16.

6 Ibíd.

7 Ibíd. Pág. 30.

8 Ibíd. Págs. 26-27.

9 Ibíd. Pág. 30.

10 Ibíd. p. 60.

11 Ibíd. p. 45.

12 Ibíd. p. 62.