Año 3 No. 3 y 4 Febrero - Junio de 2009

¿Para qué Filosofía en Época de Crisis? Rawls (1) y Pogge nos ayudan a responder



ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X




Heriberto Santacruz Ibarra

Profesor del Departamento de Filosofía de la Universidad de Caldas

Se trata de una pregunta demasiado amplia, que puede desplegarse en distintas dimensiones y, dentro de cada dimensión, en distintos planos. En una dimensión individual, se puede tratar, por ejemplo, de una crisis económica, o de una crisis en el estado de salud. También de una crisis sicológica. En cualquier caso, de una desestabilización del equilibrio, para la que la filosofía, tal como la aprendemos en nuestras escuelas, me temo que no sirve para nada. Puede haber otro plano de esta misma dimensión personal realmente importante cuando, por los infortunios de la vida o por el asombro frente a preguntas sin respuesta, adquirimos, en palabras de Pessoa, “conciencia de la inconsciencia de la vida”, plano para el cual la filosofía que aprendemos en nuestras escuelas: epistemología, filosofía de la ciencia, filosofía del arte, filosofía del lenguaje, filosofía moral, filosofía política… tampoco sirve para nada. La que sí podría servir para enfrentar épocas de crisis personales derivadas de la conciencia de lo grave de la vida y de la muerte es la filosofía entendida a la manera de los orientales, o a la manera del ideal del sabio, como en Sócrates o como en los estoicos. Me parece, sin embargo, que no es a esta dimensión a la que se refiere la pregunta, sino a una segunda: a una época de crisis social como la nuestra, abocada a enfrentar problemas que, de no solucionarse, podrían significar el fin de la civilización occidental. Fin de una civilización que no sería el primero, pues muchas civilizaciones han desaparecido antes, pero que, en este caso, podría implicar incluso la desaparición de la especie humana misma, debido, sobre todo, al carácter global de los problemas, tales como la pobreza de tres mil millones de seres humanos, o la rápida contaminación de la atmósfera y del agua o la proliferación de armas capaces de destruir buena parte de la vida en el planeta, problemas –no hace falta mencionar más– cuya fuente cabe atribuir parcial y paradójicamente al dogmatismo positivista que, en palabras de Habermas, no es otra cosa que el renegar de la reflexión.

Aunque la primera dimensión de la pregunta es también interesante, me parece que es en esta segunda dimensión como se ha planteado para discutir en este panel, y la respuesta se puede enfocar desde distintos puntos de vista: Marx, Habermas —y en general, la filosofía crítica de la escuela de Frankfurt. Por otra parte, es preciso limitar aún más la pregunta, y comprender que se trata de una cuestión del campo de la filosofía práctica: filosofía de lo moral, filosofía política, filosofía del derecho, aunque las distintas respuestas exigen hoy contribuciones esenciales de otras ramas del saber, como la antropología filosófica, la economía, la sociología.

 

Tengo la convicción de que la gravedad de la crisis de nuestra época es el resultado final de no haber podido todavía resolver el problema de la justicia, que estaba anunciado ya en un texto tan antiguo como el Parménides, de Platón, en el que Zeus, en el pasaje sobre el mito de Prometeo, preocupado por la posible extinción de la raza humana, ordena a Hermes que entregue a los hombres el pudor y la justicia, precisamente con el fin de evitar tal extinción. Apenas ahora, después de dos mil quinientos años de trabajo filosófico sobre este tema, nos asomamos a una solución plausible gracias al ingente trabajo de J. Rawls complementado por el de sus críticos y contradictores, pero en especial por el de su discípulo y amigo Thomas Pogge.

Hechas las anteriores limitaciones de la pregunta, la abordaré desde el punto de vista de Rawls, quien atribuye a la filosofía política cuatro tareas o papeles.

 

1. Papel práctico

La historia del hombre es una historia de conflictos, de divisiones, de confrontaciones, de guerras, tanto entre sociedades, como dentro de las sociedades. La observación y la reflexión sobre tales conflictos divisivos ha desembocado en la filosofía política, tal como ocurre con las obras de Hobbes, de Locke, de Rousseau, de Montesquieu. Esta primera tarea de la filosofía es entonces, la de observar las cuestiones profundamente disputadas con el fin de descubrir “una base subyacente de acuerdo filosófico y moral” y comprender así en qué no hay ni podría haber un acuerdo. Según esta primera tarea que Rawls asigna a la filosofía política podemos entonces responder claramente la cuestión del panel: la filosofía en época de crisis puede servir para, a partir de la rigurosa observación de los factores divisivos que a ella conducen, encontrar una base de acuerdo, aunque sea mínima y haya que reconocer que no puede ser más amplia.

 

2. El papel orientador

Este es una papel que a nosotros –colombianos– nos cuesta más trabajo comprender, puesto que según lo entiendo, supone haber realizado la primera tarea, es decir el papel práctico. En las mismas palabras de Rawls:

La filosofía política puede contribuir al modo en que un pueblo considera globalmente sus instituciones políticas y sociales, y sus objetivos y propósitos básicos como sociedad con historia —como nación—, a diferencia de sus objetivos y propósitos como individuos o miembros de familias y asociaciones. Además, los miembros de cualquier sociedad civilizada precisan de una concepción que les permita entenderse a sí mismos como miembros que poseen un determinado estatus político —en una democracia, el de ciudadanos iguales— y les permita entender cómo afecta dicho estatus a la relación con su mundo social.

 

Dije que a los colombianos nos cuesta más trabajo comprender este papel porque —sostengo— no somos todavía una sociedad civilizada. Nuestra sociedad no tiene “objetivos y propósitos básicos como sociedad con historia” y, por lo tanto, no los podemos diferenciar de los “objetivos y propósitos como individuos o miembros de familias y asociaciones” que, claro es, sí los tenemos.

Aunque tales objetivos y propósitos básicos como sociedad están consignados en la Carta Constitucional, todos sabemos qué pasa con la misma, que se modifica al antojo de grupos o asociaciones de poder, cuando y como les venga en gana.

 

3. Papel reconciliador

Es este un papel que Rawls retoma del pensamiento de Hegel. Habida cuenta de lo que Rawls denomina pluralismo razonable, es decir de la constatación del carácter irreconciliable de diferencias profundas en las concepciones de los ciudadanos, tanto religiosas como filosóficas, tanto de valores morales como estéticos, es sin embargo necesario reconciliarnos con la racionalidad del acuerdo alcanzado gracias al desarrollo de la primera tarea, mostrándonos el bien y los beneficios políticos que de él derivan.

 

4. El papel de plantear una utopía realista

De acuerdo con esta tarea y en consonancia con el tercer papel, a la filosofía política le corresponde la investigación de los límites de lo practicable, de tal manera que se pueda alcanzar por lo menos una sociedad decente, que llegará a ser tal cuando se alcance un régimen razonablemente justo, por lo cual esta aspiración es utópica. Pero es realista en la medida en que, conociendo los límites del ser humano, no aspira en ningún momento a la perfección, como ocurre en las tantas utopías que terminan siendo un espanto, desde La ciudad de Dios, de San Agustín, hasta la de Un mundo feliz, de Huxley, pasando por las de Moro, Campanella y la de la sociedad comunista de Marx.

Aunque, según pienso, estas cuatro tareas son lo suficientemente claras para responder a la pregunta que se nos ha formulado, son todavía muy generales, y tal como se nos presenta el estado de cosas del mundo actual, es exigente para los filósofos políticos una mayor concreción, que, me parece, la alcanza Thomas Pogge. No entraré en el análisis de las críticas y las diferencias muy importantes que se dan entre ambos pensadores. Tan sólo quiero señalar que Pogge acude a la carta de derechos humanos de 1948 que, firmada por la mayoría de los países, permitiría, por una parte, inducir a su cumplimiento en aquéllos en donde no se cumplen y, por otra, obligar a los países desarrollados a realizar las acciones necesarias para contribuir a que tales derechos se cumplan cuando ello no ocurre por su responsabilidad, para lo cual propone, entre otras acciones, la creación de un Fondo de impacto sobre la salud, que, sin afectar mucho los bolsillos de los países ricos, remediaría de forma rápida el desastre que significa el actual sistema de protección de patentes de los fármacos. O también la reforma de algunas normas de los acuerdos institucionales globales, que tendría un gran impacto en la disminución de la pobreza global, al menos en cuanto depende de las relaciones entre países ricos y pobres, pues queda el que estos últimos tienen que resolver por sí mismos. De mayor alcance es su propuesta de un dividendo global de recursos, que implica una esperanza fundada en un mundo mejor. Pogge se ha tomado el trabajo de hacer una revisión seria de las cifras de los economistas, a la luz de la cual el panorama de la mitad de la población del mundo es todavía más siniestro y desolador de lo que lo veía Hobbes cuando escribió su Leviatán.

¿Llegamos tarde? A veces me temo que sí.