Año 3 No. 3 y 4 Febrero - Junio de 2009

¿Para qué Filosofía en Época de Crisis?


ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X




Adolfo L. Grisales V.

Profesor del Departamento de Filosofía en la Universidad de Caldas

 

Creo que habría que empezar por descomponer la pregunta, en su mera formulación ya estamos dando mucho por supuesto. Primero sería conveniente preguntar ¿para qué la filosofía? y luego ¿qué es lo que se quiere decir con eso de “época de crisis”? Incluso habría que preguntarse por otras dos cosas que insinúa la pregunta, la primera ¿acaso las crisis son de suyo algo negativo que deba superarse? y segunda, asumiendo que las crisis son en efecto algo negativo, ¿que nos autoriza a pensar que la filosofía misma es ajena a la crisis, que no es también responsable de ella, para que la invoquemos como si fuera una posible redención?

Afortunadamente no dispongo del tiempo necesario para elaborar un argumento muy intrincado, así que me limitaré a formular algunas ideas que considero que pueden ser interesantes para la discusión.

La pregunta del para qué se anuda, obviamente, con la de qué es la filosofía. Y creo al respecto que el asunto se ha sobredimensionado y, por lo mismo, se ha malentendido. Pienso que en lo fundamental es acertada la manera como Rorty plantea el asunto: filosofía es lo que hacen los filósofos. Para quienes están formados en el rigor estéril de la lógica se tratará de una definición desesperantemente circular, o de un pragmatismo atroz que liquida toda posibilidad teórica. Pero se trata en realidad de mucho más que un juego de palabras o de una renuncia a los problemas teóricos, esa idea nos permite caer en la cuenta de varias cosas: primero, que la filosofía es algo histórica y culturalmente determinado; de hecho, como nos dice Gadamer, en otras culturas y en otras épocas, no podemos diferenciar entre el filósofo, el sacerdote, el poeta y el científico; la filosofía es como tal un fruto específico de la cultura occidental. Segundo, quiere decir que la filosofía no constituye de suyo un determinado campo del saber autónomo e independiente de los filósofos, y en este sentido puede decirse que resulta más cercana al arte que a la ciencia; en el caso de la ciencia lo que importa es, por así decirlo, la ciencia misma, de allí que tengan primacía los problemas y las teorías sobre los científicos, estos aportan casi que anónimamente a una empresa autónoma y abstracta; en el de la filosofía, en cambio, no podemos separar los problemas de los filósofos ni del horizonte histórico en el que se sitúan, los problemas de la filosofía no existen en abstracto. Respecto de esto creo que es significativo que en la manera como se formula la pregunta del panel se haya modificado en algo sustantivo el verso de Hölderlin, que inicia preguntando “para qué poetas...”; y ahora en cambio estamos preguntando “para qué filosofía...”. Tercero, que la filosofía es algo que hacen los filósofos también quiere decir que, en contra de concepciones mesiánicas o redentoras, la filosofía es poca cosa, o mejor, es otra institución social más, y con esto quiero decir que la filosofía hoy no es más que un campo hiperespecializado del saber, un ámbito profesional, como lo son la física cuántica o la biología marina; lo que aquí se presenta es, a mi parecer, un enorme malentendido, porque una cosa es admitir que todos los seres humanos, aun los iletrados y los más humildes, nos enfrentamos en algún momento a esas preguntas cruciales de la existencia, y otra es pensar que la filosofía es la que tiene el monopolio de esas preguntas y es la que sabe encontrar las respuestas; esa creencia nos ha llevado a pensar que la filosofía es casi una religión, a este respecto siempre me ha llamado mucho la atención que en nuestro programa se sienta una especie de pavor sagrado por la palabra “filósofo”, tanto que no nos atrevemos a darle a quienes estudian filosofía el título de Filósofos sino el de profesionales en filosofía; como si sólo merecieran el título de filósofos los santos o los dioses de este panteón; por su parte en el ámbito de la sicología, por ejemplo, no hay problema en darle a sus estudiantes el título de sicólogos. A propósito de esta concepción mesiánica de la filosofía nos encontramos con otra tentadora línea de argumentación: la de afirmar que el supremo valor de la filosofía reside precisamente en que no sirve para nada, pero por este camino lo que se consigue es reforzar su carácter puramente ideal, se la presenta como la más noble de las ocupaciones humanas precisamente porque trasciende todas las pequeñeces y afanes del mundo práctico cotidiano, resulta ser pues lo más valioso porque no se la puede medir en términos humanos.

Creo, para cerrar ya este punto, que ni la Filosofía, ni la Verdad, ni la Razón, con mayúscula y en abstracto, sean otra cosa que vanas ilusiones que le sirven a un juego macabro de poder para ocultar lo decisivo: que más importante que la Razón, que tener la Razón (y no es gratuito que esto suene como a posesión demoníaca), es ser razonable; que más importante que encontrar la Verdad (como si acaso pudiera estar en algún más allá), es abrirnos a la escucha del otro, entrar en diálogo, partir de la idea de que el otro puede tener razón, y de que la verdad entonces es algo tejido a la palabra en la que se hace posible nuestro encuentro con otros; y que más importante que la Filosofía, como un mero campo disciplinar, es un determinado ethos, un cierto modo de ser y de vivir, de enfrentar la propia existencia y la relación con los otros, uno de cuyos rasgos decisivos es la atenta vigilia para eludir el peligro permanente del dogmatismo.

Pasemos ahora al concepto de “crisis” y a su relación con la filosofía. Y aquí mi pregunta es si allí donde la filosofía cobra algún valor no es precisamente cuando genera alguna crisis antes que cuando pretende resolverla, y en realidad sólo la puede provocar en tanto que “abra” una pregunta genuina, una desgarradura, y no en tanto que proponga reemplazar una determinada verdad, aceptada comúnmente como tal, por otra supuestamente más verdadera que hace de la anterior un simple engaño. Y esa es la línea delgada y sutil que separa a la filosofía de la religión o de cualquier otra forma de fundamentalismo y dogmatismo. Y es en últimas la misma línea que separa a una concepción monoteísta de lo divino, para la que sólo hay un dios verdadero, que lo es en tanto que omnipotente, y cualquier otro no puede ser más que un dios falso, un ídolo, de una concepción politeísta, para la que el encuentro con cada nuevo dios enriquece nuestra existencia y nuestro mundo, y se trata además de dioses cuyo poder está permanentemente puesto en cuestión y es limitado por otros dioses. Lo que hay aquí son por supuesto dos maneras muy distintas de entender la filosofía: una obsesionada con encontrar la única verdad, la omnipotente; y otra volcada a la existencia concreta y atenta a la aparición de nuevos dioses; la primera busca la verdad por detrás de las cosas, la segunda, en cambio, lo que busca es la verdad de las cosas; la primera busca resolver las crisis, liquidar los enigmas, salir de la oscuridad, dar respuestas definitivas y tranquilizadoras; la segunda busca enervar la crisis, sumergirse en la oscuridad porque sólo así se hace patente el brillo del enigma, no pretende el imposible sobrehumano de llevar la vida a la intemperie, bajo la luz enceguecedora del sol, sino habitar la casa, esto es, ponerle puerta y ventanas a la caverna; no quiere respuestas definitivas sino dar con la pregunta precisa, con la que pueda abrir un diálogo íntimo con las cosas; no quiere decir qué son las cosas, no quiere decir la última palabra, antes bien quiere que las cosas le digan quienes son, quiere pedir la palabra, encontrarla.

Así las cosas, creo que eso que llamamos filosofía a partir de la modernidad, que habría devenido en una suerte de religión monoteísta, con sacerdotes, libros sagrados y herejes, no es ajena a la tal crisis a la que hace mención la pregunta del panel. Pero ya dije la palabra maldita: modernidad; ergo, soy “posmoderno” y, por lo mismo, perdidamente relativista. Esa es una manera simplista y equivocada de plantear el asunto, que, en últimas, no hace más que ser consecuente con la lógica del monoteísmo. Pienso que es una gran tontería seguir poniendo las cosas en términos de moderno - posmoderno, analítica - hermenéutica; tal como dice el saber popular, “en todas partes se cuecen habas”, el dogmatismo y el fanatismo pueden florecer en todas partes; creer que la salvación está en la modernidad o en la posmodernidad, en la analítica o en la hermenéutica, es seguir creyendo en la necesidad de salvación, de ser redimidos de nuestra frágil condición, es seguir creyendo que en alguna parte está el “verdadero” dios, y el “verdadero” dios también puede ser “ningún” dios, da igual, ambas son variables de una misma fe en algo definitivo y trascendente. Da lo mismo obsesionarse con la idea de una “vida eterna” o hacerlo con “la muerte”; ambos se olvidan de lo más decisivo, el nacimiento, la vida concreta, la que se va tejiendo entre latido y latido; “para nacer he nacido”, dice el poeta, y dice la filósofa que somos seres natales, no mortales; y de paso vale la pena recordar que precisamente el nacimiento es la crisis decisiva, la única que nos abre a la posibilidad de ser eso que somos.