Año 3 No. 3 y 4 Febrero - Junio de 2009

¿Para qué Filosofía en Tiempos de Penuria?

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ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X




Carlos Alberto Ospina H.

Departamento de Filosofía

 

Hablar de crisis es promoverla, y callar en la crisis es exaltar el conformismo.

Albert Einstein

 

Resulta casi una perogrullada afirmar que el hombre es un ser perpetuamente insatisfecho. Siendo así, es de esperar que siempre lo acompañe un profundo sentimiento de desazón con las cosas como están, consigo mismo y con el mundo, y de esta forma experimenta la crisis. Pocos han creído algo distinto, quizás Platón, aunque solo cuando describió el hombre cavernícola que se satisface con las sombras; el siervo medieval creyéndose rey de la creación o Rousseau cuando habló del hombre como un ser bueno por naturaleza. Pero casi todos los pensadores nos muestran diferentes imágenes del hombre como un ser originalmente abatido y desolado; antes de la conquista del fuego, expuesto a las inclemencias del tiempo y al acecho de las fieras y, desde siempre, víctima del pavoroso poder de la naturaleza y, lo que es peor, de la injusticia y la violencia que sobre él ejercen sus propios semejantes. La corrupción de los individuos y las costumbres y el deterioro de las instituciones creadas para vivir mejor en sociedad, parecen configurar hoy en día la crisis de la que hablamos. Pero en todas las épocas el hombre ha enfrentado crisis; no es, entonces, un mal que hoy en día nos haya caído solo a nosotros. Aún más, aquí se quiere defender la tesis según la cual lo propio de la naturaleza humana es mantenerse en medio de la crisis y el tiempo del hombre siempre es tiempo de penuria, por ello su capacidad de pensar surge de todo impulso vital que busque sobreponerse a ella.

La única vez que no estuvo en crisis fue durante el extrañísimo y corto tiempo transcurrido en el paraíso antes de la caída, pero todo indica que aquella vez en la que aparecieron esas criaturas sin deseos, aún no eran verdaderamente humanas. La falta cometida por el primer hombre y la primera mujer fue haber comido el fruto prohibido del árbol de la ciencia del bien y el mal; después de ello “abriéronse sus ojos”, vale decir, obtuvieron, así, de manera ilícita, el conocimiento. El saber, entonces, constituye algo semejante a la cura de la aflicción que causó la expulsión del paraíso; desde ese momento el hombre nunca ha podido tener sosiego y, con el trabajo, todos los días tiene que luchar por moldear el mundo a la medida de sus deseos, en los que jamás deja de pensar, porque vivir es desear y, así, vivir y pensar es lo mismo. Sin embargo, el abatimiento humano no debe atribuirse a su expulsión del paraíso, sino que es constitutivo de su propia condición mortal.

Platón y Aristóteles consideraron al hombre un ser que desea y ama saber por naturaleza, buscando aproximarse así a la condición divina. Como los dioses nada necesitan, no desean, pero tienen sabiduría; mientras que los hombres, al carecer de sabiduría, sí desean saber, además porque necesitan saber para vivir. Nietzsche habló de una fuerza dionisíaca, indomable, natural, donde todo es uno, unidad que se rompió en mil pedazos. El principio individuationis fue un desgarramiento doloroso de esa unidad, pero necesario para el surgimiento de los individuos. Y en cada uno queda gravada para siempre la necesidad de retornar a la unidad perdida. Freud ve al hombre movido ante todo por la pulsión de muerte que la pulsión de vida intenta en vano domeñar. Para Heidegger el hombre es constitutivamente preocupación, inquietud, desasosiego. Siendo así jamás está satisfecho con lo que es ahora, la inquietud no permite a la existencia disolverse en su presente y ella proviene, más bien, de una tensa relación con el tiempo. Cuando la tensión es liquidada en beneficio de un pasado o un futuro vistos como realidades fijas que nos lleva a lamentar el paso de uno y a angustiarnos por la incertidumbre del otro, es cuando nos abate la desazón. Este aburrimiento se da cuando no hay nada intenso, que es una forma poco creativa como se manifiesta del desasosiego al que pertenece el hombre. Cuando vemos el pasado y el futuro como posibilidades abiertas y flexibles, no como realidades, es cuando nuestra historia se vuelve fuente de valiosas experiencias para la vida, y nuestros sueños les imprimen sentido y fuerza a lo que hacemos en el presente.

George Steiner en un pequeño libro titulado Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento, nos recuerda que Schelling, entre otros, atribuye a la existencia humana una tristeza fundamental, ineludible y su vida es un perpetuo esfuerzo por escapar de la pesadumbre y de la congoja, vale decir, es el intento por ser feliz. Resultado de sus empeños son las creaciones culturales: el saber común, la religión, el arte, la filosofía, la ciencia, la técnica. Todas son formas de dar vida, de mostrar sensiblemente a los demás sus fantasmas, sus deseos hechos materia, encarnados en acciones, creencias, ideas e imágenes del mundo. Y todas esas formas están atravesadas por el pensamiento; ningún ser humano mientras vive puede dejar de pensar y de querer ver convertidos en realidad sus pensamientos. Es la manera de sentirse feliz; aunque no sabemos propiamente en qué consiste la felicidad, aceptamos con Aristóteles que ella es la capacidad de actuar y la posibilidad de poder luchar por lo que deseamos. Ni es la felicidad inocente del paraíso perdido, ni la felicidad prometida por fuera o más allá de la existencia.

Hans Blumenberg dice: “Podemos sentirnos felices de no saber que es la felicidad. Si lo supiéramos, podríamos estar seguros de que nadie la alcanzaría, porque todos querrían tener lo mismo”. Dado, entonces, que no sabemos lo que es la felicidad, cada uno intenta llegar a ella a su manera, por eso la humanidad se llega a convertir en la especie caracterizada por poseer la más asombrosa variedad de ensayos para ser feliz, todos los cuales forzosamente deben atender al hecho de que sin hacer feliz a los demás será imposible ser feliz a su manera. Cada ser adopta un modo de ser de donde parte para enfrentar la crisis y cada modo de ser vale tanto como los demás; cada uno tiene su manera particular de actuar en el mundo, de pensar y soñar el mundo. Así que interrogar ¿para qué la filosofía en épocas de crisis?, es equivalente a preguntar ¿para qué el arte, para qué la ciencia, para qué la religión? Si estas otras actividades no merecieran también ser interrogadas en el mismo sentido sería asumir que ellas si están enfrentando la crisis, mientras que la filosofía no. Quizás cuando se le interroga a ella tan enfáticamente, es porque la suponemos un saber especialmente dotado para ver mejor que cualquiera otro lo que hay que hacer en momentos de crisis o de barbarie como la que vivimos ahora. Pero no es así. El valor de la filosofía radica en que posee herramientas y recursos racionales tal vez mayores y más ricos que aquellos de los que disponen los demás intentos por ser feliz, pero no porque esos recursos resulten más iluminadores que otros, por ejemplo, que los del arte e incluso que los de la sabiduría práctica. Son recursos distintos que a veces nos entregan fantasías y “versiones del mundo”, como diría Nelson Goodman, muchas veces mejores que las del político, el científico o el técnico, pero otras veces son peores y posiblemente con consecuencias más terribles.

Hoy preguntamos ¿para qué la filosofía en épocas de crisis?, y respondemos para acompañar a los demás realizaciones humanas en la búsqueda de ficciones, fantasías y fábulas de una vida buena, de un mundo mejor para todos. Y ella es valiosa en épocas de crisis justamente porque sus elaboraciones son distintas, son críticas, y no las mismas de la ciencia o la técnica. Un elemento sobresaliente de la indigencia en que estamos es precisamente que la filosofía haya terminado por creer que nada aporta para enfrentarla si no interviene de modo práctico en los asuntos críticos y si, y ello es su peor penuria, toma como paradigma de corrección el proceder de la ciencia, porque acaba convencida de que el asunto es la verdad de los hechos, y no comprende que los contenidos de la ciencia también son versiones del mundo o que —como dice Steiner— los seres humanos no podrían resistir sin lo que Ibsen llamó “las mentiras de la vida”.

Un pensamiento limitado a proposiciones lógicas, óptimamente expresado de forma no verbal, o a realidades demostrables, sería locura. Inventamos modos alternativos de ser, otros mundos, utópicos o infernales. Reinventamos el pasado y “soñamos hacia adelante”, para esto está la filosofía. Si creemos que con ella o con el arte, por ejemplo, se hace lo mismo que con la ciencia y la técnica, entonces, si cabe preguntar ¿para qué la filosofía?, ¿para qué el arte?

Pero la completa veracidad, la completa transparencia de pensamiento solo pertenece a los animales. El hombre miente, crea, concibe y representa ficciones para la felicidad, como algo inherente a su naturaleza humana, dice Steiner. Si aceptamos, con él, la tesis, esbozada al comienzo, de que el pensamiento es estrictamente inseparable de una “profunda e indestructible melancolía” (Schelling), de una pesadumbre que es así mismo creativa y que “la existencia humana, la vida del intelecto, significa una experiencia de esta melancolía y la capacidad vital de sobreponerse a ella”, entonces la vida del mundo noble y distinguido no es, en realidad, otra cosa sino “una permanente lucha desesperada contra el tedio y la tristeza” (Schopenhauer). Para Odo Marquard el hombre no es perseguidor de metas, sino más bien alguien que escapa de sus defectos; el hombre es primero un chapucero que, secundariamente, debe hacer una cosa en vez de otra cosa.

En este sentido la antropología filosófica puede ser definida como la filosofía del “en vez de”. Quien dijo que ¿lo que cada uno de nosotros hace, piensa y dice es lo que en verdad hay que hacer? Uno hace y se identifica con lo que mejor interpreta sus deseos y lo que sueña que debería ser el mundo, con lo que mejor nos sienta. Por ello la filosofía debería entregar contenidos, imágenes de pensamiento que sirvan como motivos para conversar con los demás sobre la realidad y el mundo, nuestro y el de los otros; pero ninguna escuela tiene porque imponer “su” versión como la única correcta y verdadera. Dos hermanas, Scheherezada y Doniazada, salvaron su dignidad y sus vidas contando cuentos, inventando historias; ¿por qué, entonces, no esperar que la filosofía aporte mucho a la felicidad del hombre asumiendo que sus teorías no son tan trascendentes, tan serias y ceremoniosas con la verdad racional como para no afectar el tráfago de la existencia misma? Se decía que “al ponerse el sol, Sócrates cantaba”, vale decir, al verse libre de la pesada obligación de tener que cuidarse de hablar siempre sabiamente, de nunca mentir, de tener que estar cuidando el bien de la ciudad o enseñando cosas interesantes y edificantes, pudo dedicarse a disfrutar de las apariencias sensibles del mundo que le permiten gozar también de sus sentidos, vale decir, de su existencia mortal y finita. Que a la tristeza constitutiva de lo humano no le agreguemos la tristeza del pensamiento.

¿Qué nos hace pensar que sólo la filosofía o la ciencia podrían dar salidas originales?, que ¿nuestras ideas y creencias son más correctas que otras?, ¿que todos los infinitos intentos de solución que la humanidad ha dado son un fracaso y nosotros si podríamos, por fin, tener la respuesta adecuada? La crisis está en nosotros y la barbarie del mundo refleja los intentos de hallar felicidad sin contar con los demás, de acallar sus distinta versión del mundo, de imponerles “nuestros sueños” sin acoger sus fantasmas, sin atender a que el suyo es un modo de existir y ser, diferente, pero no peor o mejor que el de nosotros. Aunque tampoco se trata de ir aceptando las acciones de los otros que nos causan daño y afectan la vida social; recordemos que el propósito es ser felices con los otros, no a costa de ellos y, por tanto, nadie tiene derecho a buscar la realización de sus aspiraciones a costa de la existencia de los demás. En este sentido la crisis también está en los otros (“el infierno son los otros” decía Sartre) y es cuando la filosofía en época de penuria es necesaria para enfrentar críticamente las soluciones que los demás individuos o sistemas de poder quieren “imponer”, y para evaluar autocríticamente las nuestras.

Si casi todo se ha dicho y se ha intentado, ¿por qué entonces no procurar que no nos agobie demasiado el afán de tener pensamientos e ideas “originales”? Es mucho más importante, y esto en verdad si transforma el mundo, saber decir lo que sabemos o poder comunicar la manera como hemos logrado escapar, las veces que hemos podido hacerlo, de la tristeza constitutiva que nos acompaña. La originalidad está en el lenguaje, en el decir, en la expresión y es de ahí de donde brotan, con el saber común, las religiones, el arte, la filosofía y las ciencias; las distintas imágenes, estilos, pensamientos y singulares modos de narrar las múltiples experiencias vividas, porque en el corazón de la crisis misma también está que las experiencias vividas son reemplazadas por teorías sobre esa experiencia y por ello nos vemos obligados a tener que depender del saber de expertos, como los de las modernas ciencias “cognitivas”, para que nos diga qué nos pasa a nosotros y cómo debemos actuar en el mundo. Expertos del lado racional, los asesores y técnicos, y del lado irracional, los brujos, adivinos y consejeros espirituales de todo tipo.

¿Para qué, entonces, filosofía en época de crisis? Para que nos enseñe de nuevo a pensar, asumido como un oficio más simple, menos publicitado y útil que el de la ciencia y la filosofía profesional. Este pensar, más alegre y jovial, no está sólo al servicio del conocer sino también de la existencia individual y social del hombre; no tiene demasiado prestigio, ni impresiona tanto como el pensamiento calculador; no sirve para salir adelante en los negocios, no aporta nada útil y, sin embargo, transforma el mundo. ¿En qué lo transforma? El pensar transforma las cosas cotidianas y familiares en un enigma, descubre la hondura y oscuridad de las cosas cuando son en verdad las cosas del hombre; pensar es retornar a la fuente de todo pensamiento, al asombro mismo de cuyo fondo brotan las cosas que tienen sentido para lo que cada uno de nosotros hace. Este pensar no produce nada técnico y, sin embargo, es acción porque es el modo de ser más fundamental en el mundo; es amar las cosas y las otras personas por las que uno vive, por eso uno piensa tanto en aquello que ama. Cuando las cosas de consumo se malogran o se extravían sólo se lamenta el dinero que se perdió, pero no la pérdida de las cosas mismas, pues ellas pueden ser reemplazadas sin ningún problema. Pensar es habitar el mundo y el mundo se habita descubriéndolo como el lugar de todas las posibilidades de ser; descubrimiento que también es obra del pensar, pues éste muestra lo que cada cosa es para el hombre, el ser de cada cosa. Y es aquí justo cuando poetas y pensadores terminan ocupándose de lo mismo.

Notas

1 Publicado originalmente en la Revista ALEPH; Nº 149, año XLIII, pp. 12-18. ISSN: 0120-0216. Manizales, Abril-Junio de 2009.