Año 3 No. 3 y 4 Febrero - Junio de 2009

¿Para qué Filosofía en Época de Crisis?


ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X




Pablo R. Arango

Profesor del Departamento de Filosofía

Universidad de Caldas

 

A mí dadme las cosas superfluas, que cualquiera puede tener las necesarias.

Oscar Wilde.

 

El instinto filosófico primario, ante una pregunta, consiste en analizarla en lugar de responderla directamente (lo cual es una manera eufemística de no responderla). En este caso, sin embargo, voy a intentar una respuesta directa: la filosofía no sirve para nada, ni en época de crisis ni en época de prosperidad. Respuesta que no dice nada nuevo y que quizá no diga nada en lo absoluto (ya Aristóteles había sugerido que la filosofía es la más inútil, y por eso mismo la más importante de las ciencias).

Ahora que ya contesté, quisiera darle salida al instinto primario: el problema con la pregunta es que no está claro lo qué sea una crisis. Una de las primeras asociaciones mentales de la palabra es ‘problemas graves’. Pero entonces la cosa es todavía más confusa, puesto que uno se pregunta cuándo no ha habido problemas graves. Aunque, aun aceptando esta inevitable vaguedad, se puede ver por qué la filosofía es completamente inútil. Normalmente, un problema grave requiere expedientes mucho más visibles que las ideas: un buen armamento, un nutrido y bien entrenado escuadrón de artillería, canales de televisión; y, en casos menos masivos, una dosis apropiada de antidepresivos, una suma considerable de plata, una cantidad adecuada de licor o de algún estupefaciente; o un buen abogado penalista.

Pero también dentro de la filosofía ha habido quienes dicen que esta peculiar actividad intelectual tiene unos réditos contantes y sonantes. Aún más, en esta vertiente hay quienes mantienen que una filosofía que no tenga tales consecuencias, no vale la pena. Tal vez la expresión más famosa de estas pretensiones sea la frase de Marx:

“hasta ahora los filósofos sólo se han ocupado de interpretar el mundo, pero lo que hay que hacer es transformarlo”. Seguramente Marx tenía razón en parte, puesto que, por lo menos la filosofía tal y como se practica y enseña hoy en las universidades, no sirve en absoluto para el tipo de transformaciones en las que pensaba él.

En una famosa metáfora, Hegel sugirió que la filosofía es como el Búho de Minerva, que llega cuando ya ha caído la tarde. En cierto sentido, es así, y esto explica lo que hay de verdadero en la idea de que la filosofía es inútil. Las preguntas filosóficas aparecen en los límites de nuestra comprensión, allí donde nuestras formas más prácticamente exitosas de pensar no pueden decirnos nada. Piénsese, por ejemplo, en el viejo y venerable problema de la existencia de Dios. Si el asunto se redujera a construir un telescopio lo suficientemente potente, o algo por el estilo, podríamos tranquilizarnos con la convicción de que es cuestión de esperar con paciencia. Pero sabemos que no es éste el problema. Sabemos también que podemos continuar viviendo sin una respuesta concluyente y, si somos lo suficientemente francos, sabemos que no puede haber una respuesta tal. Naturalmente, una actitud comprensible en este caso es declarar la vacuidad del asunto, y fustigar nuestro entendimiento para dejar de plantearnos la pregunta.

Quizá la pregunta de qué es la filosofía no tenía el mismo significado antes del surgimiento de las universidades modernas y la especialización de las disciplinas que fue una de las consecuencias de la expansión de tales instituciones. Piénsese, por ejemplo, en Sócrates, Platón o Aristóteles. Es probable que la aplicación del término ‘filósofo’ en estos casos, tal como lo usamos hoy sea, en cierto sentido, un anacronismo. Hay diferencias tan obvias que su enumeración parece pura pedantería: no había revistas especializadas, ni siquiera había imprenta, ni universidades, ni profesiones o disciplinas tal y como hoy las entendemos; un mismo individuo podía descollar en lo que hoy estaríamos tentados a denominar física, poesía, ingeniería, matemáticas, y un largo etcétera. De hecho, esto fue así hasta muy entrada la era moderna. Piénsese, por ejemplo, en el estereotipo del sabio renacentista, o en figuras concretas como Descartes, Leibniz o Hume. A pesar de que ya había universidades en su época, ni Descartes ni Hume enseñaron allí. Descartes dice de sí mismo, no sin ironía, que es “un poco versado en geometría”. Leibniz descubrió el cálculo infinitesimal al mismo tiempo que Newton; fue alquimista, diplomático, físico y bibliotecario, entre otras cosas. Pero su caso no es único en la época. Locke fue médico de profesión, escribió su obra filosófica más importante por una casualidad, e intervino activamente en política por gusto. La obra que le dio la fama literaria a Hume fue una historia de Inglaterra, mientras sus obras filosóficas pasaron casi desapercibidas durante su vida.

Menciono estos tópicos con la intención de desvanecer cierto prejuicio de nuestra época, según el cual la filosofía es, estrictamente, una actividad profesional que es realizada únicamente dentro de ciertos círculos profesionales, por personas que han sido específicamente entrenadas para ello. Esta imagen refleja en cierta medida lo que ocurre actualmente pero, estrictamente hablando, es una grosera simplificación. Desde luego que hay diferencias entre disciplinas, pero todavía hay un sentido importante en el que la mayoría de los seres humanos hace filosofía, un sentido en el cual no se puede decir lo mismo de la física o la astronomía.

Para poner ejemplos perspicuos: probablemente tres de los filósofos más importantes (o quizá los más importantes) de Colombia sean Fernando González, Estanislao Zuleta y Nicolás Gómez Dávila. Tres bárbaros, antiacadémicos, aficionados. Es probable que la obra de estos tres tenga y siga teniendo mucha más influencia en la cultura que toda la industria editorial de profesores y profesionales que año a año contribuimos al calentamiento global convirtiendo árboles en papel de revista indexada por Colciencias. Aquí se aplica perfectamente una variante de la sentencia de Nicolás Gómez: “en filosofía, el trabajo del profesional consiste en analizar la obra del aficionado”.