Año 3 No. 3 y 4 Febrero - Junio de 2009

¿Para qué Filosofía en Época de Crisis?


ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X




Jaime A. Pineda

Profesor del Departamento de Filosofía

Universidad de Caldas

 

¿Para qué filosofía en época de Crisis? Es preciso tomarse la pregunta. Allanarla, dislocarla, multiplicarla, diseminarla. Herirla. No dejarse atormentar por el eco romántico de sus palabras, no dejarse abrumar por el gesto poético de sus movimientos, no dejarse alterar por el Hölderlin que, sabemos, la soporta soterradamente.

En 1806 el poeta debe ser internado en el asilo de Tubinga. Constantes crisis mentales lo confinan a la fisura opaca y vacía de sí mismo. Voz exaltada. Hölderlin no teme ser aniquilado por lo sagrado:

“Medito, y me encuentro como estaba antes, solo, con todos los dolores propios de la condición mortal, y el asilo de mi corazón, el mundo enteramente uno, desaparece; la naturaleza se cruza de brazos, y yo me encuentro ante ella como ante un extraño, y no la comprendo”.

 

Hölderlin no teme hacerse la pregunta. Arrojado al resplandor velado de lo sagrado, solo, con todos los dolores propios de la condición mortal, asilado en sí mismo… un pobre mendigo cuando se pone a reflexionar… un extraño; un paria que vaga en la tierra, ora como griego navegante, ora como judío errante, ora como caballero andante. Voz exaltada. De nuevo una crisis nerviosa. Hölderlin se envuelve en un manto de palabras cuando todavía hay mundo: “… tronando vienen entonces ellos después. Mientras tanto pienso a menudo que mejor es dormir, que estar así sin compañeros, que aguantar así, y qué hacer entre tanto y qué decir, no lo sé…”

Pausa. Qué hacer, qué decir, no lo sé. Entre tanto, no lo sé. El momento de la transgresión en Hölderlin. No hacer, no decir. Y como en Fernando Pessoa aceptar: el máximo movimiento es la quietud, el mayor lenguaje es el silencio. Hölderlin desconoce el porvenir de su elegía. No hace. No dice. Lentamente se está gestando la pregunta. Hölderlin tiene algo entre manos. Entre tanto no lo sé. Una distracción. Una fuga… Re-pasa su estrofa:

“… tronando vienen entonces ellos después. Mientras tanto pienso a menudo que mejor es dormir, que estar así sin compañeros, que aguantar así, y qué hacer entre tanto y qué decir, no lo sé…”

 

Falta algo. Es preciso cerrar este movimiento. Algo. Una pregunta. Alguien. Una pregunta… mejor es dormir… aguantar así… tronando vienen… ¿quiénes? Los dioses… Dionisos… tronando vienen… la callejuela iluminada… la noche… la extranjera entre los hombres… Hölderlin re-pasa una y otra vez su estrofa. La manera como su elegía toma cuerpo. Y qué hacer entre tanto, y qué decir, no lo sé… Hölderlin prepara su pluma. Se sienta. Un esfuerzo más. Re-pasa por última vez y añade, enmienda, para siempre, el extraño origen de la pregunta que hoy nos convoca…

“… tronando vienen entonces ellos después. Mientras tanto pienso a menudo que mejor es dormir, que estar así sin compañeros, que aguantar así, y qué hacer entre tanto y qué decir, no lo sé. Y para qué poetas en tiempos de miseria…”

 

A riesgo de volver a perec(s)er, no dejarse inquietar por las respuestas. No responder. Más bien, guardar silencio. Dejar que la pregunta pase y se desborde. No olvidar que Heidegger mantenía una extraña relación con la misma:

“Apenas comprendemos hoy la pregunta. ¿Cómo queremos comprender ya la respuesta dada por Hölderlin? (...) La palabra tiempo significa aquí una era, a la cual pertenecemos también nosotros”.

 

¿Para qué filosofía en época de crisis? Más bien ¿Para qué poetas en tiempos de miseria? ¿Para qué filósofos en tiempos escasos? ¿Para qué filosofar en tiempos de penuria? ¿Para qué filosofar después de Auschwitz? Desdoblar la pregunta. Volverla otra hasta confundirla. Hacerla re-sonar entre sus signos de interrogación. Asumir estos signos como límites infranqueables. No prescribir la labor del filósofo. Dejarlo al devenir incierto y azaroso de sus propias creaciones. Más aun, en tiempos en que la pregunta se presenta cargada de narraciones posibles. Lo cierto es que la pregunta que interroga el para qué de la filosofía proviene de un verso que interroga el para qué de los poetas. Y el poema, como pensaba Maurice Blanchot, parece ligado a una palabra que no puede interrumpirse, porque no habla: es.

Pensadores un esfuerzo más… por comprender la pregunta… por comprender no la ausencia de sentido sino la necesidad de tener sentido. Por escuchar en la voz del poeta, la exigencia de pensar en un tiempo que-da-que-pensar. Hölderlin se infiltró en la filosofía. Es preciso escucharlo de nuevo: “Cierto que es estrechamente limitado nuestro tiempo de vida, y el número de nuestros años los vemos y contamos, pero los años de los pueblos ¿los han visto ojos perecederos? Aun si el alma sobre tu propio tiempo nostálgica vibre, doliente quedas tú en la fría ribera donde los tuyos, y jamás los conoces”. En la voz del poeta se expresa la finitud del hombre. El hombre es un SER FUGAZ. Un acontecimiento que tiene lugar entre lo que perdura y lo que se desvanece. Fugaz permanencia. ¿Qué podemos decir de la época ante esta implacable disolución? “Lo que fuimos ya no lo seremos. Y la imagen, que oscilante, construimos, el yo que nos define, en cualquier momento se estalla, como personaje que es de una ficción. La vida”. Despojado de toda eternidad, el hombre acaece. En la voz del poeta se expresa la muerte del hombre. Ante sus propias limitaciones, el hombre no es más que un desgarrón, un desgarramiento. “Cierto que es estrechamente limitado nuestro tiempo de vida…” Dice el poeta. Como epifanía pasajera, la eternidad es esquiva para los mortales. Exclusiva propiedad de los dioses. Las formas de la existencia son maneras de lo efímero. Sentimos la nostalgia. El hombre es un tránsito entre el ser y la nada. Se transforma. Porque la vida de los hombres no está libre de sus figuras y configuraciones. Se hace y se deshace. Se aploma y se desploma. No quedan más que vestigios del perecimiento, de las muchas finitudes que componen una época. La imagen del mundo moderno es el desencantamiento. Una sombra que se posa sobre el orden y el desorden… “Esta será siempre la sombra invisible que cae sobre todas las cosas cuando el hombre ha devenido sujeto y el mundo imagen” pensaba Heidegger.

De su escritura brotan sin descanso la transgresión y lo sublime, el horror y la nostalgia. Ser para padecer. Perecer. Hölderlin re-signa el mundo y se resigna ante la época del mundo. Poéticamente sabe que somos seres de paso… y su verso nos dice: y el número de nuestros años los vemos y contamos… y su pregunta nos aterra: pero los años de los pueblos ¿los han visto ojos perecederos? Sólo nos es dado el testimonio de nuestras propias vidas. Cada uno de nosotros está dotado de ojos perecederos, incapaces estos, por su finitud, por su limitado tiempo de vida, de contemplar los años de los pueblos, que son los años de una época. Testigos de finitudes insustanciales, los hombres nos resignamos ante la aurora y el ocaso de nuestras miradas. Y así, ante otra inquietante pregunta, los hombres no tenemos más opción que interpelarnos entre los signos que nos interrogan sin aventurarnos a respuesta alguna: ¿Para qué poetas en tiempos de miseria? Pero los tiempos de penuria y escasez ¿los han visto ojos perecederos?

Jean Luc Nancy aludió a esta tensión. Trató de escuchar la exigencia de un poeta en el sonido ronco y el aliento entrecortado de sus comunidades desobradas. Buscó la filosofía en Auschwitz y después de Auschwitz en el canto de Salvatore Quasimodo, porque los poetas no olvidan. ¿Y para qué filósofos en tiempos de miseria si ya existen los poetas que no olvidan estos tiempos?

Allá los campos de Polonia, la llanura de Kutno con las montañas de cadáveres que arden en los nubarrones de gasolina, allá las alambradas de púas para la cuarentena de Israel, la sangre entre los desechos, el exantema tórrido, las cadenas de pobres muertos desde hace ya largo tiempo, abatidos sobre las fosas que cavaron con sus propias manos, allá Buchenwald, el apacible bosque de hayas, sus hornos malditos; allá Stalingrado, y Minsk sobre los pantanos y la nieve putrefacta. Los poetas no olvidan.

Elias Canetti