Año 3 No. 5 Julio - Diciembre de 2009

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ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X


Resumen

La mayor parte de las reflexiones sobre lo político se encuentran, en la historia del pensamiento sociológico y filosófico del siglo XX, atravesadas por el problema de la autoridad. A pesar de ello, en la mayoría de los casos –como bien lo expresara Hannah Arendt- no ha existido una preocupación suficientemente seria por determinar y distinguir claramente qué significa la ‘autoridad’ y de qué manera logra su concreción en formas específicas de gobierno, a saber: aquellas que habrán de denominarse como autoritarias y que comúnmente se suelen identificar, de manera errónea, ya con formas tiránicas de gobierno, ya con formas totalitarias. Palabras clave: Autoridad, poder pastoral, hermenéutica del sujeto, historia eclesiástica



Hannah Arendt opone un determinado concepto de autoridad a una supuesta tergiversación del mismo, esto es, aquella en que el liberalismo político asocia cualquier tipo de ejercicio de autoridad con formas tiránicas de gobierno, confundiendo autoridad con tiranía y poder legítimo con violencia. Según la autora, dicho pensamiento –heredero, sin duda, de la filosofía política decimonónica- tiene la tendencia a identificar tiranía y autoritarismo como sinónimos, en pro de una teleología del progreso ininterrumpido de las sociedades hacia una libertad irrestricta de los ciudadanos, y, con ello, a ver inclinaciones ‘tiránicas’ en todas las formas posibles de limitación autoritaria de la libertad, por más que las mismas pudieran llegar a contribuir con una de las principales necesidades de cualquier Estado, a saber: la de los gobernantes de mantener una relativa estabilidad política con respecto a sus gobernados. Al respecto, afirma Arendt:

“La diferencia entre tiranía y gobierno autoritario siempre ha sido que el tirano manda según su voluntad y su interés propios (…) En un gobierno autoritario, la fuente de la autoridad siempre es una fuerza externa y superior a su propio poder; de esta fuente, de esta fuerza externa que trasciende el campo político, siempre derivan las autoridades su ‘autoridad’, es decir, su legitimidad, y con respecto a ella mide su poder” (Arendt: p.107).

Para Arendt sólo es posible pensar una forma autoritaria de gobierno en el marco de una estructura jerárquica cuya particularidad consiste en ser la menos igualitaria de todas las formas de gobierno conocidas; allí radicaría, sin embargo, su extraordinaria estabilidad. Ésta es ilustrada por Arendt mediante la representación geométrica de una pirámide, cuya fuente de autoridad se encontraría, sin embargo, por fuera, por encima, más allá de la pirámide misma, “pero cuya sede de poder se sitúa en la cúspide, desde la cual la autoridad y el poder descienden hacia la base, de un modo tal que cada una de las capas sucesivas tiene cierta autoridad, pero siempre menos que la superior” (Arendt: p.108), logrando con ello una fuerte y firme integración de cada una de las capas en conjunto. Dicha forma de gobierno autoritario se opone diametralmente a cualquier forma tiránica de gobierno, donde existe la más absoluta igualdad entre todos los gobernados con respecto al gobernante; es decir, “es como si se destruyeran todas las capas que están entre la base y el vértice, de modo que este último queda en el aire, apoyado sólo por las bayonetas proverbiales, por encima de una masa de individuos a los que se mantiene en cuidadoso aislamiento, total desintegración y absoluta igualdad” (Arendt: p.109). Para la autora es necesario partir de una noción general de autoridad que corte de tajo con cualquier noción de tiranía, de tal manera que se parta de la idea de que lo que entendamos por autoridad deba implicar, de suyo, “una obediencia en la que los hombres conservan su libertad” (Arendt: p.116); es decir, que la autoridad debe comportar una obediencia que no ha de mantenerse mediante la coacción física. Establecer este tipo de definición permite a Arendt volver la mirada a los cimientos del pensamiento político de Occidente, esto es, las teorías políticas de Platón y Aristóteles, sin desviarse ni dejarse confundir por otras relaciones de dominio que algunos hombres libres guardan sobre otros que no lo son, con lo que la autora puede descartar de entrada la posibilidad de pensar los orígenes de la autoridad política, por ejemplo, en la relación entre amo y esclavo, pues, ciertamente, la autoridad que Platón y Aristóteles buscan fundamentar persigue la obediencia de los hombres libres, ciudadanos de la pólis, a quienes se busca gobernar, y no de los esclavos, que no contaban nunca en absoluto como ciudadanos, como gobernados-gobernantes. Tiene razón Arendt al afirmar, entonces, lo siguiente para el caso de los griegos: “El hombre libre, el ciudadano de una pólis, ni está apremiado por las necesidades físicas de la vida, ni sujeto a la dominación de otros creada por el hombre. No sólo no debe ser un esclavo sino que además debe tener esclavos y mando sobre ellos. La libertad en el campo político empieza cuando todas las necesidades elementales de la vida diaria están superadas por el gobierno, de modo que dominación y sujeción, mando y obediencia, gobernar y ser gobernado son condiciones previas para establecer el campo político, precisamente porque no son su contenido” (Arendt: p.129) Con lo anterior, Arendt busca librarse de las distracciones comunes, algunas de las cuales no han permitido, en su opinión, dilucidar correctamente la forma de autoridad que cobró vigencia real en las sociedades occidentales hasta la época moderna. Por tanto, lo que interesa de las teorías políticas de Aristóteles y Platón –y especialmente de este último-, no son tanto sus ejemplos, sus ilustraciones por lo demás desafortunadas para los efectos de su propia argumentación –éstas eran sólo referencias a cosas que podían ser tangibles para los hombres de su tiempo, a quienes dirigían sus reflexiones, pues “sólo en esos ejemplos de desigualdad manifiesta se podía ejercer el gobierno sin adueñarse del poder y sin mantenerlo por medio de la violencia” (Arendt: p.119). Lo que realmente interesa a Arendt son, en cambio, las soluciones que encuentran estos filósofos para fundamentar una autoridad que no existía aún en la práctica; es decir, la manera en que Platón y Aristóteles, cada uno por su cuenta, se las arreglan para ‘inventar’ la autoridad.2

Notas

Tanto así que en el griego antiguo no existe un vocablo que exprese fielmente una idea de autoridad y del tipo de gobierno que comporta; la palabra autoridad es, en cambio, de origen romano, viene del sustantivo auctoritas, que se deriva del verbo augere –aumentar- (Arendt; p.115, 127).