Año 3 No. 5 Julio - Diciembre de 2009

Reseña a Ríos, Sebastián Adolfo “Más allá del bien y del mal en Federico Nietzsche”

Nietzsche y la retórica 

Nicolás Alberto Duque Buitrago

duquebuitre@gmail.com

 


ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X




La tesis “Más allá del bien y del mal en Federico Nietzsche” escrita por Sebastián Adolfo Ríos confirma que Nietzsche sigue siendo un pensador de interés, aunque este interés sea un interés complaciente. Para mí, el trabajo de Ríos tenía un detalle especial que hacía meritoria la lectura. Era un detalle simple y pequeño, una curiosidad bibliográfica. Ríos referenciaba una obra poco conocida y estudiada de Nietzsche, los “Escritos sobre retórica”, recopilación de algunos cursos de Nietzsche en Basilea. Fue precisamente eso lo que hizo que me animara a leer la obra y a buscar el valor que el autor de “Más allá del bien y del mal en Federico Nietzsche” daba a tales cursos.

Debo admitir sin embargo, luego de dar satisfacción a esa búsqueda, que he encontrado que la investigación de Ríos está hecha bajo unos protocolos de acuerdo y de complacencia con su tema de indagación, que es una investigación que da la impresión de no poder estar más allá del acuerdo o el desacuerdo para proponer problemas, definir conceptos y plantear preguntas. Debo decir que me queda la impresión de que es un trabajo que supone una identificación íntima con los rasgos de su construcción, y requiere de un lector afirmativo y cómplice para que se pueda entender lo que lo motiva. Pero no debo olvidar decir, que esta serie de inconvenientes, no le atañen sólo a Ríos, sino que son el sello típico de nuestra producción.

En particular, la manera como Ríos esboza su indagación, preguntándose por el concepto o frase “Más allá del bien y del mal”, no alcanza a desbrozar las preocupaciones del libro de Nietzsche del que parecía inspirarse, ni se articula ―si tal cosa debiera pretenderse― con las otras obras del autor. La indagación repite el planteamiento al que ya nos acostumbramos respecto a la pérdida de la verdad, del “yo”, del objeto, del sujeto, del sentido, de la crisis de occidente.

Creo que las cuestiones que todavía suscita la filosofía nietzscheana en asuntos como el “eterno retorno”, la “voluntad de poder”, el “superhombre” y el “nihilismo”; no pueden decirnos mucho sino atendemos a su profunda relación con la “teoría de los instintos”, las indagaciones filológicas, psicológicas y retóricas de Nietzsche. En eso encuentro la primera y gran dificultad intrínseca del trabajo.

Ríos va a afirmar en varias ocasiones que Nietzsche emprende una crítica a la cultura occidental y anuncia la decadencia de los valores. Pero no se conduele con el hecho de que cultura occidental es un término demasiado elíptico. ¿A quiénes se refería Nietzsche? ¿Aquello a lo que se refería nos incluye? ¿Incluye algo además del idealismo alemán y a los “jóvenes filósofos del seminario de Tubinga”?

Quisiera recordar que los primeros aforismos de Más allá del bien y del mal tratan sobre “los prejuicios de los filósofos”, asunto que tuvo en la filosofía de Nietzsche una importancia particular desde su etapa de profesor en Basilea, hasta obras maduras como el Crepúsculo de los ídolos (Especialmente el apartado sobre “Los cuatro grandes errores” y “De cómo el mundo verdadero se convirtió en una fábula”) y El anticristo.

Como ya lo había dicho al comenzar, en los años de Basilea Nietzsche dictó unos impopulares cursos sobre retórica, a los que acudieron pocos estudiantes –dos solamente. En algunos fragmentos de esos cursos titulados Notas sobre retórica (1872-1873) podemos encontrar una crítica a esos mismos prejuicios de los filósofos, a la vez que nos enteramos que esa crítica pretendía ser corrosiva de todo sistematismo y de toda tendencia a fingir la pureza en la abstracción y en la creación de conceptos.

Nietzsche señala en aquellas notas que los filósofos han aspirado, y no desde Platón sino de antes, a proporcionar una unidad a las cosas para poderlas conocer. Conocer ha significado poder rubricar o etiquetar las cosas para formar géneros y especies. La profundización de esa tendencia, que tiene incluso una historia, pretendió dar unidad a la historia y al mundo, motivada en una tendencia muy peculiar del filósofo: la tendencia hacia el dominio unitario, tendencia representada en el afán por huir de lo diverso, de lo vario, y lo numeroso. La difusión de esa tendencia nos fue conduciendo hacia lo inconmensurable:  “La abstracción es un producto sumamente importante. Es una impresión duradera, fijada y fosilizada en la memoria, impresión que se acomoda a muchos fenómenos y por eso resulta muy tosca frente a todo individuo” (Nietzsche, 2000, 220. 7,19 [217]) Pero Nietzsche advierte que, de todos modos, esa impresión duradera, y esa unidad, es sólo una metáfora que se supone como guía de la tarea filosófica. Nietzsche advierte que la idea de un todo unitario es, en el fondo, una idea que reposa en una metáfora, la metáfora de la unidad.

Ya que he entrado en digresiones considero que podríamos agregar algunas cosas más para entender lo que Nietzsche dice. Según parece, Nietzsche sostuvo que los elementos de la retórica actuaban como fundamentos ilógicos e inconscientes del filosofar, más aún del pensar. Esa convicción no estribaba sólo en la afirmación de que la unidad pretendida para el conocimiento fuera una metáfora, sino, y fundamentalmente, en el hecho de que el proceso de abstracción (rubricación) evidenciara una operación ilógica pero admisible: la acción de tomar algunas partes por el todo para formar géneros y especies; modelo que en la retórica es una sinécdoque. Sin embargo, no se niega que la abstracción sea una peculiaridad humana inevitable, antes bien, parece contarse la historia misma de la abstracción en un paso adicional reservado a Platón.

En ese paso platónico no se vio a la abstracción como tal, sino que se tomó esa abstracción por la causa de las cosas confundiendo un efecto de una humana, digamos facultad, con la causa y la verdad de todo. Esa confusión de la causa con el efecto tiene su base en la metonimia, que también es una figura retórica, precisamente la de tomar la causa por el efecto.

La metonimia que Nietzsche hizo clásica tiene algo que ver con el asunto de los prejuicios de los filósofos y con los siempre incómodos “mundo real” y “mundo aparente”. Me refiero a la metonimia platónica: “Yo, Platón soy la verdad”. Cuando Nietzsche puso en evidencia esa metonimia quiso decir que la verdad era una invención de Platón y por eso llevaba su nombre, como el vino lleva también el nombre de su inventor, y podía decirse por eso: “Yo, Baco soy el vino”.

De la idea que sólo se refería a una imagen mental (eidos), en la que se tomaba una parte de la multiplicidad por el todo ―una sinécdoque― Platón saltó al fundamento de la cosa misma y creyó haber descubierto un arquetipo ideal, universal, perteneciente a un mundo verdadero, al mundo de las Ideas (eida), que era la causa de un mundo aparente. Ese proceso era una metonimia, y por ese proceso el hombre ya no existiría por el hombre sino por la humanidad, así como el caballo no por el caballo sino por la hipodeidad. La metonimia platónica consistió en tomar una imagen mental (eidos) y volverla una causa Ideal (eida) del mundo y de las cosas.

La verdad (aquella metonimia y aquella metáfora acostumbrada) tiene una peculiar conformación en la historia (Poco ejercitada en los Jonios, buscada como lo permanente por las religiones)1, y es un pathos que pone el filósofo a su sentimiento de que no se ha producido ninguna ilusión conciente en el proceso de organización y abstracción de conceptos. Mas, ese pathos se opone a un pathos análogo: el filósofo se opone a otros filósofos que también creen que en su unidad (aquella metáfora) tampoco se ha producido ilusión conciente. Este juego de fuerzas no se evidencia sólo en esa oposición filosófica sino que tiene su modelo ―quizá para Nietzsche su fundamento moral― en otro tipo de oposición: el antagonismo entre las religiones que afirman unas frente a otra, y cada una por su lado, que poseen la verdad y que aquella verdad es única.

Aunque Nietzsche insistiría más adelante cuando escribió “Los cuatro grandes errores” en el gran error de confundir la causa con el efecto (“la depravación propiamente dicha de la razón”, “el error más viejo y más nuevo”), error y confusión imputada a Platón, no puede afirmarse que aquella impresión juvenil y retórica (la falacia del lenguaje)2 sería lo único que Nietzsche involucraría en su lucha en contra de los prejuicios de los filósofos y en su transvaloración: “Mi filosofía es un platonismo al revés”. Nietzsche desarrollaría también su reflexión sobre los instintos y las fuerzas. No se sostuvo en la superficie de las palabras ni en su conformación en una retórica inconsciente; sino que prosiguió como psicólogo y planteó una reflexión sobre las abstracciones y la generalización de instintos (conceptos morales) como una reflexión sobre la jerarquía y la lucha de los instintos ―incluido, no exclusivamente, el teológico― por imponerse.

Esa reflexión, llamada en Más allá del bien y del mal “historia natural de la moral”,  permite preguntarse por las condiciones fisiológicas que dan origen a los instintos y, según el examen de Nietzsche, nos pueden mostrar cómo las doctrinas filosóficas, generalmente las morales, son una creación para afrontar condiciones fisiológicas como la depresión ―ejemplificado con el Budismo― o el instinto de conservación ―ejemplificado con el Judaísmo―3. Aunque Ríos hace alusión a la cuestión de la tendencia antivital, de degeneración, decadencia y debilitamiento de los instintos, lo hace muy brevemente y con un aire de abstracción suma. Tampoco se refiriere a aquella etapa supuesta de la moral que Nietzsche llamaba extramoral.

¿Después de todo no nos queda ese viento bizarro, incómodo, que no sabemos cómo tomar, si con aire de ironía o de advertencia, si como una insinuación de no hacer metonimia nietzscheana del Aforismo 21 de Más allá del bien y del mal?4

Podría venir alguien que, con intenciones contrarias y con muy otros artificios de interpretación, descifrase, por el contrario, en esta misma naturaleza y partiendo de los mismos fenómenos, el triunfo brutal y despiadado de voluntades tiránicas; este nuevo intérprete nos revelaría la “voluntad de poder” en su realidad universal y en su fuerza absoluta, hasta el punto de que casi todas las palabras serían inutilizables, e incluso la palabra “tiranía” parecería un eufemismo, una metáfora demasiado débil, demasiado humana. Este filólogo acabaría, sin embargo, por afirmar respecto a este mundo eso mismo que vosotros afirmáis, es decir, que tiene un curso “necesario” y “previsible”, no porqué esté sometido a leyes, sino porque las leyes faltan en absoluto, y porque toda fuerza, a cada instante, va hasta el fin de sus consecuencias. Mas como esto no es aún más que una interpretación, ya sé que vais a hacer esta objeción: pues bien ¡tanto mejor! (Nietzsche, 2001, p.58)

 

 

 

   

¿No nos queda por responder si hay en Nietzsche la idea de contar una historia de la abstracción, en la que, por ejemplo, la explicación de Locke sería rechazada como en el Aforismo 20 de Más allá del bien y del mal? ¿Por qué aparece, de nuevo, el lenguaje, no ya sólo el del retórico sino el del filólogo?

Los diversos conceptos filosóficos no son nada arbitrarios, no se desarrollan cada uno por sí, sino en relación y en parentesco entre ellos. Por súbita y fortuita que parezca su aparición en la historia del pensamiento, no por eso dejan de formar parte de un mismo sistema, exactamente lo mismo que los representantes diversos de la fauna de un continente. Esto es lo que se advierte en la seguridad con que los filósofos más diversos vienen a su vez a ocupar su puesto dentro de un determinado esquema previo de las filosofías posibles. Una magia invisible las obliga a recorrer sin cesar siempre el mismo circuito; por independiente que se crean unos de otros en su voluntad de elaborar sistemas, algo les impulsa a sucederse en un orden determinado, que es precisamente el orden sistemático innato de los conceptos y su parentesco esencial. En verdad, su pensamiento consiste menos en descubrir que en reconocer, recordar, volver atrás, reintegrar una zona muy antigua y lejana del alma de donde antaño salieron estos conceptos. La actividad filosófica, en este aspecto, es una especie de atavismo del más rancio abolengo. El singular aire de familia que tienen entre sí todas las filosofías indias, griegas y alemanas, se explica de la manera más sencilla. Efectivamente, cuando hay parentesco lingüístico, es inevitable que, en virtud de una común filosofía gramatical, ejerciendo en el inconsciente las mismas funciones gramaticales su dominio y su dirección, todo se encuentre preparado para un desarrollo y un desenvolvimiento análogo a los sistemas filosóficos, mientras que la vía parece obstruida para cualesquiera otras posibilidades de interpretación del universo. Las filosofías del grupo lingüístico uraloaltaico (en el que la noción de sujeto está menos desarrollada) consideraron, muy probablemente, el mundo con otros ojos y siguieron otras vías que las de los indoeuropeos o los musulmanes. El sortilegio ejercido por ciertas funciones gramaticales es, en el fondo, el que ejercen determinadas evaluaciones fisiológicas y ciertas particularidades raciales. Digo esto para refutar las aserciones superficiales de Locke respecto al origen de las ideas. (Nietzsche, 2001, p.55)

Seguramente, y como lo suponíamos de Nietzsche, quedamos envueltos en el mismo aire bizarro. Esperamos no habernos dejado perder por la abstracción.

Notas

 
   

1 Cfr. Nietzsche, Friedrich. Escritos sobre retórica. “El pensamiento lógico, poco ejercitado por los Jonios, se desarrolla muy lentamente. Los razonamientos falsos los comprenderemos sin embargo más adecuadamente como metonimias, es decir, retórica y poéticamente.” (7,19 [215]). “Con Sócrates la veracidad se apodera de la lógica: ella marca la dificultad infinita de poner correctamente un título.” (7,19 [216]). “Ahora se añade el pathos de la verdad y de la veracidad. Esto, por de pronto, nada tiene que ver con lo lógico. Sólo quiere decir que no se ha producido ninguna ilusión consciente. Sin embargo, esas ilusiones son en el lenguaje y en la filosofía en primer lugar inconscientes y son muy difíciles de hacerlas conscientes. Pero a través de la yuxtaposición de distintas filosofías (o sistemas religiosos) formadas con el mismo pathos se originó una lucha singular. Cuando se confrontaban religiones hostiles cada una de ellas se ayudaba declarando que la otra era falsa: lo mismo pasó con los sistemas.” (7,19 [216]).

2 Cfr. el aforismo 20 de Más allá del bien y del mal en el que Nietzsche presenta la idea de un discurso no arbitrario de las nociones filosóficas y de las filosofías, pero subordinado a la idea de la falacia del lenguaje.

3  

Cfr. Especialmente los aforismos 20,21,22,23 y 24 de El Anticristo.

4 No sería de despreciar un estudio sobre el valor que Nietzsche da a las comillas