Año 4 No. 6 Febrero - Junio de 2010

Réplica a Jhon Searle


Steven Knapp, Walter Benn Michaels

ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X




Réplica a Jhon Searle

STEVEN KNAPP, WALTER BENN MICHAELS 

Johns Hopkins University Press, Estados Unidos

E-mail: tmcgraw@press.uchicago.edu

 

Recibido el 01 de Mayo de 2010.

Aprobado el 16 de Agosto de 2010

 

     Nuestra explicación de la interpretación tiene que hacerse desde la distinción hecha por Searle entre el significado de una oración y el significado del hablante o autor; tal distinción es entre el significado que una secuencia de señales o ruidos puede decirse que tiene cuando han sido tratados como un caso de una oración tipo en un lenguaje dado,y el significado que la misma secuencia de señales o ruidos adquiere cuando alguien lo produce intencionalmente. Hemos argumentado que sólo la última clase de significado puede plausiblemente servir como el objeto de alguna práctica coherente de la interpretación. Por esta razón, hemos negado que los intérpretes puedan alguna vez ser confrontados con una seria elección entre la lectura de un texto desde su sentido oracional y desde su sentido intencional. Para explicar por qué hemos negado esto, señalamos (en nuestro ensayo de 1982 “Against Theory”), cuán absurdo sería tratar de interpretar un conjunto de marcas que se asemejan a cierto poema en inglés, pero que de hecho han sido producidos por accidente (en nuestra historia, por erosión sobre una playa). 

     Searle disiente, defendiendo que tiene perfecto sentido que un intérprete, cuando es confrontado con un conjunto de marcas que lucen como una inscripción en un lenguaje particular, pregunte qué significan, sin importar cómo llegaron allí. En su opinión, las marcas “un sueño profundo selló mi espíritu” pueden ser dichas para significar algo, incluso si ellas fueran producidas por un accidente natural, si esto es verdad, entonces, también es verdad que las mismas marcas, producidas intencionalmente por Wordsworth y no  por la naturaleza, también se debe decir que tienen significados de oración independientes de lo que el autor intenta significar; y así es comprensible considerar a los intérpretes como si tuviesen que elegir entre interpretar esas marcas como el caso de una oración tipo y como los productos de la acción intencional de Wordsworth. Y si esa elección tiene sentido, entonces también tiene sentido decir a los intérpretes cuál de estos dos métodos interpretativos deberían preferir. Por esta razón, Searle defiende (al menos en principio) la recomendación de E.D. Hirsch de que los intérpretes eligen la opción intencionalista; de acuerdo con Searle, estamos “errados en críticar a Hirsch” “al recomendar (…) que los intérpretes deben buscar las intenciones del autor”. Pero ¿Sobre qué fundamentos puede una recomendación como esta ser hecha? Supongamos que encontráramos un intérprete  comprometido  con  ignorar   la intención y preferir, en cambio, dar al texto cualquier significado literal, a la oración que podría ser dicha cuando la leen meramente como un ramo de oraciones, caso en el lenguaje en que fueron escritas. Permítannos llamar a éste cuasi-intérprete Literal, recordando la concepción de Searle, resumida en “La Teoría Literaria y sus Desencantos” y desarrollada en su libro “Expresión y Significado”: que “el significado metafórico, el significado irónico y el significado de los actos de discurso indirecto nunca son parte del significado de una oración” (646; énfasis en el original). Si Searle tiene la razón, entonces tiene sentido suponer que puede haber una discusión interpretativa genuina entre alguien que lee la secuencia “un sueño profundo selló mi espíritu” metafóricamente –en cuyo caso éste podría referirse, por ejemplo, al estado del hablante de falsa seguridad, antes de que se diera cuenta de que su ser amado era mortal- y alguien que leyera la línea en términos de su significado literal, en cuyo caso presumiblemente significa algo como lo siguiente: “un sueño profundo se llevó la cima de mi espíritu, plegándolo sobre su parte más profunda, deja que una gota caliente caiga cera, donde el límite de mi espíritu flamea, encontrando la superficie de su profundidad, y empujando el emblema levantado, o posiblemente cortado, sobre la superficie de su anillo sellando dentro de la cera que se enfría rápidamente”. Ahora ¿Qué podría significar esto exactamente para el intencionalista, quien (suponemos) lee la línea metafóricamente, para convencer al literalista   de   que   estaba    equivocado?

     ¿Equivocado sobre qué? Después de todo, el literalista podría fácilmente estar de acuerdo con el intencionalista en que Wordsworth entendía la línea metafóricamente, e incluso podría preferir el significado intencional de Wordsworth al significado literal. Pero ella podría con dificultad ver al intencionalismo como una mejor manera de encontrar el significado que ha estado buscando, en la medida en que el significado era el significado literal de la oración, que, por hipótesis, no tiene nada que ver con la intención del autor. Así, sugerir que el literalista elije el significado del autor más bien que el significado de la oración no es ofrecerle a ella alguna mejora metodológica de la práctica a que está acostumbrada; es simplemente ofrecerle una práctica diferente. En nuestra opinión, entonces, la elección entre literalismo e intencionalismo es patentemente una elección entre dos prácticas separadas, y en ningún sentido una elección metodológica dentro de una práctica singular de interpretación. Incluso si Searle estuviese en lo cierto en su afirmación de que los significados de las oraciones existen independientemente de las intenciones de los   hablantes,   aún   no   tendría  sentido sugerir que los intérpretes elijen un tipo de significado sobre el otro. Pero ¿Está Searle, de hecho, en lo cierto al pensar que los significados de las oraciones pueden existir independientemente de las intenciones de los hablantes? Para empezar, ¿Qué implica exactamente esta afirmación? A primera vista, parece ser meramente una afirmación sobre la forma en que un texto puede ser “examinado” o “considerado”; Searle nos lleva a negar que “un texto puede ser considerado (…) como un puñado de oraciones caso y su significado examinado independientemente de cualquier intención del autor”. Pero, por supuesto, no negamos que un texto pueda “considerarse” como un puñado de oraciones tipo e incluso “examinado” bajo tal descripción. De hecho, en “Against Theory 2,” imaginamos unas series de prácticas en que tal consideración y tal examen pueda llevarse a cabo. Pero Searle pasa por alto el punto central de ese ensayo, y ciertamente de todos nuestros escritos sobre este tema: no hay forma de derivar, desde ese tipo de consideración, o ese tipo de examen, una práctica de interpretación que pueda tener sentido de ser tratada como un modo genuino de investigación, dejando a un lado una práctica cuyos resultados podría incluso tener sentido aún disentir. ¿Por qué no? Por un lado, tratar un conjunto de marcas meramente como un puñado de oraciones tipo es tratarlo en una forma tal que el número de sus significados se convierte, casi estrictamente, en infinito. El punto aquí no es simplemente que la oración signifique un conjunto de ruidos o marcas que pueden estar dentro de un lenguaje particular que es a menudo ambiguo, así que, por ejemplo, “the suit is Light” puede significar o que el traje tiene un color claro o que no es pesado. Interpretar las marcas de esta forma es asumir al menos, que la oración está en inglés y que de tal modo los significados de la oración están limitados a aquellos que son posibles de acuerdo con las reglas semánticas y sintácticas del inglés. Pero ¿Qué justifica esta presunción? ¿Cómo sabemos que las marcas están en inglés? Y si todo lo que queremos hacer es considerarlas como oraciones caso, ¿Por qué debería importarnos? ¿Qué hace que nos prohíba considerarlas como oraciones caso en alguna nueva lengua, diseñada para la ocasión? En lugar de leerlas en  inglés ¿Por  qué  no  leerlas  en  schemiglish,   un lenguaje en el que las marcas que cuentan como casos para de la palabra tipo significante “sueño profundo” cuentan, en lugar de ello, como casos de la palabra tipo significante “frenesí”? La respuesta obvia es que no nos importa qué significan en scheminglish, queremos saber qué significan en inglés, o en cualquier otro lenguaje en el que realmente hayan sido escritas. Al menos esto es lo que nos importa si nos preocupamos lo suficiente por lo que significan para molestarnos intentando figurárnoslo,     o     para     empezar     una controversia con alguien que ha llegado a una interpretación diferente de ellas. Pero, otra vez, ¿Por qué debería importarnos el lenguaje en el que las marcas fueron realmente escritas, si no nos importa las intenciones del agente que las escribió realmente? Bien, como los lectores de nuestros otros ensayos sobre este tema sabrán3, hemos intentado con gran esfuerzo encontrar, o cuando no hemos podido encontrar ingeniar, una razón por la que alguien podría insistir en ver un texto con el significado que éste tiene en el lenguaje en que su autor lo escribió, incluso mientras al mismo tiempo se insiste en que no importa lo que el autor pretendía. Los Intérpretes legales, entre otros, algunas veces pretenden que es éste el camino que debe seguirse: afirman que para leer la constitución, o un estatuto, de acuerdo con el significado literal de sus oraciones como determinadas por las reglas del lenguaje en que los creadores o los legisladores las escribieron, incluso aunque ellos profesen indiferencia hacia a las intenciones de los creadores o legisladores. Pero es fácil mostrar que los abogados y jueces que afirman estar enganchados en esta práctica –de la llamada NUEVA    HISTORIA   LITERARIA-,  de interpretación “literal”, de hecho no leen las leyes que ellos interpretan como significando cualquier cosa que sus oraciones les permitan querer decir; lo que ellos hacen realmente es situar el ideal de los autores cuyas intenciones imaginarias leen ellos dentro de los textos, así, después de todo terminan con el significado del autor, aún si han hecho esto supliendo el texto con un nuevo (y en este caso, un imaginario) autor. Así esto se convierta en un problema que va más allá de la inaplicabilidad práctica de la distinción entre el significado de la oración y el significado del autor: para decir que la sentencia tipo es un conjunto de marcas de la cual la sentencia es un caso, tenemos que ser capaces de decir a qué lenguaje pertenece la oración, y decir a qué lenguaje pertenece la oración, para volver a la pregunta supuestamente irrelevante de la intención del autor. Pero si rechazamos el recurso a la intención del autor, si nos rehusamos a especificar el lenguaje al que la oración pertenece,    no    podemos   responder  la pregunta de cuántos tipos de oración una oración caso es un caso de4. Y si no podemos responder esa pregunta, ¿Qué sentido tiene decir que algún conjunto de marcas tiene algún significado particular? El problema, sin embargo, no es simplemente que no se pueda (sin apelar a la intención del autor como recurso) decir a qué lenguaje pertenece la oración. Considérese, una vez más, las marcas que imaginamos apareciendo en la playa “un sopor selló mi espíritu”, ahora supongamos que las marcas sobre la playa tienen una configuración levemente diferente, tal como la siguiente: “un sopor hizo salló mi espíritu” en otras palabras, una marca vertical está perdida de lo que podría ser de otra forma “e” en “selló”. De acuerdo con la explicación de significado dada por Searle, “selló” en el ejemplo original, cuenta como un caso de la palabra española tipo “selló” porque las marcas se adecuan al criterio formal que determina lo que debe ser un caso de aquel tipo. Y por la misma razón, presumiblemente, las marcas salló no cuentan  como  un  caso  de  ese  tipo, pero ¿Por qué no? Qué tanto de “e” se ha perdido para que ya no cuente como la letra española “e” (y por consiguiente para que la palabra deje de contar como la palabra española selló, y por lo tanto para que la oración deje de ser tomada como la oración española “un sopor selló mi espíritu”)? Supóngase que sólo una parte de la línea vertical se haya perdido. ¿Cuánto más se habría ido? Ciertamente no es fácil imaginar un camino formal para señalar hasta qué punto una marca se debe ver como una “e” para contar como una “e”. E Incluso si uno pudiera llegar a tal criterio, sería absurdo afirmar que los escritores e intérpretes usan éste realmente. Después de todo, las variaciones en la forma de escritura de la gente producen diferencias en las formas de las letras que van más allá del caso que hemos imaginado. Pero estas diferencias no obstaculizan a los lectores para interpretar a las marcas con una amplia variedad de formas como casos de la letra tipo “e”. Hay bastantes escritores cuyas “e” s lucen como “c” s, y si una “a” puede lucir sencillamente como una “c”, ¿Cómo puede existir un criterio formal para decir la diferencia entre ellos, para decidir si la señal es una “e” o una “c”? Nuestro punto, por supuesto, es que no hay tal criterio, y que no tiene por qué haberlo. Dado que los lectores no están interesados en decidir si una señal se ajusta al criterio formal que hace de ésta una “e”, ellos están interesados en resolver si ésta pretende ser una “e” o no. Así, del hecho de que algo no luzca como una “e” no significa que ésta no sea una “e”. Y del hecho de que luzca como una “e” no significa que ésta sea una. Podríamos por supuesto ir más allá a lo largo de estas líneas, alterando las formas de los signos en otras maneras, o alterando el espacio entre palabras y letras, o incluso reconfigurando   las   letras   en  diferentes combinaciones. Supóngase que la próxima vez las olas retroceden dejando atrás: “un sopor hizo que mi espíritu se sellar-e” o “un sopor  hizo  que  mi  espíritu  se     sellare”.


     ¿Podría “sella” ser “sellar” escrito con mala ortografía o nada en absoluto? ¿Podría “Searle” ser el nombre de alguien o una ordenación de letras formadas al azar? Sería imposible, en cualquiera de estos casos, responder tales preguntas sobre la única base de las formas. Esto es solamente decir que, en cada caso, el hecho de que las señales no luzcan como un caso de la oración tipo “un sopor selló mi espíritu” podría no ser suficiente para determinar que estos no fueran un caso de ese tipo; y el hecho de que éstas nos lo recordaran no sería suficiente para determinar que estas fueron un caso de este tipo. Este es el por qué las marcas producidas accidentalmente por la erosión sobre la playa no serían una caso de la oración tipo “un sopor selló mi espíritu”, incluso si ellos se asemejaran a un caso de aquel tipo. Y esto es porque decimos que éstas no pueden ser lenguaje, incluso si estas se asemejarán al lenguaje. Porque usted no podría decir de qué lenguaje una oración es una oración sin saber en qué lenguaje el autor escribió ésta, esto es, como mostramos más arriba, una condición necesaria para que cualquier conjunto de marcas sean una oración caso, de alguna oración tipo en un lenguaje dado, es que su autor haya tenido la intención de que ésta sea  un  caso  de  aquel  tipo.  Pero ahora podemos ir más allá: esto muestra de hecho, que es una condición necesaria de cualquier conjunto de señales que para ser una oración caso de alguna sentencia tipo en algún lenguaje que haya sido pretendido por su autor, que ésta sea un caso de aquel tipo. Como hemos argumentado repetidamente, esto no significa que los escritores no sigan convenciones lingüísticas. Ni, tampoco significa que los escritores, cuando intentan escribir alguna cosa en español, no traten de construir sus oraciones de manera tal que luzcan como casos de tipos de oraciones en español. Esto sólo significa que las convenciones no determinan el significado de un conjunto de marcas, salvo si el productor de estas señales tiene la intención de seguir esas convenciones. Esto hizo que fuera de alguna manera engañoso para nosotros decir, en nuestra “replica a George Wilson”, que “las características físicas de un conjunto de marcas determinan intrínsecamente si aquellas marcas son casos de una oración tipo en un lenguaje dado”5. Tendríamos que haber dicho solamente que los rasgos físicos determinan como qué casos las marcas lucen. De hecho, incluso Searle no piensa que sólo los rasgos físicos determinen intrínsecamente de qué tipo de oraciones las marcas son un caso. De acuerdo con Searle “la intencionalidad” (por la cual él entiende “el conocimiento de las reglas de la gramática y las habilidades de transfondo para usar ese conocimiento”) es “crucial para la existencia de la sintaxis como un sistema” (654).También pensamos que el conocimiento de las reglas de la gramática es relevante, pero sólo porque tal conocimiento es lo que hace posible para los hablantes intentar seguir las reglas. En nuestra opinión, entonces, la distinción entre el significado de una oración y el significado del hablante es real, pero no (como Searle la llama) una distinción entre “dos tipos de significado”: en cambio esto es una distinción entre dos formas de significar, a través del seguimiento de reglas y no siguiéndolas, y estas dos formas son igualmente intencionales. Desde el punto de vista del intérprete, más que desde el del emisor de las marcas, también el conocimiento de las reglas, obviamente, le hace posible a los intérpretes entender el significado de los ruidos o señales producidos por alguien siguiendo las reglas. Un punto del poema de Ola fue sugerir la absurdidad de un intérprete siguiendo estas reglas cuando el intérprete sabía que ningún autor las había seguido ¿Sobre qué fundamentos, por ejemplo, podría un intérprete confrontar con estas marcas “reales” de seguir las reglas del español en lugar de las reglas del inglés o en lugar de un lenguaje que ella podría un intérprete confrontar con estas marcas “reales” de seguir las reglas del español en lugar de las reglas del inglés o en lugar de un lenguaje que ella podría simplemente construir?6 ¿Qué posible relevancia  puede tener para un intérprete el conocimiento de las reglas del español para el significado de un texto no escrito en este idioma? Y, como argumentamos arriba, ¿Cómo podría un posible interprete decidir en qué lenguaje está escrito un texto sin caracterizar la intención de su autor? A menos que estemos, como Searle muy seguramente no lo está (mirar su principio número 7), confundidos sobre la distinción entre ontología y epistemología, ¿Qué diferencia puede hacer nuestro conocimiento de algún conjunto de reglas gramaticales por el significado de un texto no escrito por nosotros? Quizá Searle podría querer decir que lo que da al poema Ola su significado, no es la intención del autor de seguir algún conjunto particular de reglas (puesto que no hay autor.) y no la habilidad del intérprete para seguir algunas reglas (puesto que el intérprete no está creando el significado), pero sí el hecho de que las marcas mismas han seguido las reglas. Pero si las reglas son reglas que las marcas pueden seguir, entonces ellas no son reglas en absoluto, son leyes de la naturaleza, y, en lugar de violar el principio 7, Searle ha violado el principio 8, “la sintaxis no es intrínseca a la física”, esto es porque este principio por sí mismo muestra que la concepción de Searle del significado oracional debe ser errónea.