Año 8 No. 9 Enero - Diciembre de 2015

La esperanza y el recuerdo como campos de la desdicha


Nancy Lorena Gamboa

Estudiante Universidad Pedagógica Nacional

lorena9321@hotmail.es


ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X


Resumen

     En esta ponencia se exponen las características que Soren Kierkegaard presenta en su texto “el más desdichado”, parte del libro: “O lo uno o lo otro I”, sobre la categoría de desdicha. Se estudian las categorías temporales de recuerdo y esperanza y su relación con el olvido   que posibilita la existencia desdichada.

     El recuerdo está enlazado con el tiempo pretérito, lo que fue; la esperanza con el tiempo futuro y este está más cerca del presente. Aquí cobra sentido la distinción entre recordar y acordarse, que permite comprender el paso de las experiencias a recuerdos. 

     A partir de algunos ejemplos que ilustra el mismo Kierkegaard, sobre las individualidades rememorantes (Níobe) y las individuali-dades expectantes (los cristianos), se argumenta que el más desdichado es Jesucristo. Esta forma de existencia vista desde lo temporal, es colocada como un indicador que permite que cada cual determine qué tan desdichado es su existir.

Abstract

     The characteristics of the category of misfortune are revealed through the book: "Either/Or" by Soren Kierkegaard, specifically taking part in "The unhappiest one". Some temporal categories of memory and expectation are widely considerate, as well as the connection with forgetfulness in which the unhappy existence takes its place. 

     Memories have a strong bond with the past, expectation with the future and this one at the same time is closer to present. Here the distinction between a memory and a remembrance  is  fundamental and enables to figure out the transition from experiences to memories. 

     Some examples given by ilustrations of Kierkjegaard about “indi- vidualities that call to mind” (Níobe) and “individualities that expect” (Christians) argue that Jesus Christ is the unhappiest one. The temporal point of view allows to measure and determine the misfortune of every existence. 

Palabras Clave

Acordarse, desdicha, esperanza, olvido,recuerdo.

"El objeto del recuerdo se puede arrojar todo lo lejos que se quiera pero siempre viene de nuevo hacia nosotros, insistente y atronador como el martillo de Thor" 
Kierkegaard. In vino veritas

     Kierkegaard empieza el texto relatando la existencia de un monumento en Inglaterra  cuya inscripción causa sorpresa: “El más desdichado”. Para él, es claro que esta inscripción tiene varios sentidos y significados que dependerán de aquel que la lea. Entre aquellos a los que intrigue, estará el que piensa ser el más desdichado, ¿quién no ha considerado que su existencia le da el honor de ostentar este título? y ¿cuántos se habrán preguntado por la vida que debió llevar aquel que posee este título en su sepulcro? Lo más extraño de todo  ha sido que tal tumba está vacía, ¿qué podría querer decir este acontecimiento? ¿Estará esperando el sepulcro quién lo llene? O, tal como lo sospecha Kierkegaard, ¿será que tal ha resucitado y anda por el mundo, ya que ni en su sepulcro ha encontrado alivio a sus tormentos?

     Pero descartando algunas posibilidades, Kierkegaard se centra en aquella que sostiene que el más desdichado no ha sido encontrado, y aquel sepulcro está vacío en tanto que no se ha establecido quién pueda ostentar semejante título. Justo aquí, antes de emprender la búsqueda, se aclara que el sepulcro al que se dirige no es al Santo sepulcro de oriente, el sepulcro aquí mencionado está en occidente, aquel que atrae, no a los creyentes, sino a los desdichados que piensan que tal sepulcro está reservado para ellos.

     Es por esto que reunidos los Συμπαρανεκρωμενοι1, la comunidad que no participa ni de  alegrías  ni  cree en la felicidad, aquella que va por el mundo buscando desdichas y penas y que no está asociada  a partir  de  ningún  presupuesto  específico,  toma  la tarea de deliberar y considerar quién puede ser digno de tal sepulcro, serán sus integrantes quienes reunidos de vez en cuando en la bruma de la noche y en torno a la infamia, estudien y determinen a quién debe pertenecer tal título.

     Los que se consideran los más desdichados se acercan y son escogidos, esto en función de  un  filtro que va descartando a algunos. Este dispone  que la muerte, el temor a morir y quien considere   tal cosa una desdicha no puede llamarse el más desdichado, dado que “tenemos la muerte por la felicidad suprema” (Kierkegaard,  2006,  p.  186).  La desdicha es vivir o, en algún sentido, no poder morir; esto último en relación con la leyenda del judío errante, al que Jesucristo condenó a vagar por el mundo hasta la parusía. Aun así, Kierkegaard aclara que este misterio sería demasiado fácil de resolver si ese fuera el caso. Considera mejor se inaugure un torneo, una competencia en la que  nadie sea excluido, salvo el dichoso y el temeroso  de la muerte, ni siquiera los muertos pues también vivieron y saben de desdichas.

     A partir de este instante, Kierkegaard expone la posibilidad de la dicha sólo en aquellas individualidades que están presentes. Ostenta que las individualidades rememorantes (pasado) o expectantes(futuro) sondesdichadas; esaquídondeeltema del tiempo es incluido en la definición de desdicha. A partir de esta consideración, se desprenden dos categorías para presentar el dilema que existe en el tiempo presente: por una lado el recuerdo y por el otro la esperanza, ambas en relación con la posibilidad de la individualidad de estar en el presente. Kierkegaard argumenta que “no es posible en sentido estricto llamar desdichada a una individualidad que se hace presente en la esperanza o  en el recuerdo” (Kierkegaard, 2006, p 235), es decir, no es la más desdichada. Un suceso puede matar  la esperanza y hacer que se viva en el  recuerdo, tal como la joven que pretendía casarse y al verse sola pierde la esperanza en el amor y se dedica a recordar su desdicha, o por el contrario arrebatar el recuerdo y hacerse presente en la esperanza, como la joven cuyo amante fue a la guerra y vive tratando de olvidar el día de su partida y solo anhelando el de su regreso.

     Otra forma de individualidad  expectante  es  la de aquellos que viven esperando la vida  eterna.  Solo para puntualizar más el caso, se coloca como ejemplo a los cristianos, quienes en apariencia están renunciando constantemente a  su  presente.  En  su alma sólo pueden esperar una vida mejor en el cielo o en el paraíso, se conforman con sus penas en la tierra, en su presente, saben que la verdadera alegría no está aquí y ahora sino que estará cuando alcancen la tierra prometida, por ahora se resignan y aguardan la anhelada parusía. Pero esta resignación les evita renegar contra su finitud y logran hacerse presentes en la esperanza. Por esta razón, ellos tampoco son los más desdichados.

     Expone el autor que el recuerdo está enlazado con el tiempo pretérito, con lo que fue, y la esperanza con el tiempo futuro que está más cerca del presente, esto dado a que se contempla este tiempo futuro como una posibilidad alcanzable. Ambos, tanto el recuerdo como la esperanza, necesitan que así como lo que viene como lo que fue, tomen una significación propia, que haya cobrado o cobre realidad para la individualidad. Pero ¿a qué se refiere Kierkegaard con cobrar significación o realidad? Probablemente está enlazado con algunas diferencias planteadas entre la memoria y el recuerdo.

     “Recordar  no  es  en  manera  alguna  idéntico    a acordarse” (Kierkegaard, 1976, p 8). Esta diferencia radica en la posibilidad de acordarse de un suceso cualquiera sin necesidad de recordarlo, pues recordar es dar significado a un acontecimiento. El objetivodelrecuerdoesalejaryponeradistancia, dar significado y hacer posible la reflexión, “el recuerdo es idealidad, y como tal, mucho más cargado de sentido y de responsabilidad que la memoria indiferente” (Kierkegaard, 1976, p. 9), el recuerdo no trata de asuntos banales, son los momentos especiales los que lo conforman y logran conectar al hombre con  lo eterno, tiene tanta fuerza como la de un retorno insistente y es esta característica de retorno lo que lo dota tanto de sentido. Acordarse de la merienda que se tomó ayer y recordar el día de la graduación, son ocasiones que pueden no cobrar la misma realidad, el acordarse se nutre de lo inmediato, mientras que  el recuerdo implica reflexión y puede considerarse un arte.

     Otra característica importante de los recuerdos es que no son comunales. Para Kierkegaard la persona que lo intenta, lo hace más por interés propio. Los recuerdos son totalmente privados, cuando se comunican cambian de significado y esto los hace únicos e individuales. Tal como lo plantea Kierkegaard, recordar es un arte complejo, no  es solo acordarse, es cogitar, no solo es inmediatez, es pura reflexión.

     El recuerdo tampoco se opone al olvido, “el recuerdo y el olvido no están en oposición ni son contrarios” (Kierkegaard, 1976, p. 14). Este movi- miento dialéctico del  que  se  intenta  escapar,  da  la posibilidad al hombre de tener una constante reflexión sobre su objeto de recuerdo. En lo que respecta a la memoria cabe contemplar la exactitud del momento, simplemente se acuerda el individuo  o no de cierto evento, mientras que en la elaboración de un recuerdo la individualidad lo modifica porque pone algo de suyo en ese momento y lo transforma, no es simplemente una imagen captada del instante, es un dibujo propio lleno de matices.

     Para finalizar con este asunto, el autor presenta a la memoria como algo innecesario: “tan insignificante es, (…) el papel que para mí representa la memoria (…) que a veces tengo la impresión de no haber vivido el suceso que se rememora, sino que solamente lo he inventado” (Kierkegaard, 1976, p. 15). La profundidad con la que se vive la existencia está enlazada con las ilusiones y las nostalgias, los anhelos y también los sueños; la individualidad expectante también se hace presente en el recuerdo, una meta planteada en el pasado, se trae al presente por medio del recuerdo, pero aún no ha sucedido,   es parte del futuro, para recordar realmente una ilusión es necesario que en el momento en el que nace se llene de sentido y así lograr que se convierta en algo posible.

     Ya con esta aclaración sobre cómo las cosas cobran  realidad  y  significación  se  puede  entrar   a revisar cada uno de los casos que menciona el autor. Uno de ellos es el de aquel que espera algo que no puede ser, el que espera un imposible, pues al momento de perder la esperanza no se convierte en una individualidad rememorante, sino que a pesar  de todo espera. Aquí  surge  la  posible  formación de los desdichados. Sin embargo, el caso opuesto   de aquella individualidad, que no tiene nada que recordar y aun así  no  quiere  estar  expectante,  es la formación del más desdichado. Como en el caso de aquel que siendo ya viejo desea darle significado a una infancia que jamás tuvo, de la cual, no tiene nada que recordar pero esto no le impide volver a ella, o aquel que a punto de morir vuelve sus ojos a los placeres de la vida, aquellos que en el pasado no disfrutó. Este triunfo de las individualidades rememorantes se da porque Kierkegaard considera que las desdichas relacionadas con la esperanza están enmarcadas más en la decepción  que en otra cosa, en cambio son aquellas desdichas, las del recuerdo, las que poseen eso aún más doloroso que las primeras, entre estos desdichados está el superlativo. 

     En esta parte Kierkegaard expone una combinación y al mismo tiempo una imposibilidad: ¿qué es aquello que no permite a la individualidad expectante hacerse presente en la esperanza? ¿Qué detiene a la individualidad rememorante de hacerse presente en el recuerdo? “Aquello que le impide hacerse presente por su esperanza es el recuerdo y aquello que le impide hacerse presente por su recuerdo es la esperanza” (Kierkegaard. 2006, p. 236). En el primer caso la desdicha aparece porque se viven como recuerdo la metas, las ilusiones. Tal como aquel que en algún tiempo soñó con ser marinero, pero esta meta no la cumple en su presente, sino que la mantiene en su memoria y no como pasado, sino todavía como futuro. Se atormenta por su  sueño  recordándolo, no anhelándolo. En el otro caso, se es desdichado porque se espera algo  que  debió  pasar,  tal  como la que vive esperando aquel matrimonio que no sucedió; para ella el suceso debió ser vivido antes, su meta se encuentra en el pasado y no es capaz de entender su situación como un recuerdo, sino que sigue en espera.

     Para poder comprender mejor esta tesis, Kierkegaard se sirve de varios ejemplos. El primero de ellos hace referencia a la diosa Níobe de la mitología griega, hija de Tántalo y esposa de Anfión, rey de Tebas, quien pierde a sus doce hijos a manos de Artemisa y Apolo. Cuando ella se da cuenta de la tragedia, siente un dolor tan insoportable, que en medio  de  su   llanto   implora a Zeus quedar petrificada y convertirse en piedra. Ya como estatua, es transportada al monte Sípilo, donde cuentan que se  veía  brotar  lágrimas  de esta figura de mármol con aspecto femenino. Kierkegaard y los Συμπαρανεκρωμενοι la admiran, pues ella perdió todo en  un  instante,  ella  renunció a la esperanza y al futuro quedando petrificada en el recuerdo, ella en su desdicha logró ser dichosa, porque  ahora hace parte de lo eterno, ya   nada    puede    inquietarle y aunque el mundo cambie,  ella no conoce ni entiende de futuro.

     Los otros casos, el de la parábola  del  hijo  pródigo  y el de  Job,  ambos  ejemplos  bíblicos,  ilustran también pérdida y penas. El primer relato presenta aquel anciano que vive con la esperanza de volver a ver a su hijo, quien decidió marcharse lejos. El segundo muestra la historia del patriarca de la pena, quien pierde todo por designio divino y después es recompensado por su fe. Ambos viven de la esperanza, aguardaban por que Dios les devolviera lo que alguna vez fue suyo. En el caso del hijo pródigo,  este vuelve a casa y el padre lleno de júbilo le dice   a su hijo mayor que “había que celebrar esto con   un banquete y alegrarnos, porque tu hermano, que estaba muerto, ha vuelto a vivir; se había perdido y lo hemos encontrado” (Lc 15, 32); en el caso de Job, que estuvo en la más terrible austeridad, perdió todo menos su esperanza, “desnudo vine a este mundo, y desnudo saldré de él. El Señor me lo dio todo, y el Señor me lo quitó ¡bendito sea el nombre del Señor!” (Job 1, 21). Ellos conocieron la desdicha de esperar, aunque su fe les devolvió lo que habían perdido. 

     Aparece a continuación la figura de un joven que asesinaron a fuego lento, un joven que deseaba ser mártir. Aunque Kierkegaard no especifica quién es, probablemente se trate de san Lorenzo, quien al ser mandado a repartir los bienes de la iglesia por orden del emperador Valeriano, los donó a todos los pobres de Roma. Al verlo, el prefecto le dijo: “Osas burlarte de Roma y del Emperador, y por ello perecerás. Pero no creas que morirás en un instante, lo harás lentamente y soportando el mayor dolor de tu vida” (Duchesne, 1886, p.155). Fue condenado a la hoguera y mientras moría dijo: “Assumestinqüit, versa et manduca” (Duchesne, 1886, p.155 - 156). Es decir, Dadme la vuelta que por este lado ya estoy hecho. Él fue desdichado pero obtuvo la dicha en   su martirio, tuvo lo que tanto esperaba, ser mártir, aunque muy probablemente no como él hubiese deseado. 

     Elvira, el personaje de Siluetas, otro de los textos del libro “O lo uno o lo otro I”, aparece aquí como  la joven que no encuentra sosiego, pues no está segura de si el amor de su vida fue un impostor        o un mentiroso “¿Me engañó? ¡No! ¿Me había prometido algo? No. Mi Juan no era un preten- diente (…) Abrió sus brazos, yo le pertenecí (…) ¿Qué más puedo pedir?” (Kierkegaard, 2006, p. 216). Ella por un instante no fue tenida en cuenta para ganar este torneo de desdichados, dado que una pena amorosa común no posee la relevancia necesaria, pero su pena después tomó tal relevancia, la notar que estar en medio de esta terrible oscilación entre amor y desamor era un tormento, esta pena no encontraba alivio porque no lo buscaba, esta joven nutría su ser con esta contraposición y vivía en función de ella. Después de conocer esta pena, los Συμπαρανεκρωμενοι deciden que ella debía estar, aunque no como la poseedora del sepulcro, sí muy cerca de este. Le dicen que sienta alegría por  su desdicha, le piden que llore durante el día y se divierta en las noches, o viceversa, ella está en la punta de la desdicha.

     Después de tantos casos, de buscar y buscar al acreedor de este sepulcro, aparece el más desdichado. Es un hombre joven, algo encorvado, amante del recuerdo y de la luz de la esperanza. Este joven que aparece en el texto sin un nombre especifico, deduciremos que es Jesucristo. Pero ¿qué argu- mentos se darían para darle este apelativo? ¿Cómo podría ser el redentor de la humanidad el más desdi- chado?

     Jesucristo fue el más desdichado y al mismo tiempo el más dichoso. Kierkegaard proporciona algunas pistas que pueden ser interpretadas y permiten llegar a esta consideración. Una de ellas, es que la dicha está en la muerte y el único que tuvo esta dicha y la perdió ha sido Jesucristo. Por otra parte, el más desdichado no es un individuo sino una comunidad, esto puede interpretarse como los cristianos que forman el cuerpo de Jesucristo, pues son todos hijos de Dios y forman una sola iglesia. 

    Jesucristo vivió y por esto fue desdichado, murió y fue dichoso. Al resucitar fue a sentarse a la diestra de su padre, allí donde el tiempo no existe, es pura eternidad como lo planteaba San Agustín, y solo en este presente se puede ser dichoso. “Dichosos los que reconocen su necesidad espiritual, pues el reino de Dios les pertenece” (Mt 5, 3). Es así como la filosofía kierkergaardiana presenta esta dialéctica entre la esperanza y el recuerdo, y cómo estas, al mismo tiempo, parecen disputarse la causa de la desdicha.

 

Notas

1 Término utilizado por Kierkegaard, haciendo refe- rencia a la expresión griega «comunidad de difuntos». El término resulta de la unión de los términos paránekros (uno que, como yo, está muerto), nenekroménos (difunto) y synne- kroústhai (morir con).


Referencias

Duchesne, L. (1886). Liber Pontificalis 25, vol. 1. París:. E. Thori

Kierkegaard, S. (1976). In vino veritas. Madrid. Ed.: Guadarrama. 

_________ (1976). La repetición. Madrid. Ediciones Guadarrama.

_________(1997). Migajas filosóficas o un poco de filosofía. Madrid. Ed.: Trotta.

_________ (2006). O lo uno o lo otro, un fragmento de la vida I. Madrid, Ed.: Trotta. 

_________ (2006). O lo uno o lo otro, un fragmento de la vida II. Madrid, Ed.: Trotta.