Año 8 No. 9 Enero - Diciembre de 2015

Razones del tigre para matar al lobo: parricidio y erotismo en "Vidas Perpendiculares"


Yeni Zulena Millán Velásquez

Universidad del Quindío

aneluzgo5@hotmail.com


ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X


Resumen

En Vidas Perpendiculares de Álvaro Enrigue, la idea del eterno retorno y de las vidas múltiples, se imbrica con el parricidio, la venganza y el erotismo. Jerónimo, el protagonista, y su padre, su rival, se reencuentran una existencia tras otra para disputarse, a muerte, un mismo afecto. Esta rivalidad que supera todas las fronteras, supone así un análisis de la novela desde varios frentes: las tres instancias fisíquicas propuestas por el sicoanálisis; la tensión existente entre la norma de la cultura y los deseos del individuo; la manera en que el juego estructural del relato permite la multiplicación de la realidad y el individuo; y de cómo el erotismo es la solución aún al más antiguo conflicto. 

Abstract

In Perpendicular Lives of Álvaro Enrigue, the idea of the eternal return and the multiple lives overlaps with parricide, vengeance and eroticism. Jerónimo, the protagonist, and his father, his rival, reunite one existence after another to dispute to death, the same affection. This rivalry that transcends all borders, leads to an analysis of the novel from several perspectives: the three psychic instances proposed by psychoanalysis; the tension between cultural norms and individual desires; the way that the structural game of the story allows multiplication of reality and the individual; and how eroticism is the solution even to the oldest conflict. 

Palabras Clave

Wolf, Tiger, parricide, vengeance,erotism

“Homo homini Lupus”

Hobbes 

 

"Soy el tigre

te acecho entre las hojas secas

como lingotes de mineral mojado"

Pablo Neruda

 

     Una de las expresiones que mejor describe las cotidianas debacles domésticas, hace alusión a un eterno y bien conocido conflicto animal: “mantienen como perros y gatos”. Al detenerse en la propuesta de Álvaro Enrigue en Vidas perpendiculares, podría decirse que este con icto pasa a mayores dimensiones; la fricción se da entonces entre grandes perros y enormes gatos, entre Lobos y Tigres.

     Tal afirmación, lleva ineludiblemente a asignar a cánidos y félidos un carácter y un rostro en la novela. Los lobos representarían a los diferentes padres de Jerónimo, el protagonista; los tigres a cada uno de esos yo que conforman, a través de las diversas vidas, a Jerónimo.

     Para comprender mejor el con icto que se establece entre lobos y tigres en la novela, es necesario revisar sucintamente los hechos que sustentan la narración. Después de una aciaga infancia en la que su padrastro lo explotaba y apenas dejaba que su madre se encargara de él, Jerónimo viaja con su tía a los Estados Unidos para estudiar allí. El nuevo entorno escolar, los compañeros de distintas naciones y lenguas, sus conversaciones con el padre Jhon y los libros que él le facilita, propician que Jerónimo pueda acceder a una nítida regresión de sus existencias pasadas. Al realizar dicha rememoración, se da cuenta de que sin importar que naciera hombre o mujer, la tensa relación que tenía con su padre siempre terminaba con la muerte de uno de ellos por mano del otro. Al horadar en la causa que los conducía al crimen, Jerónimo descubre que aquella también persiste a lo largo de los cuerpos y los escenarios: la presa que ambos ansían tiene cuerpo de mujer; bien sea como madre o como amante.

     Estos dos tipos de hombres (el padre-lobo y el hijo-tigre) personi can instancias sociales y afectivas contrarias: los cánidos son un reflejo de la cultura, de lo público, del amor de ‘fin inhibido’1 (Freud, 1929, p. 34); los félidos, son defensores de la familia como vínculo más cerrado, de lo privado, del ‘amor genital’ 2 (Freud, 1929, p. 34). El con icto que surge entre ambos, es producto del deseo del Tigre por hacerse a la dilección de las distintas presas que ostenta el Lobo. En primera instancia, al amor materno, lo que asienta por tanto el Complejo de Edipo, e instaura el sentimiento de agresividad. En segundo lugar, tras un desplazamiento del objeto de deseo, al hombre o la mujer, siendo ésta convertida, por diversas circunstancias, en tabú por el Padre-lobo, a lo prohibido; aquello que lo lleva nalmente a ejecutar el parricidio.)

     Así pues, Vidas perpendiculares se advierte como una apuesta para poner frente a frente a dos antagonistas por antonomasia. Puesta sobre la mesa la fruta de la discordia, veamos que tantas vidas se precisan para que Lobo o Tigre, la reclamen con la debida dentellada.

     I. Mundo de abajo o Superyó, Mundo de en medio o Yo, Mundo de arriba o Ello

     Para comprender mejor el con icto entre el Padre-lobo y el Hijo-tigre, resulta imprescindible revisar sus inicios. Para ello, es necesaria una analogía entre el andamiaje social descrito por Jerónimo antes de convertirse en joven tigre e iniciar su camino como parricida, y el referido por el sicoanálisis. Al momento de ser aún un lobezno y miembro de la jauría, Jerónimo re ere una marcada división entre el Mundo de abajo, el Mundo de en medio y el Mundo de arriba. En relación con dichos mundos estarían, correspondientemente, las tres instancias de la mente: Superyó, Yo y Ello.

     La relación entre las dos estructuras, la social y la mental, se establece precisamente en aquella vida que parece ser la más antigua de cuantas ha vivido Jerónimo:

Nuestro padre era el mundo de abajo [...] Todo lo que raspa y corta [...] En el mundo de arriba, del que venimos y al que vamos a ir a dar, había toda clase de espíritus y nosotros éramos protegidos y acosados por sus diferentes animales, pero ser como ellos estaba prohibido [...] Y había un mundo de en medio que era el de nuestras madres [...] Ellas gobernaban nuestros sueños [...] Era un universo de vértigo y de zozobra, pero también de prodigios [...] Era un mundo sin desgaste (Enrigue, 2008, p. 83-84).

     En las anteriores líneas, se vislumbran los esbozos de la tensión entre padre e hijo, entre regidor y subordinado: el padre o Superyo aparece como represor, el hijo o Ello como sujeto reprimido. Por otra parte, al seguir la descripción del joven lobo se advierte que la madre, la mujer o el Yo, hace parte de una esfera distinta, más apacible y cálida, más cómoda para el hijo. También por ello, está destinada a jugar un doble papel entre ambos niveles mentales; en principio como mediadora y al nal, como objeto de deseo.

     Como es de suponerse, al inicio de la novela el Ello-hijo parece ceñirse a las reglas impuestas por el padre:

Afuera el mundo de abajo, más allá de las copas de los árboles era el de arriba, el cubil era el de en medio: olía intensamente a musgo -el olor de nuestras madres- y tenía un orden que no se podía modi car, a riesgo de ser perseguido a pedradas por nuestro padre (Enrigue, 2008, 84).

     Orden al que el hijo se amolda, aún a pesar de que, evidentemente, el olor del musgo, el de la madre, le representa una primera invitación para quebrantar la ley. De lo anterior se in ere que el primer roce entre padre e hijo se presenta en un estadio infantil del segundo. La gura idónea y acogedora de la madre, su anhelo de fundirse en ella, suscita en el lobezno un sentimiento de recelo hacia su padre-lobo, con lo cual se hace tangible el complejo edípico que se hará recurrente en varias de las posteriores existencias de Jerónimo.

     La oportunidad para quebrantar el orden paterno sobrevendrá luego. Tras una ceremonia en la que el joven lobo y sus hermanos dejan a su primera madre, su abuela, (hecho que además marca su paso de la infancia a la adolescencia) “cantando la canción por nosotros por el joven lobo y sus hermanos en la madriguera del mundo” (Enrigue, 2008, p. 87), el joven lobo conoce a su primera y única pareja, encuentro que describe casi como un acto luminoso, de completa liberación:

Me despertó la caricia de una de ellas en el culo: me lo estaba oliendo. Su madriguera despedía el olor de una fruta desconocida y dulce; no era ni el musgo, ni el miedo, ni el lobo [...] La monté. Nunca lo había hecho antes porque en el cerro del Lobo sólo acercarse a una de ellas estaba penado con el destierro. Esa noche soñé con el tigre (Enrigue, 2008, p. 90).

     El primer contacto sexual con la mujer (el sueño cumplido) y el anunciamiento del tigre desde el mundo onírico (el sueño próximo a cumplirse), constituyen las dos improntas que propiciarán la ruptura entre Ello y Superyó, entre hijo y padre. Dicho rompimiento se establece, en palabras de Freud, como re ejo de la tensión entre Eros y la muerte que inicialmente “se exacerba en cuanto al hombre se le impone la tarea de vivir en comunidad” y termina por agudizarse “Cuando se intenta ampliar dicha comunidad” (Freud, 1929, p. 58). Por lo mismo Jerónimo, el otrora obediente y gregario lobezno, se transformará en este punto en joven tigre, el enemigo acérrimo del lobo. No permitirá que su progenitor lo aliene del recién conquistado mundo de en medio, el de la familia, al que también pertenece su mujer, y lo arroje al mundo de afuera o abajo, el de la cultura. No volverá a ser un subordinado más bajo la voluntad de su autoritario padre.

     El detonante para que inicie el juego de venganzas entre padre e hijo, se suscita a raíz de la separación que debe sufrir el aún joven lobo de su mujer, la cual es realizada en nombre del bienestar de la comunidad y por voluntad y conveniencia del padre: 

La habían acomodado con las demás y había quedado a disposición de las peregrinas erecciones de mi padre y sus desfogues diurnos y obscenos [...] Estábamos lamiéndonos cuando sentí el olor de mi padre, que entró aullando a separarnos [...] Me trepé de un salto al árbol al que el lobo nunca se hubiera podido trepar. Entonces bajó por su tronco el tigre de arriba y se apoderó entero de mi cuerpo [...] Olí su miedo y mi piel completa se erizó de placer ante el plan de acecharlo hasta enloquecer de terror su mente simple de perro (Enrigue, 2008, p. 91). 

     Como se hace notorio, el germen de la discordia que surge en el hijo por una acción del padre (evidenciado además en el paso que de lobo a tigre realiza Jerónimo), no es otro que el de la pretensión del Superyo por mantener su dominio sobre aquel Yo que representa en este caso la mujer, y que el Ello ya daba por conquistado. Así, como lo re ere Sloterdijk “Lo demoníaco hace su entrada” pues “el diablo es un efecto re exivo; surge cuando algo que ya es un Yo debe convertirse de nuevo en ello” (Sloterdijk, 2003, p. 519); cuando el padre intenta evitar que el hijo a su vez se convierta en la gura de autoridad que él representa.

     Ese será quizás el mayor error del padre, pues al no contar con que “cuanto más inequívocamente el otro Yo se ha mostrado como hecho de vida, tanto más fuerte será la necesidad que sentirá el Yo negativo de romper el espejo” (Sloterdijk, 2003, p. 519), el ahora joven tigre le acechará con más ahínco (y con éxito en varias vidas), conseguirá reducirlo a trizas y convertirse en la imagen imperante sobre el Yo.

     Sin embargo, tras ejecutar el primero de la nutrida cadena de parricidios que rememora Jerónimo, se ciernen sobre él con este crimen los dos tipos de culpabilidad de los que Freud hiciera mención “uno es el miedo a la autoridad; el segundo, más reciente, es el temor al super-yo. El primero obliga a renunciar a la satisfacción de los instintos; el segundo impulsa, además, al castigo” (Freud, 1929, p. 53). El castigo, en este caso, será la presencia constante del padre como hostigador, pues sin importar la gura de verdugo o víctima que tome según la vida, el ahora joven tigre, Jerónimo, sentirá que “Desde entonces el espíritu de [su] padre [lo] persigue” (Enrigue, 2008, p. 93).

     Sentadas pues las bases del con icto en la más antigua de las existencias, se da pie a que “El proceso que comenzó en relación con el padre [concluya] en relación con la masa” (Freud, 1929, p. 58); lo cual explicaría muchas de las condiciones de alienación a las que es sometido Jerónimo en su más reciente vida, y así mismo, su manera de encararlas.

     II. Las rayas del tigre

     La diversidad y multiplicidad de cuerpos que Jerónimo asume en sus distintas vidas, se proyectan al mismo tiempo como características de su personalidad, su carácter, e incluso, del juego estructural de la novela y los espacios que, objeto de este, se desprenden.

     Hombre o mujer, al momento de narrar se hace tangible la imbricación de Jerónimo no sólo consigo mismo, sino con sus otros yoes, con miras a conseguir la sapiencia de sí, al tomar “esa doble distancia a la que debería dedicarse todo conocimiento de las cosas humanas; un conocimiento en que somos al mismo tiempo objeto y sujeto, lo observado y el observador, lo distanciado y lo concernido” (Didi-Huberman, 2008, p. 4). Esa relación intimista, propicia el tipo de conversación que se establece entre jugadores de un mismo juego, un constante pasar “del one to many, del uno a muchos [al] many to one, del muchos a uno”, que crea una suerte de identidad múltiple cuya condición de unidad viene dada por “la acción de reciprocidad”, hecha posible cuando “esos muchos se individualicen en un colectivo o ese many sea la conjunción de todos los one, tomados de uno en uno” (García, 2006, p. 14).

     El conocimiento que Jerónimo sustrae de sus regresiones es una medicina agridulce, como él mismo la describe, “La memoria es el conocimiento del acecho constante de la muerte” (Enrigue, 2008, p. 28); o como la re ere el narrador de la presente existencia de Jerónimo, que podría ser otro de sus yo “Jerónimo es, además, un ejemplo clásico del recuerdo ajeno [...] la semilla del drama de Jerónimo: yo somos varios” (Enrigue, 2008, p. 23).

     Este conocimiento, que no depende del género que asuma Jerónimo en una u otra vida, está condicionado por una misma pulsión: la fuerza erótica. En las existencias femeninas, suele llevarlo a ejercer el dominio sobre la pareja y buscar el bienestar económico, pero sobre todo, sexual. En las ocasiones que toma cuerpo masculino, lo impulsa a la agresividad, y a mostrarse dócil y vulnerable únicamente ante la mujer amada. Aun así, en ambos casos el resultado es el mismo. Jerónimo termina por convertirse en parricida ante el afán de libertad y el agobio de la restricción paterna; sucumbe pues ante la carne como vehículo emancipatorio, tal y como lo describe Bataille (1957):

La carne es en nosotros ese exceso que se opone a la ley de la decencia. La carne es el enemigo nato de aquellos a quienes atormenta la prohibición del cristianismo; pero si, como creo, existe una prohibición vaga y global que se opone, bajo formas que dependen del tiempo y del lugar, a la libertad sexual, entonces la carne es la expresión de un retorno de esa libertad amenazante. (p. 68)

     Tal vez ese mismo apremio por la carne, y la posterior desilusión que le trae la imposibilidad de no acceder a la misma duraderamente, es el causal del siguiente razonamiento de Jerónimo en el que compara, casi que resume, la angustia vivida tantas veces por el mismo motivo: “El burdel se parece a la escuela: una gran acumulación de horas escuchando historias que no conducen a nada y algunos momentos de excitación que más bien concluyen en dolor” (Enrigue, 2008, p. 98-99).

     Pero ese sufrimiento, ese conocimiento ambivalente, es el que propicia el surgimiento de una suerte de códigos o reglas vitales, que son las que le permiten avanzar tanto a Jerónimo en la persecución de su objetivo (la eterna amante), como a la novela en la consolidación del suyo (el proyecto narrativo). Entre estos códigos, muy sucintamente, habría que mencionar los siguientes: la identificación del objeto de deseo con un aroma frutal característico; los ojos verdes helados del acompañante del enemigo y los ojos saltones propios; y por último, la tensión constante entre lenguaje (propio de la cultura) y fuerza o instinto (relativo a la familia), el cual se agudiza o resuelve por acción del erotismo.

     Debido a ello mismo, la novela y su desarrollo se advierten a manera de un juego en el que “lo virtual [realidad de posibilidades problematizadas] es generador de orden y la causa por la que se mueve es la causa nal, aquella causa que opera por la atracción del n, y se mueve dentro de la eternidad” (García, 2006, p. 5). Y en este juego, en el que el joven tigre toma el rol de ese “autor anterior a todos [...] generador de la estructura del juego”, Jerónimo asume el papel de jugador experimentado, que curtido de conocer y sufrir, al n comprende que “Jugar es elegir” (García, 2006, p. 12).

     III. Las tejedoras de sueños

     La mujer en Vidas perpendiculares detenta el poder por el deseo que suscita tanto en lobos como en tigres. Como lo dice el aún joven lobo “Ellas gobernaban nuestros sueños. Su territorio era el de la transformación de las cosas sin motivo, el de las visiones y las reacciones sin acciones que las antecedieran o las siguieran” (Enrigue, 2008, p. 84). Dominaban el cuerpo masculino, lo transformaban con la magia del suyo, y una vez que la mente quedaba al garete, se esbozaba el crimen.

     La autoridad de los personajes femeninos, se con gura a la par desde dos focos: el de las existencias femeninas de Jerónimo, y el de la eterna amada en disputa. En relación con el primer foco, habría que citar respectivamente, a “la mujer del chinazo” y a “la hija del cabrero”:

Naturalmente no estaba destinada a ser su esposa [...] Mi función era otra, ciertamente mejor: bestia de carga, matrona de camino, camella ardiente [...] aquella fue una de mis mejores vidas de hembra: no esperaba más que di cultades, no tenía referentes, me sobraba trabajo físico y era autosu ciente (Enrigue, 2008, p. 37-38).

Y había otro proyecto en el que la pieza clave era yo, que estaba en edad de ser tra cada [...] tal vez tuviera los ojos demasiado saltones, pero contaba con el mejor par de tetas de Filadel a y un padre [...] que me aguantaba lo que fuera (Enrigue, 2008, p. 107). 

     En consecuencia, se hace factible hablar de esta novela, bajo ese sentido de la historia mencionado por Sloterdijk (2003) como aquel donde:

La belleza hace vibrar su fusta sobre la sabiduría, el cuerpo vence a la razón; la pasión hace dócil al espíritu, la mujer desnuda triunfa sobre el intelecto masculino; la razón no tiene nada que oponer a la fuerza de convicción que poseen pechos y caderas. Por supuesto que aquí están presentes los clichés femeninos de moda, pero el punto clave no está, sin embargo, en ellos, sino en el hecho de que describen una oportunidad del poder femenino. (p. 380-381).

     Aun así, es este mismo poder el que hace que la mujer se considere como objeto a la vez sagrado y repulsivo en la novela como tabú poseedor de “una fuerza peligrosa, transmisible por el contacto como un contagio” (Freud, 1913, p. 24) al ser concebida desde la visión y el orden impuesto por la cultura (que en este caso se identifica con lo cánido, puesto que es el padre-lobo quien dictamina la organización social del grupo y designa prohibiciones tales como la imposibilidad de apareamiento entre miembros del mismo tótem); y como “aquello que es sagrado o superior al nivel vulgar, y a la vez peligroso, impuro o inquietante” (Freud, 1913, p. 25).

     Ambas consideraciones, de la mujer como amenaza de un lado, y como dorada fruta del anverso, son reconocibles desde distintas voces en la novela. En el primer caso, asignándole un carácter peligroso a lo femenino, como aquello que es mejor eludir, aparece un superior de Jerónimo, quien por entonces es Cazamonjes, denominado como il Anglese

Cuando il Anglese me volvió a mandar llamar, le dije que había que ser paciente, que cualquiera que hubiera tenido trato con mujeres lo sabría. La idea de ser ministro de Dios, me dijo con toda seriedad, es precisamente no tener trato con mujeres (Enrigue, 2008, p.122).

     Y este mismo señalamiento, se realiza de una forma más cruda, por el tío porteño de Jerónimo: “pero a las mujeres o se las deja en la miseria o se las mata” (Enrigue, 2008, p. 57).

     En consonancia con el segundo foco, en aprobación a la autoridad femenina hecha visible en esa lid por la eterna amada, en contraposición a la axiología negativa endilgada a la mujer, se levanta la voz de Jerónimo como su defensor.

     En primera instancia, en su vida como joven lobo y posterior joven tigre, prácticamente se entrega en sumisión ante el femenino y magnético aroma: “la pertinaz presencia del olor de mi mujer otando por nuestro estercolero como un hilo de estrellas, me impedía dormir” (Enrigue, 2008, p. 91), “Por las noches me acercaba a la entrada de la madriguera, a oler con hambre el hilo de plata que dejaba mi mujer” (Enrigue, 2008, p. 92).

     La segunda instancia, se da en momentos subsiguientes: primero, durante su existencia como Cazamonjes, y luego como Jerónimo. En ambas reencarnaciones, el protagonista pone de relieve su posición a favor de su amada o de su madre, por encima de los valores de la cultura: “A media tarde ya estaba listo para dejar los hábitos en nombre de la dama del confesionario: servir a la belleza siempre es estar del lado de Dios” (Enrigue, 2008, p. 132), “Lo que sí hizo Mercedes, porque no era un monstruo -era algo acaso más complicado de entender: una mujer a la que jodieron tanto que cuando pudo tomar sus decisiones las tomó jodidas-, fue visitarme en cinco ocasiones” (Enrigue, 2008, p. 159).

     De allí que, al igual que la mujer, el propio Jerónimo termine convertido en otro individuo intocable, en otro tabú, al permitirse disfrutar de “los dos placeres más antiguos e intensos de los hombres” que devenían de quebrantar las dos prohibiciones igualmente antiguas: “respetar al animal tótem y evitar las relaciones sexuales con los individuos de sexo contrario, pertenecientes al mismo tótem” (Freud, 1913, p. 34), hechos en los que reincide el protagonista una vida tras otra.

     Sin embargo, llegado ese momento del último movimiento, cuando Jerónimo está en plena conciencia de ser el jugador con el as bajo la manga, toma la decisión que le valdría la jugada maestra “haría lo que fuera necesario para no matar a ese Octavio del Río [su padre] y dejar, así, de estar maldito” (Enrigue, 2008, p. 196); disposición que elmente cumple aún a pesar de que las circunstan cias vuelvan a subrayarle lo revulsivo del afán de afiliación de su padre.

     Y justamente es esa decisión la que le permite saldar cuentas con el padre lobo por lo sano. No es por el parricidio, sino por la dulce venganza de acceder a la mujer prohibida -Tita, su madrastra en la más reciente existencia- que Jerónimo llega a esa “acción nal del juego” (García, 2006, p. 18), que no es otra que la de ganar al conseguir el objetivo. Tita, la mujer de siempre y de nunca, suma de todos sus amores frustrados, dueña de sus sueños, al término del relato le cierra los ojos con la yema de los dedos, invitándolo a sumirse de nuevo en la única posibilidad que le queda: la de disfrutar esa “fruta que dejamos de comer hace mil años” (Enrigue, 2008, p. 211), al haber escuchado por fin, claramente, el mensaje de “la diana que le ha correspondido siempre y que el azar se ha empeñado en escatimarle” (Enrigue, 2008, p. 231); su mensaje.

     IV. Sweet Tiger

     Como ya se ha consignado en los anteriores apartados, Vidas perpendiculares es una especie de novela lúdica, cuyas partidas entre jugadores se dan en varios niveles; tanto en el plano estructural, como en el narrativo. El relato de Jerónimo, construido a partir de sus múltiples voces, nos acerca a esa idea nietzscheana del ‘eterno retorno’, especie de noria, de Samsara, siempre puesta en movimiento por las mismas motivaciones e idénticos protagonistas.

     Parricidio y erotismo, cultura y familia, amor de liación pública, conveniente, y amor de disfrute privado, intenso e indómito, son las diadas que en eterna lid intentan unir o desbarajustar ese matrimonio grupal que tan fuerte raigambre tiene en las sociedades antiguas, y aún más, en las actuales.

     Pero como nos lo enseñan Jerónimo y Tita, hasta para los grandes males hay remedios infalibles, y sobre todo, de buen sabor. A dieciocho horas eternas, se les suma el escarnio de un lobo, con palabras precisas y con golpes certeros. Al nal obtendremos, una ardiente domadora y a un sweet tiger relamiéndose, satisfecho hasta otra eternidad. 

Notas

Según Freud, aquel tipo de afecto de tendencia social que conlleva a entablar una amistad y que se relaciona con la esfera pública. 

Según el mismo autor, se trata del afecto de tendencia privada que se establece entre una pareja, y además de satisfacer sus necesidades genitales, los lleva a constituir una familia. 


Referencias

Bataille, G. (1957). El erotismo. Recuperado de http://www.lapetus.uchile.cl/lapetus/archivos/1324994411Bataille,Georges.ElErotismo.pdf

Didi-Huberman, G. (2008). “La emoción no dice “yo”. Diez fragmentos sobre la libertad estética”. En AAVV, Alfredo Jaar: La política de las Imágenes. Santiago de Chile: Metales Pesados.

Enrigue, A. (2008). Vidas perpendiculares. Barcelona: Anagrama.

Freud, S. (1929). El malestar en la cultura. Recuperado de: http://www.anm.org.ve/FTPANM/online/2012/boletines/N45/Seccion-11-FREUD.pdf

Freud, S. (1913).“TótemyTabú”.En Tomo XIII. Obras completas

García, F. (2006). “Videojuegos y virtualidad narrativa”. Icono 14. Revista de comunicación y nuevas tecnologías (8): 1-24.

Sloterdijk, P. (2003). Crítica de la razón cínica. Madrid: Siruela.