Año 8 No. 9 Enero - Diciembre de 2015

La locura heroica en la épica y la tragedia griega


Jhoana Andrea Gutiérrez Cadavid

Fundación Universitaria Luis Amigó

jhoa.guti@gmail.com


ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X


Resumen

La concepción de locura en el contexto de la antigua Grecia cambia paulatinamente y ello se comprueba en la épica y la tragedia. El presente texto pretende rastrear en los casos de Áyax y Orestes, en ambos géneros literarios, la visión que los griegos tenían de este fenómeno y junto con ello, el diferente tratamiento que se le da. 

Abstract

The conception of madness in the context of ancient Greece changes gradually and this is found in the epic and tragedy. This text attempts to track, in the cases of Ajax and Orestes, the vision in both genres that Greeks had of this phenomenon and, along with it, the different treatment that it is given to them. 

Palabras Clave

Madness, Ancient Greece, epic, tragedy

     La concepción de locura en los griegos di ere sustancialmente de la idea de ésta que se ha forjado actualmente a través de los campos especializados de la medicina. Para los griegos las emociones y los sentimientos no pertenecían a los sujetos, sino que eran inspirados y puestos por los dioses, eran fuerzas ajenas e independientes del manejo de los mortales.

     La tragedia griega y la épica, como géneros literarios, representan por medio de sus obras el destino humano y su relación con lo divino. A través de su drama, estos géneros muestran la locura como una enajenación del hombre, haciéndolo actuar de forma incomprensible para quien está cuerdo, además la locura no se presenta solamente como un estado mental sino como una enfermedad que ataca la parte física de los mortales.

     Definir locura en los griegos es un poco problemático ya que su época y su cultura se distancian considerablemente de la nuestra, y cabe anotar, también, que el concepto de locura varía a través del tiempo y está en estrecha relación con las normas de conducta impuestas por la sociedad de cada época de la historia.

     Para definir la palabra locura en el lenguaje griego antiguo se utilizan varios sustantivos, adjetivos y verbos que pueden designar y traducir esta palabra, pero no hay ninguna que equivalga exactamente a locura. Por lo general, estas palabras que podrían signi car locura, designan el estado de alguien que puede estar bajo los síntomas de enajenación, a quien se le ha extraviado la razón. La palabra locura «traduce diferentes sustantivos griegos, entre otros, ánoia que es ausencia del nous (mente, intelecto); paranoia es desvío del nous, un estado de la mente que está desviada» (Laurence, 2010, p. 2). Se comprende que locura no está opuesta al intelecto, a la razón sino extraviada de ella.

     Ahora bien, a pesar de las dificultades que presenta la traducción de la locura, la concepción de este término en los griegos y la manera como ésta evoluciona, puede hacerse evidente en el análisis de algunos géneros literarios, en este caso: la épica con La Odisea y La Ilíada; la tragedia con Áyax de Sófocles y Orestes de Eurípides.

     Es así como se pretende mostrar, a través de la tragedia y la épica, la visión de locura que tenían los griegos, principalmente en las obras que hemos mencionando con anterioridad, y observar los actos que realizan estos personajes en su estado de enloquecimiento, su forma de proceder y cómo este estado afecta, más que al intelecto, la salud física de los hombres.

     I. La locura en la épica

     Los héroes en Homero, se presentan en ocasiones con confusos cambios mentales que podríamos interpretar como imprevistas pérdidas de la razón, como ya lo habíamos señalado, la ánoia. Cabe aclarar que este tipo de comportamientos aparecen en la épica de manera justi cada y aprobada, ya que en la época de la épica imperan ciertos valores heroicos: la valentía para ir a la guerra y la doxa o fama que deriva de ésta. Sin embargo, el poeta presenta este tipo de comportamientos insólitos como muestra de desmesura o crueldad, pero no precisamente de enloquecimiento.

     La locura en la épica no afecta a todos los hombres de la misma manera: en aquellos hombres que no pertenecían a determinada clase social, por ejemplo, hombres del común, la locura se presenta en ellos sin atisbos de agresividad ni síntomas físicos; la locura en los héroes se muestra como perturbación de la phrenés, que está relacionada con la vida anímica del hombre homérico. Asimismo, podemos decir que este estado, transitorio y repentino, es provocado por la intervención de los dioses que dañan al hombre de manera externa.

     La phrenés homérica, como lo hemos declarado, se relaciona con la vida anímica del hombre y es concebida como una especie de órgano que proporciona la lucidez del hombre; este órgano permite reaccionar de forma correcta ante una situación especí ca. Es por ello que cuando la phrenés se encuentra perturbada, el personaje que sufre este fenómeno queda distraído, débil y, por consiguiente, sin capacidad de acción. La perturbación de la phrenés es, pues, la trasformación del comportamiento, de la conducta, es locura.

     Por otro lado, nos encontramos también en la poesía homérica con el término áte que se utiliza para referirse a una alteración pasajera provocada por la divinidad. Por lo general, ésta se presenta luego de la intervención directa de los dioses quienes obstruyen y enajenan a los mortales. En otras ocasiones la repentina ofuscación surge de la imprudencia o la obstinación del héroe, siendo incapaz de observar las consecuencias de su conducta. Podemos deducir de aquí que en algunas ocasiones la áte puede estar asociada directamente con la phrenés.

     Por ejemplo, el Áyax de Homero, como comentario general, es obstinado pero valiente, de aquí resulta ser el baluarte de los aqueos. Áyax, encolerizado porque no se le concedió la armadura de Aquiles, ya muerto, decidió matar a los hermanos y jefes griegos, Agamenón y Menelao; Atenea para proteger a éstos, golpea a Áyax con violencia y éste acaba con su vida, clavándose su propia espada.

     Durante la guerra de Troya, Áyax luchó contra Héctor en dos ocasiones, ambos encuentros se dieron cuando Aquiles había abandonado el campo de batalla, ya que éste se había molestado con el rey Agamenón. Cuando Aquiles muere, mucho más adelante en La Odisea, Áyax y Ulises se unen para luchar por recuperar el cuerpo del héroe muerto y enterrarlo junto al cuerpo de su amigo Patroclo. Al obtener efectivamente el cuerpo, ambos se disputan por la armadura del guerrero. Odiseo, por ingenio, derrota a Áyax, y éste, furioso, cae al suelo. Cuando se levanta, lo hace loco de furia, demencia infundida por Atenea; en su delirio, confunde a un rebaño de ovejas con Odiseo y Agamenón y mata a todos los animales. Luego, cuando despierta de su locura se ve rodeado de sangre y decide quitarse la vida antes que vivir en la deshonra y la vergüenza. Para lograr su objetivo, se suicida con la espada que Héctor en una ocasión le había regalado.

     Ahora bien, Homero no trata con profundidad el caso de Orestes, encontramos muy pocas referencias de su locura en la poesía, pero podemos decir que según el poeta el destino de Orestes está ya designado por los dioses: él está destinado para vengar a su padre matando a su madre. Tal es la referencia que tenemos sobre Orestes.

     En Homero, pues, la locura aparece y se identifica como una perturbación temporal de la conducta, no como una disminución de la capacidad del entendimiento humano. Sin embargo, como hemos mencionado, la locura en Homero no ofrece grandes descripciones de este estado, ni es considerada tampoco como una enfermedad; la esencia, la naturaleza de la épica, justifica la locura, puesto que lo que le interesa es ennoblecer a sus héroes, y trata de mantenerlos alejados de las miserias. Es muy posible que en la tragedia, como ya veremos, estos síntomas se encuentren relacionados significativamente con la épica, así como la presenta Homero.

     II. La locura en la tragedia

     La tragedia, en contraste, presta especial atención a los casos de locura que se ven en la épica. La tragedia presenta la locura como una frecuente venganza de los dioses contra el héroe. Este motivo de locura, ausente en Homero, se muestra en la tragedia como un valioso instrumento con el que el poeta trágico ahonda en la condición humana del héroe y en las relaciones del hombre con los dioses. Sin embargo, la responsabilidad de los dioses en la locura humana no viene siempre dada de la misma forma: en Áyax, se pone de relieve el poder incontestable de los dioses y el riesgo que amenaza al hombre si no acepta los poderes divinos como superiores a él; en Orestes, la divinidad ya aparece meramente como último recurso, puesto que en esta pieza se oculta el verdadero motivo de delirio del héroe, ésta le produce un remordimiento y un con icto que se presenta internamente en el héroe.

     Sea cual sea el motivo de la locura, si es merecido o no, la pérdida de la razón en la tragedia, suscita, en general, consecuencias similares: el protagonista se desliga de la realidad y se ve incapaz de dominar sus acciones. La locura en la tragedia ya no se concibe exclusivamente como una alteración de la conducta, como pasaba en la épica, sino que ya se identi ca como una terrible enfermedad que tiene como efecto el derrumbamiento físico y anímico del héroe.

     Antes de pasar a tratar con un poco más de detenimiento el tema de la locura trágica, veamos de qué tratan estas dos tragedias: Áyax y Orestes.

     Áyax, la primera tragedia conservada de Sófocles, pertenece por su tema al ciclo troyano. Cuando muere Aquiles en vísperas de la caída de Troya, Áyax y Odiseo se disputan la armadura de aquel, ganándose este último el favor de los griegos. Áyax, ofendido, decide asesinar a Odiseo y a los Atridas, pero Atenea, al observar el terrible acto que va a realizar contra Odiseo, ciega a Áyax el entendimiento y, en su pasajera locura, el héroe da muerte a unas reses. Cuando vuelve en sí de su desvarío, comprende que la única salida para un hombre de honor como él, es la muerte.

     La obra comienza con un diálogo entre Atenea y Odiseo, donde se presencian, durante el diálogo, los desvaríos de Áyax; éste sale un momento a escena, todavía convencido de haber dado muerte a sus enemigos. El coro se hace eco de los rumores que corren acerca de Áyax. Después aparece Tecmesa, esposa del héroe, que narra el exterminio nocturno ejecutado por su marido a las reses y, poco después, cuando la locura desaparece, el propio Áyax expone su decisión de morir. Su mujer y el coro tratan de convencerlo que no cometa tal acción. Traen a su hijo Eurisaces, pero él no desiste; poco después se despide veladamente de sus eles marineros y entona un monólogo antes de lanzarse sobre su espada clavada en tierra. Tecmesa, al descubrir el cadáver de Áyax, estalla en gemidos y lamentos. Aparece también Teucro, hermanastro de Áyax, que se opone rmemente ante la pretensión de Menelao de dejar insepulto el cadáver del héroe. Más adelante hará lo propio ante Agamenón. Odiseo intercede noblemente por el muerto, y la obra termina con los preparativos para su funeral, a cargo de Teucro.

     Ahora bien, Orestes es una tragedia muy particular. Eurípides presenta en Orestes las consecuencias del asesinato del matricida atormentado por las Euménides, diosas por excelencia de la locura, quienes perseguían a los culpables de los crímenes de sangre. El personaje se encuentra en una litera, mientras Electra lo cuida y ruega al coro que no hablen fuerte porque pueden despertarlo. Los ataques de locura del protagonista cesan en la medida en que se desenvuelve la tragedia.

     Después de la muerte de Clitemnestra, Orestes yace en una cama atormentado por las Erinias, mientras su hermana le da la noticia de que su única esperanza de salvación, Menelao, había llegado a Argos. Luego de esta llegada, de que el coro se compadeciera del enfermo y de que el recién llegado hiciera lo mismo, Orestes le pidió a Menelao que los ayudara para que el pueblo no decidiera la muerte para él y su hermana, aprovechando que el rey debía de sentirse en deuda con Agamenón. Sin embargo llega Tindáreo, padre de Clitemnestra, y amenaza a Menelao con no dejarlo tocar de nuevo tierra espartana si decidía ayudar al joven asesino. No obstante, éste decide apoyar a sus sobrinos pero solamente con palabras, lo que Orestes interpretó como cobardía. Cuando Pílades, amigo entrañable del héroe, llegó a su lecho, Orestes le narró lo sucedido y entre los dos decidieron ir, opinar y refutar al lugar del juicio, sin informarlo a Electra que seguramente trataría de impedirlo. Momentos después, arribó un mensajero que contó todo lo ocurrido en el juzgado argivo, destacando las intervenciones de cuatro individuos que opinaron acerca del futuro de los hermanos matricidas. Sin duda, el hablante que sobresalió en el relato del mensajero fue el dirigido por Tindáreo y que proponía la muerte a pedradas. Ningún argumento defendió a Orestes, que nalmente decidió suicidarse con su hermana. El hijo de Agamenón llega al lugar donde estaban Electra y el coro, para informar el suicidio próximo. Ésta le pide que la asesine, pero su hermano se niega, mientras Pílades propone un plan para vengarse de Menelao antes de morir. Sin embargo, Electra propuso uno mejor en el que no había que morir y podía lograrse el mismo objetivo.

     Junto al coro, que se divide en dos, Electra vigila la llegada de Hermíone o de cualquiera que pudiera dañar el plan suicida, mientras su hermano y Pílades entraban al palacio en busca de Helena para matarla. Cuando llegaron, se arrodillaron frente a sus rodillas y, luego de engañarla con mentiras, Pílades encerró a los esclavos de la víctima y Orestes la degolló, después como por arte de magia desapareció.

     Eurípides culmina la tragedia con la presencia de Apolo. Después de que Electra animó a su futuro esposo y a su hermano para asesinar a su tía, engañó a Hermíone para que entrara al palacio donde se convirtió en rehén de Orestes. Menelao llegó, después de enterarse de lo sucedido, sin creer lo de la desaparición y entre amenazas de Orestes de incendiar el palacio y de degollar a Hermíone, apareció Apolo con Helena viva, y de manera imperativa predijo el feliz futuro de los presentes: Orestes se casaría con la rehén, su hermana con Pílades y Helena se convertiría en diosa.

     Volvamos nuevamente a centrar la atención en la locura trágica. De manera extraña, la debilidad y la desesperación que siente el héroe, sólo es captada conscientemente cuando el enfermo recobra la salud, puesto que bajo los efectos de la locura no comprende su situación ni sabe cómo solucionarlo; el enfermo en tales condiciones descuida su cuerpo, abandona toda actividad y no come ni bebe: « Reclíname otra vez en la cama. Cuando cede el ataque de locura, estoy descoyuntado y desfallecen mis piernas» (Eur. Or. 227-228). «Nuestro hombre cuando se encontraba en pleno ataque disfrutaba con las atrocidades en las que estaba inmerso [...] Pero ahora, una vez que ha cesado y ha vuelto en sí de su locura, el mismo está hundido por completo en un fatal abatimiento» (Soph, Aj, 271-276). Durante los asaltos de locura, en cambio, orece un espíritu impetuoso, lleno de energía, haciendo que el héroe actúe de manera impulsiva, él inmerso en delirios reacciona de manera violenta ante lo que suponga una amenaza.

     La visión de locura como enfermedad, está fundamentalmente sujeta a la exposición y representación de los síntomas físicos que padece el héroe trágico que sirven para resaltar el padecimiento de éste. En Áyax, la locura causa sólo ceguera selectiva, es decir, el protagonista observa sólo unas cuantas cosas, se encuentra nublado de la vista.

«El realismo en la descripción del comportamiento de los personajes en su locura, con el que Sófocles y Eurípides logran una conmovedora humanización del héroe, se rompe, sin embargo, en algunos aspectos: a diferencia de los esquizofrénicos y los histéricos, sumidos en una enfermedad crónica que les impide reconocer la perversidad de los actos cometidos durante sus crisis, los héroes de la tragedia recobran rápidamente el juicio y asumen con vergüenza y arrepentimiento sus monstruosas acciones.» (Conti Jiménez, 2000, p 45)

     Es necesario, en la tragedia, que el héroe se libere de su locura para que pueda comprender el alcance de sus errores y, haciéndose consciente, sufra el peso de su destino. Con ello, entonces, asistimos a la caída del héroe y a su confrontación con el mundo.

     III. Conclusión

     Con este breve recorrido por los poemas homéricos y la obra de los trágicos, Sófocles y Eurípides, nos hemos acercado un poco a la concepción de locura en el mundo griego. Es indiscutible la distancia temporal entre Homero y los trágicos, sin embargo, las características y la naturaleza de cada género señalan en las obras analizadas un rasgo particular, que va acompañado, con las diferencias evidentes de la vida social y religiosa. Así, mientras que en Homero la locura aparece disimuladamente bajo excepcionales exposiciones de la virtud de los héroes y se presenta como un estado, podríamos decirlo, positivo propiciado por los dioses, en la tragedia nos encontramos con que la locura es una grave enfermedad, producto de la ira divina, que provoca en el héroe sentimientos de culpa y produce en ellos fuertes sufrimientos. 


Referencias

Conti Jiménez, L. (2000). Perturbaciones mentales en los poemas homéricos y en las tragedias de Sófocles y Eurípides. En: Myrtia: revista de lología clásica (15) 35 – 50.

Eurípides. (1990). Tragedias. Madrid. Ed.: Gredos.

Laurence, A. (Septiembre, año en el que se realizó el congreso). Locura y destrucción en el teatro griego, Teatro y cultura viviente: poéticas, política, historicidad. Conferencia dictada en el I Congreso Argentino de Historia del Teatro Occidental, Buenos Aires, Argentina.

Sófocles. (1981). Tragedias. Madrid. Ed.: Gredos.

Coderch, J. R. (1996 – 97). Purgación y locura en la tragedia griega. En: Philologica canariensia: Revista de filología de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. 2 – 3, 37 – 48.
Foucault, M. (2004) La arqueología del saber. Buenos Aires. Ed.: Siglo XXI..
Foucault, M. (1998) Historia de la locura en la épocaclásica. Bogotá. Ed.: Fondo de Cultura Económica.

Homero. (1991) La Ilíada. Madrid. Ed.: Gredos.
Padel, R. (1997). A quien un dios quiere destruir, antes lo enloquece. Buenos Aires. Ed.: Manantial.

Palavencio, C. (2010). Culpa y castigo en la antigua Grecia. En: Revista: Derecho y Humanidades. 1(16), pp. 373-379.