Año 8 No. 9 Enero - Diciembre de 2015

Dos historias sobre plantas


Julián Becerra

Universidad de Manizales

hjb-47@hotmail.com


ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X




     El historiador Aurelio Echeverría, asegura en su libro Grecia, mitología y plantas la existencia de una fruta particular descrita en el 152 a.C, por Publio Terencio Africano en una de sus comedías como la fruta del árbol Drago; nombre que recibe en correspondencia al árbol donde nace, pero según Dioscórides botánico Griego del 90 a.C el árbol nunca ha engendrado fruta alguna y sólo su resina espesa y roja como la sangre es usada para barnizar violines o curar úlceras -úlceras de  la garganta- debo especificar, debido a que Echeverría es insistente en torno a este uso de la resina  de Dracaena. Otro dato significativo es que los antiguos Romanos denominaran a todas las cosas rojo brillantes «sangre de dragón».

     La peculiaridad que aquí señalo: úlceras, garganta y la aparente existencia de una fruta no registrada, reside en primera instancia en el tipo de árbol que Echeverría y el Africano refieren. Existen alrededor de  15  fuentes  Botánicas  del  Dracaena  y cada una con una resina igual de roja que la anterior; empero, sólo el Daemonorops draco, una especie de palmera trepadora nativa de las regiones tropicales del sudeste asiático, tiene una fruta redonda, que es, específicamente, una baya. Sin embargo, ni Terencio, ni el estudio de Echeverría sobre Grecia, tienen veracidad alguna si tenemos en cuenta que ningún griego describe la existencia de la fruta y que Publio Terencio jamás viajo a las islas de Sumatra y Borneo donde se comercializa la baya, entonces ¿Cómo saben de ella? En su comedia, el Africano era preciso al afirmar que una vez los enamorados ingerían la fruta, debían levantar al cielo sus cabezas para dejar al descubierto el cuello, de este modo la sangre era llamada por el contenido vasodilatador del zumo ascendiendo, producto de una excitación inusual, hacia las venas yugulares del comensal hinchándole la garganta como un sapo. Lo que sugería el tono risible en la obra, era que si por casualidad alguna uno de los dos enamo- rados bajaba la cabeza antes de terminar un minuto, el inocente caía drogado en el acto, oportunidad bien sabemos los romanos no desaprovechaban para fungir la copula, A bene placito a fortiori. 1

     Terencio disfrazaba en lo cómico una denuncia sobre la violación, advertencia era el caso para los suyos, los esclavos, pero caía en saco roto sí tenemos en cuenta el número decreciente de letrados. A lo anterior, repone Echeverría citando la fuente de Terencio que las ulceras curadas por la sabía de Dracaena no eran otras  que  aquellas  producto  de la ingesta de la baya, y su desaparición en los anales botánicos de los Griegos corresponde no a la inexistencia de rutas comerciales entre Asía y el Mediterráneo, sino a una prohibición sagrada y de curioso cumplimiento que impedía registrar dato alguno sobre la fruta. Este encubrimiento histórico de la fruta del árbol Drago obedece a uno de tantos eventos reprimidos de la civilización Occidental, como lo fue en su momento la aceptación del número cero, pero en éste caso debemos su ignorancia al carácter místico de la baya, se decía, jamás desaparecía del cuerpo.

     La historia que consecuentemente une la de Publio Terencio y lo relatado por Echavarría es ésta: La baya de Dracaena y su correlato inusual con la garganta es lo mutado en el Medioevo como la manzana o nuez de Adán, lugar de la glotis moderna; ovoide contenido en la laringe, limitado por las cuerdas vocales, espacio donde se produce la voz, sea gruesa o aguda es el signo que separa la madurez de la juventud. El uso de la baya era un presente donde se expresaba el deseo pederasta de un hombre por un joven y en correspondencia del regalo se aseguraba la desaparición de toda gracia, puesto que a cada consumo de Dracaena se señalaba la permanencia de la baya, sugiriendo la ingesta de la resina y con ella la modificación permanentemente de la voz, quitándole hasta al más hermoso Ganimedes todo atractivo que pudo haber visto Zeus2. El engaño de la baya drago pudo ser gracia para muchos o abuso para otros, fue así en tiempos pasados.

     Pero, qué explica esa manía Romana por distinguir como sangre de dragón todo color similar al rubí. Sabemos que se debe razonablemente a la fruta y no a la sabía del árbol. Era un gusto para los Patricios recordar como el llamado de la sangre hacia la garganta era similar al corte preferido en el Coliseo -el transversal- desenlace justo para la gloría de las Águilas Romanas, herederos del rapto.

 

¾ Partes de Artemisia

     En seres horrendos encontramos seducción anunciaba Baudelaire en su poema Aur Lecteur. El poeta apasionado por la carroña no tarda mucho en comprender la apariencia que otorgan los sentidos, cuántas flores acarició en su vida sin importar sus atributos, cuántos rasgos encerraron la más estrafalaria simpleza y de ellos nació el poema. Acaso ¿Una apología a la estética de lo inmundo? No ¿Quizás una justificación para un deseo apremiante? Diremos  que menos, simplemente siempre a la vista o de antemano corregir a la lengua, las  conjugaciones del verbo.

     Sade, siete años antes al debutante Charles, ya conocía bien las formulas de lo altisonante, esas palabras tenidas por bajas y acuñadas en la literera de un desgastado Satán, pronunciadas para asustar niños o lucidamente para mortificar los sentidos con la lengua. Transformando su voz en Dolmancé afirmaba el Marqués: “las creaciones sólo pueden significar goces para quien a ellas se entrega” y su compromiso fue de tal envergadura que el mismo Napoleón no soporto la conjugación “abajo y a la inversa” y quemó a Justine en la chimenea.

     Los franceses son impredecibles, acertaba Margaret S. Klein oficial de la naval norteamericana, un día le besan la mano a una mujer y al siguiente le cortan la cabeza.

     Esas audaces combinaciones provienen de una inadvertida compañía, los griegos las nominaron inspiradoras del ritmo –musas-  y  la  música  hoy  las presenta como fusas y semifusas, transformando de manera cadenciosa cualquier acto. Conjugar, el primero de ellos, puede ser harto extenuante, lleno de silencios, pausas, prisas si se olvidan las respiraciones y de complacencia si se llega al punto final del texto.

     La inspiración jamás ha dado sombra sola, fue en su tiempo Eléboro, luego el Láudano, rey de tres generaciones de Luises, hasta que la revolución produjo su propia adormidera, el Ajenjo, diablo verde, tesoro de los pobres, Absenta. En estas sustancias se resguarda el tesoro de lo conjugable. Y en uno de los rectángulos más populares de Delacroix “La liberté guidant le peuple” se puede apreciar su secreto. Uno de los cuerpos sin vida, en la esquina inferior derecha ha petrificado en su mano un tallo verde de Absinto, recordándonos  los tres vasos por los cuales transita la realidad del bebedor: las cosas como nos gustarían que fuesen, las cosas que vemos pero no existen y las cosas tal como son. La mujer liberando al pueblo, Francia libre y la muerte.

     Como todo es conjugable  habrá  que  pensar  en  las medidas y en sus justas proporciones. La bebida Absinthe es elaborada conforme a la auténtica receta de la destilería más antigua de la republica Checa, Palírna, ésta estableció desde 1518 el comercio con Francia hasta destronar los 17g a 35g de azúcar por litro de vino galo, por una justa medida de 1/3 (un tercio) o 1/5 (un quinto) de Asensio con agua y azúcar. Un compas que se tornaba alucinatorio elevado a ¾. Anton Reicha, checo y parisino conjura en sus 36  fugas el escape del hada verde. Abordado por la mortífera y alucinatoria bebida experimento con compases irregulares hasta su deceso en 1836.

El abuso de Artemisia llevaba al absintismo, intoxicación manifiesta en convulsiones epileptiformes. Súbitamente la coherencia del lenguaje desaparecía y todo era emotividad para los espectadores. Los compases corrían en fuga3, que terminaba en tragedia. Lo cierto es que esa persecución de ensueños premiaba a sus devotos anulando todo rastro de realidad. Recordando a Héctor Maure “Y en esta copa de ajenjo, en vano pretendo, mi pena olvidar”.

 

Notas

1. Al buen placer por la fuerza. El principio fundamental y fundador de la ética aristócrata, heredado de la cultura griega, es la condición de ser siempre activo en el acto sexual. Toda acción pasiva –ser penetrado- degrada al patricio; por tanto debe ser censurada y castigada. Ser pasivo es ser esclavo de otro. Una fatalidad del sujeto. Por eso en la antigüedad la violación era un acto de grandeza <<Hacerse servir>> es poner al otro en lugar de esclavo.

2. Zeus rapta a Ganimedes convertido en Águila.

3. Nótese la definición de fuga en música. La fuga es un procedimiento musical escrito de manera polifónica, de varias voces, las cuales siguen un tema, un sujeto, el cual es reiterativo durante toda la obra. Esta repetición es imitativa, entre una voz y otra, en diferentes tonalidades. Compuesta por 3 voces: sujeto (antecedente) respuesta (contrasujeto) y sujeto una vez más. ¿Es acaso la fuga musical la metáfora que denuncia la incurable otredad que padece lo uno? El escape de las voces, de la reiteración.