Año 8 No. 9 Enero - Diciembre de 2015

El palo de mango


Mauricio Garay Quiñones

Universidad de Caldas

popoeta4@gmail.com


ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X




I

     Justo al frente del rancho de la finca donde nací había un gran palo de mango que ofrecía generoso sus frutos

     En algún pueblo distante había jolgorio y llegaban, junto a la brisa que se posaba juguetona en las ramas del árbol, los repiques agónicos de un tambor lejano. «Dum, Dum»

    Eran las cinco de la tarde y mi hermano Raúl y yo reuníamos a los chivos bajo el palo de mango y les echábamos melaza. Antes de que llegara la noche unos nubarrones diluyeron el lejano murmullo de los tambores.

      En la madrugada el ruido de los truenos fue ensordecedor; fue el aguacero con el que Mayo se despidió.

     Las mañanas siempre se gestaban con el ladrido de los perros y la algarabía de los gallos. Luego de la tormenta el paisaje fue horroroso: el árbol estaba chamuscado, sus  ramas  estaban  tristes, apagadas y había una horda de moscas zumbando alrededor como si salieran por decenas de los mangos que pendían marchitos como ahorcados.

     Bajo ese árbol mi madre sintió los dolores de parturienta, bajo ese árbol di mis primeros pasos y pronuncié mis primeras palabras. Ahora ese árbol estaba silencioso y espectral, carbonizado por un rayo.

     Lo que causaba más horror en esta escena eran los cuerpos inertes de  los  chivos  que  murieron por la descarga; eran seis y las moscas cubrían sus rostros. Había muerto el macho cabrío y otros cinco chivitos.

     Con las semanas las hojas se iban lanzando de las ramas dejando al árbol sumergido en una lúgubre soledad. No hubo, para mis siete años, un espectáculo más siniestro que el de la danza de las hojas al caer; cada vez que contemplaba esta coreografía se empozaban mis ojos de tristeza.

 

II

     Luego de un año el árbol se transformó en una filosa garra que intentaba sacarle las tripas al cielo. Ya no quedaban huellas de sus días de fertilidad.

     Estaba seco y siniestro como un fósil milenario.

     Se convirtió en el escenario de mis pesadillas más delirantes como aquella noche en que el árbol se apareció ante mí como una calavera llena de serpientes.

     Desde entonces, cuando sopla y silba el viento, temo mirarlo pues creo que son las sierpes de su cabellera cuyo susurro me hipnotiza. Era tanta la impresión que me causaba que se me hacía imposible pasar frente al árbol. Temblaba con solo imaginarlo. En él se materializaron todos mis miedos.

     Pero luego de cinco años el árbol empezó a sacudirse de toda su carga negativa y se embelleció nuevamente. Entonces mi miedo cayó lentamente como aquellas hojas secas.

     A  pesar  de  estar  carbonizado  y  de  parecer el esqueleto abandonado de un paraguas, se revistió con variopintos colores: todas las tardes cuando el cielo se asemeja al lienzo de algún ebrio pintor llegan bandadas y bandadas de aves bulliciosas y coloridas a posarse sobre sus ramas.

     Parece que el árbol floreciera, ante la llegada de la luna, cantándole himnos a la noche.

     El escándalo de las aves es para mí la más alegre melodía. Es esta la forma que utiliza el árbol para mantenerse vivo, para no caer; en el barullo de los pájaros siento la caricia de su voz.

     Todas las tardes una distinta bulla con el mismo olor a mango.

     Todas las mañanas el árbol sacude sus ramas y  se desgañita saludando al sol. Después se van los pájaros a seguir el travieso itinerario del viento y el árbol se queda mudo y solitario, como el esqueleto de una vieja sombrilla, esperando los trazos ruidosos del ocaso.

     Cuando el árbol se queda deshabitado ya no me da miedo como antes, pues veo en su silencio los jeroglíficos de los pájaros ausentes.

 

III

 

     Últimamente recorren el camino frente a mi casa varios hombres armados. A veces vienen acá a pedir comida o se quedan allá bajo el árbol.

     No sé quiénes serán pero tienen cara de malos y quieren que mi hermano, que apenas tiene quince, “trabaje” con ellos quién sabe dónde. Desde la semana pasada vienen a preguntarle:

-¿Está con nosotros o en contra de nosotros, pelao?

-Yo no estoy con nadie –dice mi hermano.

     Una mañana, cuando el árbol estaba otra vez  solo, mis papás salieron pál pueblo a hacer mercado.

     Al rato llegaron esos hombres. Venían decididos a llevarse a mi hermano. Él se rehusó. Lo cogieron entre dos. Él golpeó a uno de ellos.

     Sacaron sus armas.

     Lo tiraron al suelo y le pegaron patadas en las costillas.

     Lo sacaron de la casa y lo amarraron contra el árbol. Lo dejaron hasta que recobró fuerzas y le daban puños en la cara preguntándole:

-¿Estás con nosotros o quién putas?

        El, escupiéndoles sangre, les gritó con coraje:

-¡Yo no estoy con ningún hijueputa!

Los hombres le hicieron varios disparos al árbol. Raúl los miraba con ira y desprecio.

     Uno de ellos sacó una navaja y le pasó el filo por el rostro abriéndole pequeños surcos mientras le decía con una mueca de ironía:

-Me parece que esta lengua está hablando demasiao.

     Yo miraba con miedo, hundiéndome en mis lágrimas, deseando que el árbol desplegara sus ramas como alas y se desraizara elevándose en los cielos y salvando así a mi hermano. Pero no pasaba nada.

     Al llegar la tarde empezaron a llegar también las aves pero se espantaron con la risa macabra de esos hombres.

     Mi hermano, con el rostro desleído, sacó todo su coraje para desgarrar su garganta con este grito:

-Mátenme ya, cobardes hijueputas.

     Este grito me dejó desahuciado y el miedo se expandió apoderándose de todo mi cuerpo.

Creí desmayarme.

     El hombre del cuchillo no lo mató pero antes de irse se aseguró de que Raúl jamás volviera a pronunciar palabra. Eran las seis.

     Junto a mis padres empezaron a llegar los pájaros; el árbol floreció al llenarse de plumas y se embriagó con el licor de nuestro llanto.

     No podíamos creerlo. Estábamos perplejos y turbados.

     Ahora la algarabía de las aves es también la voz de mi hermano.