Año 8 No. 9 Enero - Diciembre de 2015

Gané


Camilo Isaza Valencia

Universidad de Caldas

camilo1952@hotmail.es


ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X




     En mi mente reside la añoranza de un pasado mucho mejor, en el que mis padres estaban conmigo. Ellos me daban todo el dinero que necesitaba, sólo debía ser el mejor en francés. Mis preocupaciones estaban concentradas únicamente en estudiar, escribía poemas cada  vez  que me enamoraba y hacía ensayos ante cada  injusticia que se me atravesaba. Tenía a mi alrededor justo a quienes quería tener; era atractivo, mis ojos brillaban, mis dientes relucían; pese a tener un pésimo estado físico me movía muy bien. Trataba de mantener todo controlado, me apasionaban  miles  de cosas, me gustaba la música y valoraba el arte de una manera muy particular; amaba la perfección de la imperfección.

     Todo estaba bien, hasta que un día ellos desaparecieron. No físicamente, más bien ya no había calor en sus cuerpos. Había ocurrido lo que siempre temí: la soledad se apoderaba de mí. Me encontré solo en una casa demasiado grande que guardaba vacíos, ante un silencio que me atormentaba terriblemente. Las cosas permanecían en su lugar porque no me atrevía a tocar nada. Y me quedó también una fortuna lo suficientemente grande como para vivir entre lujos por el resto de mi vida.

     El brillo de mis ojos se desvaneció, mis dientes comenzaron a mancharse a causa de la nicotina, y terminé mi carrera de literatura francesa con honores aunque ya no significaban nada, pues mis esfuerzos eran solamente para que ellos se sintieran orgullosos. Estuve en mi casa como un prisionero del recuerdo, sólo hablaba con unos pocos amigos, muy pocos, pues solía no contestar el teléfono.

     Amaba contemplar los objetos que un día mis padres amaron, olía sus cosas constantemente para asegurarme de que conservaran su esencia, pero lamentablemente ésta comenzó a disiparse. Sentía que la desgracia era aún mayor, ya que su aroma era lo único que me unía a ellos y también éste quería huir de ese lugar. Yo intentaba de todas las maneras posibles estar con ellos: recurría a sus fotografías, fingía hablarles mientras desayunaba, destendía su cama cada noche para que durmieran y la hacía de nuevo en las mañanas; preparaba sus comidas favoritas y celebraba sus cumpleaños, incluso invité a mucha gente, pero nadie se atrevió a venir.

     Una amiga me dijo que debía distraerme, que aunque no lo necesitara podría conseguir un empleo. Se encargó de hacerme llegar a la entrevista de una reconocida universidad, y allí supliqué que me aceptaran, sólo porque sabía que mis padres necesitaban privacidad. Después de pasar un tiempo laborando allí, las personas rumoraban de mí, creían que yo sentía un amor enfermizo por mis padres, pues constantemente en  las  charlas de francés les contaba acerca de lo maravillosos que eran, hasta que un día un estudiante se burló de mí por hablar de seres que no existían e intenté hundirle un ojo con mi índice izquierdo. No sabía cómo lo había descubierto, y no me importaba, lo único que quería era que nadie hablara mal de mis padres. Yo en el fondo sabía que sus cuerpos habían dejado de funcionar tras aquel fatal incendio en   el centro comercial, pero sentía que ellos estaban habitando conmigo, escuchando mis conversaciones, además de los halagos que les hacía cada mañana y mis pensamientos.

     Fui despedido de la universidad, y en el camino a casa descubrí un lugar donde mi madre solía donar ropa y decidí entrar. Allí reconocí algunas prendas que había dado meses atrás. Extrañamente logré sentir el aroma de mi madre en esa ropa. Era incomprensible, pues los objetos de mi casa no habían sido tocados por nadie más que no fuese yo y habían perdido su olor, pero en el almacén aun lo conservaban; me sentí dichoso, había reencontrado la manera de estar más cerca de ella, y así comencé a comprar la ropa de ese lugar. Me percaté de que mi padre había muerto, siempre lo supe, y estaba seguro de que ya no había nada que nos uniera, pero la ropa de mi madre estaba en aquel lugar y su olor todavía se hallaba en ella. Con el paso del tiempo noté que sus prendas se habían agotado, pero aun sentía su olor en otras piezas, entonces continué comprando para estar más cerca. Al final, su ropa estaba tirada por toda la casa, y yo era el más feliz, ella estaba en cualquier lugar y podía sentir su olor, por ende su compañía.

     Un día salí a comprar un  regalo especial para ella y de repente apareció una  mujer cuyo abrigo olía a mamá, entonces decidí quitárselo y ella se rehusó; yo no podía dejar que tuvieran el olor de mi madre, era sólo mío, me pertenecía, era nuestra única vía de comunicación. Tuve que asesinarla: corté su cuello. Me sentí mal por haberlo hecho, pero el miedo a que mi madre se marchara una vez más me abrumaba. Logré escapar. Poco a poco se notó que las mujeres clientes de aquel local estaban muriendo; el presunto asesino en serie era entonces buscado por todo el país, pero no había rastro de él.

     Recuerdo leer en periódicos acerca de “una psicópata que asesina con vidrios, destornilladores, martillos…”, e incluso “una vez atropelló a una mujer, una y otra vez, con su carro hasta dejarla plana en una avenida”. Qué sensacionalistas las noticias y los hechos. Yo sonreía y sabía que no era yo, lo había hecho todo pero no era un psicópata. Yo sabía lo que hacía, y estoy seguro de que cualquiera hubiese hecho lo mismo al sentir el regreso de la soledad. Cada mujer que tuviera una prenda de esa tienda robaría el olor de mi madre. Luego de que coincidieran cinco asesinatos de mujeres en un solo día, justo después de haber comprado en ese lugar, la tienda cerró. Yo estaba satisfecho, pero luego llegaron a mi casa  varios policías con una orden de captura, justificada por mis excesivas compras en ese lugar y la supuesta evidencia de que justo después de que yo abandonaba el local las mujeres fallecían.

     Estoy en un lugar donde todos tienen compor- tamientos anormales, hace 30 años. Ahora hago uso de mi fortuna para pagar este mugroso lugar, donde continúo practicando francés con mi madre. Las arrugas ya se notan en mi rostro, me tiembla la voz y produce una especie de ronquera característica de los hombres de mi edad; las pecas en mis manos abundan; mi cuerpo ya no es tan hábil, uso un caminador, no duermo tan bien como lo hacía años atrás, mis dientes han comenzado a caer y los dolores físicos me acechan todo el tiempo; la memoria olvida episodios. A pesar de haberse esfumado mi juventud, de añorar mi estado físico y mi capacidad de seducir y mis ganas de vivir, estoy dichoso porque ellos nunca descubrieron la verdad. ¡Les gané! Creyeron que había asesinado por conseguir la ropa, pero nadie sabe que gracias a las prendas mi madre continúa aquí, su aroma está presente en lo único que me permitieron conservar y los engaño constantemente, porque ella no está pagando alquiler.