Memorias XVII Foro Interno de Filosofía y Letras - Universidad de Caldas

Transformación y especulación: ontología de la producción del arte y la cultura en el capitalismo contemporáneo


Luis Alejandro Barón Monsalve

Universidad del Valle


ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X


Resumen

El documento que se presenta ante el lector constituye un modesto esfuerzo por reconstruir diferentes aportes teóricos de algunos referentes del marxismo contemporáneo a la consolidación de una teoría crítica de la producción del arte y la cultura en el capitalismo contemporáneo.

Abstract

The document presented to the reader constitutes a modest effort to reconstruct the different theoretical contributions of some referents of contemporary Marxism to the consolidation of a critical theory of the production of art and culture in contemporary capitalism.

Palabras Clave

Marxism, Contemporary Capitalism, Critical Theory, Art, Culture.

             Contrario a lo que versa un lugar común por lo demás ampliamente extendido en algunos círculos académicos contemporáneos, la teoría crítica desde su surgimiento en el siglo XIX reafirmó ontológica y metodológicamente con el progresismo -legado fundamental del periodo de la ilustración del siglo XVIII-. Ese lugar común podría condensarse según Williams (2009) en que: “según sus oponentes el marxismo es un tipo de teoría necesariamente reductiva y determinista: no se permite a ninguna actividad que sea real y significativa por sí misma” (110). Contrario a ello, esta escuela de pensamiento evolucionó tomando distancia precisamente de esas concepciones deterministas de la historia y la acción humana, presentando una teoría de la sociedad que dista mucho de una objetivación dogmática y estática de sus elementos sustantivos.

            No obstante, ante las limitantes tecnológicas y culturales de la época de su surgimiento, puede afirmarse que muchas de sus conclusiones se constituyeron, en el mejor de los casos, en predicciones yuxtapuestas con conceptualizaciones cargadas de un alto contenido ideológico que sirvieron como medio de mimetización intelectual para sus contradictores y para algunos de sus defensores menos notables.

            El siglo XX y el siglo XXI aparecen como escenarios propicios para la clarificación conceptual de elementos que los clásicos de la teoría crítica no pudieron profundizar, pero sobre los cuales brindaron bases sólidas y marcos metodológicos que posibilitaron múltiples análisis de una sociedad que se mostró (y se muestra aún) angustiada por la búsqueda de alternativas que equilibren y hagan frente a los modelos que se han erigido como posibilidades únicas e ideales. Jameson (1999) afirma que esta búsqueda fue inaugurada por Lenin:

Puesto que estableció el ejemplo de identificar una nueva fase del capitalismo no explícitamente prevista en Marx: la así llamada etapa monopólica, o el momento del imperialismo clásico. Esto podía llevarnos a creer que la nueva mutación había sido denominada y formulada de una vez y para siempre; o bien que en ciertas circunstancias uno podría estar autorizado a inventar otra (57).

            La sensibilidad humana, en tanto posibilidad real del acceso al mundo, se convierte en una de las mediaciones determinantes en esa búsqueda y se hace más claro su papel fundamental en la restructuración de los valores inherentes a las formas “caducas” ―si se quiere― de entender el medio en el que nuestra especie cohabita. En reconocimiento a esa idea estos dos últimos siglos verán nacer a notables pensadores que retoman los componentes fundamentales de la teoría crítica y los complementan con análisis propios de la interacción del hombre moderno-contemporáneo con el mundo. En los nuevos marcos que subyacen de dicha complementariedad, surgen diferentes formas de entender la sensibilidad del sujeto y de los objetos a los que este accede a través de ella. A continuación, se realizará una breve reconstrucción de esos análisis para poner en evidencia como estructuran un posible marco de análisis de los fenómenos del arte y la cultura en nuestra época.

            En su  obra la condición de la posmodernidad David Harvey (2008) señala:

El capital es un proceso, no una cosa. Es un proceso de reproducción de la vida social a través de mercancías, en el que todos los que vivimos en el mundo capitalista avanzado estamos envueltos. Sus pautas operativas internalizadas están destinadas a garantizar el dinamismo y el carácter revolucionario de un modo de organización social que, de manera incesante, transforma a la sociedad en la que está inserto (375).

            La idea según la cual el capitalismo estructura marcos de acción que son revolucionarios en sí mismos, desde la perspectiva teórico-crítica, no es exactamente novedosa como podría pensarse. No obstante esta idea parece haber encontrado en los contemporáneos una forma más accesible de comprenderse posibilitada, seguramente, por el análisis de los nuevos modos de producción y de relaciones de producción del capitalismo tardío. Eagleton (2006) por su parte afirma que:

La mercancía, como hemos visto en la obra de Marx, es transgresora, promiscua, polimorfa; en su sublime auto-expansión, en su nivelada expansión hacia lo otro de su clase, paradójicamente desciende hacia esa superestructura fina y bellamente matizada ―llamémosla «cultura»― que, entre otras cosas, tiene la misión de protegerla y promoverla (457).

            Tenemos entonces que el capital, entendido como proceso, reproduce la vida social por medio de las mercancías y que estas tienen un carácter transgresor, promiscuo y polimorfo que determina sus pautas operativas y lo hacen inherentemente dinámico y transformador de la sociedad en la que tiene lugar. La forma en cómo se relaciona la mercancía con la cultura es insertándose en ella para ser protegida y promovida.

            Retomando a Harvey (2008) ese proceso llamado capital “enmascara y fetichiza, crece a través de la destrucción creativa, crea nuevas aspiraciones y necesidades, explota la capacidad de trabajo y deseo humanos, transforma los espacios y acelera el rimo de vida” (375). De acuerdo con este autor, el capital funciona y se sostiene en nuestra época por su carácter ampliamente especulativo que le permite, entre otras cosas crear su propia geografía histórica específica. Su dependencia a nuevos productos, nuevas tecnologías, nuevos espacios e instalaciones, nuevos proceso de trabajo, entre otros, impide la predictibilidad de su desarrollo en una línea corriente de análisis temporal/histórico. La reafirmación especulativa de su carácter se encuentra atravesada por la pregunta ontológica que lo reconstruye: ¿qué es rentable?, pregunta que admite un sinnúmero de respuestas desde las diferentes visiones y espectros productivos desde donde el sujeto se posicione para responderla. Al respecto agrega Harvey:

En el capitalismo hay leyes que regulan el funcionamiento del proceso, que pueden generar un espectro aparentemente infinito de resultados a partir de la mínima variación de las condiciones iniciales o de la actividad e imaginación humanas [...] Suele pensarse que la vida cultural está más bien al margen de esta lógica capitalista. Se dice que la gente hace su propia historia en estos ámbitos, en formas específicas e impredecibles, según sus valores y aspiraciones, sus tradiciones y normas. (pp. 375-376).

            Para el autor en cuestión esta última afirmación es errada desde dos perspectivas: en primer lugar no parece haber diferencias significativas entre el funcionamiento del espectro especulativo de los empresarios y el igual especulativo e impredecible desarrollo de los valores e instituciones culturales en el capitalismo. Por otra parte, aunque el desarrollo especulativo de la cultura no sea determinado exclusivamente por la racionalización de la obtención de beneficios, la rentabilidad y otros símiles, se encuentra involucrada en ellas y su grado de inmersión no ha disminuido con el paso del tiempo sino que ha aumentado exponencialmente “Precisamente porque el capitalismo es expansivo e imperialista, cada vez más áreas de la vida cultural se incluyen en la lógica de la circulación del capital y del dinero” (376).

            Williams (2009), por otra parte, destaca el valor significativo que para el desarrollo de una posible conceptualización de la cultura en la teoría crítica clásica tuvo el concepto de fuerzas productivas en relación a ese proceso que es el capital: “para analizar el capitalismo fue necesario entenderlo como un proceso de “producción” diferente y referirlo a un proceso general, del cual constituye un tipo histórico particular” (109).

            El paso de ese concepto relativamente abstracto de producción general a producción capitalista sugiere que la mediación que permite la distinción entre uno y otro son precisamente las fuerzas productivas, entendidas como “todos y cada uno de los medios de la producción y reproducción de la vida real [...] En todas las actividades que efectuamos dentro del mundo no producimos solamente la satisfacción de nuestras necesidades, sino también nuevas necesidades y nuevas definiciones de necesidades” (110-111). La mercancía permite pues al capital recrearse y reivindica como medio propicio al mercado, cuyos valores sustantivos definen las formas en que se recreará a su vez la vida social.

            El bastión deliberativo promulgado por los defensores del orden social actual es el del libre comercio de esas mercancías. ¿Qué implica este alabado valor para los teóricos críticos? Detengámonos brevemente sobre esta cuestión. Ya desde el surgimiento en el siglo XIX del debate en favor o rechazo del libre intercambio Marx (1987) advertía:

En el estado actual de la sociedad ¿qué es pues el libre intercambio? Es la libertad del Capital [...] Señores, no dejéis que os impresione la palabra abstracta libertad. ¿Libertad de quién? No se trata de la libertad de un individuo en presencia de otro individuo. Es la libertad que tiene el capital de aplastar al trabajador (155-156).

¿Cuál es pues la conexión entre libre comercio de mercancías con el arte y la cultura? Como se ha señalado, el capital requiere de la cultura como uno de los bastiones de reproducción de sus valores para la construcción y reconstrucción de la vida social. Por más libres e independientes que puedan suponerse a los creadores de arte y a los reproductores de la cultura en una sociedad, las dinámicas de producción y relacionamiento social que imperan en el mundo contemporáneo imprimen en ellos y en sus formas de crear y reproducir la cultura una lógica de mercantilización cuyo desacatamiento podría llevarlos, en el mejor de los casos, a la marginalización cultural.

           Yúdice (2002) señala con precisión la relación entre la cultura y el mercado cuando afirma:

El alza de los valores de mercado es un factor importante pare redefinir la cultura en otro sentido. Los europeos afirmaron que los negociadores de Estados Unidos, del GATT y de la organización Mundial del Comercio han definido los bienes culturales (filmes, programas de televisión, grabaciones sonoras o en video, libros, etc.) como mercancías sujetas a las mismas condiciones comerciales que los automóviles  la vestimenta [...] La cultura se ha vuelto pues una suerte de bolsa donde se guarda todo tipo de innovaciones tecnológicas para proteger el régimen de “propiedad” defendido por las corporaciones transnacionales (265-266)

            Bajo la lógica del sistema social imperante vemos como la cultura (y sus productos derivados) no es solamente afectada sino incluso redefinida. La cultura es ahora una forma de propiedad (“propiedad intelectual”) que no constituye el patrimonio de los grupos humanos que la han construido y a través de la cual han logrado reproducirse simbólicamente por medio del legado de sus costumbres, expresiones, obras, etc., sino propiedad de un individuo o grupo de individuos que la han “capitalizado”. Bien podría objetarse que la apropiación de los productos de la cultura para el beneficio individual no es un fenómeno eminentemente contemporáneo. No obstante, se pretende resaltar aquí la magnitud a la que ha sido elevada esta condición de la cultura que parece estar íntimamente vinculada a los avatares propios de la época y de sus modelos productivos. Walter Benjamin (2009) inicia una de sus más célebres obras con la afirmación:

La obra de arte fue siempre reproductible. Lo que los hombres habían hecho podía ser siempre imitado por otros hombres. Tales reproducciones fueron utilizadas por los discípulos como una ejercitación artística, por los maestros, para difundir las obras y, finalmente, por terceros codiciosos de ganancias (85).

            ¿Cuál es el rasgo distintivo de las formas contemporáneas de apropiación de la cultura por el capital? Pareciera ser que este radica en su carácter sustancialmente imperialista -entendido este en su acepción más amplia-. El imperialismo cultural, condición necesaria y característica sustancial del capitalismo contemporáneo, no se afirma solamente como una estrategia económica de ampliación de segmentos de capital, es también el fortín de la disputa ideológica por la forma en como los individuos contemporáneos perciben sensiblemente el mundo y, en consecuencia, por el tipo de sujetos culturales que  reproduce la vida social.

            Dênis de Moraes (2005) señala con maestría el carácter imperialista de los modelos de socialización de la cultura –hoy disfrazados bajo el sofisma de la globalización- cuando señala:

Tale signos prefiguran una memoria colectiva de la que participan personas dispersas en los rincones geográficos. No más una memoria enraizada en tradiciones regionales o locales, pero representada y reconocible en estilos de vida, pues las características simbólicas arrasan sus entornos simbólicos y facilitan planeamientos mundializados [...] El espectro global se ofrece a la contemplación como un universo de diversidades, tensiones y antagonismos, simultáneo a las articulaciones y asociaciones regionales y transnacionales. Tiende a ocurrir una simbiosis entre homogeneización y distinción de gustos. Las mezclas confunden identidades reales, ilusorias o trascendentes. Las únicas condiciones reales son los imperativos y designios del mercado (18-19).

            La producción del arte y la cultura están pues sujetas a los mismos valores que cualquier otro modo de sociabilidad del mundo contemporáneo. La aparente diversidad, fluctuación constante, transformación y especulación de los modos de producirlas no son más que formas de mimetización y adaptabilidad de las nuevas demandas de consumo que se sofistican con el paso del tiempo y el progreso técnico y tecnológico de nuestras sociedades. La innovación y la flexibilidad son los nuevos credos culturales de nuestras sociedades que día a día pierden arraigo a sus principales antecedentes de memoria histórica y cultural. No es este trabajo un llamado a la nostalgia tanto como al   reconocimiento de una verdad; una verdad que nuestra época advierte a la conciencia colectiva y que nos llama a evitar su escamoteo a través de diferentes sofismas. Una verdad prestada por los críticos de nuestra época y con la que –juzgo- conveniente concluir esta breve reflexión: “Un sistema que constitutivamente produce diferencias, sigue siendo un sistema” (Jameson, 1999).


Referencias

Benjamin, W. (2009) Estética y política. Buenos Aires: Las cuarenta.

De Moraes, D. (2005) Cultura mediática y poder mundial. Bogotá: Grupo Editorial Norma.

Eagleton, T. (2006) La estética como ideología. Madrid: Editorial Trotta.

Harvey, D. (2008) La condición de la posmodernidad. Investigación sobre los orígenes del cambio cultural. Buenos Aires: Amorrortu Editores.

Jameson, F. (1999) El Giro Cultural. Escritos seleccionados sobre el posmodernismo 1983-1998. Buenos Aires: Ediciones Manantial.

Marx, K. (1987) Miseria de la filosofía. Respuesta a la filosofía de la miseria de P.-J. Proudhon. México: Siglo XXI Editores.

Williams, R. (2009) Marxismo y literatura. Buenos Aires: Las cuarenta.

Yúdice, G. (2002). El recurso de la cultura. Usos de la cultura en la era global. Barcelona: Editorial Gedisa,