Memorias XVII Foro Interno de Filosofía y Letras - Universidad de Caldas

Spinoza: el miedo y el temor como motores de movimientos políticos


Heimar Mendoza

Daniel Figueredo

Sebastián Macías

Universidad Industrial de Santander


ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X


Resumen

El miedo y el temor son, en gran medida, los motores de movimientos políticos. Dentro de todo el conjunto de pasiones, Spinoza otorga cierta importancia capital a ellos. El miedo es una pasión triste causada por la presencia de algo dudoso y futuro. Además, el inminente advenimiento de ese algo puede desencadenar en el temor. Para el tratamiento de nuestro problema, en el presente trabajo se encuentra (I) una presentación de las nociones básicas del spinozismo: alegría, miedo, tristeza, temor e imaginación; (II) una exposición del temor en Spinoza y del proceso de camuflaje de un mal menor por un bien y (III) una breve exposición de la solución spinozista a este problema: el amor intelectual a Dios.

Palabras Clave

Imaginación, miedo, temor, manipulación, política.

Introducción

     Baruch Spinoza fue un filósofo cuya propuesta filosófica no tuvo el trato que merecía a lo largo de la historia. Fue el primer pensador en presentar un estudio geométrico de los afectos, es decir, fue el primer filósofo en sostener que los afectos son cognoscibles. Si podemos concebir geométricamente a los afectos, entonces podemos conocerlos y comprenderlos. El método spinozista es bastante claro: todo es cognoscible (Tatián, 2009, p. 50). Los afectos son pasiones en la medida en que los seres humanos son movidos por ellos de manera incontrolada. Las pasiones no se limitan a algún terreno en particular de las acciones humanas; de hecho, la presencia de las pasiones en el ámbito político es una de las tesis clave de Spinoza. La política es pasional en la medida en que las pasiones son las causas de los movimientos o decisiones de los seres humanos en el terreno de la política. A estas decisiones las llamamos movimientos políticos. Las pasiones mueven e impulsan a los seres humanos a tomar decisiones determinadas. Sin embargo, cabe aclarar que, aun cuando se consideran como decisiones, los movimientos políticos son pasionales, es decir, impulsados y determinados por pasiones. Entonces, para ser justos con la terminología spinozista, decimos que el individuo humano no es causa adecuada de sus movimientos políticos.

     Dentro de todo el conjunto de pasiones, Spinoza otorga cierta importancia capital al miedo y al temor. El miedo es una pasión triste causada por la presencia de algo dudoso y futuro. El inminente advenimiento de ese algo puede desencadenar en el temor. De hecho, si se siguen los lineamientos spinozistas del conato, o sea, del deseo de existir de los seres humanos, la aparición del temor podría considerarse como una consecuencia lógica del miedo. El temor es el miedo ante algo dudoso y futuro, pero con la particularidad de que se busca evitar ese algo por medio de otra cosa de menor perjuicio. Así, en el temor se encuentra una escisión entre mal mayor y mal menor.

     El miedo y el temor son, en gran medida, los motores de movimientos políticos. En este sentido, nos proponemos hacer un estudio general del miedo y del temor como motores de movimientos políticos. El trabajo se desarrolla bajo los siguientes lineamientos: (I) una presentación de las nociones básicas del spinozismo para el tratamiento de nuestro problema: alegría, miedo, tristeza, temor e imaginación; (II) una exposición del temor en Spinoza y del proceso de camuflaje de un mal menor por un bien y (III) una breve exposición de la solución spinozista a este problema: el amor intelectual a Dios.

Nociones básicas del spinozismo

     La alegría es la pasión por la que un ser humano pasa a una perfección mayor y la tristeza es la pasión por la que pasa a una perfección menor (3/11e[a]). Cuando se habla de cambio de perfección, sea a mayor o a menor, se habla de la teoría del conato. El conato es la perseverancia en la existencia, es decir, el deseo de existir. Cuando el conato se ve disminuido, se corre el riesgo de que el ser humano sea cohibido sobremanera por pasiones que puedan reprimir su existencia. De estas dos pasiones acaecen muchas más, como el placer, la jovialidad, la melancolía, el miedo, el temor, etc. En particular, estos dos últimos afectos son siempre tristes y, por lo tanto, inadecuados para el ser humano. Además, el miedo y el temor son afectos muy frecuentes en la participación política, pero estas pasiones son posibles en la medida que los seres humanos imaginan.

   Para entender por qué estos afectos son inadecuados, es necesario describir lo que más causa inadecuación en el hombre: la imaginación. Los seres humanos son parte de una dinámica de encuentros, o sea, se encuentran y se afectan entre sí. Ante esta dinámica, cada ser humano se hace unas imágenes que representan a los seres humanos partícipes de los encuentros. Entonces, siempre se apela a la representación de dos cosas cuando se imagina: de nuestro cuerpo como la cosa afectada y de las cosas exteriores como afectantes. Estas representaciones son almacenadas en la memoria según la concatenación de las afecciones del cuerpo. Por ejemplo, cuando alguien escucha una melodía y al mismo tiempo contempla un paisaje, las imágenes o recuerdos tanto de la melodía como del paisaje son almacenados en la memoria, uno junto al otro. En este sentido, la imaginación forma parte de la cotidianidad de los seres humanos en la existencia, es decir, siempre imaginan. Sin embargo, los seres humanos no yerran por imaginar. El error está en la incapacidad de traer o tener una idea que excluya la existencia o inadecuación de una imagen en presente (2/17e[c]), mas no en el hecho mismo de imaginar. No hay motivo para considerar que un hombre yerra por percibir al sol como un objeto con el tamaño de una pelota de béisbol.

    Las imágenes de las cosas son fuertes en tanto se contemplan en presente. Es decir, la intensidad de las imágenes se reduce a medida que se aleja en el pasado o en el futuro. La imagen es más fuerte cuanto más presente se imagina. Entonces, las imágenes de las cosas afectan a los seres humanos con un grado de intensidad que varía según el tiempo o el espacio. En el caso de la variación según el tiempo, Sergio Rojas (2010) propone la siguiente gráfica:

Figura 1. Gráfica de tiempos e intensidades.

    Donde A es contemplar un paisaje y B escuchar una canción. El punto de referencia es O, Po es el tiempo presente e i la intensidad; de ahí que iA es la intensidad de A e iB es la intensidad de B. Si se mueve el símbolo Po hacia B, su intensidad incrementa, mientras que la de A disminuye. De ahí que iB esté por encima de iA, pero ahora es representada por el símbolo i’B. Sin embargo, en caso de que las dos imágenes estén concatenadas, es decir, que ambas se hayan formado en un mismo tiempo, esto hace que su intensidad sea la misma.

     Las imágenes son inconstantes, pues se recuerdan cosas pasadas o se esperan cosas futuras mediante sus imágenes correspondientes, o sea, que esté o no esté cercana en el tiempo, la imagen causa afección (3/18e1). Ciertamente hay más afección cuanto más cercana esté en el tiempo presente. Además, se dice que una imagen es inconstante en tanto que tiende a cambiar con facilidad, y dudosa en tanto que fluctúan muchas imágenes pasadas y futuras que provocan una ausencia de certeza sobre lo venidero. Por lo anterior, «el miedo es una tristeza inconstante surgida de la imagen de una cosa dudosa» (3/18e2).

   El miedo se produce ante una cosa que es dudosa, es decir, que es imaginada como presente; la existencia de la cosa es afirmada por medio de la imaginación (2/17e). De ahí que sea posible imaginar algo que no existe en la duración. Entonces, los individuos humanos imaginan cosas futuras por las que son afectados.

    Ahora bien, el miedo es la base del temor. Por temor Spinoza entiende el afecto por el cual el hombre «no quiere lo que quiere y quiere lo que no quiere» (3/39e[b]), es decir, el temor hace que los hombres prefieran un mal menor a conveniencia. Según la filosofía de Spinoza, por naturaleza el ser humano no se dispone a apetecer algo que le cause disminución de su conato, o sea, una tristeza; pero en la medida en que ese algo es preferible frente a otra cosa más perjudicial, el ser humano lo querrá. Esta tristeza o mal menor se valida como un bien cuando un mal mayor es inminente (3/39e[a]), o sea, cuando un mal se consolida como el más perjudicial para la preservación de la existencia (3/6). Por consiguiente, la preferencia implica un camuflado del mal menor. Sin embargo, aunque el mal menor se tenga por un bien, no deja de ser un mal. El criterio de elección entre dos males se da según la medición de sus respectivos perjuicios.

El camuflaje del mal menor

     El temor es el afecto con el que se desea evitar un mal mayor por medio de un mal menor (3/af39). Este afecto sólo puede darse hacia cosas futuras; el ser humano teme a lo venidero y perjudicial. En la medida en que el mal mayor es imaginado cercano en el tiempo presente, más intenso es el temor. Pero el temor solo puede darse cuando se está en presencia de dos o más males. Los males, según la teoría del conato, son tenidos como tal por su capacidad de afectar negativamente a la perseverancia en la existencia de los seres humanos. Sin embargo, en el caso de una elección inevitable, es decir, cuando se debe elegir a un mal entre varios, el criterio de elección se da en concordancia con el principio de evitar perjuicios mayores. Este principio es fundamental para comprender varias pasiones del ser humano, entre ellas, por ejemplo, el odio (3/39d). No obstante, es todavía más esencial para comprender el funcionamiento del temor.

    En términos ontológicos, el ser humano es un modo finito en la existencia como duración. Al hombre le es imposible evadir su lugar ontológico, o sea, no puede no ser parte de la naturaleza afectado-afectante (Cohen, 2001, p. 51). Entonces, la imaginación y la memoria son inevitables. En esta línea de ideas, la presencia de los afectos en los seres humanos es igualmente inevitable, y aquellos tienen más poder sobre los hombres cuanto mayor sea la pasividad de estos. Comprender los afectos es, pues, fundamental para comprender los movimientos de los seres humanos.

   El temor cobra especial relevancia en el ámbito político. En este terreno se encuentran los aquí denominados movimientos políticos, que son las decisiones políticas de origen pasional. De manera que, en lugar de ser decisiones propiamente dichas, los movimientos políticos son impulsos pasionales. El temor es una causa muy frecuente de este tipo de movimientos. No resulta extraño que un individuo humano sea impelido a tomar una decisión política según el principio de evitar perjuicios mayores. La elección de un mal menor sólo es producto de una comparación viciosa, de modo que, juzgado por sí mismo, el mal menor no tiene valor. No se elije al mal menor por lo que es en sí mismo, sino por lo que es en comparación con otro mal. En suma, se elije a tenor de una pasión, esto es, el temor.

Posible solución: amor intelectual a Dios

    Después de intentar entender la descripción pasional de los afectos y sus problemas políticos, Spinoza expone en la Ética demostrada según el orden geométrico una posible solución a ese miedo y temor que son acuñados inconscientemente en los hombres. La solución a esa manipulación o esclavitud debe hacerse con su contrario inmediato: la libertad. Esta noción de libertad, felicidad o salvación «consiste en el amor constante y eterno a Dios, o sea, en el amor de Dios a los hombres» (5/36e), que necesariamente se refiere al tercer género de conocimiento. Así, primero se debe recordar el lugar que se ocupa en la ontología de Spinoza: como ideas adecuadas en Dios, los seres humanos son parte del entendimiento infinito de la sustancia (2/11c). Segundo, tener presente, a su vez, que ser parte del entendimiento de Dios implica que él nos piense, o sea, que siempre permanezca en una constante y eterna perfección, acompañado de la idea de sí mismo. Por tanto, Dios se ama a sí mismo y a los seres humanos en tanto que son sus ideas adecuadas y estos, al mismo tiempo, tienen a Dios como la idea de la causa perfecta e infinitamente adecuada.

     Por otra parte, con la base del tercer género del conocimiento y el amor intelectual a Dios se solucionan las manipulaciones, miedos, temores y movimientos, pues el hombre generaría tantas ideas adecuadas posibles que nacería «la mayor tranquilidad que puede darse» (5/27). Sin embargo, todo esto podría ser contrapuesto, pues al hablar de libertad Spinoza tendría que aceptar un absurdo histórico: no son posibles los extremos, es decir, es posible ver esta solución como imposible o inalcanzable. No obstante, Spinoza insiste en que la alegría sí es posible si se tiene la capacidad de afectarse de forma adecuada. Además, entender de forma adecuada o tener ideas regidas por el segundo y tercer género de conocimiento disminuiría el padecimiento y el temor, pues ya no habría una afección por imágenes inconstantes ni dudosas. De otro lado, los conflictos que genera la incapacidad de traer ideas adecuadas harían sobresalir la tristeza por encima de la alegría, y, por ende, haría que la existencia se reprima y la capacidad de entender sea cada vez menor.

   Es necesario alcanzar la libertad para tener una idea adecuada de Dios y que, por lo tanto, el amor intelectual a la Sustancia sea posible. Cuando así se haga, la felicidad será posible como la virtud misma del ser humano (5/42). Y si se goza cada vez más de este amor divino o felicidad, mayor será la capacidad de entender, o sea, mayor será el poder sobre los afectos (5/42). Por consiguiente, la solución spinozista se sintetiza en la fidelidad a la perseverancia de nuestro ser y el entendimiento adecuado que ella implica. El ser humano es más poderoso entre más se guíe por su esencia, o sea, el deseo de perseverar en la existencia.

    Para concluir, aunque deseemos serle fiel a nuestra esencia, las pasiones son tan potentes que nublan las decisiones políticas y, consecuentemente, puede implicar una mala elección del mal menor en relación con el mayor. Un hombre, al afectarse temerosamente por afirmaciones políticas que, por suerte, escuche con frecuencia, termina moviéndose, que es lo que defendemos. Entonces, hay dos problemas allí: la mala elección del mal menor y la pasión que influenció la elección. En ambos problemas es evidente la relación del afectante y el afectado, el manipulador y el manipulado. El primero podrá salirse con la suya para argumentar su pretensión política de manipulación, mientras que el segundo se moverá inconscientemente, pues es su naturaleza pasional. Las potentes pasiones hacen que un hombre pueda camuflar, hasta donde más no pueda, el mal menor por un bien, pues satisface su anhelo de perseverar su ser. Luego, por las mismas pasiones, es incapaz de traer una idea adecuada de ese mal menor, o sea, es incapaz de reconocer que ese mal menor es, en últimas, un mal, y no logra configurar su elección de males menores de forma adecuada.

    De otro lado, el manipulador, que precisamente se da en estos últimos tiempos, puede pretender controlar las afecciones de los hombres que simpaticen, o no, con su partido político. Estas manipulaciones pueden referirse, por ejemplo, a la generación de imágenes acerca de calamidades o al menoscabo económico de otro país: situaciones que sucedieron antes en el tiempo o pueden suceder. Sin embargo, si de algo podría salvarse el manipulador es de una posible desvalorización de su pretensión pasional. En últimas, una manipulación, en un sentido menos peyorativo, lleva consigo una pretensión de tipo necesaria para la sociedad: la politización. ¿Cómo lograr que los hombres simpaticen con las decisiones políticas? Parece que, con un arma peligrosa de doble filo, los manipuladores logran que los hombres se muevan, a veces con interés hacia sus partidos, pero otros con un interés menester para la política: el movimiento, hacia la diestra, para abajo, hacia la siniestra, para arriba, en diagonal, pero movimiento, que proporciona la posibilidad de aplacar la neutralización o la resignación por la historia política de un país.     

 


Referencias

Cohen, Diana (2001). La muerte según Baruch Spinoza: aproximaciones a una noción problemática, Diánoia, 46(46), 41-64.

Rojas, S. (2010). Afectos, tiempos e intensidades en la Ética de Spinoza [figura]. Revista de Filosofía de la Universidad de Costa Rica, 48(123-124), 97-105.

Spinoza, B. (2005). Ética demostrada según el orden geométrico. (Trad. Domínguez, A.). Madrid, España: Editorial Trotta, S.A

Tatián, D. (2009). Una introducción a Spinoza. Buenos Aires, Argentina: Editorial Quadrata.