Memorias XVII Foro Interno de Filosofía y Letras - Universidad de Caldas

La contemplación de la Muerte como el entredicho de la Modernidad Líquida


Camilo Camargo 

Universidad de Caldas


ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X




“Trataba de encontrar las direcciones anteriores de sus ideas, que le impedían pensar en la muerte. Mas, cosa extraña, todo lo que antes velaba, disimulaba o destruía la conciencia de la muerte, entonces no tenía ya ningún influjo. La mayor parte de aquel tiempo, para Iván Ilich pasaba en aquellos intentos de restablecer la marcha de los sentimientos que alejaban la idea de la muerte.”

La muerte de Iván Ilich. León Tolstói

     Serían apenas las once de la noche de un viernes en un andén de El Cable. Un viejo de ropa raída se nos acercó, y eufóricamente pidió que le echáramos un chorro de guarapo en una botella plástica que ya contenía otro líquido. Se dio un largo sorbo de aquel cóctel de guarapo con quién sabe qué; y con tanto entusiasmo se empeñó en agradecernos, que me hizo derramar medio vaso sobre el pantalón, el bolso, y el pucho aún sin prender. En el intento por disculparse, compartió algo de su sabiduría en sentencias casi que inconexas: Vea hermano -nos dijo con voz aguardentosa- amigo es la plata que uno tiene en el bolsillo, ¿pa’ qué más? - tomábamos guarapo en un andén, eso demostraba que el dinero tampoco quería nuestra amistad- porque en la vida -prosiguió con actitud seria y reflexiva- los amigos no valen, y al final lo único que es seguro es que uno se va a morir. Se dio otro sorbo con los ojos cerrados como señal de profunda introspección, se despidió, y se fue. Tuve que amputarle el filtro húmedo al pucho, los otros dos estuvieron de acuerdo; pues bromearon diciendo que eso no deja pasar todas las vitaminas que uno quisiera.

     Seguramente trató de expresar algo que para él era inefable, lo que más le irritaba: su pensamiento más elevado y paradójicamente más abismal. Y es que para alguien así, en quien la vehemencia de la euforia momentánea coexiste con la posterior necesidad de reflexión, el tiempo muchas veces se le ocupa en la remembranza de experiencias pasadas, en la reinterpretación de frivolidades vividas y guardadas descuidadamente en la memoria – y más si la mente es cultivada con bebidas delirantes en botellas plásticas que favorecen nuevas frivolidades. Sus certeras sentencias no habrán sido más que producto de una incipiente intoxicación etílica por ese líquido desconocido que ya se había tomado; sin embargo, eso no le menoscababa trascendencia, agudeza, y el haber sido pensadas en una detenida cavilación. Conjugaba muy bien la idea baumaniana, acerca de las relaciones humanas vistas desde una perspectiva consumista, y la concepción de la finitud del hombre y de que los hechos azarosos y banales moldean y dan contenido a la experiencia, igualmente banal. Era eso lo que quería exponer el viejo, o eran las ideas que me iría formando al estar dedicado al patético ejercicio del ebrio que habla con otro ebrio; o mejor, al más patético todavía: el ebrio que posteriormente escucha e interpreta al ebrio ausente.

      Las chocheras del viejo delataban su posible edad, ya habría rebasado los sesenta; y eso en años es mucho tiempo. Es cierto que el tiempo no es suficiente en sí mismo para la experiencia, pues hacen falta circunstancias para que la experiencia se dé. Su forma de vivir tácitamente confesaba que llevaba consigo un bagaje experiencial tan amplio como denso, lo cual implica que ha experimentado la vida en muchas circunstancias. Es evidente que sus sentencias obedecen a algo: a una experiencia dolorosa, sin atenuantes ni eufemismos. Cualquiera diría que la vida es una mierda, pero tal expresión no sería sino un mero flatus vocis: palabras al viento si no se tiene cómo fundamentarlas; sin embargo, en boca de aquel viejo de ropas raídas, cóctel en botella plástica, y sonrisa incompleta (le faltaban unos tres dientes), tendría todo el sentido, pues seguramente sus experiencias podrían garantizar la certeza con la que lo diría. Y dado el contenido de sus palabras, su experiencia no se refería a otra cosa que a la experiencia de los vínculos humanos.

       Seguimos tomando, las palabras del viejo me rebotaban en la cabeza. Suponía una y otra vez las experiencias que tuvo el viejo y en las que se basó para hablar así. Sus palabras, en especial “amigo es la plata que uno tiene en el bolsillo, ¿pa’ qué más? Porque en la vida los amigos no valen”, denotaban un desencanto por las relaciones sociales y por lo que se podría desprender de ellas. Se podría entender el desencanto como insensibilidad, y eso sería lo más razonable: fue lesionado por las relaciones sociales y, como medida de protección, desarrolló cierta indiferencia hacia ellas: como la piel constante y lentamente maltratada que desarrolla callos para insensibilizarse y protegerse. La lectura de “Ceguera moral”, libro de Bauman que traía en el bolso y que afortunadamente no se manchó de guarapo, me obligaba a pensar la situación en términos muy precisos; fue inevitable recurrir al neologismo de adiaforización: a la acción de mantener una actitud indiferente hacia los asuntos humanos que, de una u otra manera, implican moralidad; un desentenderse insensiblemente de la situación ajena en un plano estrictamente moral (Bauman, 2015). Pero no era de esa manera. No tenía cómo sostener que el desdén de sus sentencias se refería a los asuntos humanos sólo en el ámbito moral.

      Pero ¿y si se refería a la totalidad de las relaciones humanas y no sólo a una parte de ellas? Sí, era de esa manera. ¿Por qué suponer que el viejo se complicaría tratando de desmenuzar teóricamente las relaciones sociales, dejando de verlas en su totalidad? No hay razón para ello. Las relaciones sociales, entendidas en su totalidad, lesionaron profundamente al viejo; lo entendía de esa manera en ese momento, pues sólo me estaba ciñendo a las suposiciones hechas a partir de sus palabras. Empezó a lloviznar, nos tuvimos que mover hacia la Facultad de Arquitectura de la Nacional mientras escampaba. Allí seguí discurriendo, no sobre las palabras del viejo, sino sobre cómo podrían las relaciones sociales lesionar tanto. Pensé, como lo había pensado antes, en que la experiencia necesita de tiempo y de circunstancias; y en ese orden de ideas, son las circunstancias o condiciones que envuelven las relaciones sociales las que lesionan. Pues dichas condiciones determinan la manera de ser de las relaciones, y, por consiguiente, la experiencia que de ellas se tenga.

      De esa manera, lo correcto era preguntarse por las condiciones que determinan las relaciones humanas y son capaces de lesionar. Pero ¿por qué no pensar en una sola condición o circunstancia que, por su carácter absoluto, casi omnipresente en el mundo de los vínculos humanos, estandarice todas las relaciones? Tenía, pues, que pensar en una condición; absoluta y extensible a todas las relaciones. Debería ser una condición esencial en la rutina, que se extiende por toda la esfera que comprende lo humano. ¿Cuál es esa circunstancia que nos abarca tan integralmente y que condiciona las relaciones humanas? Debe ser social, en tanto nos compromete a todos como grupo, y conductual, en tanto que determina el comportamiento individual.

      Así, esta es casi una pregunta por la Cultura, si notamos que nos involucra a la vez que nos determina. Entonces valdría la pregunta ¿en qué Cultura estamos? Posiblemente la situación en la que estábamos (viernes en la noche, en El Cable) era la ideal para responder a esta pregunta. El mundo se mostraba de manera más resuelta y sincera; escapaba de las convencionalidades que exigen las situaciones más reverenciales. Es el mundo que deja ver los vínculos humanos más naturalmente. En otras palabras, el momento ideal para ver la Cultura en las dimensiones que me interesaban, las que afectan la experiencia naciente de las relaciones humanas.

       Ahora es necesaria una lectura, tanto minuciosa como expeditiva, de los individuos y su Cultura. Y como las ideas baumanianas seguían muy presentes, ya no desde “Ceguera Moral” y su concepto de adiaforización, sino desde un sistema más general con conceptos que trascendían el plano moral: la noción de la Modernidad Líquida, me dispuse irresponsablemente a extrapolar esta visión del mundo y los asuntos humanos a lo que veía en aquel momento. Las luces sugestivas de los bares; la música alta de todos los géneros que se funde en un indistinguible barullo; las multitudes en devenir intransigente, entrando y saliendo de los lugares comerciales; el acto de comerciar siempre activo; la impulsiva necesidad de consumir. Todo se resumía en esto último: el consumismo. El consumo es esta circunstancia absoluta, pues ha invadido de manera exagerada los asuntos humanos. Y es el deseo de placer presente en el acto mismo de consumir lo que ahora nos rige ¿Acaso ahora se busca otra cosa además de lo que place? No, las cosas se han reducido al acto individual y meramente placentero de consumir. Las acciones se llevan a cabo en pro de la satisfacción inmediata y placentera de las necesidades.

      Sin embargo, el mercado como ente que promueve la Cultura del consumismo, para evitar su extinción, se encarga de mantener las necesidades a raya; nunca van a ser plenamente satisfechas. Bien lo diría Bauman: “El objetivo principal de la cultura es evitar el sentimiento de satisfacción en sus (…) clientes, y en particular contrarrestar su perfecta, completa y definitiva gratificación, que no dejaría espacio para nuevos antojos y necesidades que satisfacer” (Bauman, 2013, p. 21). Así, Bauman también habla del eclecticismo cultural. Esto dice que todos, obedeciendo a cierta cualidad omnívora demandada por los tiempos líquidos, aceptamos adaptar a nosotros algunos objetos, hechos, situaciones, conductas, etc., por el hecho de que están a la moda y que por superfluos que sean, tienen la capacidad de generar placer. Pasamos por alto el carácter efímero de tales cosas adaptadas. (Bauman, 2013, pp. 19-20) ¿Cuántas veces se siguen las tendencias por el hecho de “estar a la moda”? ¿Cuántas veces aceptamos resueltamente algo por el mero hecho de que place? La cuestión es encontrar cómo seguir la moda y cómo tener placer en medio del devenir del mundo líquido. Cómo tomar guarapo y adaptarnos plenamente al ambiente trivial.

    Dicho de mejor manera:

“En efecto, el tiempo pasa y el secreto está en seguirle el ritmo. Si no queremos ahogarnos tenemos que seguir surfeando: es decir, seguir cambiando, con la mayor frecuencia posible, el guardarropa, los muebles, el empapelado, la apariencia y los hábitos; en resumen, nosotros.” (Bauman, 2013, p. 27)

      Es, pues, seguirle el ritmo al devenir y las tendencias para aplacar momentáneamente las necesidades. Y como ninguna necesidad será satisfecha totalmente en el mundo líquido, los vínculos humanos que se forman en la liquidez tampoco encontrarán plena gratificación. Pues el estar con el Otro no corresponde a otra cosa que a la necesidad de compañía. O, como bien lo mencionó un compañero alguna vez: las relaciones son fenómenos contractuales, pues tácitamente se está firmando un contrato con el Otro para que cumpla ciertas expectativas y, a cambio, reciba el cumplimiento de las expectativas propias. Esto es, el utilizar al Otro para conseguir un beneficio individual; y ¿no es por esto que necesita el vínculo con el Otro?

     Con esta exposición de los vínculos humanos, la pregunta: ¿Puede acaso pensarse en algo que esté fuera de las circunstancias del consumismo? Ya tiene una respuesta desencantadora. Ni los vínculos humanos pueden escapar a esta circunstancia: pues son desechables. Así, diré que nuestra Cultura es el consumismo, y ha permeado terriblemente los vínculos humanos destinándolos a una rápida extinción. Bauman lo diría así:

“Se trata, (…), de quedar satisfecho con un producto listo para consumir; si el placer obtenido no está a la altura de las expectativas, uno puede entablar una demanda de divorcio, alegando los derechos de consumidor y el Acta de Lealtad Comercial. Resulta inimaginable aferrarse a un producto inferior u obsoleto en vez de buscar en las tiendas uno nuevo y mejorado.”  (Bauman, 2013, p. 174)

      Aquí, las ideas expuestas sobre el eclecticismo cultural y la adiaforización se funden para complementar la noción de los vínculos humanos permeados por el consumismo. Hay una insensibilidad con respecto al Otro, en lo que se refiere al aspecto moral (¿acaso alguien se preguntó si fue un acto bueno darle guarapo a un viejo ya ebrio?); también un desencantamiento insoluble de los vínculos humanos que se demuestra en la constante e insatisfecha búsqueda de su gratificación. Es decir, el Otro es visto con apatía mientras se busca la manera de tener placer en el acto mismo de consumir el vínculo humano. Como lo había mencionado cuando hablaba del eclecticismo cultural, no importa lo efímero que sea el placer o la satisfacción, lo que importa es que place o satisface una necesidad. En este orden de ideas, es evidente que los vínculos humanos componen experiencias que se abandonan en un nivel superfluo, trivial y vacuo. Pues ¿qué valor tendría un vínculo humano si ha sido condicionado por el consumismo, impidiendo la perdurabilidad o significatividad que se esperaría? Ninguno; antes de que se pueda pretender una experiencia significativa a partir de un vínculo humano, la vacuidad misma del vínculo lo ha hecho frágil. Pero ¿qué es lo significativo? Sin ahondar en ello, y para evitar el inconmensurable debate lingüístico que se vendría encima, diré que lo significativo, en este contexto, es aquello perdurable y que opone diametralmente a las nociones nacientes del consumismo.

     Para no perder el hilo conductor, diremos que la Cultura del consumismo condiciona los vínculos humanos que componen la posterior experiencia, y es esta Cultura la que lesiona. Pues, como he insistido, el Otro cae en la categoría de producto desechable, lo que podría entenderse como una banalización de la idea de humanidad. El Otro es visto como un producto en un estante; y el vínculo humano, debilitado por esta perspectiva, no puede fundamentar una experiencia significativa. El viejo tenía razón al tratar con desdén los vínculos humanos. No son significativos en los tiempos líquidos. Nada valen. Nuevamente, Bauman lo diría mejor:

“Hace tiempo, Anthony Giddens, uno de los sociólogos más influyentes de las últimas décadas, anunció el advenimiento de las “relaciones puras”, es decir, relaciones sin compromiso, con una duración y alcance sin definir. Las “relaciones puras” solo se basan en la gratificación que se obtiene de ellas. Una vez que la gratificación mengua y se atenúa, o empequeñece ante la disponibilidad de otra gratificación más profunda, no tiene ninguna razón para continuar. (…) Los lazos no son realmente vinculantes, son constitutivamente inestables y de poco fiar; son tan solo otra variable desconocida y generadora de ansiedad en la indisoluble ecuación llamada “vida”.” (Bauman, 2015, pp. 185-186)

       Valdría preguntarse ahora: ¿Puede alguien tener experiencias más o menos significativas y duraderas que se opongan a la esencial trivialidad y vacuidad de la vida en el mundo de la modernidad líquida? En lo que se refiere a las experiencia provenientes de los vínculos humanos, por toda la anterior exposición de las ideas baumanianas, se diría, amarga y rotundamente, que no. Sin embargo, sería un error afirmar que, dado que los vínculos humanos no pueden generar experiencias significativas¸ nada puede hacerlo. Llegado a este punto de mi ligera meditación referenciada, ya había escampado y el guarapo escaseaba. Empezamos a bajar a Fátima, pues era necesario consumir más de aquella ambrosía para fluir en la liquidez del mundo vacuo, trivial, frívolo, consumista y desencantador; además, el amigo dinero que teníamos en el bolsillo nos respaldaba para ello. Mientras caminaba, esa última idea acerca de que eran posibles las experiencias significativas, aunque nunca fundamentadas en los vínculos humanos, reivindicaba el deseo de vivir. Pues, a la manera de axioma, podría fundamentar el sentido de la vida. Es decir, las experiencias significativas, si llegaba a dar con alguna, colmarían a la vida de sentido. Dicho así, suena muy pretencioso. Tal empresa es imposible.

      Ya nos habíamos abastecido y debatíamos sobre a dónde ir. Mientras tanto, y pensando en la cuestión de cómo se darían las experiencias significativas, una oración que había escuchado en algún lugar y que tenía muy presente en esos días podría arrojar algo de luz sobre este asunto: el hombre es un animal simbólico. Esta es una idea de Cassirer; para él, el hombre, a diferencia de los animales que solo tienen un sistema “receptor” y un sistema “efector”, ha logrado tener un sistema simbólico el cual traduce la realidad a términos que nos resultan conmensurables:

(...) el hombre no puede escapar de su propio logro, no le queda más remedio que adoptar las condiciones de su propia vida; ya no vive en un puro universo físico sino en un universo simbólico. El lenguaje, el mito, el arte y la religión constituyen partes de este universo, forman los diversos hilos que tejen la red simbólica, la urdimbre complicada de la experiencia humana. (Cassirer, 1995, p. 47)

     Para que Cassirer pensara en el lenguaje, el mito, el arte y la religión, como elementos del universo simbólico, por supuesto había considerado antes los vínculos humanos como condición necesaria para que dichos elementos se dieran. De esta manera podríamos decir que Cassirer considera que dentro de la experiencia humana se encuentran, de manera fundamental y simbólica, los vínculos humanos. Sin embargo, los vínculos humanos, como ya lo habíamos visto con la anterior exposición baumaniana, no garantizan experiencias significativas, pero en tanto fundamento de experiencias simbólicas tienen relevancia en la experiencia humana. Se podría pensar que su naturaleza simbólica garantiza la significatividad, pero la liquidez del mundo sólo posibilita una “apropiación vacua” de los símbolos de la realidad. En la vida social sí hay cosas “significativas”, pero como la naturaleza de los vínculos los destina a marchitarse una vez lo placentero y gratificante se ha desvanecido, no cumplen la condición necesaria anteriormente dicha de ser perdurables y oponerse a las nociones consumistas.

     Lo anterior sólo sirve como ratificación de que es imposible algo realmente significativo proveniente de los vínculos humanos. A fin de cuentas no podía hallar una experiencia significativa en la liquidez. Toda posibilidad de encontrar sentido se desvanece a la vez que las experiencias simbólicas con aires significativos se marchitan por su banalidad. Sin embargo, las sentencias del viejo nuevamente se prestaban para interpretaciones exageradas; pues dijo algo como “al final lo único que es seguro es que uno se va a morir.” Es como si se hubiera ahorrado todo este discurrir que finalmente concluye en la banalidad de las relaciones humanas, y hubiera saltado a la certeza de que la Contemplación de la Muerte es lo único susceptible a convertirse en experiencia significativa. Pues en el devenir de los hechos azarosos, triviales y superfluos del mundo líquido, la única certeza que se tiene es su finitud. Dicho de otro modo, la Contemplación de la Muerte se eleva por encima de experiencia simbólica y es convertida en experiencia significativa, en tanto que cumple con la condición de ser totalmente perdurable.

      Finalmente podríamos decir que sí hay lugar para las experiencias significativas, paradójicamente sólo en la contemplación de la finitud de las cosas pertenecientes al mundo líquido. En ese sentido, la experiencia de la Contemplación de la Muerte es una excepción a la naturaleza del mundo líquido. Son las características del mundo líquido; a saber su frivolidad, su vacuidad, la banalidad perenne, trivialidad, etc. las que nos podrían servir como criterio para evaluar el triunfo del consumismo y del mundo líquido. Es decir, entre más evidentes e ineludibles, entre más presentes y profundas estén dichas características, con mayor certeza podríamos asegurar que el mundo líquido y el consumismo ha permeado nuestras experiencias. De esta manera, resultaría que la Contemplación de la Muerte es la experiencia significativa que se muestra reacia a banalizarse y dejarse influir por las nociones del consumismo. El consumismo puede restringir de significado a todo, en tanto lo banaliza y lo deja a un nivel tan patético como vacuo; pero la consciencia de la propia finitud no puede ser nunca menoscabada. Es una experiencia tal que, como no lo hace ninguna otra cosa, abraza con su inminencia. Y en tanto se opone a la banalización, menoscaba fuerza a la Modernidad Líquida, pone en tela de juicio la totalidad y veracidad con la que pretende permear toda la esfera de lo humano; la pone en entredicho.

      En algún punto, mientras yo me concentraba largamente en mi introspección, ya habían decidido a dónde ir; irían nuevamente a El Cable. El problema es que ya estábamos en camino y no lo había advertido. Caminábamos a paso ligero, pedí un pucho al que se había adueñado de la cajetilla. Recordé que habían bromeado con esto de que el filtro restringía el consumo de todas las vitaminas. ¿Vitaminas? ¿No podrían haber dicho algo más plausible? Eso mata, asegura y acerca la inminencia de la muerte; pero también es una manera de conciliar dos experiencias opuestas: contemplar reverencialmente a la muerte en el mismo acto de consumir y dejarse llevar por la frivolidad. Para no pasar la vergüenza de arrancar el filtro sin motivo y pasar por extraño, compré un peche cuando llegamos a El Cable.

     Pensé en Tolstói, en su novela “La muerte de Iván Ilich”: su vida transcurrió en la ejecución inmediata de un plan de vida meramente práctico. Para no arruinar la novela a quienes la desconozcan, diré que Iván Ilich era un hombre que trabajaba, compraba, consumía. Su vida fue relativamente deseable. Tolstoi diría: “He aquí cómo vivía Iván Ilich. Y todo marchaba inmutablemente y todo marchaba bien.” (Tolstói, p. 35)  Pero un golpe le acarreó una enfermedad dolorosa, terminal, pero desconocida; y los médicos no pueden dar con ella. Por la intratabilidad de la enfermedad, el estado de Iván Ilich empeoraba en todo sentido. Los vínculos humanos que había considerado tan gratificantes con su familia y sus amigos se diluían, ahora los despreciaba; tal como lo hacía el viejo del principio:

¿Para qué? ¡Es inútil! —Se dijo, con los ojos desmesuradamente abiertos en la profunda oscuridad—. ¡La muerte! ¡Sí, la muerte! Y ellos no lo saben, no quieren saberlo, y no me compadecen. Tocan (oía, procedente de lejos, a través de los aposentos, el ruido de las canciones y del piano). ¡Lo que me ocurre les es indiferente! ¡Pero morirán como yo!... ¡Necios! Primero yo y ellos después... ¡Pasarán por el mismo trance! ¡Y se divierten! ¡Imbéciles! (Tolstói, p. 54)

      Sólo queda, entonces, la muerte como única certeza, como “lo único que es seguro”. Su contemplación es entredicho de la modernidad líquida, en tanto que es experiencia significativa y se opone la liquidez por acción de su propia naturaleza. Es desalentador, no se puede pensar en ello sin cierto desasosiego. Aun así, contemplar la muerte es una actividad rica en reflexiones. Cualquiera que piense seriamente en la inminencia de su propia muerte, se va a ver obligado a repensar la vida que lleva hasta el momento. Se preguntaría si quisiera seguir viviendo como lo ha hecho. Meditabundo y moribundo, Iván Ilich pensaba:

Es como si hubiera descendido regularmente, imaginándome que subía. Mientras a los ojos del mundo me elevaba, mi vida huía... ¡Y he aquí que todo está consumado... que muero...!

¿Qué quiere decir esto? ¿Por qué? Imposible que la vida se halle tan desprovista de sentido, que sea tan horrible. Si tan absurda es y tan horrorosa, ¿por qué morir y morir entre sufrimientos?” (Tolstói, p. 83)


Referencias

Bauman, Z. (2013). La cultura en el mundo de la modernidad líquida. México: Fondo de Cultura Económica.

Bauman, Z. (2013). Modernidad Líquida. Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina: Fondo de Cultura Económica de Argentina S.A.

Bauman, Z. (2015). Ceguera moral. Bogotá, Colombia: Planeta Colombia S.A.

Cassirer, E. (1995). Antropología filosófica. Bogotá: Fondo de Cultura Económica.

Tolstói, L. (s.f.). La muerte de Iván Ilich. Edición digital. Instituto Latinoamericano de la Comunicación Educativa.