Memorias XVII Foro Interno de Filosofía y Letras - Universidad de Caldas

De la naturaleza de la intuición estética en la poesía de Friedrich Hölderlin


Daniel Chalarca Toro

Universidad de Caldas


ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X




     Esta exposición habla acerca de la belleza dentro de los límites de la razón y de cómo los objetos de la metafísica se vuelven objetos de la estética. No debe entenderse esta pretensión como un encarcelamiento hecho al libre vuelo de la belleza dentro los muros de una razón teórica. No se trata de poner límites al noble arte de la poesía que tiene a bien siempre elevarse a cumbres enormes del pensamiento. Antes, debe entenderse lo siguiente: el hecho mismo de que la poesía siempre mire muy alto y no se conforme con la mera utilidad explicativa de la razón, atestigua un preciso uso de la razón que excede al propio entendimiento y que se ocupa más de lo profundo y oculto que de lo inmediato y evidente.

     Ciertamente, la razón humana está abocada, de manera inevitable, a reflexiones que, por su naturaleza, no pueden ser nunca objeto de indagación en la experiencia, sino que pertenecen a un ámbito puramente ideal. Pues la razón es hábil arquitecta de grandes cuestiones que se elevan desde la inmediatez de lo sensible, que es siempre efímero y cambiante, a la eternidad de las ideas que siempre brillan con una luz inefable. Tiene la razón en sus haberes esta disposición que en tiempos más antiguos fue considerada como la mayor de todas las facultades, dadora del conocimiento más excelso y fundadora de la ciencia madre: la metafísica. Fueron consideradas las ideas de la metafísica por mucho tiempo no sólo conocimientos, sino los más perfectos y fundamentales de todos los conocimientos, sin los cuales no se podía empezar a caminar en el terreno de la filosofía.

      Conservó la metafísica su trono desde el ascenso de Parménides a los pórticos celestes del Tiempo, pasando por las divinas formas de Platón y los primeros principios de Aristóteles, por las escuelas del cristianismo y la absoluta racionalidad moderna, hasta el momento en que la razón estuvo en capacidad de hacer su propia crítica. Es 1781, seguramente, el año en el que la historia de la filosofía se parte en dos, el año en el que Kant enseña su obra a la humanidad mostrando cómo la propia muerte de la metafísica es lo que hace de ella un objeto sagrado.

     Pero, ¿Qué significa esto? ¿Cómo es que la muerte de la metafísica es lo que hace de ella un objeto sagrado? Y en todo caso, ¿qué significa que la metafísica ha muerto? Para Kant significa que no es ella posible como ciencia. Creyeron los filósofos antiguos y sus posteriores seguidores que la metafísica era una verdadera ciencia productora de conocimientos, aún más, los conocimientos raíces de todo pensamiento. Pretendían dar razón de lo real hasta sus últimas consecuencias, sin advertir, no obstante, que su pretensión estaba fundada en una ilusión. Esta ilusión, explica Kant, está fundada en un uso inadecuado del entendimiento, que apoyado sobre sí mismo y sus reglas, se lanza a investigar objetos que exceden toda experiencia posible. El conocimiento humano es limitado y su legitimidad se adscribe a la mera determinación de objetos en la experiencia y sólo en la experiencia, siendo ésta el terreno donde es posible una ciencia productora de conocimiento.

     La metafísica, por la naturaleza de los objetos que considera, a saber, objetos que exceden toda experiencia posible, que van más allá de las condiciones de los fenómenos, espacio y tiempo, la metafísica, de este modo, no puede proporcionar un verdadero conocimiento. A lo sumo, puede indicar un uso dialéctico del entendimiento - que es inadecuado para producir conocimiento - en el que cobran sentido las idea 1. Con esta feroz crítica de Kant, entonces, no sólo la metafísica es derrocada de su trono de ciencia madre, sino que además es despojada de toda la autoridad de una ciencia, pasando a ser esta nada más que una ilusión.

     Ahora bien, antes y después, Kant acepta que si bien la metafísica ya no puede ser considerada como una ciencia, debe ser esta entendida como una inclinación natural de la razón. Nada más que las primeras palabras de su crítica de la razón pura lo atestiguan:

    La razón humana tiene, en una especie de sus conocimientos, el destino particular de verse acosada por cuestiones que no puede apartar, pues le son propuestas por la naturaleza de la razón misma, pero a las que tampoco puede contestar, porque superan las facultades de la razón humana. (Kant, 2002, p. 91).

     Estas cuestiones a las que inevitablemente se ve abocada la razón y que, sin embargo, no pueden ser nunca objeto de conocimiento en la experiencia, son de hecho las cuestiones más profundas de la existencia humana. ¿Cuál es el origen de todas las cosas? ¿Qué es la realidad en sí misma? ¿Cómo ser libres? Estas preguntas pretenden objetos que nunca pueden ser dados en el espacio y el tiempo, son preguntas que exigen una respuesta más allá de la experiencia. ¿Cómo investigar el origen de todo lo que existe, o lo real en sí mismo o la libertad mediante un experimento de laboratorio? Imposible, pues son estas cuestiones propias de la razón, cuestiones ideales. Las ideas de la metafísica tienen que ser pues, nada más que eso, ideas. Sus objetos pueden ser pensados, pero nunca conocidos. Esto queda dicho.

     Hasta aquí se ha visto cómo la filosofía crítica de Kant declara la muerte de la metafísica. Pero aún falta responder una cuestión, y es ella la que conducirá a los caminos de Hölderlin y su poesía. La cuestión es la siguiente, ¿por qué, aun después de muerta, la metafísica sigue conservando un lugar sagrado? Como se ha visto, Kant no considera a la metafísica como algo meramente ficticio y sin sentido; por el contrario, le otorga a ella un uso de la razón, que si bien no es útil para producir conocimiento, si lo es para elevar el espíritu al reino de la moral y la religión. Es necesario, en primer lugar, que haya un uso moral de la razón, dice Kant, que haga posible la libertad, pues ella no sería pensable si la razón estuviera determinada por las leyes mecánicas naturales que rigen en la experiencia. Este uso moral está dado por las ideas de la razón, las cuales no se someten a las reglas del entendimiento teórico.

     Así pues, la moral exige la idea de libertad que es una idea de la razón, la cual no puede ser nunca conocida, pero sí supuesta y pensada. Por otra parte, la religión también tiene su asidero en el campo ideal de la razón. Kant entiende la religión en un sentido muy distinto al de la norma eclesiástica, fue él de hecho un gran crítico de estas instituciones. Lo que Kant quiere decir con la palabra religión va muy al hilo de su filosofía moral y se refiere a lo sentimental, esa parte emocional que conmueve al espíritu en el ejercicio de aquellas acciones que considera el hombre dignas de ser celebradas, es decir, el bien. Esta faceta religiosa de la razón participa de las ideas metafísicas, tanto en un nivel moral en el uso de la idea de libertad, como en un nivel sentimental, en el cual se puede situar a la idea de la perfección o la idea de lo absoluto.

     Es precisamente esta parte sentimental de la razón la que da paso a la consideración de la metafísica como algo sagrado. Las ideas metafísicas, las cuales no pueden ser nunca entendidas empíricamente, por las razones antes expresadas, remiten a la asunción de lo incomprensible, lo absoluto, lo perfecto, aquello que integra en sí todas la cualidades del bien. El espíritu humano tiene una faceta religiosa, una aspiración a lo sagrado y es precisamente el uso metafísico de la razón el que posibilita esta aspiración. El sentimiento de lo sagrado surge, en este sentido, de la mirada absorta del espíritu humano ante la vastedad de lo incomprensible.

     Así pues, ahora se podrá comprender mejor porqué la metafísica conserva un lugar sagrado aun cuando ha perdido por completo todos los ropajes de una ciencia, que en la antigüedad, producto de una ilusión, le dio toda la autoridad filosófica. Una vez logrado este punto, se ha avanzado mucho en los conceptos previos para comprender la naturaleza de la intuición estética en la poesía de Hölderlin. Fue necesario recorrer someramente los caminos de Kant y recordar su crítica, para así lograr una mejor comprensión de la razón humana y sus facultades. Esto permitirá ver cómo la poesía, en su naturaleza ideal, tiene siempre a bien elevarse a parajes inmensos, inalcanzables para el entendimiento, que erigen en sus cumbres los sentimientos más profundos.

     Se podrá preguntar, ¿por qué es necesario apelar a Kant para comprender a un poeta como Hölderlin? Si se recuerda, al principio de esta exposición se dijo lo siguiente: el hecho mismo de que la poesía siempre mire muy alto y no se conforme con la mera utilidad explicativa de la razón, atestigua un preciso uso de la razón que excede al propio entendimiento y que se ocupa más de lo profundo y oculto que de lo inmediato y evidente. Si se atiende a todo el desarrollo que se ha hecho hasta este momento, lo que quiere decir lo anterior es: la poesía atestigua, en la naturaleza de sus reflexiones, un uso metafísico de la razón. En otras palabras, con la poesía no se pretenden explicaciones teóricas ni argumentaciones discursivas generadas por el entendimiento. Su arte radica, por el contrario, en la elevación del espíritu hacia las ideas de la razón, buscando reflexiones que exceden al entendimiento3   

     Esta naturaleza de la poesía que aquí se expresa es la que considera Hölderlin propia de una poesía pura. Los versos más hermosos son los que conducen al espíritu del hombre hacia una abstracción que excede al mundo sensible. Envuelto en la contemplación de algo que se oculta a la evidencia inmediata de los sentidos, aquel que tenga una experiencia estética con la poesía se hallará consigo mismo en el pensamiento, asido a ideas que tienen un sentimiento sagrado.

     En sus años de juventud, Hölderlin se aferró asiduamente a la reflexión filosófica creyendo que ésta podría brindarle un camino seguro para encontrar las respuestas que su espíritu anhelaba. Fue en estos tiempos cuando se encontró con Hegel y Schelling en el célebre seminario de Tübingen, donde estudiaban teología. Influido sobre todo por Hegel, Hölderlin estudió a los filósofos, especialmente a los griegos y a Spinoza; no obstante, fue el estudio de la filosofía de Kant lo que le llevó a dar el siguiente paso en su pensamiento.

     Hölderlin llamó a Kant “el Moisés de nuestros tiempos” y con justa razón, pues fue él con su filosofía el que delimitó el poder la razón humana y bajo su tribunal cada pensamiento se ordenó en el lugar correspondiente. Hölderlin entendió rápidamente que los anhelos que impulsaban a su corazón a buscar la sabiduría eran ideas metafísicas y que ninguna teoría científica ni filosófica le daría ese encuentro que él tanto deseaba. Fue así que, con un sentimiento de dolor profundo aferrado a una actitud valiente, abandonó la filosofía. Seguramente hubiera sido un gran teórico y hubiera sido tan famoso como sus amigos del idealismo alemán, pero pronto se dio cuenta que era la poesía lo que siempre lo había llenado de emociones y que era este arte el único y último fin de su vida.

     ¿Qué es lo que lleva a Hölderlin a abandonar la filosofía para dedicar su vida a la poesía? Es precisamente la consciencia de la finitud lo que le hace abandonar la ingenua pretensión de entender temas que están más allá del entendimiento. Por supuesto, la filosofía es un camino necesario para el hombre, pues éste debe ser razonable y pensar junto a los grandes maestros de la humanidad que siempre tienen cosas muy sabias para decir; sin embargo, la filosofía en su ejercicio crítico no puede dar razón de todo, pues el entendimiento humano tiene límites infranqueables, que según Hölderlin sólo la poesía puede superar.

     Para comprender este lugar exclusivo que tiene la poesía en el pensamiento de Hölderlin, se pueden tomar ideas del Más antiguo programa de sistema del idealismo alemán, un texto de 1797, escrito por Hegel pero pensado en gran medida por Hölderlin:

      La idea que todo lo integra, la idea de belleza, debe tomarse en ese superior sentido platónico. Estoy convencido de que el acto supremo de la razón, al contener ésta todas las ideas, es un acto estético, y de que verdad y bondad sólo se pueden hermanar en la belleza. Precisamente el filósofo debe poseer tanta fuerza estética como el poeta. Los seres humanos sin sentido estético son nuestros filósofos ortodoxos. La filosofía del espíritu es una filosofía  estética. No se puede ser lúcido en ningún ámbito, ni siquiera se puede razonar lúcidamente sobre la historia, si falta el sentido estético. Aquí precisamente se manifestará aquello que les falta a los hombres que no entienden ninguna idea y que abiertamente admiten que todo lo que va más allá de tablas y registros les resulta oscuro. [...] La poesía recibiría con ello una mayor dignidad y de esta manera finalmente llegaría a ser de nuevo lo que era en un principio: maestra de la humanidad. (Más antiguo programa de sistema del idealismo alemán, tercer párrafo)

     Ciertamente, es un texto de una riqueza incomparable. El espíritu revolucionario de los jóvenes filósofos se nota con tan sólo leer una línea. Hölderlin considera a la Belleza como la idea unificadora de todas las demás ideas, en cuya asunción se pone en juego el acto supremo de la razón humana. En la Belleza se ven hermanadas todas las ideas de la metafísica, que como se vio anteriormente, participan de la moral y la religión. Con esto, se ve el papel de la poesía en el uso ideal de la razón: es ella la máxima cumbre donde el espíritu humano se encuentra con todas aquellas perfecciones que su razón forja y que sin embargo, no pueden jamás ser comprendidas por el entendimiento.

     ¿Por qué es el arte poético la máxima cumbre de la razón humana, si bien podría ser por ejemplo la moral o la religión? La idea de Belleza, expresada mediante el arte poético, unifica las dos ideas correspondientes a la moral y la religión, esto es, la Libertad y la Perfección. En la idea de Belleza se da la máxima síntesis unificadora de la razón. Así, no sólo la moral y la religión hallan su unidad en la Belleza, sino toda idea metafísica, como la idea de Totalidad. Todo aquello que había estado separado en el pensamiento, está ahora unido con completo sentido y consciencia. Es justamente esta conciencia, impulsada por esta abstracción metafísica lo que llama Hölderlin intuición estética. Es la intuición estética el camino hacia la idea de Belleza, la cual se debe entender en el sentido aquí expresado, es decir, como una idea unificadora de toda idea y conciencia, y no como un mero deleite caprichoso de los sentidos.

       Quizá lo anterior resulte oscuro. ¿Qué mejor camino que el de la poesía para explicar aquello que se torna oculto y profundo? He aquí un pasaje de Hiperión en el cual Hölderlin alude a la intuición estética a causa de la Naturaleza en su idea de Totalidad y Unidad:

     Feliz Naturaleza. No sé lo que me pasa cuando alzo los ojos ante tu belleza, pero en las lágrimas que lloro ante ti, la bien amada de las bien amadas, hay toda la alegría del cielo. Todo mi ser calla y escucha, cuando las dulces ondas del aire juegan en torno de mi pecho. Perdido en el inmenso azul, levanto a menudo los ojos al éter y los inclino hacia el sagrado Mar. Y es como si un espíritu familiar me abriera los brazos; como si me disolviera el dolor de la soledad en la vida de la divinidad. Ser uno con todo: esa es la vida de la divinidad. Ese es el cielo del hombre. Ser uno con todo lo viviente. Volver, en un feliz olvido de sí mismo, al Todo de la Naturaleza: esa es la cima de los pensamientos y alegrías. Esta es la sagrada cumbre de la montaña. El lugar del reposo eterno donde el medio día pierde su calor sofocante y el trueno su voz y el hirviente Mar se asemeja a los trigales ondulantes: Ser uno con todo lo viviente. Con esta consigna, la virtud abandona su airada armadura y el espíritu del hombre su cetro y todos los pensamientos desaparecen ante la imagen del mundo eternamente Uno. Como las reglas del artista esforzado ante su Urania. Y el férreo destino abdica de su soberanía y la muerte desaparece de la alianza de los seres; y lo imposible de la separación y la juventud eterna dan felicidad y embellecen al mundo (Hölderlin, 1976, p.37)

     En este pasaje, Hölderlin expresa la idea de intuición estética en medio de la contemplación de una Naturaleza sacralizada. Frente a un paisaje sublime donde se extiende el mar mezclado con el cielo en una perfecta unidad viviente, el poeta se abstrae de todo contenido sensorial para sumergirse en una meditación profunda, en la cual él se ve a sí mismo como una parte de la gran Totalidad, que en el fondo es una sola cosa: Belleza. La Naturaleza es concebida como un Todo-Uno, una inmensidad infinita en la que los seres existentes se mueven en el reino de la Belleza. En este punto se puede ver la gran influencia que tuvo Spinoza en el pensamiento de Hölderlin. Al igual que Spinoza, Hölderlin considera que la Naturaleza, en el fondo, de manera ideal, es una misma y única sustancia. La diversidad de seres que aparecen en la experiencia inmediata del hombre no son más que objetos individuales que el entendimiento debe separar del Todo para poder comprender. El entendimiento comprende en la medida que analiza, que separa e individualiza cada uno de los objetos que considera. Si bien su función es primordialmente sintética, es inevitable que deba clasificar los entes de acuerdo a categorías que se estructuran con base en géneros y especies. Por tal motivo, la idea del Todo-Uno sólo es posible de manera metafísica, de manera ideal en la razón, pues es imposible generar una explicación teórica de ella.

     Así como el entendimiento debe considerar a los objetos como entes aislados de la Unidad de la Naturaleza, así mismo la conciencia humana se encuentra aislada en la noción que tiene de su propio yo. Esta consciencia del yo, es en principio un resultado de la propia acción del entendimiento. Kant la llama apercepción trascendental y es el equivalente al yo pienso. Kant dice que el yo pienso tiene que acompañar a todas las representaciones que están en el entendimiento y es ésta noción una condición de posibilidad para los objetos en la experiencia (Kant, 2002, p. 180). Al estar esta apercepción trascendental sometida por entero a un uso en la experiencia, debe estar ella aislada de toda Unidad con los objetos que considera, debe asumirse como un otro. En palabras más simples, esto quiere decir que el yo debe concebirse como algo diferente a los objetos que considera para que sea posible el conocimiento teórico.

     Así es como el yo, por su propia condición, se encuentra separado del Todo-Uno de la Naturaleza. Es una desdicha para Hölderlin comprender esta naturaleza del entendimiento humano, pues el hecho mismo de que el hombre pueda conocer lo que le rodea y pueda establecer una ciencia productora de conocimiento, es lo que lo aleja de la Unidad originaria de la Naturaleza donde se encuentra la eterna idea de Belleza. En Hiperión, Hölderlin expresa con furia: “¡Ojalá no hubiera ido jamás a vuestras escuelas! La ciencia que seguí por las mil revueltas de sus laberintos, que fui lo bastante loco para esperar con mi juvenil ilusión que confirmara mis ilusiones más puras, es la que lo ha destruido todo.” (Hölderlin, 1976, p.38) Con esta arenga, Hölderlin recuerda sus años de búsqueda inocente, cuando creyó que la filosofía teórica era el camino para conocer los ideales de su espíritu.

     A pesar de que el poeta considera a la filosofía y a la ciencia maestras de la humanidad, entiende que aquel espíritu que se ocupa tan sólo de un conocimiento racional del mundo, enmarcado exclusivamente dentro de los límites reglados del entendimiento, es un espíritu pobre, al que le falta un sentimiento estético. Por eso afirma en el Primer programa de sistema del idealismo alemán que el filósofo debe poseer tanta fuerza estética como el poeta, pues sólo así puede ascender a objetos cargados de una naturaleza sublime y sagrada: las ideas metafísicas. Höldelrin no pretende recuperar lo irrecuperable, esto es, la asunción de la metafísica como una ciencia, sino que al contrario, celebra esta naturaleza incomprensible de ella y por esto halla en el seno ideal de la razón el lugar de todo sentimiento de Belleza y de la intuición estética.

     El arte poético, ensalzado por Hölderlin, tiene pues en su naturaleza esta unificación y reconciliación del yo con toda la Naturaleza. La poesía acoge en sus versos al espíritu para que regrese a esa unidad originaria que lo envuelve todo y se sumerja en esta deliciosa calma, que lejos de los sentidos aleja toda pasión evanescente para ocuparse tan sólo de lo sagrado. En esta consciencia, el absurdo de la vida pierde su acusación implacable, la virtud abdica de su soberanía y todo aquello que parecía tener una importancia suprema, queda reducido a un mero capricho. En el seno de la Unidad, toda noción del yo se pierde y no queda más que una visión de la Naturaleza eternamente Una, la misma, en su movimiento eterno, en su quietud viva.

     Podría suceder que algún hombre sensato, excesivamente razonable, juzgara este pensamiento como un misticismo fuera de este mundo, propio de sujetos delirantes. A él se le podrá preguntar si acaso todo le resulta absolutamente comprensible, totalmente diáfano en su miserable mente humana, de tal modo que pueda dar razón hasta de cosas que ni él mismo comprende. Entonces, consciente de su propia finitud, cada cual se miraría el rostro con una sonrisa triste y la mirada baja, asumiendo que lo que se entiende es muy poco y que tan sólo es la Belleza el lugar de calma donde los orgullos y tristezas caen como rocas desde un cielo libre.

     Para finalizar esta exposición, a modo de inspiración, para todos los que sientan en su alma el noble deseo de crear versos y de sumergirse, a pesar de todos los límites de la vida, en la eternidad de aquellas ideas que hacen de nuestra existencia algo bello, se presenta un hermoso poema de Friedrich Hölderlin. ¿Debemos acaso renunciar a aquello que nos es más preciado, tan sólo por encarcelar a nuestro espíritu en los límites de un discurso razonable? ¿Qué es, en todo caso, lo razonable, vivir calculando nuestra felicidad o crearla a cada instante mediante la poesía? Alabemos a la Naturaleza.

¡No, no me resignaré! Avanzar siempre

como un niño, como un prisionero,

a pequeños pasos medidos por anticipado,

día tras día. ¡No, nunca me resignaré!

¿Tal es el destino del hombre? ¿Mi destino? ¡No!

Al laurel aspiro. No me tienta el reposo,

mas el peligro suscita las fuerzas del hombre

y el dolor hincha el pecho de los jóvenes.

¿Qué soy para ti, qué soy yo, patria mía?

Un débil, un enfermo a quien su madre

con una tonada triste, desesperada,

acuna entre sus pacientes brazos.

Nunca busqué consuelo en el fondo de brillantes copas

ni en la mirada de una sonriente coqueta.

¿Debe abatirme para siempre una pena

o matarme un furioso deseo?

¿De qué sirve el cordial apretón de manos

y la dulce acogida del alma en primavera?

¿Para qué la sombra de los robles,

la viña en flor, el aroma del tilo?

Juro, por la antigua Mana, no beber jamás

del cáliz del gozo, no obstante su seductor destello,

hasta el día en que haga una obra de hombre

y conquiste entonces mi primer laurel.

¡Grave promesa! que a mis ojos llena de lágrimas.

¡Feliz seré, de mantenerla! Pues así,

criaturas de alborozo, también a mí me oiréis gritar de gozo.

Y entonces, oh Naturaleza, de tu sonrisa haré mi júbilo5

Notas

1 Entiéndase idea en el sentido que le da el propio Kant: un objeto elaborado por el uso inadecuado del entendimiento al cual no corresponde ninguna intuición, o sea, un concepto que excede el espacio y el tiempo.

 No hay contradicción alguna en decir que la razón tiene una faceta sentimental, pues es la razón el lugar donde subsisten todas nuestras representaciones. La razón debe dejar de considerarse equivocadamente como una facultad meramente calculativa y teórica. La filosofía trascendental entiende que la razón es el último culmen de toda conciencia humana, tanto en el nivel del entendimiento y la lógica, como en el nivel de la metafísica y las emociones.

3 Con esto no se quiere decir que la poesía es algo que no se entiende. Los conceptos aquí utilizados son kantianos, con lo cual se hace expreso que la palabra entendimiento, en este sentido, se refiere al uso de éste para un conocimiento científico o explicativo.

Hiperión o el eremita en Grecia es la única novela escrita por Hölderlin. Fue escrita entre 1794 y 1797 y a modo epistolar es la obra que más extensamente expresa el pensamiento del poeta.

5 Este poema se titula El laurel y pertenece a los llamados “poemas de juventud” de Hölderlin. Su tema es la propia poesía, es poesía sobre la poesía y expresa la decisión final del poeta de dedicar su vida a este arte, sin importar ninguna otra actividad humana.


Referencias

GABAUDAN, H. (2015). Conferencia sobre Hölderlin: lo que permanece lo fundan los poetas. Tomado de: http://www.march.es/conferencias/anteriores/voz.aspx?p1=100456

HEGEL, W. (2012). Fragmentos de los escritos de juventud. Tomado de: https://filosevilla2011.files.wordpress.com/2012/05/04-hegel-escritos-de-juventud-fragmentos.pdf

HÖLDERLIN, F. (1976). Hiperión o el eremita en Grecia. Ediciones Marymar. Buenos Aires, Argentina.

HÖLDERLIN, F. (1995). Poesía completa, edición bilingüe. Ediciones 29. Barcelona, España.

KANT,  I. (2002). Crítica de la razón pura. Editorial Tecnos. Madrid, España. 

TORÉ, J. (2009). Filosofía y poesía en Hölderlin. Revista ENDOXA: series filosóficas, n° 23. Madrid, España.