Memorias XVII Foro Interno de Filosofía y Letras - Universidad de Caldas

Sócrates y el club de la pelea


Juan David Giraldo Palacio

Universidad de Caldas


ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X




     Primero que todo, desearía hacer un par de advertencias previas, para que no hayan malentendidos desde el comienzo. Una de ellas es que ésta ponencia es la versión provisional de un tema que apenas estoy explorando y por ende pido excusas de antemano por las posibles digresiones y repeticiones en las que incurra. Como todos los trabajos de este tipo, es apenas una incursión, el intento por percibir una arista de una de las obras más complejas e inagotables en la historia de la filosofía, como lo son los diálogos socráticos.  Por otro lado, el titulo quizá sugiera más de lo que el texto dice. Y hace parte tal vez de una inconsciente estrategia publicitaria de mi parte, o de esa  especie de arrebato de inspiración poética que involuntariamente nos arrastra a poner títulos algo sugestivos… lo cierto es que el título se puede prestar para equívocos con la novela de Chuck Palahniuk; “El club de la pelea”. Aunque probablemente nos sea más familiar su versión cinematográfica. En este caso no voy a realizar ese tipo de comparaciones arriesgadas en las que vemos similitudes conceptuales por todas partes. Pero si las vemos,  debemos preocuparnos, es síntoma de que ingresamos en ese mundo esquizofrénico del novelista, que algún académico avezado con vocación para las comparaciones temerarias llegaría a rastrear en el mundo de las ideas de Platón. Pero éste no es el caso. Lo mío será algo menos osado, intentaré abordar ese aspecto agonal, conflictivo y hostil, que se presencian en algunos de los diálogos platónicos. Característica que se percibe en su potente trasfondo dramático. Para esto  me serviré además de un testimonio de Diógenes Laercio, el incordio, al que algunos historiadores de renombre en la historia de la filosofía, desdeñan por su falta de rigurosidad doxográfica. Un chismógrafo de la filosofía, dicen algunos, casi escandalizados, alegando una falta de seriedad imperdonable en un área tan importante del saber.  Juicios que poco a poco ayudaron a condenarlo al anaquel de lo exótico.

     En muchos de sus diálogos, Platón suele mostrarnos a  un Sócrates  modelo descollante de virtud y de ejercicio dialéctico entre sus conciudadanos. Es por supuesto el vocero  ideal de su proyecto filosófico; de sus teorías en torno al alma, el conocimiento, la virtud, lo eterno, las ideas, el bien…y en este punto el vértigo nos hace detenernos para contemplar desde semejante altura, donde por cierto, todo es más confuso.  Los contrarios de estos ideales;  la desmesura, la ira, y demás pasiones producto de la epitimia; esa parte baja y apetitiva del ser humano, deben ser controladas por medio del uso correcto de la razón; es decir,  guiada por un debido ejercicio dialéctico que nos permita realizar este asenso a la contemplación de la verdad. Entendiendo todo este contexto claro está, bajo los propósitos filosóficos y literarios de Platón. Su modelo de virtud no podría caer victima de la intemperancia, esto sería un despropósito para su obra y para el qué dirán de la posteridad. Con lo anterior, podemos ver en Platón a uno de los precursores de  la gestión de imagen pública, como lo fue de muchos otros muchos recursos y discusiones. Sin embargo, y eso creo que lo llegamos a sospechar todos en la medida que nos adentramos en su lectura, parece que no siempre se daba ese clima diplomático donde todo se desenvolvía en una dialéctica armoniosa que nos llevara a ese estado contemplativo y sereno de la idea suprema. Una prueba de ello la ofrecen los mismos diálogos. Allí no faltan, bajo la ambientación magistral que realiza Platón en los interludios y trasfondos dramatizados; las rencillas, los ánimos subidos de tono, las quejas airadas, los puños levantados, las indirectas que van y vienen como tinajas y alcanfores arrojados con furia. La hostilidad en las frases es casi que palpable.

     Los diálogos, precisamente, por ser puestos en esos escenarios cotidianos, debían tener el carácter plausible que posee todo diálogo real. Es la cercanía, el encuentro que justamente genera esa sensación de estar presenciando una hostilidad; respuestas airadas, choques, y demás expresiones exaltadas, hacen parte de esa puesta en escena de los diálogos mismos. Es también, desde otra perspectiva, el deseo de mostrarnos la forma viva, espontánea y habitual en que se daba el ejercicio del pensamiento, y para esto el recurso del diálogo era el más idóneo.

A propósito de ese carácter cotidiano y dialógico de la filosofía platónica, en contraste con la primacía gráfica de la filosofía posterior, nos dice Emilio Lledó (1985):

El contenido de la filosofía platónica se nos entrega en un discurso que entrecorta la intervención de los interlocutores. Como la escritura apenas si era usual en la comunicación de las ideas, la única forma de contacto intelectual fue el encuentro entre los ciudadanos. Efectivamente, Atenas ofrecía la posibilidad de ese encuentro. Se reflexionaba en la calle, en los gimnasios, en el ágora. Se pensaba en voz alta. Todo pensamiento era inevitablemente transformado en lenguaje para alguien: un pensamiento compartido, esperando el asentimiento o el rechazo, pero creciendo siempre entre aquellos que participaban en él…” más adelante nos aclara el panorama de lo que es entonces un diálogo “…pero no el diálogo como posible género literario, sino como manifestación de un espacio mental en el que concurría el lenguaje, de la misma manera que en el espacio de la polis concurría la vida.     (p. 11-12)

     Hace parte entonces de la plausibilidad y cercanía de estos diálogos, esa constante tensión que se respira en algunas de sus discusiones, como si estuviesen a punto de irse a los golpes. Tensiones por las que podemos entrever en un primer momento ese aspecto agonal,  conflictivo y hostil entre los interlocutores, hijos de su época por supuesto. Ese mismo aspecto agonal que algunos historiadores han establecido como una de las características fundamentales de la antigua Grecia. De allí que, por ejemplo, las tragedias fueran esa clase de institución competitiva que convocaba cada cierto periodo de tiempo a poetas trágicos de todos los matices, para medir sus fuerzas poéticas; en un certamen donde se dieron a conocer los máximos exponentes de éste género; Sófocles, Esquilo y Eurípides, las estrellas que llenaban el anfiteatro, las que generaban el más alto rating de asistencia, se debatían en un duelo de representaciones trágicas para ver quien presentaba de manera más descarnada, magistral y precisa las vicisitudes del héroe, el espejo escueto de la vida misma.

    También  podemos explorar esta atmósfera competitiva en otra institución, en este caso de carácter más deportiva, como lo fueron las olimpiadas, de las que aun conservamos su tradición. En ellas se daban encuentro los más grandes atletas, para definir quién era el mejor en cada una de las especialidades. Píndaro (s.f.), el poeta lírico y uno de los grandes testigos de las hazañas de estos atletas, nos ha legado una invaluable memoria sobre ellas. Vale la pena traer a colación una de sus odas entonadas en nombre de Hagesídamo, el gran luchador. (p. 7)

A Hagesídamo, vencedor en el pugilato.

Leedme en voz alta el nombre del vencedor olímpico

El hijo de Arquéstrato, a ver en que parte de mi espíritu

Está escrito, pues se me había olvidado que le debía

Un dulce canto. Musa, tú y la verdad,

Hija de Zeus, con la mano enderezadora,

Rechazad la censura embustera

De que he faltado contra el huésped…

Así también cuando un hombre, Hagesídamo,

Que ha conseguido victorias llega al predio de hades

Sin ser cantado, con vana aspiración ha tenido para su esfuerzo

Placer breve; pero sobre ti la lira de grata voz

Y la dulce flauta esparce su encanto.

Nodriza de tu ancha fama

Son las piérides, hijas de Zeus,

Yo he emprendido esta tarea con afán y me he posado

Sobre el glorioso pueblo locro, para verter

Miel sobre esta viril ciudad.

Al hijo seductor de Arquéstrato

He elogiado, pues le vi vencer con la fuerza de su puño

Junto al altar de Olimpia

En aquella ocasión;

Poseía esa mezcla de hermosura externa,

Y lozanía que antaño Ganimedes…

     Vemos como se exalta ese carácter aguerrido y competitivo de los atletas, llegando inclusive a compararlos con los mismos dioses del Olimpo. El canto poético, como también lo fue el del rapsoda Homero, tenía todo un trasfondo litúrgico y cosmogónico. Lo observamos en  esa forma de cantar grandes proezas, ya fueran batallas monumentales como en la Ilíada, o luchas con fines meramente competitivos como en las odas pindáricas. Lo que ambas tradiciones poéticas comparten es esa función mnemotécnica fundamental; la de conservar en la memoria colectiva. Ellos eran los encargados de rescatar  a estos célebres personajes del  leteo; el famoso rio del olvido al que ningún  héroe deseaba ingresar. Por lo que la lucha de éstos, más que contra su contendor directo, era en contra del olvido mismo, su pelea representativa era contra la parca, la muerte definitiva asociada al olvido. De allí que una de las acepciones actuales más arraigadas que tenemos sobre lo agónico, es aquella que se refiere a la situación de aquel  que está próximo a morir. El agón vendría siendo entonces, el enfrentamiento del hombre contra esa muerte definitiva que genera el olvido.

      Y en general, la vida en la polis estaba atravesada por ese espíritu agonal que rezuma en la vitalidad de su idiosincrasia, en una sociedad donde estaban en disputa modelos políticos emergentes como la democracia, que propiciaban discusiones en torno a preguntas fundamentales como ¿Qué tipo de orden, virtudes e instituciones deben imperar en la sociedad?, generaba esa atmósfera reflexiva a la que no era inmune la misma discusión filosófica, y de la que fue uno de sus móviles principales. La filosofía no era esa gestión estandarizada y académica de producción de textos para sellos editoriales, que es en lo que se convirtió posteriormente. Era, como lo observamos hace un momento, el encuentro público de la palabra en el fervor de la ciudad y de los lugares más concurridos, algo mucho más cercano, más vital y apremiante. Diálogos que se daban en el contacto fortuito con personas de todas las condiciones sociales; desde el esclavo, guerrero o sofista, todas las personas que confluían en la plaza eran potenciales contertulios, y por consiguiente posibles receptáculos de la verdad. Al realizar estas comparaciones, debemos hacer la salvedad de las épocas, por supuesto, para no caer en anacronismos que nos impidan comprender de manera más justa el contexto de una obra y de sus rasgos esenciales. Ya tal vez acuso un cierto tono nostálgico. ¿Conservamos algo de ese aspecto agonístico y vital de la filosofía antigua, me pregunto?

     Pero alguno de ustedes me cortaría en este punto, y preguntaría qué es lo que estoy entendiendo por agón, cuál es la determinación conceptual que posee esta palabra para que sea tan relevante. Algo he presupuesto desde el comienzo, y es que pareciera entenderlo en términos de lucha y competencia, tal como nos lo definen lacónicamente los diccionarios. Ciertamente algo de conflicto y disputa le pertenece al agón como concepto, no es un aspecto ornamental que inventaron los historiadores para caracterizar una época,  y esto también nos lo sugieren las manifestaciones espirituales de la Grecia antigua, tales como el arte, la filosofía, y la misma política, como ya hemos enfatizado. Si nos remitimos a teóricos que hayan tratado el asunto, inmediatamente se nos viene a la mente el conflictivo y mordaz Nietzsche y su modelo binario de fuerzas antagónicas; lo apolíneo vs lo dionisiaco, interpretación que implica una ruptura definitiva con la tradición filológica de la cual él era un eximio exponente, y de la que luego será un proscrito. Lo dionisiaco y apolíneo era la puesta que inauguraba la disputa por el sentido de lo vital en el terreno de lo filosófico, poniendo en vilo la anemia metafísica que acusaba la filosofía academicista de su época. Si bien, ambas fuerzas poseen un potente poder explicativo, no creo que sea únicamente bajo esa tensión binaria con la que podamos abordar el espectro de lo agonístico en la filosofía. Y es justamente esa manifestación agonal lo que yo percibo en los diálogos de Platón. No parto de un modelo pulsional para interpretar su obra, esto suele ser perjudicial y puede desdibujar cierta tradición filosófica como es la platónica. Simplemente veo el aspecto conflictual en los diálogos mismos, sin partir de previas construcciones conceptuales.

     Recordemos entonces, que en muchos de los diálogos se da una especia de coacción, que vendría siendo el punto emergente de donde nace la discusión. Una amenaza flagrante, que luego será disfrazada de juego erótico como en el Fedro. El diálogo donde el amor, la memoria y los mitos toman posesión de la palabra. Algo característico de Platón es su evocación de mitos, que desde luego, no serán simplemente ornamentos retóricos, éstos presagian la fuerza que atraviesa la discusión. Cuando Sócrates y Fedro se sientan a la sombra de un árbol de plátanos, justo a la orilla del rio Iliso, el mismo rio en que se dio el rapto de Oritía a manos de Bóreas, allí se da el presagio de lo que sucederá en el mismo diálogo. Ambos interlocutores vivirán un rapto semejante de fuerzas indefectibles. Fedro declama su discurso sobre la idea de favorecer al amigo frio antes que al amante apasionado, lo declama victima de ese arrebato, embelesado por el discurso que ha oído de boca de Lisias, el gran orador ateniense.   Después de insistir en tener una respuesta de Sócrates sobre el discurso, y de la reticente y constante negativa de éste a dar una respuesta concreta, Fedro lanza un ultimátum perentorio:

FEDRO.  Por lo que a esto respecta, querido, dejaste al descubierto el mismo flanco. Pues tú tienes que expresarte, en todo caso, como mejor seas capaz, para que así no nos veamos obligados a representar ese aburrido juego de los cómicos, que se increpan diciéndose las mismas cosas. Cuida, pues, de que no me vea forzado a decirte aquello de: “si yo, Sócrates, desconozco a Sócrates, es que me he olvidado de mí mismo, y de lo que estaba deseando hablar”; pero se hacia el tonto. Vete, pues, haciendo a la idea de que no nos iremos de aquí, hasta que no hayas soltado todo lo que dijiste que tenías en el pecho. Estamos solos, en pleno campo, y yo soy el más fuerte y el más joven. Con esto, hazte cargo de lo que digo, y no quieras hablar por la fuerza mejor que por las buenas. (Platón, 1988, p. 326)

     Ante la severidad de semejante amenaza, al intimidado Sócrates no le queda más que taparse la cabeza con una manta y emprender su discurso, coaccionado por dos fuerzas simultaneas; por la fuerza física del intemperante Fedro, y por otra más etérea e imperceptible, pero no menos violenta; la del demonio del amor que toma posesión de sus palabras y lo hace pronunciar ese discurso fervoroso y complaciente de su contertulio. Aquí podemos ver los dos tipos de lucha que hemos resaltado, y que se viven en todo el diálogo; una es la lucha contra ese arrebato de eros que los hace pronunciar discursos exaltados, apasionados, y la otra es la violencia latente que también se da entre los interlocutores. Ambas las conduce Sócrates a su terreno favorable, el  arte dialéctico propicio para la depuración de las pulsiones y emociones bajas que los constriñen.

     Es en el Fedro en donde podemos ver de manera más clara el desarrollo del agón en sus dos momentos fundamentales. En la tensión del diálogo, y, en esa la lucha de la razón por controlar la parte apetitiva y fuerzas externas que impidan el acceso a la verdad… 

   En la República también podemos ver un modus operandi similar; en su itinerario cotidiano hacia la ciudad, Sócrates es acechado por un grupo de jóvenes que lo obligan, nuevamente bajo amenaza de utilizar la fuerza en su contra, a emprender una discusión con ellos, en este caso el vocero de los reclamantes es Polemarca:

Conjeturo, Sócrates, que emprendéis la marcha hacia la ciudad.

–Pues no has conjeturado mal contesté,

-Y bien, ¿no veis cuántos somos nosotros?

– Claro que sí.

–En tal caso, o bien os volvéis más fuertes que nosotros, o bien permanecéis aquí. (Platón, 1988, p. 58)

     Nuevamente vemos como  se apela a esa intimidación, amistosa si se quiere, teniendo en cuenta la trama y los juegos de familiaridad que se manejaban entre ellos, para lograr escuchar las palabras del viejo sabio, quien tras ofrecer excusas de mil tipos se ve finalmente reducido y obligado a dirigirse con el grupo de jóvenes, exaltados por la discusión que recién empieza y la carrera de caballos que presenciarán en la noche. Toda competencia es un espectáculo digno de presenciar.

     Más adelante, cuando Sócrates ya había conducido la discusión a esa especie de armonía mayéutica que era su zona de confort, donde hacía gala de su modesta ignorancia, él mismo nos relata cómo se vio cortado de golpe por Trasímaco, uno de los contertulios, quien explota irritado por la forma subrepticia con que Sócrates iba llevando la conversación a ese juego estéril y jactancioso de preguntar y refutar. Cansado de presenciar tanta camaradería y meloseria,  deja al descubierto las artimañas retóricas de aquel viejo adulador.

Entonces Trasímaco -quien, mientras dialogábamos, había intentado varias veces adueñarse de la conversación, pero había sido impedido en ello por quienes estaban sentados a su lado y querían escucharla íntegramente-, en cuanto hicimos una pausa tras decir yo aquello, no se contuvo más, y, agazapándose como una fiera, se abalanzó sobre nosotros como si fuera a despedazarnos. Tanto Polemarco como yo, nos estremecimos de pánico, pero Trasímaco profirió:

-¿Qué clase de idiotez hace presa de vosotros desde hace rato, Sócrates? ¿Y qué juego de tontos hacéis uno con otro con eso de devolveros cumplidos entre vosotros mismos? Si realmente quieres saber lo que es justo, no preguntes solamente ni te envanezcas refutando cuando se te responde, sabedor de que es más fácil preguntar que responder, sino responde tu mismo y di que es para ti lo justo…(Platón,  1988, p. 73)  

    Para no hablar de las muchas animadversiones que le acarrean su método mayéutico-ironista. Eran muchas las quejas y reclamos, donde sus interlocutores alegaban una manipulación de la discusión para su propósito exhibicionista, después de ser puestos en contradicción y en ridículo público. Tantos fueron los enemigos que le acarrearon su vocación filosófica de indagar y poner en cuestión, que incluso llegaron a acusarlo y condenarlo a muerte, una de las muertes más famosas de todos los tiempos. Vayamos entonces a las mismas palabras del acusado en su famosa Apología.

No se atenienses, la sensación que habéis experimentado, por las palabras de mis acusadores. Ciertamente, bajo su efecto, incluso yo mismo he estado a punto de no reconocerme; tan persuasivamente hablan. Sin embargo, por así decirlo, no han dicho nada verdadero. De las muchas mentiras que han urdido, una me causó especial extrañeza, aquella en la que decían que teníais que precaveros de ser engañados por mi porque, dicen ellos, soy hábil para hablar. En efecto, no sentir vergüenza de que inmediatamente les voy a contradecir con la realidad cuando de ningún modo me muestre hábil para hablar, eso me ha parecido en ellos lo más falto de vergüenza, si no es que acaso éstos llaman hábil para hablar al que dice la verdad…  (Platón, 1985, p. 148)

     La defensa de Sócrates siempre es la palabra, en donde exhibe su modestia y trae de testigo a la verdad, con esto, si no logra convencer y salir bien librado de la acusación, por lo menos gana una disputa en el terreno de lo moral. De allí que su superioridad sea precisamente en el campo filosófico más que en cualquier otro. Esta es quizá una de las consecuencias más evidentes de llevar lo de filosofía como forma de vida  hasta el extremo de su coherencia.

 Por otra parte,  Diógenes Laercio (s.f.) nos dice  acerca de aquellas memorables discusiones en que se veían enfrascados

Muchas veces, a excesos de vehemencia en el decir, solían darse de coscorrones, y aún arrancarse los cabellos, de manera que muchos reían de él y lo menospreciaban; pero él lo sufría todo con paciencia. Habiéndole uno dado un puntillón, dijo a los que se admiraban de su sufrimiento: «Pues si un asno me hubiese dado una coz, ¿había yo de citarlo ante la justicia?  (p. 112)

     Nuevamente vemos como ante el ataque físico, Sócrates responde con un contundente sarcasmo, y nos recuerda el dicho de que las palabras suelen ser más hirientes que los golpes, una manera no muy sutil pero ingeniosa de increpar a quien lo maltrata.

     Haciendo entonces uso de ese razonamiento que nos legaron, podemos inferir que en muchas de esas discusiones terminaban por irse a las manos, se jalaban del pelo como lo dice Diógenes. Esto explicaría el poco pelo con el que se solía representar en esculturas y cuadros al sabio, sileno, y pugilista Sócrates…. Y sería algo totalmente normal, en semejantes discusiones acaloradas no sería extraño. Explotaban los ánimos como en esos debates de congreso de ciertos países donde terminan por irse a los golpes, otro de los legados de Grecia.

     Otro aspecto a resaltar es que los escenarios donde se discutían ya son de por si sugestivos y simbólicos de esa animosidad y combatividad que se daban: escenarios en donde se ejercitan los cuerpos de los efebos para la lucha, en donde se llevaban a cabo peleas cuerpo a cuerpo, y otro tipo de disputas, como las verbales. Un ejemplo de esto lo tenemos en el Lisis, en donde los contertulios se dirigen a la palestra, lugar donde se formaban los futuros guerreros y ciudadanos atenienses. Lo curioso es que estos gimnasios estaban aprovisionados de bibliotecas dentro de sus instalaciones. Muchos estudiosos de esta cultura coinciden en que los griegos tenían una concepción integral de lo que era la formación, no solo se trataba de cultivar el cuerpo, también se cultivaba el alma. De nada servía un guerrero sin sentido alguno de la justicia.

     Estos lugares tampoco eran, como piensan muchos, los sitios a donde los ancianos iban a mirar y deleitarse en la contemplación de los jóvenes escultóricos, para luego engatusarlos con sus artimañas sofisticas. Lugares icónicos de la Acrópolis donde se daba la disputa y la competición de luchadores, allí mismo se reunían a discutir, se ponían en combate las palabras, se exhibían técnicas de sometimiento, como la refutación, la reducción al absurdo, el llevar al otro a incurrir en contradicciones, propias de las  luchas cuerpo a cuerpo.  No se nos haría raro que después de ciertas discusiones, cuando los argumentos se esgrimían hasta sacar chispas y el ambiente se volviera hostil, alguien sabiamente reclamara la inutilidad de las palabras con un gancho dirigido a la barbilla, y ahí los dos bandos  encontrados, se liaran en una pelea digna de aqueos y troyanos, en donde se perdieran dientes y pelo, pero se cuidara de no incurrir en falacias y contradicciones so pena de perder por nocaut y caer en el temible leteo…


Referencias

Laercio, D. (s.f). Vida de los filósofos más ilustres. Alianza Editorial.

Píndaro, P. d. (s.f.). Historia antigua. Recuperado el 5 de Julio de 2018, de Historia antigua: http://historiantigua.cl/wp-content/uploads/2011/08/POEMAS-DE-P+_NDARO.pdf

Platón. (1988). Diálogos III. Madrid, España: Editorial Gredos, S.A.

Platón. (1985). Diálogos I. Madrid, España: Editorial Gredos, S.A.

Platón. (1988). Diálogos IV República. Madrid, España: Editorial Gredos, S.A.