Memorias XVII Foro Interno de Filosofía y Letras - Universidad de Caldas

La literatura en los niños, un terreno para explorar


Vanessa Mendoza

Universidad de Caldas


ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X




     Si revisamos el laberinto de nuestra memoria podríamos encontrar que en la más tierna edad nos acompañaron las canciones de cuna, los arrullos, las nanas, las historias de la abuela, de una tía, una voz de alguien que tejió melodías para calmar nuestras primeras angustias y temores, empezamos a habitar el lenguaje en los cuentos antes de dormir. El llanto y el dolor se aliviaban con palabras musicales,  palabras melodiosas y tiernas, porque, a quién no le aliviaron un malestar alguna vez con un “sana, sana colita de rana” esas primeras formas musicales y poéticas nos brindaron, paz y sosiego, pero también nos llenaban de goce y felicidad. Ese fue el primer acercamiento del infante con la poética del lenguaje, a un universo que tomaba forma con las palabras, que gustaba y nos envolvía en el placer de escuchar.   Visto desde el psicoanálisis  freudiano “El inicio de nuestra vida tiende a la obtención del placer. Luego se instaura el duro principio de la realidad, pero una forma de pensamiento permanece sometida al placer, una forma que comienza en el juego, en la infancia, y continua bajo la forma de sueños y fantasías…”[1]. Fantasear con las narraciones  es abrir una puerta al otro lado, a otro espacio diferente de lo medible y cuantificable, de felicidad, en el relato  poco a poco se construye un espacio para resguardarse y protegerse de la áspera realidad, de la brutalidad del consumo o para enfrentar al devenir. Se crea un espacio al que se puede regresar algún día, una “reserva salvaje poética”. Así empezaron a descifrarnos el mundo, a presentárnoslo, al calor del fuego, en la habitación, en compañía de los amigos, sin pedir nada a cambio, ni evaluaciones, ni preguntas, ni cuestionarios, todo fue entregado de manera gratuita. Podemos decir entonces, que desde que nacemos nos rodearon voces que construyeron un itinerario  narrativo con el que le empezamos a dar nombres a las cosas de nuestro entorno y nombrarnos a nosotros con las palabras que nos entregaron pero que han cambiado su forma a lo largo de la historia personal de cada uno.

      Cuando llega el momento de la educación formal, la literatura se vuelve confusa porque se desliga de aquella primera en la que el placer estético y todas las sensaciones en las que uno se dejaba atrapar se hacen lejanas.  Aprendemos el sonido de las letras y las palabras con métodos fonéticos mecánicos sin sentido, expresiones monótonas que se tienen que repetir una y otra vez como “mi mamá me mima” “ese oso se asea”, después, cuando ya se aprende de memoria el maestro asume que el infante “lee”, y entonces, aparecen los cuentos y   ponen a leer a los niños en el aula de clase  y a extraer elementos de lectura en la que importa más los resultados que el acto de leer. Podemos decir que la lectura se convierte en un instrumento de control, de medición, de cifras y competencias,  puros fines académicos, mezcla de normas y deberes, que nada tienen que ver con la vida, cuando realmente la literatura es la vida, pero pocos docentes lo muestran así.  Consideremos  primero que, si queremos convertir la experiencia de la lectura de nuestros niños y niñas en algo agradable o una “fiesta de la lectura” como dice Estanislao Zuleta tenemos que desprendernos de viejas  metodologías, metodologías que solo causan aburrimiento, por lo ásperas y mecánicas, pero que aun hoy, a pesar de tantas investigaciones sobre los métodos de lectura este viejo modelo para llevar literatura en la escuela persiste, sea, desde los lineamientos de la secretaría de educación o como mandato de la misma institución educativa. Pero entonces, cómo hacer que la literatura y el uso que le damos a esta en los diferentes espacios no solo desde las aulas,  se convierta en una experiencia vital que construya lugares psíquicos a los cuales una persona pueda regresar, como quien visita una habitación en la que vivió en la infancia.  

     Las personas a las que llamaremos mediadores,  que quieren iniciar a otros en el mundo de los libros y entregar  a los niños y jóvenes experiencias ricas de lectura deben aprovechar  elementos culturales como los juegos, mitos y leyendas, los juegos, los cantos, leer los libros album y las rondas propios de nuestra herencia cultural. Con relación a esto Michel Petit nos dice: “Leer, o escuchar leer en voz alta, sirve para abrir esos espacios, todavía más a aquellos que no disponen de ningún territorio personal” (Petit, 2013). Además: 

“…en  todas las culturas existen canciones de cuna, rima, mitos, leyendas o cuentos: Literatura. Gracias a las primeras, se transmite la prosodia de la lengua, entra en resonancia con el cuerpo, las palabras cantan, tienen una presencia carnal, mientras que el sentido sigue siendo misterioso. Luego por medio de  los  mitos o leyendas los niños también simbolizarán sus emociones, darán formas a sus paisajes interiores, construirán sentido” (Petit, 2013)

    Cuando los promotores de lectura trabajan con los niños actividades literarias, como el acercamiento al libro, lectura en voz alta, juegos de palabras, teatro o cualquier otra actividad que ponga como protagonista al libro, los infantes  adoptan estos procesos o este universo a su contexto lúdico; juegan con los libros, los amontonan haciendo edificios coloridos o  para observarlos  deslizando los dedos en las líneas insinuado leer, o en grupo se sientan para contar historias. Este tipo de situaciones son las que se le escapan a las lecturas utilitaria del sistema educativo,  y las asumen como un simple entretenimiento y no como algo vital.

    Así mismo,  existe una conexión entre el pasado y el presente de las personas dentro de lo que tiene que ver con su plano narrativo y, sin importar si los procesos de  lectura son discontinuos, porque, tal vez un día, por algún factor el individuo regresará a sus recuerdos, a las palabras contadas,  al refugio de su infancia,  a toda esa poética que le fue transmitida, por eso, es necesario que la  literatura que se le bride a los niños y niñas sea variada, mágica y muy viva, que ellos  perciban que las palabras escritas están vivas, pero sobre todo, que no estén mezcladas con cargas de dolor, como por ejemplo, cuando un papá quiere que su hijo lea para que aprenda gramática y ortografía, ahora bien, puede que sí, que aprenda  gramática y ortografía, pero no duden que terminará odiando la novela con la que le obligaron a aprender determinados temas y como lo mencione anteriormente las cargas de rabia y dolor se adhieren a esas experiencias.  Ahí surgen y quedan heridas, lugares a los que nadie recordará, ni regresará. Debemos entender que cuando se lee o se brinda lectura a alguien opera una experiencia más compleja dentro de la mente, más allá del solo hecho de almacenar información o de decodificar del código escrito o de lo que a simple vista aparece en una página. Menciona Michele  Petit sobre los niños  y los jóvenes  que “Cuando se les lee, están dedicados a su vida interior, elaboran. Construyen al mismo tiempo algo habitable”[2]. En ese acto de mostrar, de leer, de contar, de narrar, de transmitir vemos que algo vasto y edificable está sucediendo,  los niños no asumen las lecturas de manera pasiva como a veces se cree y es la razón por la cual los adultos suponen que pueden llenar los espacios de lectura proponiendo textos intencionales, es decir, lecturas autorizadas por el adulto para comprender ciertos temas, es como si se pudiera controlar todo en el lector.  Sobre esto Petit nos dice de la siguiente manera:

“Pues en  la lectura opera una dimensión de apropiación salvaje, casi de desviación, que no espera la recomposición del recuerdo: es inmediata. Desde la más tierna edad, un niño no recibe un texto pasivamente, lo recompone, lo transforma, lo incorpora, lo integra a sus juegos, a sus pequeñas puestas en escena. Y a lo largo de la vida de manera discreta o secreta, un trabajo psíquico acompaña esta práctica, los lectores escriben su propia geografía y su propia historia entre las líneas leídas” (Petit, 2013)            

     La literatura de la que hablamos, es la que toca los cimientos y las fibras humanas, la que ayuda a la construcción de sí mismo, la subjetividad, a imaginar otros mundos posibles, la que ayuda a construir un  refugio, la que hace que el mundo sea más habitable, la que nos sirve para darle un trasfondo poético a la vida, en tanto que esta es implacable y el modelo económico imperante en el que se vive es agresivo y excluyente. Una lectura  a la que como en la primera etapa de nuestras vidas cuando recibíamos  los arrullos y las nanas  nos sosiegue y haga el dolor un poco más soportable, que repara las heridas y que  de sentido a la vida.  Es necesario definir la lectura desde esta función vital: Michel de Certeau menciona que leer es “estar en otra parte, allí donde ellos no están, en otro mundo; es construir un escenario secreto, un lugar al que se entra y del que se sale a voluntad; es crear rincones de sombra y de noche en una existencia”[3]. La literatura se trata de hacernos un espacio, un lugar  en nuestra psiquis, de viajar a otros lugares, de construir un refugio para los tiempos de crisis, también, para comprender los propios  miedos que acechan, darle forma y enfrentarlos.

     La francesa Michele Petit menciona que dentro de esa lectura en la que se descubre la vida  opuesta al control escolar y a su justificación por asuntos útiles, está el imaginario “…ese lugar vital tan a menudo tan despreciado” [4] es la que da cabida a la ensoñación y la fantasía pero que queda oculto en la soledad, y no se le concede importancia pues es el lugar que tiene la lectura cuando se ensueña, cuando un niño juega o una persona llora leyendo una novela.

 “La literatura bajo sus múltiples formas (mitos y leyendas, cuentos, poesía, teatros, diarios, novelas, libros ilustrados, historietas, ensayos) proveen de un apoyo notable para reavivar la interioridad, poner en movimiento el pensamiento, relanzar una actividad de construcción, sentido, de simbolización, y de sucintar a veces intercambios inéditos”[5]

La función del mediador

      Sabemos que el ofrecer literatura en los colegio no ha hecho lectores, ni tampoco es suficiente que haya libros o que doten las bibliotecas para que existan, además,  nuestra sociedad  por los nuevos estilos de vida,  niños y niñas están lejos de los espacios de lectura, de todo el repertorio de la narrativa tradicional.  En las urbes, las personas están más tiempo fuera del hogar porque los horarios laborales son extensos  y los espacios de las narraciones y de los juegos escasean, los niños están expuestos a la televisión y a los dispositivos móviles como una especie de acompañantes, que no solo obstruyen algunos procesos cognitivos sino que llenan la soledad con estos aparatos y no la voz o el afecto de una persona. A causa de esto,  la figura del mediador toma relevancia en la sociedad, o sea, de la persona que sirve como puente para llevar los niños o jóvenes hasta la lectura, de forma mágica, creativa. Un mediador puede ser un promotor de lectura, un bibliotecario, un  maestro, un padre de familia, la profesora del preescolar que ante todo le gusta leer y sabe transmitir esa pasión, no revelando todo sino dejando a la persona en el umbral de ese otro mundo, de ese otro espacio escrito en páginas. El mediador se prepara constantemente, utiliza la narración tradicional, libros de ilustración, lee cuentos en voz alta,  incursiona con mitos y leyendas para sus puestas en escena y es que, como ya mencione, dice Michel Petite que  “leer o escuchar leer en voz alta, sirve para abrir esos espacios, todavía más a aquellos que no disponen de ningún territorio personal”   se empieza a conquistar un espacio íntimo no solo cuando se lee de manera individual  sino también cuando le leemos a los otros, y es importante subrayar aquí lo siguiente; el mediador no pone a leer o recomienda en la forma de un sabio pedagogo porque eso resulta ser contraproducente y espanta, de inmediato el niño o el joven  lo asociaría con las tareas y se resistiría. El mediador para transmitir su deseo de leer debe  hacerlo de una manera sutil sin ser invasivos, sin imperativos. Se tiene también que dejar a un lado el deseo de querer controlar y dominar todo en el lector y  entregar la lectura como un espacio de libertad, es decir, de no  tomar la lectura para enseñanzas moralizantes, de sacrificarla con preguntas, sino que hay que encaminarla más hacia la experiencia estética, la imaginación  “…en la que deja la puerta a la ensoñación, en que permite elaborar un mundo propio, dar forma a la experiencia.”[6]  Es recurrente escuchar a algunos profesionales  hablar de lecturas intencionales  para trabajar temas en específicos en los niños, una única lectura autorizada, sin embargo,  es válido decir que los lectores no son entes pasivos como creen algunos doctos de la educación  sino que, hay que considerar lo que dice Petite sobre el lector en sus investigaciones. “lleva a cabo un trabajo productivo, reescribe. Hace desplazarse al sentido, hace lo que se le ocurre, desvía, reutiliza, introduce variantes, deja de lado los usos correctos. Pero él a su vez es alterado: encuentra algo que no esperaba, y nunca sabe hasta dónde puede ser llevado.[7]   

      La lectura toma caminos distintos dentro de la individualidad y a veces esa libertad no se manifiesta en palabras, obligar a los niños a responder preguntas después de la lectura de un cuento, es como acechar y hasta producir miedo,  con relación a esto Michele Petit menciona lo siguiente:

“En efecto, los lectores se apropian de los textos, los hacen significar otras cosas, cambian el sentido interpretan a su manera deslizando si deseo entre líneas…Nunca es posible controlar realmente la forma en que un texto se leerá, entenderá, interpretará.”[8]

     Pero ¿si somos docentes qué hacer para librar esa tensión lectura obligatoria y lectura de placer? Yolanda López dice: La promoción de lectura desde la escuela debe hacerse a partir de una experiencia personal, es decir, quien promocione la lectura, quien sea mediador entre el texto y el lector en estos espacios debe ser alguien que tenga una experiencia de lectura enriquecedora con la que pueda contagiar a sus estudiantes, que entienda que los niños llegan a la escuela con un cierto patrimonio literario que les ha sido transmitido de manera oral por familiares y que tiene su soporte en el ritmo, en las formas, en la música y en el juego” (López, 2013)

     En conclusión, el terreno de la promoción de lectura en la infancia, hay muchas cuestiones que revisar,  desde la forma en  que transmitimos las experiencias literarias, hasta  la manera de producir el deseo de leer en los demás. Relacionar la literatura con la vida y con todo lo que trae consigo, esto es, los sentimientos, el afecto, los miedos en fin,  en esta experiencia es fundamental para crear lecturas significativas, o sea, narraciones que manifiesten algo a los niños o que tengan un significado en otras palabras, que cobren sentido.  No pensar que la única función de la lectura de la literatura es su función utilitaria, o sea, aprender gramática, cultura general, ortografía etc. cuestiones que vienen heredadas de un viejo modelo de aprendizaje.     

 

Notas

[1] Citado por  Michele Petit en “Leer el mundo” Experiencias actuales de transmisión cultural página 126. Fondo de cultura económica. 2013.

[2] Leer el mundo. Michele Petit página 29. Editorial Fondo de Cultura económico.

[3] Michel Petite cita a Michel de Certeau en “Leer el mundo” Experiencias de transmisión cultural, página 110, editorial Fondo de Cultura Económica.

[4] Michel Petite “Leer el mundo” experiencias de transmisión cultural, Fondo de Cultura Económica, página 123.

[5] Leer el mundo. Michele Petit editorial del Fondo de cultura Económica. Página 65. 

[6] Leer el mundo, Nuevos acercamientos  a los jóvenes  y a la lectura. Fondo de Cultura Económica. Michele Petit página 18.

[7] Leer el mundo, Nuevos acercamientos  a los jóvenes  y a la lectura. Fondo de Cultura Económica. Michele Petit página 18

[8] Véase Nuevos acercamientos a los jóvenes  y la lectura. Fondo de Cultura Económica. Michele Petit página 25.


Referencias

López, Y. (2013). El placer de la lectura y la escritura en la escuela. En M. d. nacional, Leer para comprender, escribir dpara transformar (pág. 16). Bogotá: Serie Río de Letras, Libros maestros, Plan de lectura y escritura.

Petit, M. (2013). Leer el mundo, experiencias de transmision cultural. En M. Petit, Leer el mundo, experiencias de transmision cultural (págs. 51, 111). Argentina: Fondo de Cultura Económica.