Año 4 No. 6 Febrero - Junio de 2010

Reseña a: “La crisis de la modernidad según Michel Houellebecq”, de David Jiménez González


Germán Sarasty Moncada

ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X




Reseña a: “La crisis de la modernidad según Michel Houellebecq”, de David Jiménez González

 

GERMÁN SARASTY MONCADA

Filosofía y Letras de la Universidad de Caldas.

E-mail: germansarasty@une. net.co

 

   Nos presenta David Jiménez una clara visión del desarrollo de la Modernidad, no sólo desde el punto de vista filosófico, sino también literario, mostrando en cada faceta, además de los principales exponentes, su clara contribución, el sustento en filósofos  y doctrinas anteriores, sus conceptos adoptados, ajustados y aportados; al tiempo que señala la evolución de la Literatura y en especial la novela; todo, dentro de un  rigor académico que muestra su conocimiento y pertinencia en cada postura que asume, a lo cual nos tiene acostumbrados.

 

     Su trabajo expuesto en dos partes hace énfasis en Arthur Schopenhauer para explicar la  crisis  de  la  Modernidad,  y  en Michel Houellebecq para exponer la implosión del lenguaje en la novela, para luego derivar sus  propias  conclusiones.  Al hacer un  recorrido  en  dicho  trabajo  se ve cómo las fronteras entre Filosofía y Literatura, se entrecruzan de tal manera, que difícil es comprender si es el filósofo quien afirma o se trata de un texto literario, o si más bien al leer un fragmento de novela, encontramos una postura filosófica, todo esto constituye una agradable experiencia, veamos a Schopenhauer, un poco al estilo de novela psicológica:

     Cualquier  meta  alcanzada  es  a su vez el inicio de una nueva carrera, y así hasta el infinito (...) el eterno devenir, el flujo sin fin corresponde a la manifestación de la esencia de la voluntad. Eso mismo se muestra también en los anhelos y deseos humanos, que nos engañan al  presentar  su consumación como la última meta del querer; más tan pronto como son alcanzados, dejan de verse así y pronto se olvidan como algo anticuado, dejándolos a un lado  como  engaños  que se han disipado, aunque no siempre se confiese así; uno será suficientemente afortunado si queda todavía algo por desear   y anhelar para que se mantenga el juego del continuo tránsito del deseo a la satisfacción y de ésta a un nuevo deseo –a cuyo ágil tránsito se llama felicidad, mientras al lento se le llama sufrimiento-, o sea, para no caer en esa parálisis que petrifica la vida y se muestra como temible aburrimiento, un lánguido anhelo sin objeto determinado, un mortífero abatimiento.

     Ahora, si miramos lo planteado por Houellebecq, nos parece estar leyendo parte de una doctrina filosófica en lugar de una postura literaria, veamos:

Profundamente  infectada  por el  sentido,  la  representación ha perdido por completo la inocencia. Podemos llamar inocente a una representación que ofrece simplemente como tal, que sólo pretende ser la imagen de un mundo exterior (real o imaginario, pero exterior); en otras palabras, que no incluye su propio comentario crítico.  La introducción masiva en las representaciones de referencias, de burla, de doble sentido, de humor, ha minado rápidamente la actividad artística y filosófica, transformándola en retórica generalizada. Todo arte, como toda ciencia, es un medio de comunicación entre los hombres. Es evidente que la eficacia y la intensidad de la comunicación disminuyen y tienden a anularse desde  el  momento   en   que   se instala una duda sobre la veracidad de lo que se dice, sobre la sinceridad de lo que se expresa (¿Hay quien pueda imaginar, por ejemplo, una ciencia con doble sentido?).

     De otro lado, en el rastreo que hace desde los orígenes de la Modernidad, nos muestra el papel tan decisivo de Montaigne, (“Si Descartes nos pide una desvinculación del mundo  para  poderlo  entender  de manera objetiva, Michel de Montaigne nos invita  a vincularnos más con nuestra experiencia interior, ya que somos extraños para nosotros mismos.”). Continúa con los aportes de otros filósofos que trató de desconocer Descartes, como fueron John Locke, George Berkeley y David Hume, para arribar a Immanuel Kant, quien recogió mucha de esa tradición para postular su “Critica de la razón pura”, tan definitiva para la Modernidad. Todo esto para centrarse en lo postulado por Arthur Schopenhauer, como heredero de esas tradiciones.

    Será luego con este filosofo, quien tuvo clara influencia en el escritor francés Michel Houellebecq, con quien se hará el puente para desarrollar  la  parte  correspondiente a la Literatura, mostrando las influencias de Sade y Lovecraft, en lo denominado “universos satánicos”, de lo cual no escapó Baudelaire. De esta manera se llega a la segunda parte de su trabajo, en donde expone los aportes a la novela desde Cervantes, pasando por Flaubert, Stendhal, Joyce, sin olvidar a Goethe y Musil, matizando esta espectacular simbiosis con lo planteado por Zygmunt Bauman en su postura sobre la Modernidad, que él denomina “líquida”, para contrastarla con la “solida”, la fáustica, o mejor, la de la vigilancia.

     Estamos pues en el mundo, no como lo expuso Heidegger “ser en el mundo”, sino más bien como lo describe Houellebecq, en “el mundo como supermercado”.

     Para cerrar esta reseña, creo pertinente citar a David Jiménez, con su mensaje desgarrador:

La novela funciona para trascender tanto los discursos de la historia cómo para criticar el sujeto: ésta es el relato integral del sujeto secular. Mientras haya un lector de novelas, las esperanzas de ilustración no estarán del todo perdidas, a pesar de que vivamos en un mundo sometido a la indigencia de la necesidad: “No temáis a la felicidad; no existe,” nos dice el autor francés.