Memorias XVIII Foro Interno de Filosofía y Letras - Universidad de Caldas

Una conciencia ambiental, el reto de hablar de una moral enfocada en la naturaleza


ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X




“Para producir, los hombres contraen vínculos y relaciones, y a través de estos vínculos y relaciones sociales, es como se relacionan con la naturaleza y como se efectúa la producción”
Karl Marx, Trabajo asalariado y capital. 

    

Hablar de una conciencia ambiental implicaría llevar un debate en aspectos no meramente biológicos —analizando cómo el hombre es producto de una naturaleza compartida con otros seres—, sino también en aspectos antropológicos donde se entienden las funciones reales de una comunidad en relación con el espacio que habita, pues se trataría de enunciar las relaciones entre el ser humano y la naturaleza. Adicional a esto, implicaría llevar esta discusión en términos políticos verificando en esas relaciones anteriores la configuración de un ideal de sociedad que interviene en un espacio determinado, ya que tratar dicha relación es hablar sobre las formas de producción existentes en la sociedad. La relación del ser humano con la naturaleza se encuentra en remarcar un entorno, un ambiente, que como consecuencia tiende a configurar la vida social del hombre; es decir, su forma política en la que trata la naturaleza. 

La conciencia ambiental no es reconocer que hay unos límites para intervenir los espacios, sino que se direcciona a crear una moral donde las intervenciones estén justificadas en el reconocimiento como seres del mismo ambiente que intervenimos y no verlo como seres ajenos a este. Se trataría entonces de hablar de una moralidad frente a la intervención del hombre en la naturaleza y eso implicaría, con toda seguridad, hablar sobre el antropocentrismo. Este resulta ser un producto de la modernidad en el cual el desarrollo científico cambió la visión del hombre y lo puso fuera del espacio que habita: hizo de este espacio un mero objeto a disposición del hombre. Esto conllevaría entonces a examinar por qué las formas de producción no tienen un enfoque ambiental y a entender de qué forma estas reconocen al ser humano; entender la conciencia ambiental como una forma política del hombre sería lo correcto. 

En resumidas cuentas, instaurar una conciencia ambiental es cambiar un aspecto en la moralidad del hombre y su visión de entorno; y el entorno se crea a partir de la actividad discursiva, ya que aquel deriva en cómo entendemos o cómo significamos un espacio. El entorno es posterior a la actividad comunicativa donde se logra configurar un sentido dado al ambiente.

Los espacios que se habitan y se intervienen son configurados con un sentido, y si partimos de que esto se lograría a través del discurso y la capacidad lingüística del hombre, un discurso ambiental deviene en una conciencia sobre la naturaleza y nuestra forma de intervenirla, ya que es en la palabra donde se hayan las reglas para intervenir los espacios. Las formas en cómo configuramos el mundo de sentido son dadas por la palabra trasmitida, un discurso con carga para transmitir aquella percepción de la naturaleza; es allí donde falla la modernidad, pues le dio a la naturaleza un sentido ajeno a la realidad.

Ahora bien, la pertinencia de esta ponencia es examinar dos aspectos de lo relacionado con una conciencia ambiental: es, por un lado, aclarar cómo la actividad discursiva ha configurado las formas de entender la naturaleza y por qué la modernidad le dio un sentido que saca al hombre de ese ambiente; y, por otro lado, analizar cómo este acto discursivo deviene en una percepción moral de nuestra relación con el entorno, y cómo —desde el entorno— este acto infiere en las relaciones morales. Hablar de la moralidad ambiental y las relaciones sociales implicaría hacer un debate de una política ambiental. 

 

Los procesos de producción y el entorno

 

La modernidad y el surgimiento del método científico hicieron de la relación hombre-naturaleza una instrumentalización del entorno, en la que el hombre se ponía por fuera del ambiente para poder intervenirlo; se volvió una poiética del entorno que buscaba la correspondencia entre las habilidades del hombre y la forma de sobrevivir. La modernidad trajo consigo una dependencia tecnológica e industrial frente a la extracción de recursos esto es cambiar, de forma radical, las relaciones de intervención del hombre hacia esa naturaleza. 

Podemos definir el entorno como el resultado de la interacción sumado a la percepción de la naturaleza. Si partimos de esto, el entorno se crea y no preexiste al hombre; tampoco es independiente al hombre. Hay una correspondencia entre las formas en las que el hombre actúa y cómo se configura un entorno. Así mismo, el individuo está constantemente en un conjunto de actividades que transforman la naturaleza inorgánica (Cruz, 2018), lo que da al entorno una capacidad cambiante de acuerdo a la historia y a la forma en cómo se interviene la naturaleza. Esto se debe a que el entorno es un conjunto de relaciones, sociales y ambientales que constituyen el paso del hombre en la sociedad y el mundo; así, la cultura es también una relación de percepción que deviene en acciones, la cultura es un conjunto de relaciones morales. 

Los procesos de producción le otorgan un sentido a la materia y no se puede concebir la materia con sentido propio, puesto que se define con base en la percepción; si la materia tuviera un sentido único y preexistente al hombre, estaríamos afirmando que posee la capacidad de intervenir directamente en nuestra forma de percepción: “el lenguaje no expresa ni se refiere al sentido, como si existiera con anterioridad, sino que lo construye y le da nacimiento” (Parra, 2018. p.169).

Se afirmó que el entorno es una creación del hombre en la medida que interviene la naturaleza, y sumado a que la materia está cargada de sentido por la percepción humana, podemos afirmar que la cultura es la forma en que el hombre le otorga un significado a la naturaleza en todos sus partes: “(…) el propio proceso vital de los hombres –su trabajo en y con la naturaleza– lo que conecta el sentido con la economía, a la vez que los hombres producen subsistencias, producen también sus ideas” (Parra, 2018. p.187). El modo en que percibimos la naturaleza define el modo en que interactuamos con ella; de esta forma, son los procesos de producción los que crean la idea del entorno. 

“La concepción que tenemos de los animales es indisoluble del modo en que producimos nuestros alimentos, y la idea de familia no puede entenderse si se aísla de la construcción de viviendas” (Parra, 2018. p. 187).  Por lo tanto, cuando nos embarcamos a hablar de un entorno, de un ambiente, debemos tener en cuenta que esto es un producto propio de una cultura, y se corre el riesgo de que sea diferente la percepción del entorno en China, a como lo podrían tener en Latinoamérica; esto tiene mucha influencia en cómo pueden evolucionar las formas de producción, es en una forma bidireccional: si se altera una parte, se altera la otra. 

No podemos desligar el entorno y lo ambiental de los procesos de producción porque caeríamos en el error del antropocentrismo radical. No se trata de negar e ir en contra del antropocentrismo, pues en todo caso es algo que deviene del proceso de evolución, pero debemos ahora interactuar con la naturaleza con base en un antropocentrismo moral. 

 

La narrativa, la moral ecológica desde el discurso          

 

Podemos entender la narrativa como una posibilidad de articular percepciones, sentidos y relaciones del hombre con la naturaleza. La narrativa establece la unión de significantes y significados diferentes; en otras palabras, tomar elementos dispersos y articularlos en un discurso en torno a una experiencia y es así como se configura una cultura y se consigue una moral. La moral de una sociedad deviene de la forma en que se establece un discurso sobre cómo actuar en el entorno. Esta discursividad es puramente relacional, pues se establece una serie de identidades de los elementos allí incluidos, hay un proceso de significación del entorno en el acto discursivo. 

Podríamos decir, entonces, que la naturaleza obtiene su significación al ritmo que el humano la interviene, ya que es en esa interacción donde se halla el fenómeno del lenguaje, y del discurso; es decir, la narrativa de esa intervención. Por tanto, el entorno adquiere su significación posterior a la narrativa. Ahora bien, estos fenómenos que suceden en el lenguaje tienen un horizonte real, una naturaleza que existe independiente del hombre y que solo es comprendida en la medida que es intervenida. Los momentos como la intervención, la significación y la narrativa, cargan el discurso sobre la naturaleza de una moral, pues dan la idea de cómo debe ser la acción en ella dependiendo de su significación y el sentido que se le dé a esta. 

Es en el discurso donde se puede construir una moral ecológica, pues es aquí donde la percepción de la naturaleza y de nuestra interacción nos obliga a ser críticos frente a este horizonte que nos es permitido comprender. Allí en la naturaleza no reposa el sentido ni el fundamento de la moral, sino que lo encontramos en la comprensión: “ el sentido es un acontecer porque no es una sustancia que reposa en las cosas, que existe antes de que nosotros lo comprendamos, si no que este como tal comienza cuando empezamos a comprenderlo” (Parra, 2018. p.169). No puede existir una moral ecológica sin antes cambiar la forma en que la concebimos o le otorgamos sentido; esta forma de otorgar sentido es “una reelaboración permanente y no de aprehensión pasiva de unos contenidos fijos e inmóviles” (Parra, 2018. p.171). 

Cuando enunciamos una moral ecológica, tenemos que recoger también que esta solo se instaura en un contexto convencional, lo cual transfiere su campo a una política ecológica. Diferente es hablar de acciones individuales que pueden basarse en la comprensión de la naturaleza, pero las políticas ecológicas requieren que esta moral tenga que ser atravesada por la narrativa y por el discurso; no es solo un momento para expresar las conexiones con el entorno, sino un encuentro con la sociedad y el entorno de esta, pues este momento de transferencia de ideas y de experiencias se puede tornar convencional. 

 

La necesidad de una moralidad ambiental

 

Desde el aspecto antropológico podemos hablar de una necesidad ambiental, puesto que “a la naturaleza hay que sustraerle recursos y además modificarla en beneficio de las necesidades propias” (Höffe, 2008, p.253). Esto no es una justificación la extracción expansiva de los recursos naturales, sino una justificación desde la antropología y las necesidades biológicas de cómo el ser humano recurre a la necesidad de intervenir la naturaleza para su propio bien como especie.      

El problema resulta en cómo creamos un entorno bajo esa intervención, pues el nivel actual de extracción de recursos naturales se ha tornado abusiva, al crear y potenciar un entorno difícil para la especie y un entorno difícil para el resto de especies. Esta intervención se puede considerar injustificada en cuanto sobrepasamos las necesidades reales e intervenimos con el ciclo natural de otras especies. Por ejemplo la caza, la deforestación, la ganadería extensiva y la extracción de minerales han hecho de la intervención humana un ciclo de ruptura constante con el entorno natural que se establece. La naturaleza es transformada, pero ya no hay registro de una moralidad que tenga base en la relación biológica con la naturaleza. El modernismo ha vuelto a la naturaleza un objeto y se considera al hombre ajeno a ella. 

Considerar una moralidad ecológica parte del principio de la creación de un entorno basado en la necesidad biológica de la especie humana. No podemos llegar a decir que la intervención no es necesaria; debemos llegar al punto de que solo se hacen las intervenciones necesarias, pues la especie humana goza de un privilegio en comparación con las otras especies animales: ha alcanzado un control y un dominio de territorio mayor, que se asemejaría a la ley natural del más apto; pero surge un problema y es que cuando esto se vuelve ilimitado “produce una civilización que usa el derecho del más fuerte, habitual en la naturaleza; en todas sus direcciones” (Höffe, 2008. p.258); es decir, hay un abuso de este poder para los intereses del hombre, intereses en su mayoría viciosos.      

La moralidad ecológica o ambiental buscaría que el ser humano no acabara con sus recursos, pues estaría destruyendo el entorno necesario para su supervivencia y creando ese entorno difícil antes mencionado. Ninguna especie estaría buscando su propia extinción por el simple principio de no contradicción natural. Es, entonces, ocupación de la moralidad ambiental trazar una diferencia entre el animal humano y el resto de animales en cuanto a la conciencia de la destrucción del entorno funcional para sí, y también la conciencia de una responsabilidad ambiental con respecto a las otras especies; aquí reforzamos el carácter humanístico de la especie humana, su valor como persona (Höffe, 2008. p.260).     

 

El discurso ambiental, la educación y la filosofía ambiental
 

Está claro que hablar de una moralidad ambiental se logra a través de la narrativa y del discurso, pero el papel de la educación se vuelve claro cuando afirmamos tales cosas, pues en esos espacios y en esos momentos  es más fuerte tanto la narrativa como la moralidad; creamos en ese espacio social una responsabilidad frente a los congéneres de establecer una conciencia del entorno que estamos destruyendo y del que estamos creando. 

La filosofía tendría su espacio como disciplina humanista que llega a ese nivel de conciencia sobre el entorno, y —quizás sin prever— logra una disciplina de lo ambiental, no como ciencia sino como discurso de lo ambiental que como objetivo tendría una moralidad ecológica o ambiental. Las prácticas de la filosofía ambiental no estarían ligadas a la creación de hábitos que minimicen el daño del entorno, sino ligadas al debate de cuáles prácticas son justificables o no.


Referencias

Cruz, E. (2018) Marx, Laclau y el problema de la representación política, en Diálogos con Marx. Bogotá, Colombia: Editorial Universidad Nacional de Colombia. 

Höffe, O. (2008) El proyecto político de la modernidad. Capítulo XI: Animal Morale. Buenos Aires, Argentina: Fondo de cultura económica.

Parra, A. (2018) ¿Hay procesualidad en la historia? en Diálogos con Marx. Bogotá, Colombia: Editorial Universidad Nacional de Colombia.