Año 3 No. 3 y 4 Febrero - Junio de 2009

Del logos al mito


LUISA FERNANDA LOAIZA LUILOA85@YAHOO.ES


ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X


Resumen

El   pensamiento   occidental   ha   fundamentado su supremacía respecto a otras formas de comprensión de la realidad, presentándose como El Pensamiento, en su forma universal, mediante el  cual  pretende alcanzar  una  verdad  objetiva. Así, este pensamiento se ha erigido como medida de un comienzo absoluto, bajo el cual ha dejado relegado a otras culturas y a sus diferentes estructuras  de  comprensión  y  pensamiento,  a la categoría de míticas, o diríase también pre- racionales. Con base en ello, se suele presentar su origen en un esquema evolutivo que va del mito al logos. Pero tal concepción está urgida de una revaloración que permita considerar el episodio de la razón occidental desde otras perspectivas.

Abstract

Regarding other forms of understanding the reality, the western thought has based its supremacy upon showing itself as The Thought, in its universal form, through which it pretends to reach an objective truth. Thus, this thought has been erected as measure of an absolute beginning, under which it has left relegated other cultures and its different understanding and thought structures to the category of mythical, or also pre-rational. Based on that, its origin is usually presented in an evolutionary process that goes from the myth to the logos. But such a conception urges a revaluation that allows us to consider the episode of the western reason from other perspectives.

Palabras Clave

Myth, ritual, reason, Logos, Western Thought.

En el presente escrito se plantea como fundamental el camino de retorno al mito. Tal propósito responde más a la necesidad de reflexionar acerca de él desde otras perspectivas y colocar de manifiesto el valor que entraña en sí mismo como portador de una sabiduría que confiere significado a la existencia humana y cuanto la rodea, que a la pretensión de agotarlo en un análisis académico o desgastarlo en un examen que, realizado desde un contexto ajeno y distante a él en donde el paradigma occidental interfiere la mirada, podría conducir a innumerables absurdos, como lo pueden ser las interpretaciones erróneas o el caer en la pura palabrería.

Es por ello que se realizará una mirada breve sobre unos pocos aspectos, pero siempre con el objetivo de colocar de manifiesto el valor que él guarda para la existencia humana y al cual, tal vez hoy más que nunca, se hace necesario volcar la mirada. Queda claro así, el por qué se ha decidido titular este escrito “Del logos al mito”, en virtud de la perspectiva de no sólo concebir el mundo del pensamiento en el esquema del mito al logos, sino también de la imperiosa necesidad de avanzar del logos al mito.

El mito —el cual ha hecho presencia en la historia humana muchos milenios más que el pensamiento científico que creyó darlo por abolido— se ha caracterizado en la obra de Gadamer, como aquello que se realiza en la palabra, una transmisión o narración que nos da cuenta de algo; sin embargo, nada indica en este concepto que tal narración fuese mentira o ficción:

Naturalmente narrar no es probar; la narración solo se propone convencer y ser creíble […] Tras esa arbitrariedad virtuosa se distingue la nueva oposición entre la historia bien hallada o contada y la verdad enumerable, mostrable, demostrable. El mito se convierte en fábula, en tanto su verdad no sea alcanzada mediante un logos (Gadamer;1997: 20).

Desde antiguo, la palabra mito resuena asociada a la ficción, la fantasía, la mentira, es decir, a todo aquello que no posee realidad alguna; e incluso hasta el día de hoy esta voz hace eco en nuestro pensamiento, impidiendo una comprensión más holística y enriquecedora del término. Ahora bien, la materia más propia de estas narraciones suele ser aquello sagrado y significativo para la existencia humana, entrañando en sí misma una comprensión ya sea de aquello por lo que da cuenta o del hombre mismo.

Si bien se puede decir que a lo largo de la historia el mito ha sido presentado con diferentes matices, nunca es acertado pensar que ha desaparecido. Varios hechos han marcado la forma de comprenderlo, entre los que cabe mencionar, en primer lugar, la filosofía clásica griega, bajo la cual se sometió a fuertes críticas, que apuntaban sobre todo a los aspectos humanos que ostentaban los dioses mitológicos griegos; esto, en relación a filósofos como Jenófanes de Colofón, quien apuntó sus críticas a la conducta moral de las deidades olímpicas.

De otros lados, llegarán visiones corrosivas del mito desde filósofos como Platón y Aristóteles, para quienes el mito pervierte la verdad, se encuentra en oposición a lo verdadero y no puede tener pretensiones de serlo y, cuando mucho, sólo puede poseer el valor de una historia inventada o de un relato que se utilizará como instrumento que sirva para mostrar una verdad filosófica, convirtiéndolo así en alegoría. No obstante, se sigue como una huella en aquellas reflexiones filosóficas, ya de corte más racional, la pervivencia aún de creencia en los dioses y la mezcla con formas míticas de pensamiento y expresión.

Posteriormente, con el apogeo del cristianismo, los mitos pasarán a mostrarse como un mundo de dioses paganos, falsos y mundanos, del cual el verdadero dios, el dios cristiano, llegará para dar la salvación y redención. Y, al ser la esencia del mito la trasmisión oral, la religión cristiana se aseguraría de dar la espalda a toda pretensión mitológica confiriéndole historicidad al conjunto de hechos que integran el cuerpo de sus creencias, a través de las sagradas escrituras, asegurándose la realidad y fiabilidad del informe mediante el documento escrito.

Otro importante fenómeno que marcaría una visión del mito, lo conformaría el advenimiento del pensamiento científico en el siglo XVI y siguientes. Desde allí se dio un una crítica al mito como propio de mentes primitivas y supersticiosas, y se acentuará radicalmente el vínculo del término a lo ficticio. Posteriormente, la Ilustración vendría a reforzar ésta concepción. Basada en la fe de una Razón absoluta y universal bajo la cual la humanidad progresa, el pensamiento racional se erigiría como totalmente opuesto al pensamiento mítico. Sus pretensiones de dejar relegado al campo de lo fantástico todo aquello que no fuese susceptible de verificación en la experiencia, rayan en el absurdo cuando se comprende que las facultades que integran el ser humano —como lo son la imaginación, el arte, el lenguaje, entre otros— distan mucho de poder ser reducidas a aquella esfera; entendiendo también allí con Gadamer, esa imposibilidad de reconocer todo lo real como racional.

Mas contrario a este movimiento Ilustrado, aparecería el Romanticismo como crítica a las pretensiones e ilusiones de la razón. Entendiéndose por romanticismo aquel pensamiento que, según el pensador alemán: cuenta con la posibilidad de que el verdadero orden de las cosas no es hoy o será alguna vez, sino que ha sido en otro tiempo y que, de la misma manera, el conocimiento de hoy o de mañana no alcanza las verdades que en otro tiempo fueron sabidas. Este pensamiento, que ha visto en el mito una verdad propia que no es susceptible de ser alcanzada mediante la razón, le confiere así un nuevo valor, lo cual abriría un gran campo de investigaciones en torno a él desde nuevas y diferentes perspectivas; con las cuales ha comenzado a ser aceptado como aquello que se acerca más a su ser, esto es, una historia sagrada y significativa que guarda la sabiduría de otros tiempos. Esta perspectiva se ve ya en la obra poética de romanticistas como Hölderlin, en cuya poesía se expresa un nuevo sentido hacia lo mítico retomando el mundo de los dioses griegos. Y entre esa gran masa de pensadores que se avocaron a una revaloración de la mitología y el mundo griego, encontramos a un Heyne, quien da un gran paso en la forma de apropiarse de los mitos por medio de un estudio riguroso que hace hincapié en reconocer en el mito una auténtica experiencia religiosa. Dando lugar incluso, a la fundación de una escuela mítica que establece los lineamientos básicos para abordarlo como un lenguaje que tiene su derecho propio frente a otras formas de expresión como el poético o filosófico, con lo cual le restituye su valor histórico.

Ahora veamos, se han mostrado algunos matices con que ha aparecido el mito, pero esto tan sólo en relación a como ha sido visto dentro del mundo occidental; y recuérdese que él no es patrimonio ni del mundo griego antiguo, ni de las culturas sobre las cuales él se estableció. Antes bien lo es del ser humano mismo y de sus diferentes culturas, en las cuales fue, es y seguirá siendo vivenciado de múltiples maneras; es bueno recordar que incluso los mitos griegos, sobre los cuales tanto se suele volver y problematizar, conforman un tipo ya diferente de mito racionalizado a través de su sistematización operada mediante la escritura y desligado en muchos aspectos de una vivencia ritual. En consecuencia, se intentará ahora mirar al mito desde una panorámica un poco más holística, que no nos reduzca sólo a sus valoraciones occidentales sino que dé la posibilidad de reconocer su significado para el hombre en sí mismo y para otras formas de pensamiento diferentes a la occidental.

De la mano de Mircea Eliade, se puede caracterizar al mito como historia no de cualquier tipo sino aquella a través de la cual el mundo trascendente es vivido, confiriendo al hombre y a sus actividades e instituciones un particular sentido y significación. Tales mitos, que no son puestos en duda sino tomados como historias verdaderas dentro de las culturas en las que son experimentados, guardan en sí mismos una manera de explicarse el mundo y sus fenómenos con lógicas diferentes a la racional —o tal vez ni sea pertinente decir “lógicas” sino simplemente otras estructuras que salen de nuestra comprensión a causa de su complejidad y de la distancia cultural y, en otros casos, temporal—; es decir, brindan conocimiento y una comprensión de ciertas formas de relacionarse con el mundo sagrado y natural.

Podría así decirse que, en cierto modo, el mito satisface las necesidades humanas tanto materiales como mentales, entrañando en sí mismo una experimentación y observación de la realidad.

Levi-Strauss, en su texto El pensamiento salvaje, pone en claro aquel carácter del mito sosteniendo que:

Lejos de ser, como a menudo se ha pretendido, la obra de una “función fabuladora” que le vuelve la espalda a la realidad, los mitos y los ritos ofrecen como su valor principal el preservar hasta nuestra época, en forma residual, modos de observación y reflexión que estuvieron (y siguen estándolo sin duda) exactamente adaptados a conocimientos de un cierto tipo: los que autorizaba la naturaleza, a partir de la organización y explotación reflexiva del mundo sensible en cuanto sensible. Esta ciencia de lo concreto tenía que estar, por esencia, limitada a otros resultados que los prometidos a las ciencias exactas naturales […] Obtenidos diez mil años antes que los otros, siguen siendo el sustrato de nuestra civilización (Levi-Strauss; 1997:35).

Como se puede percibir en estas líneas, si bien el pensamiento mitológico contiene una reflexión y observación de la naturaleza que generó diversos conocimientos que están en el sustrato de nuestra civilización, como lo son la agricultura, cría de ganado, y diversas formas de arte, etc., sus fines no se guiaban por el deseo de extraer un conocimiento netamente utilitario de la naturaleza que le permitiera manejarla —o dominarla si se prefiere en términos de la ciencia moderna—. Así mismo, hace allí el antropólogo francés, una interesante reconceptualización de ese rótulo de “pensamiento salvaje” asignado a una etapa primitiva de la humanidad —sobretodo demarcado por Comte al denominarlo propio de un periodo histórico caracterizado por el politeísmo—, afirmándolo como aquel pensamiento que no es de los salvajes ni mucho menos de la humanidad primitiva o arcaica, sino: el pensamiento en estado salvaje, distinto del pensamiento cultivado o domesticado con vistas a obtener un rendimiento. Salta a la vista así, la diferencia entre pensamiento mítico y pensamiento racional o abstracto, en tanto que éste último sólo es un pensamiento que está dispuesto a fines útiles, que el hombre ha hecho rentable; pero aún existen formas de pensamiento salvaje, es decir, aquel que no se deja mancillar ni imponer formas artificiales de cultivarse en procura de rendir.

En esta perspectiva, lo inherente al ser del mito no es tanto extraer conocimiento útil de la naturaleza, como comprender, sin explicitar las realidades como problemas o cuestiones a resolver. Esta comprensión se manifiesta en el hecho que en el pensamiento mítico, el hombre se concibe en unidad con la naturaleza, lo social y lo sagrado. El mito se convierte en posibilidad de lenguaje a través del cual el mundo se comunica con él y se hace, a la vez, inteligible y familiar:

En un mundo semejante, el hombre no se siente encastillado en su propio modo de existir. También él está abierto. Comunica con el mundo porque utiliza el mismo lenguaje: el símbolo. Si el mundo le habla a través de sus astros, sus plantas y sus animales, sus ríos y sus rocas, el hombre le responde con sus sueños y su vida imaginaria, sus Antepasados y sus tótems… Si el mundo es transparente para el hombre arcaico, éste siente también que el mundo le mira y le comprende. (Eliade; 1981:151)

En estas hermosas palabras de Eliade se dejan entrever varias importantes reflexiones que nos acercan a la comprensión del mito. En aquel hombre, para quien lo esencial precede a la existencia, el mito mantiene viva la conciencia de otro mundo, de una realidad trascendental, en donde ésta se revela como vital y abierta a él, permitiéndole resignificar y revitalizar su existencia. Este mundo sagrado no le es así ajeno, por el contrario, permanece accesible a él; lo cual da la certeza de que hay algo más que existe realmente, de lo cual él forma parte y le confiere a su existencia un inmenso significado y valor. Esta comunicación y participación del hombre en lo sagrado, hace que todo cuanto lo rodea posea un especial significado y se relacione con su entorno a partir de unos vínculos más estrechos, en la vivencia ritual y las diferentes formas que utiliza para dicha comunicación. En aquella experiencia, el mundo deja de ser caótico para ser comprensible, inteligible, transparente, porque el hombre comunica con él y este a la vez habla al hombre.

Esto, sin embargo, no agota el misterio del mundo, puesto que no constituye un conocimiento exhaustivo, sino una vivencia, una experiencia vital, a la vez mágica y sagrada: “Vivir los mitos implica, pues, una experiencia religiosa, puesto que se distingue de la experiencia ordinaria, de la vida cotidiana…los mitos revelan que el mundo, el hombre y la vida tienen un origen y una historia sobrenatural, y que esta historia es significativa, preciosa y ejemplar” (Ibíd.: 26). El acceso a lo sagrado permite al hombre recrear ritualmente su mundo, revivir el comienzo, el momento de la creación y participar de ella. En estas experiencias el hombre se siente parte de algo mayor y más significativo, de una realidad trascendental que permanece abierta para él. En estas experiencias el hombre no agota de comprenderse a sí mismo, su papel en el mundo, la razón de su existencia, y de comprender su entorno y relacionarse con él, al igual que con sus ancestros.

Hoy por hoy, en el mundo de la academia, aparece como un sacrilegio el reflexionar sobre aquellas otras realidades, experiencias y existencias. El mundo es sólo aquello que está en la experiencia y es susceptible de verificación y de determinación, sólo aquello que es racionalmente concebido. El mundo se presenta así como objeto que, examinado externamente, es susceptible de ser determinado como falso o verdadero, de ser cuantificado. Lo cual ha mutilado la experiencia vital que el hombre puede hacer del mundo de la naturaleza, sus sanas relaciones con ella, en donde se ha perdido la relación de unidad con lo otro, en razón de un pensamiento de dominación adecuado a unos fines útiles tan sólo a él mismo; cuyo resultado ha sido la desacralización de su existencia y de cuanto la rodea, entrando el mundo a presentarse cuan vacío que oprime, porque ya no está cercano a nosotros, porque ya no es la realidad mágica que experimentar, se ha roto el diálogo con él.

Pero la humanidad, la gran parte de su vida y hasta nuestros días, también vive de algo diferente y más significativo. Otras realidades en las que el paradigma del mundo occidental queda anulado, invalidado. Aquellas realidades aún hablan al hombre y alimentan de significado y sabiduría su existencia. Ello se revela, por ejemplo, en las culturas aborígenes que aún perviven, las cuales mantienen en permanente comunicación con una realidad original y más llena de sentido. Tal vez sólo sea necesario quitarnos el velo de lo impuesto, de esa visión que sin ser la de nosotros ha pretendido venir a serlo, para comenzar a experimentar el mundo como la sabiduría de los mitos lo ha plasmado: vivo y sagrado.

Conclusiones

Hasta ahora, se ha intentado mostrar el esquema en que se presenta la razón occidental en una superación que va del mito al logos, desde otros matices, que nos han conducido a reflexionar acerca de ésta admitida anulación del uno por el otro, y repensar el mito como una forma viva de comprensión inherente al ser que entraña una riqueza en sí misma en la que se puede recuperar aquello que se ha perdido para el hombre y su relación con el mundo, con la concepción de la razón científica. En pro de lo cual, en tanto concebida la razón occidental como episodio histórico, se puede hablar de la imperiosa necesidad, en este momento histórico de desacralización que vivimos, de evolucionar del logos al mito; hacia la revaloración de las dimensiones que integran y son propias del ser, como lo son el arte, la religión, el lenguaje y la imaginación creadora de historias y mitos, que trasciende la materia y la temporalidad.

En efecto, el pensamiento racional occidental y su extendida superioridad, se presentan tan sólo como una dimensión más del pensamiento y no como El Pensamiento en su determinación universal. Revelándose así como un trozo de la cultura humana y un trozo —más pequeño aún— en su historia. Concebido ahora como inherente al ser, se presenta como absurdo el dar por anulado al pensamiento mítico. Él está presente en la actualidad en muchos aspectos de nuestra vida moderna. Y ello no se debe, siguiendo las reflexiones de Eliade, a que nuestra mentalidad sea aún arcaica, sino al hecho de que muchos de sus aspectos y funciones son constitutivos del ser humano.

Tales pervivencias del mito se revelan —por mencionar sólo algunas— en el prestigio que atribuimos a los orígenes, retorno al que tanta importancia se le daba en las sociedades arcaicas. Ello se hace patente en el mito racista ario, en donde se representa al antepasado primordial noble, heroico, cuya pureza racial y nobleza moral refiere un comienzo glorioso al cual se debe retornar. De la misma manera, cuando en occidente se han pretendido cambios e innovaciones, se han presentado en la forma de un retorno a los comienzos, ejemplo de lo cual lo constituye la Reforma—que presentaba la necesidad de volver a la experiencia religiosa auténtica tal como era vivida por las primeras comunidades cristianas—, y la Revolución francesa, que tomaba como modelo al espíritu romano y espartano.

Otros aspectos de nuestra psicología mítica salen a la luz en nuestras concepciones del Bien y el Mal y la tensionante lucha entre estos poderes. La fascinación por los personajes heroicos y la necesidad de identificación con ellos, revelan otro de estos aspectos. En el medio cultural abundan cantidad de personajes que ostentan las características de seres excepcionales que pueden trascender los límites del tiempo y el espacio, y que nos recuerdan ese anhelo humano de trascendencia. Así mismo, otros aspectos se revelan en el mundo literario, en donde se plasma la inherente fascinación del hombre por el mundo de la imaginación, del relato, de la narración, sin el cual apenas podríamos concebirnos. En ese gusto por el género novelesco, se manifiesta nuestra naturaleza comunicativa, nuestro deseo de penetrar en lo desconocido, de trascender el tiempo y poder salir de él, sumergiéndose en otro diferente, de entrar en otros mundos y abandonar el propio, en lo que se descubre el deseo humano de acceder a otra temporalidad diferente a la cotidiana y, como lo manifiesta Eliade:

Mientras subsista este deseo, puede decirse que el hombre moderno conserva aún al menos ciertos residuos de un “comportamiento mitológico”. Las huellas de tal comportamiento se vislumbran también en el deseo de recobrar la intensidad con que se ha vivido, o conocido, una cosa por primera vez; de recuperar el pasado lejano, la época beatífica de los comienzos (Ibíd.: 189).

En consecuencia de todo ello, finalmente, se ha podido llegar a abrir el panorama hacia otra perspectiva, a saber, que el pensamiento racional, en tanto asimila lo anterior a él como mítico y fantástico, descubre en sí mismo sus ilusiones al creer darlo por anulado y pretender dar cuenta, sólo a partir de sí mismo, de todo el conjunto de la realidad y la verdad. Lo cual lo convierte en una ficción sólo comparable a la que él le ha atribuido al pensamiento mítico, revelándose así sólo como una forma más de procurar respuestas. Y el pensamiento mítico, en tanto forma de comprensión que abarca al hombre mismo, su mundo y entorno, y en tanto que también procura respuestas a los interrogantes propios de la existencia humana, se descubre en él una forma de razón.

Así, a la razón le sale al paso el calificativo de aquello sobre lo cual se erigió, y al mito le es restituido su derecho de ostentar una forma de comprensión que entraña en sí mismo un modo de razón. Por lo cual ahora se hace preciso reflexionar en torno al mito de la razón y la razón del mito.


Referencias

ELIADE, M. (1981). Mito y Realidad. Barcelona: Labor.

GADAMER, H.-G. (1997). Mito y Razón. Barcelona: Paidós.

LEVI-STRAUSS, C. (1997). El pensamiento salvaje. Bogotá: F.C.E.