Año 3 No. 3 y 4 Febrero - Junio de 2009

Multiplicidad y lenguaje literario


CÉSAR DAVID SALAZAR JIMÉNEZ (1) cesar.salazar@colombia.com

ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X


Resumen

Este texto supone una breve reflexión en torno a una desatadura esencial, enunciada por Michel Foucault a lo largo de toda su obra, a saber: la que se da entre locura y enfermedad mental, y el consecuente desplazamiento de aquella hacia el horizonte del lenguaje literario. La escritura se presenta como experiencia palmaria de la multiplicidad, tal como la entienden Deleuze- Guattari.

Abstract

This paper supposes a brief reflection around an essential disjointing, mentioned by Michel Foucault throughout the totality of his work, namely: the separation between madness and mental illness, and the subsequent insertion of madness into the horizon of literary language; writing presents as an extraordinary way of experiencing multiplicity, undertood similarly than Deleuze-Guattari.

Palabras Clave

Madness, mental illness, multiplicity, contemporary literature

Descubrí que podía encontrar una fuente inagotable de avieso placer gracias a los psiquiatras: consistía en jugar con ellos, guiándolos con astucia y cuidando de que no se enteraran de que conocía todas las tretas de su oficio.

Vladimir Nabokov. Lolita.

 

Michel Foucault profiere una sentencia para las épocas pendientes, que liquida, por fin, la relación moderna entre multiplicidad y psicoanálisis: “Una desatadura está produciéndose: locura y enfermedad mental deshacen su pertenencia a la misma unidad antropológica.” (Foucault; 1994: 277)

 Partiendo de esta fisura se inauguran una serie de relaciones radicalmente nuevas: por una parte, la de la locura con la literatura, con un leguaje desposeído de sujeto, y, por otra, la de la enfermedad mental con la sedimentación de un sistema de controles definido por la técnica y la psiquiatría —engañosa artimaña de la modernidad, que temerosa de sí pretende borrar de su horizonte ontológico los fantasmas propios de la locura y la relación que éstos guardan con los hombres, instalando sobre los cuerpos de los excluidos los dispositivos de dominación técnico-farmacológicos y el aislamiento físico en los hospitales—; empresa de una época destinada a neutralizar y anular por completo lo que ella misma reconoce como la verdad del hombre desnudo; empresa frustrada, sin embargo, pues es en el seno mismo de esa razón que prescribe —razón propia del psicoanálisis— donde, con Freud, se gesta un deslizamiento esencial: el de la locura hacia el horizonte del lenguaje literario; es precisamente el psicoanálisis freudiano el que “desplaza la experiencia europea de la locura para situarla en esta región peligrosa, siempre transgresiva (es decir, todavía prohibida, pero de un modo particular), que es la de los lenguajes que se implican a sí mismos; es decir, que enuncian en su enunciado la lengua en la que lo enuncian.” (Ibíd.:274)

La locura repta por estos lenguajes sin centro; lenguajes, en plural —multiplicidades rizomáticas; no-lenguajes — “pliegue de lo hablado que es una ausencia de obra” (Ibíd.:275); agenciamientos maquínicos, dirían Deleuze-Guattari: “no hay enunciado individual, jamás lo hubo. Todo enunciado es el producto de un agenciamiento maquínico, es decir, de agentes colectivos de enunciación” (Deleuze-Guattari; 1980:43). No tiene lugar, ya, entonces, la pregunta por la identidad del lenguaje, por la articulación lógica de las proposiciones y por el sujeto mismo de ese lenguaje; y ya no hay más qué hacer si no volver a lo mismo: la pregunta por quién habla y su ineludible respuesta: nadie habla; una multitud, tal vez.

 Al desplazarse la locura hacia el horizonte de la literatura, ésta se nos presenta como la concreción de un desposeimiento, testimonio de experiencia de la multiplicidad. Y nos vemos, pues, obligados a reconocer allí, en lo que leemos, la ausencia total de autor y de obra, su aniquilamiento recíproco: “allí, en esa pálida región, en este escondite esencial, se desvela la incompatibilidad gemela de la obra y la locura; es el punto ciego de la posibilidad de cada una de ellas y de su mutua exclusión.” (Op. cit.: 276). Sin autor, sin obra, sólo quedan en el lenguaje la experiencia agónica y contradictoria de la multiplicidad —una manada más que una masa, una jauría sin líder— que deviene-lenguaje de un nombre propio, del que Deleuze-Guattari dirán que no se alcanza sino tras un severo ejercicio de despersonalización, de aprehensión de las multiplicidades que atraviesan el cuerpo; entonces, este nombre no se conserva más que por rutina, para “no llegar al punto de ya no decir yo, sino a ese punto en el que no tiene ninguna importancia decirlo o no decirlo.” (Deleuze- Guattari; 1980: 9) El nombre es, pues, pura différance en un sentido eminentemente derridiano: la escritura del nombre propio, sus grafías, son expresión palmaria de la multiplicidad.

De la miopía del psicoanálisis y su afán por sustituir multiplicidad por unidad de sentido, del progreso constante de los dispositivos de control dirigidos a las manifestaciones psicosomáticas de lo patológico, deviene el desplazamiento de la locura hacia el velado límite de lo innombrable y su experiencia más radical en el lenguaje de la literatura, en el que irrumpe la palabra de los excluidos más ostensiblemente, con ese mascullar constante –desposeimiento que enmarca la verdad desnuda del hombre. “Un día seguramente habrá que hacerle a Freud esta justicia”, dice Foucault, pero ello sólo a pesar de Freud mismo, pues “a punto de descubrir un rizoma, Freud siempre vuelve a las raíces.” (Ibíd.: 34); y estas raíces son siempre las mismas: el padre, el pene, la castración, la horda primitiva, el principio de realidad y Edipo, “nada más que Edipo, puesto que el psicoanálisis no escucha nada ni a nadie.” (Ibíd.:41)

La locura burla una y otra vez la vigilancia constante de la razón psiquiátrica, pues allí donde ésta creía tenerla acorralada, aquella no se encuentra más. Enfermedad y locura se desamarran mutuamente: aquella queda sacrificada en los hospitales, y ésta se instala ahora en los lenguajes sin sujeto que le son propios a la literatura contemporánea; lenguajes que se cuenta a sí mismos, movimiento de bucle, lenguajes al infinito. La escritura como espacio para el desposeimiento del sujeto, como experiencia palmaria de la multiplicidad:

[…] esos lenguajes, sacados sin cesar fuera de sí mismos por lo innombrable, lo indecible, el estremecimiento, el estupor, el éxtasis, el mutismo, la pura violencia, el gesto sin palabras, y que están calculados, con la mayor economía y la mayor precisión, (…) son curiosamente lenguajes que se representan a sí mismos en una ceremonia lenta, meticulosa y prolongada hasta el infinito. Estos lenguajes simples, que nombrar y dan a ver, son lenguajes curiosamente duplicados. (Foucault; 1994:186-187).

 

Notas

1 Estudiante de Sociología de la Universidad de Caldas.


Referencias

DELEUZE, G. – GUATTARI, F. (1980). Mil Mesetas. Capitalismo y esquizofrenia. Valencia: Pre- textos. 7ª edición.

FOUCAULT, M. (1994). Entre filosofía y literatura. Obras esenciales, Volumen I. Paidós. Barcelona.

1999.