Año 3 No. 3 y 4 Febrero - Junio de 2009

Escrito I


Juan Diego Castillo (1) juandnofuturo@hotmail.com

ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X




—Y que susto me diste aquella tarde, cuando tomando mi alma entre tus brazos, me hiciste caer en la cuenta de que ya no era más yo, que estaba incompleto. Y aunque ninguno de los dos sabía a ciencia cierta cuál era la pieza que faltaba, sabíamos de su ausencia por su inmenso vacío, por el hueco que mi parte ingrata o fugitiva había dejado en mí. Era aquel un hueco terrible, imposible de disimular con un sombrero, o algún saco de lana exageradamente grueso. Yo por mi parte me asusté aún más cuando las mariposas de mi estómago, que se ponían como locas cada vez que te sentían venir, empezaron a escapar por este y a posarse lentamente, una a una sobre ti. Todas mis mariposas, que eran como sentimientos vivos, terminaron por cubrirte por completo, hasta que ya no pudiste respirar más… mi querida Valentina. Segundos después todas las mariposas salieron en tropel por la ventana llevándote consigo en sus alas, en sus patas, mientras tu rostro me mostraba su mejor sonrisa, como si hubiese sido una muerte dulce, fingida.

Hoy que estos hombres de blanco me acompañan a todas partes, y que tu rostro se cambia por el mío cuando me visitas todas las noches desde el espejo, quiero que sepas, aunque pareces no escucharme, que todos los días procuro regar y podar las flores que me dejaste sembradas en el pensamiento para que junto a un golpe de suerte mis mariposas vuelvan, y me lleven contigo al otro lado del espejo.

Notas

1 Estudiante de la Profesionalización en Filosofa y Letras de las Universidad de Caldas.