Año 3 No. 3 y 4 Febrero - Junio de 2009

Alejandra Pizarnik: Coreografías de la palabra


MARIA PAZ GÓMEZ GAVIRIA (1) PAZ985@GMAIL.COM

ISSN papel: 1909-6704
ISSN virtual: 2500-610X


Resumen

Desde esa contradicción inevitable entre “lo que debió haber sido” y “lo que es”, la poesía ha creado numerosas batallas, ataques, donde ella misma se torna víctima, victimario y campo de guerra, donde su mayor victoria, quizá, ha sido hasta ahora no obtener respuesta alguna y levantarse de nuevo con una herida más y un vacío menos.

Alejandra Pizarnik, poetiza surrealista Argentina, una mujer con muchas dentro, que al evocar la palabra la devolvía como propia, como suya, en una voz que iba dejando caer pedazos de persona. “Estos muertos son míos (...)” decía Alejandra señalando las palabras. Su poesía tiene de suplica y  de  amenaza,  advierte  que  las  cosas  después de ser nombradas poseen bordes dentados. Pizarnik llamaba a las palabras las “damas rojas”, comprende bien la metáfora de “Leer y escribir” evocada por Zaratustra “Escribe con sangre y aprenderás que la sangre es espíritu (…)”.

¿Para qué poetas es tiempo de penuria (…)? Pregunta Hölderlin en su elegía “Pan y vino” En Pizarnik no encontramos una respuesta sino la multiplicación de la pregunta, para recordarnos que también estamos hechos de palabras y que siempre habrá algo sublime a que escribirle, algo a lo que no podemos renunciar ni siquiera en momentos de desesperación. ¿Para qué Literatura? ¿Para qué Palabras? Quizá para no olvidar que el Ser abatido y cansado sigue teniendo un sitio seguro, un ethos, su casa: El Lenguaje. Aunque la penuria y la desesperanza se empeñen en volarle el techo y las ventanas, el Ser seguirá teniendo un lugar, mientras haya alguien que hable. “¿Me hablabas de una trampa del lenguaje? El poema se abre, esa es tu fuerza”, dice Pizarnik.



Palabras escritas que se mueven, combaten, danzan y manan sangre, luego las miro andar con muletas, en harapos de la A a la Z, la que debió cantar se quedó en silencio, mientras en sus dedos se susurra, en su corazón se murmura, en su piel un lamento no cesa […]

Alejandra Pizarnik

Desde esa contradicción inevitable entre el poetizar y el pensar ligado a la razón, entre “lo que debería ser” y “lo que es”, la poesía ha librado numerosas batallas, luchas, donde ella misma se torna víctima, victimario y campo de guerra, donde su mayor victoria, quizá, ha sido hasta ahora no obtener respuesta alguna y levantarse de nuevo con una herida más y un vacío menos. Con una única advertencia: quien versifica no verifica. Poetizar no es un simple verbo sino un vértigo, ¿Llamar a esto juegos del lenguaje? No, Las palabras danzan porque han decidido cambiar de naturaleza, y la tarea del hombre ahora es intentar conocer ese lugar de metamorfosis.

Flora Alejandra Pizarnik, poetiza surrealista Argentina, una mujer con muchas dentro, que al evocar la palabra la devolvía como propia, en una voz que iba dejando caer pedazos de persona. “Estos muertos son míos (...)” decía Alejandra señalando las palabras que escribía. Pizarnik curso estudios de Filosofía y Letras en la Universidad de Buenos Aires, pero no los terminó, posteriormente estudiaría pintura. Se retiro a Paris y estudió en la Sorbona. Trabajó en varias revistas literarias y tradujo autores como Antonin Artaud, Andre Bretón, Hölderlin, Marguerite Duras, entre otros textos que para ella fueron ante todo lecturas esenciales, puntos de fuga y de encuentro en su obra.

Pero para hablar de la vida de alguien, más aun, la vida de una poeta, poco importan los repetidos datos bibliográficos. Me permito citar a un poeta Venezolano, también surrealista, Juan Sanchez Peláez cuando decía que “Para comenzar una historia verídica, es necesario atraer en sucesiva ordenación de ideas las animas, el purgatorio y el infierno […] Aunque en la mayoría de los casos uno no sabe nada […] Hay vivos que deletrean, muertos que nos tutean, pero uno no sabe nada”

Para Alejandra hay dos momentos, nacimiento y muerte; Buenos Aires 29 de abril de 1936, 25 de Septiembre de 1972. Bastara decir que entre una y otra fecha todas las horas son suyas; ella misma decidió cuándo dejar de contarlas. A sus treinta y seis años se suicida con una sobredosis de Seconal, droga barbitúrica, que sería la misma que utilizaría el escritor Colombiano Andrés Caicedo para quitarse la vida 5 años después.

“Cuando a la casa del Lenguaje se le vuela el tejado y las palabras no guarecen, yo hablo” (Audio: Voz de Alejandra).

 La vida puede nacer de las palabras que nombran la muerte, también emerge del silencio que la inaugura. Alejandra no escribe a partir de temas sino de sus propias obsesiones: la muerte, las desgarraduras, la infancia, el silencio, ciertos animales oscuros, los espejos, sobre todo estos últimos. “He tenido muchos amores –dice- pero el más hermoso fue mi amor por los espejos”. Esta afirmación no debe verse desde el egocentrismo o la fácil banalidad sino como una profunda metáfora de la alteridad, porque en ellos mira a la otra que también es, a todas las Alejandras que en ella combaten. Espejo, imán de imágenes o de realidades ajenas, viene del latín speculum que traduce especular, es decir, al especular estamos conociéndonos como otro, descubriéndonos en su reflejo, ese otro que también somos.

Si en la vida ciertamente existen silencios elocuentes por qué no habría de existir una danza inmóvil, que sea expresión, verbo, grafía. La poesía surrealista de Pizarnik tiene de suplica y de amenaza, advierte que las cosas después de ser nombradas en un poema adquieren bordes dentados. Pizarnik llamaba a las palabras las “las damas de rojo”, comprende bien la metáfora de “Leer y escribir” evocada por Zaratustra “Escribe con sangre y aprenderás que la sangre es espíritu”. Julio Cortazar, a su vez, llamaba a las letras las perras negras; había que tratarlas con cuidado porque a veces mordían, trasgredían.

Pero ¿quién muerde a quién? en esta lectura de versos que es a la vez un ir leyéndonos ellos a nosotros. Palabras como ojos abiertos que no son ojos porque tú los miras sino porque son ellos los que te miran a ti. Así, entonces, se lee a Pizarnik con la certidumbre aterradora de que un otro (ella) ha logrado verbalizar efectiva y punzantemente nuestros afectos y afecciones, ha logrado atravesar las palabras como quien pasa un túnel y puede ver todo desde dentro. “Me digo mis silencios. Toda la noche espero que mi lenguaje logre configurarme”.

En ella el lenguaje es un pretexto para el silencio, sabe, como Pessoa, que ser poeta no puede ser una ambición, sino “una manera de estar solo” para escribir desde allí, desde ese aislamiento comunicable, donde la Nada tomada como punto de partida se convierte en un lugar. El poema se apoya en las liberaciones de las cosas, no en las cosas mismas. “Todo hace el amor con el silencio -dice- Pero las palabras no hacen el amor, hace la ausencia. Si digo agua ¿beberé?, si digo pan ¿comeré?”.

Más que la religión la poesía es una cuestión de fe, creer en lo que dicen las palabras, lo que se lee piel adentro, signos y grafías. Aquí el lenguaje no busca la recreación o la representación tanto como la resurrección a través de la palabra, su Ser en tanto cuerpo poético.

Una palabra es un invento, una revelación, algo dicho o escrito, también es algo que se lee; como esto, una inscripción sobre mis ojos. Depende también quién hable, qué diga. Hay palabras que apenas rozan el cuerpo, palabras que nos podemos poner y sacar como un vestido, hay unas de tan repetidas marchitas, vacías, otras profundas, indelebles como tatuajes. Entonces ¿para qué esto escrito aquí?, ¿para qué decirlo? Esto ya se preguntó en el pasado pero el eco sigue vivo, yo diría, sobreviviente. “¿Para qué poetas en tiempo de penuria (…)?” Preguntaba Hölderlin en su elegía “Pan y vino”. En Pizarnik no encontramos una respuesta sino la multiplicación de la pregunta, para recordarnos que también estamos hechos de palabras y que siempre habrá algo sublime a que escribirle, algo a lo que no podemos renunciar ni siquiera en momentos de desesperación.

La vida reclama alguna intervención y los poetas escriben con el desorden y la urgencia de quien no quiere olvidar las cosas que nombran las palabras, para descubrir los puntos suspensivos que hay detrás de cada objeto, para sacarlas de los índices y de los códigos donde ya no dicen nada; imágenes que conocemos de memoria sin haberlas aprendido nunca.

¿Para qué Poesía? Quizás para no olvidar que el Ser abatido y cansado sigue teniendo un sitio seguro, un ethos, su casa: El Lenguaje. Aunque la penuria y la desesperanza se empeñen en volarle el techo y las ventanas, el Ser seguirá teniendo un lugar, mientras haya alguien que hable. “¿Quién me dará la respuesta jamás usada?, alguna palabra que me ampare del viento, alguna verdad pequeña en que sentarme y desde la cual vivirme, alguna frase solamente mía, que yo abrace cada noche, en la que me reconozca, en la que me exista”.

Poesía pensante; necesidad de sentir la vida no solo con la razón, sino con la respiración y con el cuerpo, deslizándose por esos laberintos metafísicos de la imaginación y la memoria. Tal como Alejandra lo dice en su poema.

Ojalá pudiera vivir solamente de éxtasis, haciendo el cuerpo del poema con mi cuerpo, rescatando cada frase con mis días y con mis semanas, infundiéndole al poema mi soplo a medida que cada letra de cada palabra haya sido sacrificada en las ceremonias del vivir.

Notas

1 Estudiante de la profesionalización en Filosofía y Letras de la Universidad de Caldas.